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Archivos Agosto 2018

00000292_0001.jpgViajar al pasado y deambular por la calle Mayor de Triana de finales del siglo XIX es posible. Basta con escudriñar la serie de fotografías que tomó el fotógrafo palmero Miguel Brito Rodríguez para dejarse llevar y retroceder en el tiempo. La serie se encuentra disponible, para deleite de curiosos e investigadores, en el valioso Fondo de Fotografía Histórica de la Fedac.

La luz que Brito atrapó en su cámara oscura hace más de un siglo deslumbra hoy en nuestras pantallas, y nos ofrece un pintoresco recorrido por los establecimientos de una Triana que vista a través del ojo del fotógrafo se torna desconocida.

Comenzamos el itinerario y aparece ante nosotros la sombrerería de Batista; el escaparate de la óptica-relojería Al Cronómetro; la ferretería de Schamann. Entre otros. Pero ahí no queda todo. ¿Imaginan poder atravesar el umbral de alguno de esos comercios y ver cómo eran por dentro? Se puede. Porque Brito desafió a su cámara inmortalizando algunos de los interiores, en un momento en el que la ciudad de Las Palmas aún no contaba con electricidad y los locales se iluminaban con la trémula llama de una lámpara de petróleo. Gracias a ese dominio de la técnica fotográfica podemos ir un paso más allá y ver los mostradores; los carteles publicitarios; las mercancías en el interior de las vitrinas.

Es en los vidrios de esas vitrinas donde quedaron atrapados ad eternum algunos de los protagonistas del comercio de aquella época. Hoy unos perfectos desconocidos. Los más desafortunados hacen acto de presencia como sombras espectrales, víctimas de las largas exposiciones, en los reflejos de los cristales. Otros, con más suerte, posan como pálidas apariciones que nos miran fijamente a través de esa fisura en tono sepia que Brito abrió a través de su lente. Pálidos por el destello del polvo explosivo del flash. Serios por la importancia del momento, conocedores de que iban a pasar a la posteridad.

La Fedac no especifica la fecha en la que Brito realizó las fotografías. Sí las ubica entre 1890 y 1895. Pero si analizamos algunas de las imágenes a través de una lente de aumento podremos precisar el momento en el que la cámara de Brito recorrió nuestra querida Triana. La respuesta se haya en los almanaques que aparecen colgados en las paredes de algunas de las tiendas. En la imagen titulada "Comestibles" hay un calendario de una marca de chocolates que indica que es 2 de mayo. En la del interior de la sombrerería de Batista aparece un precioso calendario en el que puede leerse 3 de mayo. Hasta aquí bien, pero ¿y el año? La clave la encontramos en la fotografía titulada "La oficina", en ella hay un calendario que corresponde al mes de mayo, y el día 1 cae en domingo. Pues bien, esta combinación solamente se da en dos ocasiones en la década de 1890: una en 1892, y otra en 1898. Por tanto, teniendo en cuenta la horquilla establecida por la Fedac y los datos que arrojan las propias imágenes, me inclino a pensar que Brito visitó Las Palmas a comienzos de mayo de 1892.

Pero, ¿por qué vino Brito a Las Palmas en ese periodo? ¿Fue una fecha elegida al azar? Yo creo que no. Resulta que en ese año de 1892 se celebró en Las Palmas, entre el 28 de abril y el 8 de mayo, la Fiesta de las Flores. La ciudad se llenó de pabellones en los que se mostraron las virtudes de cada municipio: plantas, frutos, animales, aves, productos agrícolas, industriales y artísticos. Una fiesta que quedó inmortalizada en otra interesantísima serie de fotografías realizada por el fotógrafo Luis Ojeda Pérez (disponible también en la web de la Fedac). De él es la estampa que encabeza este artículo. Parece que Brito estuvo en Las Palmas esos días, y retrató las fachadas e interiores de los comercios de Triana, evitando así pisar la tupida tela de la cámara de cajón de su colega grancanario, que se movía de pabellón en pabellón inmortalizando aquel evento tan importante para la isla de Gran Canaria.

