los blogs de Canarias7

« Triana en llamas |Inicio| Antiguas fotografías »

Paris Garage

fragmento001.jpgLas Palmas, 1929. El que escribe se encuentra paseando por Perojo mientras la tarde cubre de sombras los elegantes edificios que flanquean la calle. A mi espalda queda en la lejanía la torre norte de la Catedral illuminada por los últimos rayos del día. Prenden las farolas e iluminan vagamente aceras y portales. Detengo mis pasos al final de la calle, frente a un establecimiento llamado Paris Garage. Este negocio bien podría estar ubicado en una rue cualquiera de la capital francesa, porque aparte de su evocador nombre, en sus oficinas se habla más francés que castellano.

IMG_1769ret.jpgTras su sobria fachada se esconden dos niveles donde hay espacio para 150 coches. En la planta alta hay unos modernos talleres, y en la baja, un concesionario de automóviles, almacenes, y unas oficinas donde se gestiona la representación de varias marcas, entre las que destaca Michelin. Leí hace unos días en la prensa de esta época que es uno de los establecimientos más importantes de Las Palmas, y no me cabe duda. La nave es enorme y comunica Perojo con Canalejas. Mire cómo se anunciaban:

30071929  La Crónica diario de información.jpgLos vanos del Paris Garage no tardan en iluminarse. Un coche toca la bocina y su rumor se pierde en las entrañas del edificio. Fuera, un mecánico inserta una manivela en la calandra de un Ford modelo T y la gira enérgicamente poniéndolo en marcha. Luego le da unas indicaciones al chauffeur, y el vehículo desaparece calle arriba expulsando una densa nube de humo que deja en el ambiente un desagradable olor a gasolina mal quemada. Me ajusto el sombrero y cruzo la calle. Tras el escaparate rotulado con el nombre del garaje veo preciosos automóviles de las marcas Buick, Oldsmobile y Marquette. En la época de donde vengo serían auténticas piezas de museo. Aquí aparecen aparcados en la calle, o circulando junto a carros tirados por animales. Me encantan los coches pero no son el motivo de mi viaje. He viajado atrás a este lugar y a este tiempo porque Paris Garage es el representante para Las Palmas de las prestigiosas máquinas de escribir Underwood, y necesito repuestos para mi Standard nº 3 de 1928. Entro en las oficinas y el tintineo de una campanilla anuncia mi presencia. A la izquierda está la sección de repuestos. Estanterías atiborradas de piezas, llantas de madera y neumáticos en hilera sorprendentemente finos que desprenden un intenso olor a caucho. En el mostrador un dependiente despacha a un caballero que necesita unas cintas de freno para un Packard Touring de 1926. Del almacén sale otro chico dispuesto a atenderme y le enseño un dibujo con los muelles y rodillos que necesito para mi máquina. Consulta un catálogo de despiece y sin articular palabra desaparece unos instantes y regresa con unas cajitas con el logotipo de Underwood que contienen lo que necesito. Aprovecho y compro también cinta nueva. Desde que desapareció Rexachs conseguirlas es un suplicio.

Pago los artículos y al salir paso por delante de la oficina y me detengo a observar a una secretaria que golpea a toda velocidad las teclas de una máquina de escribir negra y reluciente. Sobre la mesa tiene un montón de papeles y carpetas, y en la pared, un enorme cartel de Michelin con Bibendum subido en un neumático. Hay una puerta entreabierta detrás de ella. El olor a habano debe proceder de ese despacho. Desde aquí veo dos cajas fuertes, archivadores metálicos y algunos carteles publicitarios de General Motors. Se oyen las voces de dos caballeros que hablan en francés. La chica nota mi presencia y levanta la mirada del papel. Me pregunta con un acento encantador si deseo algo. Le digo que no y me dispongo a salir. En ese momento suena un timbre y la chica descuelga el brillante auricular de un oscuro teléfono de baquelita. Me indica con la mano que espere y tras unos instantes dice que preguntan por mí. Respondo que eso es imposible. Para mi sorpresa pronuncia mi nombre y no sé que decir. Un escalofrío recorre mi espalda y mi corazón se pone a mil. La chica insiste en que me ponga y me ofrece el auricular. Ignoro su extraño ofrecimiento y ya en la calle empiezo a correr. En la huida pierdo el sombrero que adquirí en otro viaje en el tiempo y el cartucho con los repuestos. Cuando ya estoy a punto de perder el aliento emprendo el viaje de regreso al presente y me descubro sentado en mi escritorio, bañado en sudor, delante de mi vieja Underwood. Por primera vez me he sentido en peligro en uno de mis escritos, y me asaltan muchas preguntas ¿Quién estaba al otro lado de la línea? ¿tal vez otro viajero en el tiempo? y lo más inquietante... ¿qué quería de mí?

| | Comentarios (0)

Escribir un comentario