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Archivos Septiembre 2018

00000869_0001 copia.jpgPóngase cómodo y prepárese para viajar en el tiempo. Todo está dispuesto para que cuando comience a leer el siguiente párrafo empiece nuestra singular expedición al pasado. ¡Buen viaje!

Estamos en 1911, y nos encontramos en la plaza Ambrosio Hurtado de Mendoza, conocida en el momento presente como plaza de la Democracia. Todo lo que ve es fruto de una profunda reforma llevada a cabo en 1908. Se habrá dado cuenta de que vamos vestidos acorde a la época, así no llamaremos la atención. He elegido personalmente su atuendo. Me alegra ver que he acertado con la talla. Según mi reloj de bolsillo son casi las doce del mediodía, y hace un calor terrible para estar a menos de tres días de la llegada del otoño. Pero como habrá comprobado en esta plaza se está de maravilla, gracias al frescor que proporcionan los artísticos jardines que la rodean, y los parterres poblados de palmeras, acacias y laureles que proyectan su sombra sobre las baldosas. ¿Y qué opina de ese amplio estanque con cisnes? Dicen que también hay peces de colores. Acerquémonos a verlos. Ese estruendo es el cañón de las doce, ¡no se asuste! Continuemos.

00000881_0001.jpgA mí también me ha llamado la atención esa columna de cantería coronada con un globo terráqueo. Tiene termómetro, y marca casi 29 grados. También hay un barómetro, y están indicadas en una tabla las distancias a los pueblos del interior de la isla. Tiene también una meridiana para conocer las horas en todas las capitales del mundo.

Este lugar, conocido antiguamente como la plazuela del puente, ha tenido distintas denominaciones a lo largo de su historia. En 1858 pasó a llamarse plaza del Príncipe Alfonso. En 1869 de la Democracia. En 1875 volvió a su primitivo nombre, hasta 1910, que se llamó plaza de Canalejas. Un año después, en 1911, volvió a llamarse de la Democracia, hasta 1922, año en el que terminó el baile de nombres y adquirió la denominación con la que la conocemos en la época de donde venimos. Pero dejemos los datos históricos y disfrutemos del paseo. Rodearemos el estanque para ver qué se cuece en los edificios circundantes.

00025342_0001.jpg Ahí en la esquina está la Farmacia de Gaspar Meléndez, desde aquí pueden verse el mostrador y los albarelos en los estantes. Justo al lado está la peluquería La Favorita. No me vendría mal un buen afeitado. ¡Ah! Ese portal conduce a la sastrería de don Manuel Milán. ¡Fíjese!, sale un caballero luciendo traje nuevo. Los nuestros no son igual de buenos, pero dan el pego. Sigamos. Este edificio tan bonito de aquí al lado es el Círculo Mercantil. Sorprende verlo así de nuevo. Su altura y sus líneas elegantes contrastan con la simplicidad del edificio de dos plantas de estilo colonial que tiene enfrente y que hoy es el Hotel Monopol. Parece que llegan huéspedes nuevos, y son ingleses. Sentémonos en este banco a observar. Será solo un momento.

Un botones ha salido a por el equipaje, que espera en el coche. Fíjese en esos preciosos baúles. Llevan numerosas etiquetas de hoteles, testigos de los viajes de sus propietarios. Pongámonos en pie y continuemos con el recorrido. Paseemos junto al Guiniguada. Ahora apenas discurre un hilo de agua pero ha habido inviernos en los que ha corrido un auténtico río. En el borde del barranco destacan tres quioscos iguales y equidistantes, diseñados por el arquitecto Fernando Navarro. Los dos primeros son bares con terraza, y como ve todas sus sillas de mimbre están ocupadas. Vayamos al tercero, terminaremos allí nuestro paseo. Se trata de la tabaquería de Santiago Gutiérrez Martín. Además de tabaco de las Islas y de la Habana vende postales. Llevaré estas dos. Son de la plaza, y están coloreadas. Un bonito recuerdo de este viaje en el tiempo. ¿Está listo para volver? Le entiendo... yo tampoco.