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swanston.jpgAgosto. Una tarde cualquiera. El sol luce radiante y hace un calor insoportable. La línea 1 me ha traído hasta el barrio de Arenales, y ahora camino por la calle Aguadulce siguiendo el sinuoso y estrecho sendero que me marca la sombra. Me dirijo a un local situado a un par de calles con la intención de visitar a una amiga, que como yo, tiene alma de brocante. Hace tiempo que no la veo y quiero curiosear las novedades que ha añadido a su particular gabinete de antigüedades.

Entonces me percato de la presencia del gigante, y cambio de acera. Detengo mis pasos un poco más adelante, frente al colegio, y uso mi mano a modo de visera para observar al monstruo. Ya lo había visto en otras ocasiones, pero nunca desde este ángulo. Se trata de una chimenea de ladrillo rojo a la que todo el mundo conoce como chimenea Swanston. Desde aquí solo es posible verla parcialmente ya que ha quedado atrapada en el interior de una manzana de casas. Mientras la miro detenidamente aparece un hombre en bicicleta que se para frente a la puerta metálica del patio del colegio. Va a entrar. Sin pensarlo dos veces me acerco y le pregunto por la chimenea. El hombre sonríe. Me invita a pasar y a verla de cerca. Mientras caminamos hacia ella me cuenta que a su alrededor crece un huerto urbano. Yo no tenía ni idea. Deja la bicicleta junto a una valla y nos adentramos en el cercado.

Desde aquí puede verse la construcción en todo su esplendor. Tiene unas dimensiones impresionantes: 37,5 metros de altura y 2 metros y ochenta centímetros de diámetro en su base, que se reducen en lo alto hasta el metro sesenta. Fue construida por el arquitecto Fernando Navarro en el año 1900, y formaba parte de una factoría que pertenecía a la antigua Sociedad Canaria de Molinería y Panificación. Más tarde fue una fundición mecánica. Luego, en 1962, pasó a ser la fábrica de jabones "Dos Llaves", fundada por Manuel Quevedo Alemán, y que funcionó a pleno rendimiento hasta 1980, año en el que se destruyó el complejo.

El hecho de que se llame "Swanston" es un error que por alguna razón se consolidó con el tiempo, porque no existe vínculo alguno que relacione esta fábrica con los Swanston que construyeron el puerto. Probablemente sea por asociar la fábrica de jabón con el conocido jabón fabricado por esta familia inglesa y que toda la ciudad conocía como jabón "suasto".

IMG_1973 copia.jpgJose Luis, que así se llama mi cicerone, me enseña todo lo que tienen cultivado. Él es un agricultor a tiempo parcial, yo un urbanita a tiempo completo, y aunque me suena a chino todo lo que me cuenta del compost y las lombrices, le presto toda mi atención porque es algo que siempre ha llamado mi atención. Me dice que trabajar en ese pedacito de terreno es volver a nuestras raíces, es poner los pies en la tierra. Cuánta razón. Claro que no es el único que trabaja en ella. Forma parte de un heterogéneo grupo. Mientras me muestra todo lo que tienen plantado parece que la chimenea me observa desde lo alto. Soy un extraño que ha invadido sus dominios y que de repente planea escribir sobre ella. Yo no puedo evitar mirarla de vez en cuando, mientras a mi alrededor crecen tomates, higos, aguacates, frutas tropicales, plantas medicinales... siempre con el beneplácito de ese gigante, que languidece olvidado entre los edificios del barrio como el último testimonio del pasado industrial de Las Palmas de Gran Canaria.

Antes de irme le pido a Jose Luis que me deje tomar algunas fotografías. El amable agricultor desaparece unos instantes y regresa con un obsequio: un manojo de hierbabuena recién cortado y que huele de maravilla. Le doy las gracias y me acompaña hasta la puerta. Dejo atrás la tapia del colegio y mis pensamientos fluyen por el interior de la chimenea. Ya he olvidado a dónde iba... ¡ah sí! a ver a mi amiga, la que tiene alma de brocante. Continúo calle arriba y cuando llego a su local le digo:"Mira lo que te traje". Ella sonríe, ¡Un ramillete de hierbabuena!

