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Efecto mariposa

IMG_E1933r.jpgEscribo este artículo en una negra y brillante Remington Portable nº 5 de 1938 con las teclas de cristal. Se la compré hace años a un señor que la tenía cogiendo polvo en el garaje de su casa, en el Risco de San Nicolás. Había pertenecido a su padre, que trabajó como contable para una exportadora de tomates y la usaba para la correspondencia, allá por la década de los cuarenta. Quería deshacerse de ella, así que negociamos una cantidad y me la llevé a casa. En aquel momento no estaba como luce ahora. Fue necesario rehacer algunas piezas, una buena limpieza, aceite y cinta nueva, para hacerla renacer y que escribiera como el primer día. Ahora está lista para lo que sea, y es un auténtico placer escribir en ella. Escribir sin distracciones, en negro sobre blanco.

Recuerdo la primera vez que vi uno de estos artefactos. Fue a finales del los años ochenta, cuando yo frisaba los diez años. En mi casa nunca hubo máquina de escribir. Las había visto en algunas películas en blanco y negro, en la abombada pantalla del Telefunken con los laterales imitando a madera que teníamos en casa. Me acuerdo de aquel día en casa de mi inseparable amiga Meri con la que me reunía cada tarde, después de la merienda, para hacer los deberes del colegio. Teníamos que hacer una redacción, y ella apareció con una máquina portátil de color beige. Comenzó a mecanografiar y el sonido de las teclas y la campanilla al final de cada línea me fascinaron.

Pasó el tiempo y ese recuerdo quedó encapsulado en mi memoria. Llegaron los primeros ordenadores. Los procesadores de texto. Las impresoras. Fue cuando empecé a sentir la necesidad de escribir cuando aquel inofensivo "aleteo de mariposa" producido a finales de los ochenta cobró fuerza y comencé a buscar una máquina de escribir para dejar, por unos instantes, la sofisticación de la informática y volver a lo básico; al encanto de lo simple; a la esencia. La máquina elegida fue una Corona n.3 de 1917. Una máquina de reportero elegida a dedo que salió del puesto de un anticuario del mercadillo de Portobello Road, en Londres. Elegida a dedo porque era el mismo modelo que usó uno de mis escritores favoritos para redactar sus artículos desde París, en los años veinte. Hablo de Ernest Hemingway. El aparato antediluviano necesitó de una puesta a punto antes de que pudiera colocar un papel en el rodillo y trasportarme a casa de mi amiga, a aquella tarde a finales de los ochenta, cuando tuve ante mí una máquina de escribir por vez primera.

El modelo que usó Hemingway en los años veinte fue la primera de mi incipiente colección. Luego llegó una Royal Quiet de Luxe de 1946, usada también por Ernest en Finca Vigia (Cuba), y algunas más que reposan entre los libros de mi biblioteca, o en sus estuches, y que no voy a enumerar para no aburrirle con marcas y modelos. Todas restauradas o a la espera.

A Hemingway no lo conocí personalmente. No tuve el placer, por una cuestión cronológica. Pero me hubiera encantado. A José Miguel Alzola sí lo conocí. Otro de mis escritores favoritos. Fue una gran suerte conocerle. Él también usaba máquina de escribir, aunque prefería la pluma y la cuartilla. La suya era una Olympia Traveller de Luxe que tenía a un lado de su escritorio, en su despacho de la calle Peregrina. Recuerdo una vez que la vi expuesta en el escaparate de la barbería de Triana donde solía arreglarse, junto a un retrato suyo y algunos de sus libros, a modo de homenaje.

Sonados han sido los casos de máquinas con pedigrí ascendidas a la categoría de reliquia y que han alcanzado cifras astronómicas en el mercado. Véase el caso de la actriz Angelina Jolie que quiso regalarle a su futuro marido, Brad Pitt, la Underwood que usó mi querido autor de El viejo y el mar, dando una señal de 25.000 dólares como anticipo del cuarto de millón que pedía su afortunado poseedor. Por alguna extraña razón, Angelina renunció a la máquina y acabo regalándole un reloj. Un reloj caro, por supuesto.

Otro que llama mi atención es el de la máquina del escritor estadounidense Cormac McCarthy, autor de La carretera, entre otros títulos. En 2009, ahogado por las deudas, tomó la difícil decisión de vender su desgastada Olivetti Lettera 32. La usó durante 46 años para escribir novelas, guiones y cartas. Fue subastada por la casa Christie´s y se esperaba recaudar entre 15 y 20.000 dólares. El precio final fue de 254.000 dólares.

Hace unos días, mientras terminaba de poner a punto la Remington que aparece en la fotografía, recibí un mensaje de mi madre en el que me decía que acababa de comprarme una máquina. Adjuntaba algunas fotografías. Era la misma con la que McCarthy había escrito más de cinco millones de palabras: una Olivetti Lettera 32 en perfecto estado, sin duda una rara avis. Había pagado por ella la irrisoria cantidad de 4 euros.

Y mientras escribo estas líneas en esta preciosa máquina, mi hijo me observa, y pienso en el efecto mariposa... quién sabe...quizá dentro de unos años se repita la historia.

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