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leoncio001.jpgEn 1902, existían en Triana 28 tiendas de ultramarinos, o como popularmente se las conocía: de aceite y vinagre. Una de ellas era la de Leoncio de la Torre, ubicada en el número 52 de la calle Mayor de Triana, local ocupado hoy por una perfumería. Las imágenes en alta resolución disponibles en la FEDAC invitan a recorrerla al detalle, a detenerse a leer los carteles publicitarios, a husmear en los estantes y a comprobar el género metiendo la mano en los sacos que hay en el suelo. Llaman la atención las cajas de galletas de la marca inglesa Peek Freak en lo alto de la estantería, las damajuanas protegidas con mimbre en el suelo, o el barril de sal inglesa rotulado con las letras J.T.

leoncio003.jpg Lejos de pretender escribir una biografía sobre su dueño, que sin duda merecería un trabajo de investigación más extenso, sí me parece interesante dar algunas pinceladas sobre la vida de este comerciante, cuyo nombre completo era don Leoncio de la Torre y Sarmiento, y rescatar así su memoria.

leoncio004.jpg De don Leoncio podemos aportar algunos datos. En el reglamento de la Sociedad Filarmónica de Las Palmas (creada en 1866), publicado en La Opinión el 6 de septiembre de 1873, aparece como archivero de la sociedad, de lo que deducimos que tenía inquietudes musicales. El 1 de julio de 1903 su nombre aparece en una lista para contribuir a la creación de una estatua en Madrid, dedicada al excmo. literato y estadista don Emilio Castelar, y para la que aporta 2 pesetas. El 30 de marzo de 1908, se le concede la autorización correspondiente para desempeñar el cargo de Vice-cónsul de Brasil en la Ciudad de Las Palmas. En la Guía de la Ciudad de Las Palmas publicada en 1911, a la que ya dediqué un artículo, encontramos un anuncio de su tienda:

leoncio005.jpg En la prensa de la época su negocio aparece con frecuencia en la sección de avisos. El más curioso es este publicado el 10 de julio de 1899, en el que aparece una oferta muy interesante:

España 01071899.jpgEl manantial del Balneario de Santa Catalina fue descubierto en la década de 1860. En 1876, el doctor Mariano Carretero determina que son aguas cloruradas sódicas. Estaba situado a 3 km de Las Palmas, y se podía ir a pie, en tranvía, o en los carruajes que los propietarios ponían a disposición de quienes quisieran hacer uso de las aguas y de los baños, y que salían regularmente. El edificio tenía en el centro un precioso jardín cultivado con esmero, y en cada uno de sus lados seis cuartos de baño perfectamente dispuestos. Las pilas eran de grandes dimensiones, y el agua se extraía del pozo con dos bombas y era conducida al baño por una tubería de hierro. El salón de descanso, que cerraba el establecimiento por la parte de oriente, era espacioso y estaba decorado con gusto y elegancia. Todo preparado para que la estancia en el balneario fuera cómoda y agradable, tanto para los que iban a beber su rica agua mineral como para los que acudían a dejar sus dolencias en sus saludables baños.

Don Leoncio falleció el 5 de julio de 1915. En la prensa apareció la noticia y decía así: "Ha fallecido en esta ciudad don Leoncio de la Torre Sarmiento, comerciante de gran reputación en esta localidad, persona de trato afable y de cualidades excepcionales de carácter, que le hacían ser objeto de estimación y aprecio en Las Palmas."

Con la muerte del comerciante llegó la desaparición de la tienda, y más tarde la del balneario. De todo aquello ya solo nos quedan unas viejas placas fotográficas y unos anuncios amarillentos. Sirvan estas letras para que cuando usted pasee por Triana y llegue a la esquina de la calle Clavel, recuerde a don Leoncio y a su entrañable tienda de aceite y vinagre.

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cañon.jpgDesde el siglo XVI y hasta finales de los años treinta del siglo XX se mantuvo vigente en Las Palmas la costumbre de disparar un cañonazo a mediodía, cuando el sol alcanzaba su cenit. El disparo se realizaba desde las almenas situadas al poniente del castillo del Rey, en el Risco de San Francisco.

El cañonazo servía como referencia para los pocos relojes públicos que habían en la ciudad y que jamás marchaban igual. Entre ellos el muy venerable de nuestra Catedral, que carecía de credibilidad, pues era extendida la creencia de que sus manecillas eran manipuladas por el viento, al carecer su esfera de cristal protector.

La señal convenida para provocar el estampido provenía de la Comandancia de Marina, y consistía en el izado de la bandera. Todos los días, poco antes del mediodía, un artillero apostado tras los muros de la fortaleza observaba a golpe de catalejo como la bandera ascendía lentamente hasta lo alto de un mástil. En ese momento se accionaba el mecanismo y el cañonazo retumbaba en toda la vecindad marcando el punto meridiano del día. Entonces todo el mundo exclamaba "son las doce", mientras se apresuraban a ajustar los relojes de bolsillo y los de pared guiándose por aquel eco lejano.