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cumbre01.jpgEntre los libros que componen mi biblioteca hay dos que llaman la atención por su pequeño formato. Están encuadernados en piel, y tienen los lomos nervados. Para que el lector se haga una idea de su tamaño, piense en un cromo de cuatro centímetros por seis de alto, porque eso es lo que contienen: una colección de 84 cromos coleccionables de Banderas, editada en los años cincuenta y que venían como obsequio en el interior de las cajetillas de cigarrillos CUMBRE. Estas cigarettes cards fueron muy populares a mediados del siglo XX y abarcaron temas de lo más variopinto: Actores, actrices, atletas, aeroplanos, automóviles, fauna, flora, etc... Alguien completó la colección y mandó a encuadernarla. A costa de su salud, supongo.

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Pero dejemos a un lado las suposiciones y todo lo que el humo del tabaco conlleva y centrémonos en la marca: CUMBRE, ¿no le dice nada? Si vive en Las Palmas de Gran Canaria seguro que ha paseado más de una vez bajo la sombra del precioso edificio donde estuvo esta antigua fábrica de tabacos. Se encuentra situado en la calle Luis Antúnez, esquina Pi y Margall, en el barrio de Alcaravaneras. Este inmueble, o lo que queda de él, es uno de los más relevantes del patrimonio industrial de Las Palmas. Los más mayores sin duda lo conocerán. Yo reparé en él hace tan solo unos años.

cumbre02.jpgCuando llamó mi atención, el edificio ya había sido derribado en su mayor parte para construir aparcamientos y locales. Una lástima. Tan solo quedó en pie la preciosa fachada, diseñada por el arquitecto racionalista Miguel Martín Fernández de la Torre en 1922, y las dependecias donde estuvieron los despachos y oficinas de la tabaquera. Admiren las vidrieras. Son una maravilla.

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Santiago Gutiérrez Martín fue un importante tabaquero grancanario, pionero de esta industria en la isla de Gran Canaria. En 1905 abrió una pequeña fábrica de cigarros que llamó La flor Isleña. Los primeros años fueron difíciles, pero gracias a su esfuerzo logró exportar sus productos a Sudamérica, con gran aceptación en países como Uruguay y Argentina. Pronto modernizó y mecanizó su fábrica para poder hacer frente a la demanda. En 1922, Santiago Gutiérrez levantó este edificio que contaba con una superficie de 1.269 metros cuadrados. En Arenales, una de las zonas de expansión de la ciudad. Contaba con un patio central cubierto y dos alturas. En 1937 decide bajar la producción de cigarros puros y centra la producción en la fabricación de cigarrillos, para lo cual crea la marca Cumbre.

recorte caja.jpgEs fácil imaginar el ajetreo en esas estancias de la primera planta, ahora mudas y vacías. El que escribe ha tenido acceso al edificio. Lo único que queda es la invulnerable caja de caudales, que según delata el dial, fue fabricada en Barcelona. También sobreviven los pisos hidráulicos. Poco más.

Siempre podremos cerrar los ojos y recurrir a la imaginación. Entonces podremos ver los escritorios de caoba, las máquina de escribir, los tinteros, los archivadores, los enormes libros de contabilidad y el perchero junto a la escalera para los abrigos y sombreros de los empleados. Oiremos el ajetreo que viene de la fábrica, en la planta de abajo. Notaremos el tacto suave y cálido de la brillante barandilla de madera, mientras descendemos la escalera. Y nos embriagaremos con el aromático olor de la hoja de tabaco, que lo impregna todo. Una bonita forma de engañar a nuestros sentidos, para recordar lo que fue La Flor Isleña.

