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Una librería olvidada de Triana

library.jpgMe encuentro en Triana tomando un café en la terraza del bar El Tiempo. Qué nombre más evocador. El bar se encuentra en el número 35 de la Calle Mayor, y se llama así porque ocupa el local donde antiguamente estuvo la relojería del alemán Juan Pfluger. El único testigo que queda de dicho establecimiento es el precioso reloj que cuelga de la fachada y que se ha convertido en uno de los símbolos de la calle.

Mientras vierto un sobre de azúcar en la diminuta taza de porcelana y remuevo el oscuro y humeante brebaje, miro a mi alrededor y me distraigo con la fachada neoclásica de la casa Miller, situada justo enfrente del bar. Impresionante. Vuelvo a mi café y tomo un sorbo. Amargo y dulce a la vez, como la vida. Saco un cuaderno de notas y una estilográfica de mi agrietada cartera de cuero y me dispongo a escribir. No estoy aquí por casualidad. He venido en busca de una antigua librería. Terminado el café, el sol de mediodía araña la mesa y los raíles ocres del tranvía crepitan a mis pies. El tiempo se precipita ahora en mi taza vacía y la tinta pasa del émbolo al papel.

Escribo unas líneas y luego dibujo en el margen el casco de un barco y un ojo de buey. Miro a través de él y veo a un individuo ataviado con un sombrero que deambula entre los estantes de la librería Internacional. Corre el año 1902, y el edificio de El Tiempo tiene el número 33 en este momento. El bajo está dividido en dos, y la librería ocupa las dos puertas próximas a la calle Torres.

Está regentada por August Gerber, y en sus estantes hay un gran surtido de novelas españolas, inglesas, alemanas y francesas. Como podemos apreciar en el cartel, que pone Library, el negocio está orientado a la creciente colonia inglesa. Tiene a la venta diccionarios y gramáticas en varios idiomas, una gran variedad en papel de cartas y tarjetas de visita en papel comercial. En los cajones hay libretas y cuadernos de todos los tamaños, carpetas para escribir de cuero, carteras para documentos y artículos de escritorio. En las vitrinas hay expuestas escribanías, tinteros, estuches de dibujos y plumas, y todo al mejor precio.

Dispone además de mapas de las islas Canarias y de la Península, que decoran una de las paredes. El hombre del sombrero es inglés, y está de paso en la ciudad. Se ha detenido frente al expositor de postales, y ha elegido dos, ambas del Hotel Metropole.

De repente, la camarera aparece y me pregunta si deseo algo más, trayéndome súbitamente al presente. Alzo la vista del cuaderno y le pido la cuenta. Miro al edificio. Veo las dos puertas. Ya no hay rastro del inglés, y tampoco de la librería.
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