Nadie se cuestionaba si eran las doce y diez o las doce menos cuarto. Eran otros tiempos, y en aquella pequeña y apartada urbe de entonces no se vivía con prisas ni se daba tanta importancia a la puntualidad. El sobresalto ocasionado por aquella gruesa pieza de artillería rompía la monotonía y paralizaba la ciudad. Se cerraban las tiendas y consultas, las fábricas detenían su actividad, y todo el mundo se iba a almorzar. A pie, en guagua o en tranvía. Quienes se lo podían permitir tomaban un aperitivo en Triana, mientras que en las cocinas de las casas se destapaban las cazuelas dejando escapar el olor de la comida hacia la calle.

En definitiva, la vida en Las Palmas se regía por el inofensivo pero ruidoso cañón de las doce. Una monstruosa pieza de artillería que enmudeció hace casi noventa años, cuando se decidió que su cometido era ya pólvora mojada. Desde entonces, nada ha vuelto a ser lo mismo.

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IMG_E2060.JPGEs una noche cualquiera de septiembre y llevo un rato recorriendo la ciudad sin moverme de mi escritorio. Me ha atrapado un librito publicado en 1911 titulado Guía de Las Palmas y de la isla de Gran Canaria. Tiene 150 páginas, más de 35 anuncios publicitarios, 41 fotograbados y 3 mapas desplegables. Fue impreso en Barcelona, en la imprenta de Juan Vidal.

Recuerdo como llegó a mis estantes. Todo comenzó con una preciosa mesita de costura de factura italiana que tenía una particularidad. Si levantabas el tablero accedías a un compartimento y sonaba la canción de cuna de Brahms. Una decorativa pieza que puse a la venta y fue a parar a manos de un coleccionista con buen gusto, que al conocer mi pasión por la historia me obsequió con esta escasa y curiosa guía de principios del siglo XX, que como reza su portada, se podía adquirir en la librería de Rafael Enríquez Padrón, situada en la calle Remedios.

El curioso volumen despertó mi curiosidad desde el primer momento, y ahora que he vuelto sobre él, me encuentro atrapado en un punto intermedio, entre la sección de anuncios y uno de sus delicados mapas desplegables. La ciudad en dos dimensiones se extiende ante mí como un evocador teatro de operaciones donde me muevo a mi antojo. Sobre el papel soy un viajero que se deja llevar por su imaginación.

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Sobrevuelo el mapa con mi dedo y me detengo en el acreditado comercio de Luis Rivero, en la calle Remedios número 1. Según revela la guía posee un amplio surtido en tejidos, pañuelos y maletas de mano. Es un buen sitio para comprar un paragüas de calidad, confeccionado en Las Palmas. Paso página y me desplazo a Triana 39, donde se halla la relojería alemana de Juan Pflüger. Dice tener precios moderados, y recibir cualquier trabajo de compostura relacionado con el ramo. Precisamente tengo un reloj de bolsillo que se paró hace tiempo. Quizá puedan resucitarlo. Deslizo la hoja y llama mi atención otro reclamo. El de un almacén de comestibles llamado Puerta del Sol, en Doctor Chil, 26. Aquí venden el célebre anís Pensamiento y la sidra champagne marca El Gaitero. Llevaré una botella de cada. También hay fruta cristalizada, turrones de todas clases, quesos de bola y de plato. Volvemos a Triana. Esta vez el papel me lleva al número 87. La librería papelería High-Life es especialista en postales. Compraré unos cuadernos y una de esas vistas de Vegueta que tanto me gustan. No muy lejos de aquí, en el número 48, está la sombrerería de Manuel Pérez Jorge. Una buena ocasión para reponer el sombrero que perdí en el artículo del París Garage. Me ha entrado apetito. Comeré algo en el English Bar, en la plaza de la Constitución número 10. Se sirven cenas con prontitud y esmero. Justo lo que necesito.

El timbre del teléfono acaba de romper el encantamiento. Atiendo la llamada. Es uno de mis contactos. Me cuenta que han aparecido unos murales en las paredes de una casa que están reformando en Vegueta. Un nuevo caso. Es en el piso que está justo encima de aquel local donde aparecieron símbolos masónicos tras el papel pintado. Anoto los datos en mi cuaderno y cuelgo el auricular. ¿Por dónde iba? ¡ah, sí! el English Bar... Retomo la guía de Las Palmas de 1911 y me reclino en mi butaca. Es una noche cualquiera de septiembre, y sin darme cuenta vuelvo a sumergirme en mi querida ciudad, tal cual era a principios del siglo pasado, y sin salir de mi gabinete.

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