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IMG_E1933r.jpgEscribo este artículo en una negra y brillante Remington Portable nº 5 de 1938 con las teclas de cristal. Se la compré hace años a un señor que la tenía cogiendo polvo en el garaje de su casa, en el Risco de San Nicolás. Había pertenecido a su padre, que trabajó como contable para una exportadora de tomates y la usaba para la correspondencia, allá por la década de los cuarenta. Quería deshacerse de ella, así que negociamos una cantidad y me la llevé a casa. En aquel momento no estaba como luce ahora. Fue necesario rehacer algunas piezas, una buena limpieza, aceite y cinta nueva, para hacerla renacer y que escribiera como el primer día. Ahora está lista para lo que sea, y es un auténtico placer escribir en ella. Escribir sin distracciones, en negro sobre blanco.

Recuerdo la primera vez que vi uno de estos artefactos. Fue a finales del los años ochenta, cuando yo frisaba los diez años. En mi casa nunca hubo máquina de escribir. Las había visto en algunas películas en blanco y negro, en la abombada pantalla del Telefunken con los laterales imitando a madera que teníamos en casa. Me acuerdo de aquel día en casa de mi inseparable amiga Meri con la que me reunía cada tarde, después de la merienda, para hacer los deberes del colegio. Teníamos que hacer una redacción, y ella apareció con una máquina portátil de color beige. Comenzó a mecanografiar y el sonido de las teclas y la campanilla al final de cada línea me fascinaron.

Pasó el tiempo y ese recuerdo quedó encapsulado en mi memoria. Llegaron los primeros ordenadores. Los procesadores de texto. Las impresoras. Fue cuando empecé a sentir la necesidad de escribir cuando aquel inofensivo "aleteo de mariposa" producido a finales de los ochenta cobró fuerza y comencé a buscar una máquina de escribir para dejar, por unos instantes, la sofisticación de la informática y volver a lo básico; al encanto de lo simple; a la esencia. La máquina elegida fue una Corona n.3 de 1917. Una máquina de reportero elegida a dedo que salió del puesto de un anticuario del mercadillo de Portobello Road, en Londres. Elegida a dedo porque era el mismo modelo que usó uno de mis escritores favoritos para redactar sus artículos desde París, en los años veinte. Hablo de Ernest Hemingway. El aparato antediluviano necesitó de una puesta a punto antes de que pudiera colocar un papel en el rodillo y trasportarme a casa de mi amiga, a aquella tarde a finales de los ochenta, cuando tuve ante mí una máquina de escribir por vez primera.

El modelo que usó Hemingway en los años veinte fue la primera de mi incipiente colección. Luego llegó una Royal Quiet de Luxe de 1946, usada también por Ernest en Finca Vigia (Cuba), y algunas más que reposan entre los libros de mi biblioteca, o en sus estuches, y que no voy a enumerar para no aburrirle con marcas y modelos. Todas restauradas o a la espera.

A Hemingway no lo conocí personalmente. No tuve el placer, por una cuestión cronológica. Pero me hubiera encantado. A José Miguel Alzola sí lo conocí. Otro de mis escritores favoritos. Fue una gran suerte conocerle. Él también usaba máquina de escribir, aunque prefería la pluma y la cuartilla. La suya era una Olympia Traveller de Luxe que tenía a un lado de su escritorio, en su despacho de la calle Peregrina. Recuerdo una vez que la vi expuesta en el escaparate de la barbería de Triana donde solía arreglarse, junto a un retrato suyo y algunos de sus libros, a modo de homenaje.

Sonados han sido los casos de máquinas con pedigrí ascendidas a la categoría de reliquia y que han alcanzado cifras astronómicas en el mercado. Véase el caso de la actriz Angelina Jolie que quiso regalarle a su futuro marido, Brad Pitt, la Underwood que usó mi querido autor de El viejo y el mar, dando una señal de 25.000 dólares como anticipo del cuarto de millón que pedía su afortunado poseedor. Por alguna extraña razón, Angelina renunció a la máquina y acabo regalándole un reloj. Un reloj caro, por supuesto.

