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El que escribe

bench.jpgEl que escribe mira al pasado no con nostalgia, sino con curiosidad. La nostalgia anquilosa, y acaba entumeciendo la prosa. La curiosidad, en cambio, es un arma poderosa que unida a la imaginación permite atravesar el umbral de una fotografía antigua, buscar el rastro de un comerciante olvidado, o seguir, desde la orilla de un escritorio, la estela de tinta reseca que dejó un naufragio hace más de cien años.

Estos son algunos ejemplos. Cualquiera vale como excusa para emprender un viaje en el tiempo. Cualquiera que despierte la curiosidad y dispare la imaginación. Yo me voy todo lo lejos que me permite el trazo de mi estilográfica, sin más equipaje que el que cabe en mi desgastada cartera de cuero. En ella llevo algunos amuletos, un cartucho de tinta de repuesto y mi inseparable cuaderno negro con adorno de plata.

A veces el viaje comienza mientras camino por una calle de Vegueta o Triana. Otras veces, el punto de partida es un viejo manuscrito o un raro ejemplar de esa incipiente biblioteca de otra época en la que estoy convirtiendo mi hogar. Confieso que alguna vez he perdido el sueño, ilusionado con algún descubrimiento, y he recorrido a oscuras el largo pasillo que conduce a mi escritorio para sentarme a contar esa fascinante historia que no me deja dormir.


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