Otro que llama mi atención es el de la máquina del escritor estadounidense Cormac McCarthy, autor de La carretera, entre otros títulos. En 2009, ahogado por las deudas, tomó la difícil decisión de vender su desgastada Olivetti Lettera 32. La usó durante 46 años para escribir novelas, guiones y cartas. Fue subastada por la casa Christie´s y se esperaba recaudar entre 15 y 20.000 dólares. El precio final fue de 254.000 dólares.

Hace unos días, mientras terminaba de poner a punto la Remington que aparece en la fotografía, recibí un mensaje de mi madre en el que me decía que acababa de comprarme una máquina. Adjuntaba algunas fotografías. Era la misma con la que McCarthy había escrito más de cinco millones de palabras: una Olivetti Lettera 32 en perfecto estado, sin duda una rara avis. Había pagado por ella la irrisoria cantidad de 4 euros.

Y mientras escribo estas líneas en esta preciosa máquina, mi hijo me observa, y pienso en el efecto mariposa... quién sabe...quizá dentro de unos años se repita la historia.

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IMG_E1930.JPGCuando se trata de antigüedades, hasta el objeto más insignificante puede esconder una historia interesante. Miren si no, el bodegón que acompaña este artículo. Observen esa cajita de cartón de color borgoña rotulada en plateado con los datos de una librería. Probablemente sirvió para guardar tarjetas de visita, puesto que la "Gran Canaria", como bien indica la leyenda, además era imprenta y papelería. Salta a la vista la preciosa filigrana modernista que aparece entre líneas. Es posible que algún lector ya esté recorriendo mentalmente la calle Obispo Codina, en Vegueta, y haya llegado a la conclusión de que allí no hay ninguna librería ni nada que se le parezca. Está usted en lo cierto. Pero las hubo, porque además de la que hoy nos ocupa, existió una llamada Moderna (1925-1931), y otra cuyo nombre era Hispania (1931-1977) en el local donde hay hoy una conocida cervecería. Pero no nos confundamos de estantes y descubramos la historia que hay detrás de este objeto en apariencia insignificante.

Canarias turista 01061910.jpgLa librería Gran Canaria fue fundada en 1908 por un hermano del alcalde José Mesa y López. Más tarde, en 1923, la adquiere el poeta Alonso Quesada, en sociedad con Manuel Valle. Empezaron con ciertas dificultades, ya que no tenían suficiente dinero y se vieron obligados a recurrir a la firma de letras de cambio. Apenas hacía un año que Quesada había abandonado su empleo en el Bank of British para ocupar un puesto de encargado de estadística en la Junta de Obras del Puerto de la Luz. Su nuevo empleo le permitió tener más tiempo ya que solo trabajaba de mañana. Su idea era dedicar el resto del día a su actividad literaria, pero la librería comenzó a dar más preocupaciones que ganacias y se vio obligado a emplear las tardes en sacar el negocio adelante. Pero no hubo tiempo. La salud del poeta, que nunca fue buena, comenzó a resquebrajarse y la "Gran Canaria" colgó el cartel de cerrado pocos meses después de haber cambiado de manos. Para siempre.

00007247_0001.jpgAlonso Quesada falleció en 1925, aún no había cumplido los 39 años. Fue enterrado junto al mar. A veces visito su tumba, y entonces lo imagino saliendo de la librería, tocado con un sombrero hongo y envuelto en un gabán, hilvanando versos con la tinta reseca que los asientos contables han dejado entre sus dedos.


Imágenes:
Anuncio publicado en la revista Canarias Turista, el 10 de junio de 1910.
La fotografía fue tomada en 1918, y en ella aparecen, de izquierda a derecha, Alonso Quesada, Saulo Torón y Tomás Morales.

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IMG_1904 copia.jpg¿Quién no se ha fijado en esa impresionante escultura? Remata un precioso edificio de Las Palmas de Gran Canaria, y lleva ahí casi medio siglo. Para ser más preciso y por si el lector no la ubica, se encuentra en lo alto del nº 120 de la Calle Mayor de Triana, orientada hacia el Parque de San Telmo. Yo llevo fijándome en ella toda la vida. Recuerdo de niño ir en el asiento trasero de un precioso y largo Peugeot 404 conducido por mi padre, y ver con asombro a través de la ventanilla su majestuosa silueta recortada en el cielo, mientras me preguntaba qué era eso que estaba allí arriba.

Con los años supe que se trataba del símbolo de la sociedad La Unión y el Fénix Español, una compañía de seguros que tenía su base en este imponente edificio situado al final de Triana. La aseguradora fue fundada en 1879 y surgió de la fusión de La Unión (1856) con El Fénix Español (1864). Sus sedes ocuparon suntuosos edificios en las principales capitales de España, todos ellos rematados con una escultura de bronce como la que hoy nos ocupa. Hasta que la aseguradora desapareció en 1998. Algunos de esos inmuebles se han convertido en hoteles y conservan a Ganímedes tocando el cielo, subido sobre una de las alas del Ave Fénix. Por suerte en Las Palmas mantuvimos la nuestra.

Pero, ¿quién fue el autor de esa composición escultórica? El escultor francés Charles René de Saint-Mairceaux (Reims 1845 - París 1915) realizó el encargo en 1911, representando a un ser humano joven, bello, prometedor, sentado en una de las alas del Fénix y levantando un brazo en el aire.

elraptodeganimedespeterpaulrubens.jpgEl rapto de Ganímedes. Peter Paul Rubens

Cuenta la leyenda griega que Ganímedes, el bello joven nacido en el monte Ida, inspiró el amor de Zeus, y éste lo raptó para que fuera su copero escondiéndolo entre las alas de un águila. Para compensar a su padre por la pérdida, Hermes le llevó una vid de oro, obra de Efesto, más dos caballos de pura raza. Ganímedes fue así copero de los dioses del Olimpo y obtuvo el don de la eterna juventud.

Pero dejemos a un lado la mitología y volvamos a esa figura que forma parte del entorno de San Telmo. Mientras tomaba esa fotografía que encabeza este artículo me asaltó una pregunta, ¿Desde cuándo lleva ahí? Ya dije al principio de este artículo que la primera vez que la vi yo era un niño y de eso hace ya algunas décadas. La respuesta la encontré en el archivo del arquitecto Miguel Martín-Fernández de la Torre, que fue quien firmó los planos del "Proyecto para la instalación un águila Fénix", con fecha de noviembre de 1971. Vean este detalle del alzado donde se precisa la ubicación de la figura.
Alzados001rec.jpgLlama mi atención la indicación "suprimir" sobre las esculturas situadas en los extremos de la cubierta, y que se aprecian en esta fotografía antigua, ¿qué habrá sido de ellas?

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Han pasado algunas décadas desde que vi por vez primera la esbelta silueta de Ganímedes, dominando el cielo, sentado sobre un pájaro de fuego. Entonces yo solo era un niño descubriendo la ciudad a través de la ventanilla de un Peugeot color teja. Por suerte no he perdido esa capacidad de asombro, y siempre que paseo por el parque alzo la vista y busco la belleza de esa escultura entre la arboleda.

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20141122_135523~2.jpgDespejar incógnitas es uno de mis pasatiempos favoritos, a pesar de que nunca se me dieron bien las Matemáticas. Yo siempre fui de letras; de Literatura; de Historia; de lenguas muertas... Un ratón de biblioteca con un suspenso eterno en Matemáticas que con el tiempo se convirtió en un detective por cuenta propia ocupado en resolver enigmas, ¿pero de qué tipo? Cualquiera que comenzara en un rastro de tinta y terminase en archivos y hemerotecas. Pero seguir un rastro de ese tipo a veces no resulta sencillo. En ocasiones ocurre que cuanto más investigas más se difuminan las certezas, y las pistas se vuelven brumosas. Quienes siguen mis escritos desde el principio ya conocen mi pasión por los manuscritos. Hoy les traigo el caso de dos antiguos cuadernos que llevan años cogiendo polvo en mi biblioteca, y de los que aún no he podido averiguar la misteriosa identidad de la mano que se esconde tras esa preciosa letra.

IMG_E1848 ret.jpgSe trata de dos cuadernos numerados y titulados "Patología Quirúrgica", que según aclara la primera página del cuaderno nº 1, "es aquella parte de la medicina que se ocupa especialmente de las enfermedades externas o quirúrgicas", o para entenderlo mejor, aquellas enfermedades que exigen procedimientos manuales u operatorios para su curación. Fueron escritos a plumilla con una delicada y pulcra letra cursiva en algún momento del siglo XIX. Sus más de 350 páginas contienen 62 lecciones, y hay muchas curiosidades. Llama mi atención las explicaciones sobre la picadura de distintos animales.

Veámos lo que dice sobre la serpiente de cascabel: "Es una culebra cuyas escamas producen al andar un ruido particular al que debe su nombre. Esta picadura es siempre mortal pues el veneno produce instantáneamente una adinamia extraordinaria. Se cuenta que el capitán Daille ató una culebra e hizo que mordiese a tres perros y los tres murieron; el 1º a los 30 minutos, el 2º a las dos horas y el 3º a las 3 horas y media. Mr. Drake murió también a las 9 horas de haber sido mordido. De todos modos debemos hacer la cauterización con el cauterio actual y hacer uso de bebidas excitantes y tónicas."

IMG_E1850 copia.jpgRespecto a la de escorpión: "Este animal es una araña cuya picadura es más graves que las dichas antes. Sus síntomas son: dolor muy agudo; tumefacción y rubicundez que se propaga a mucha distancia, hay además los síntomas nerviosos siguientes que son muy pasajeros: angustia, ansiedad, tendencia al desfallecimiento, náuseas y vómitos. Se cura usando primero los repercusivos y después los emolientes y narcóticos. Deben administrarse ligeros antiespasmódicos."

Lo que revela sobre la picadura de la tarántula no tiene desperdicio: "La tarántula es una araña de Tarento cuya picadura va acompañada de los síntomas locales dichos en la de escorpión y de algunos síntomas generales, y principalmente una agitación continua. Ha habido la preocupación de que esta picadura se curaba tocando en la guitarra ciertas sonatas al compás de las cuales bailaban los enfermos. Las curaciones obtenidas por este medio dependen del sudor que se determina y el mucho ejercicio, y de la preocupación que hay. El método curativo que hay que emplear es el mismo que para la picadura de escorpión."

También aparecen algunas fórmulas magistrales, como ésta para elaborar el que la mano anónima denomina Licor de Gaugal, y que resulta ser un potente desinfectante. Aquí tienen la receta: "de agua común, dos libras; de cloruro sódico, onza y media; de alumbre, ídem; de nitrato de potasa".

IMG_1849 copia.jpg Admiren la caligrafía y lean un extracto de lo que dice de las heridas por armas de fuego: "Los antiguos creían que los proyectiles adquirían un veneno al atravesar el aire, así consideraban como envenenadas todas las heridas que producían, lo cual dio lugar a graves errores terapéuticos".

Estas son solo algunas píldoras para que el lector se haga una idea de la curiosa información contenida en estas páginas amarillentas. Puede que a estas alturas se haya preguntado como llegaron a mis manos. Los encontré en el estante de una de esas librerías donde van a morir los libros que ya nadie quiere.

Pero vayamos al misterio que nos ocupa, ¿quién fue el autor de estos cuadernos? Para averiguarlo elaboré una relación de los médicos que ejercían en Las Palmas en el año 1869, acotando así las posibilidades:

-Domingo Navarro Pastrana
-Domingo Déniz Greck
-Manuel González y González
-Luis Navarro Pérez
-Juan Padilla y Padilla
-Pedro Suárez Pestana
-Miguel de Rosa y Báez
-Gregorio Chil y Naranjo
-Andrés Navarro Torrens
-Victor Grau Bassas
-Antonio Jiménez Suárez

El siguiente paso consistió en comparar la caligrafía del cuaderno con la de los doctores anteriormente mencionados. Descarté a Gregorio Chil y Naranjo porque los técnicos de El Museo Canario no reconocieron en los cuadernos la letra de su fundador. También taché de la lista a Pedro Suárez Pestana. En su día escribí un artículo titulado Misterio caligráfico en el que analizaba una receta expedida por este doctor en 1872, y no hace falta ser un perito calígrafo para comprobar que no fue el artífice de estos apuntes. Para seguir tachando nombres de la lista es necesario encontrar documentos escritos por estos doctores, y ahí es donde se detienen mis investigaciones por tener muchos frentes abiertos sobre el escritorio y muy poco tiempo. Confío en que más temprano que tarde acabaré retomando el caso y averiguando, si tengo suerte, la identidad de este enigmático médico del siglo XIX.

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underwood standard.jpgSe pasaba horas mirando aquellas antiguas fotografías; haciéndose preguntas en silencio; observando cada detalle a través de una lente de aumento. Tanto las miraba que a veces notaba como las personas que aparecían cobraban vida y las escenas en blanco y negro se llenaban de color y movimiento.

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fragmento001.jpgLas Palmas, 1929. El que escribe se encuentra paseando por Perojo mientras la tarde cubre de sombras los elegantes edificios que flanquean la calle. A mi espalda queda en la lejanía la torre norte de la Catedral illuminada por los últimos rayos del día. Prenden las farolas e iluminan vagamente aceras y portales. Detengo mis pasos al final de la calle, frente a un establecimiento llamado Paris Garage. Este negocio bien podría estar ubicado en una rue cualquiera de la capital francesa, porque aparte de su evocador nombre, en sus oficinas se habla más francés que castellano.

IMG_1769ret.jpgTras su sobria fachada se esconden dos niveles donde hay espacio para 150 coches. En la planta alta hay unos modernos talleres, y en la baja, un concesionario de automóviles, almacenes, y unas oficinas donde se gestiona la representación de varias marcas, entre las que destaca Michelin. Leí hace unos días en la prensa de esta época que es uno de los establecimientos más importantes de Las Palmas, y no me cabe duda. La nave es enorme y comunica Perojo con Canalejas. Mire cómo se anunciaban:

30071929  La Crónica diario de información.jpgLos vanos del Paris Garage no tardan en iluminarse. Un coche toca la bocina y su rumor se pierde en las entrañas del edificio. Fuera, un mecánico inserta una manivela en la calandra de un Ford modelo T y la gira enérgicamente poniéndolo en marcha. Luego le da unas indicaciones al chauffeur, y el vehículo desaparece calle arriba expulsando una densa nube de humo que deja en el ambiente un desagradable olor a gasolina mal quemada. Me ajusto el sombrero y cruzo la calle. Tras el escaparate rotulado con el nombre del garaje veo preciosos automóviles de las marcas Buick, Oldsmobile y Marquette. En la época de donde vengo serían auténticas piezas de museo. Aquí aparecen aparcados en la calle, o circulando junto a carros tirados por animales. Me encantan los coches pero no son el motivo de mi viaje. He viajado atrás a este lugar y a este tiempo porque Paris Garage es el representante para Las Palmas de las prestigiosas máquinas de escribir Underwood, y necesito repuestos para mi Standard nº 3 de 1928. Entro en las oficinas y el tintineo de una campanilla anuncia mi presencia. A la izquierda está la sección de repuestos. Estanterías atiborradas de piezas, llantas de madera y neumáticos en hilera sorprendentemente finos que desprenden un intenso olor a caucho. En el mostrador un dependiente despacha a un caballero que necesita unas cintas de freno para un Packard Touring de 1926. Del almacén sale otro chico dispuesto a atenderme y le enseño un dibujo con los muelles y rodillos que necesito para mi máquina. Consulta un catálogo de despiece y sin articular palabra desaparece unos instantes y regresa con unas cajitas con el logotipo de Underwood que contienen lo que necesito. Aprovecho y compro también cinta nueva. Desde que desapareció Rexachs conseguirlas es un suplicio.

Pago los artículos y al salir paso por delante de la oficina y me detengo a observar a una secretaria que golpea a toda velocidad las teclas de una máquina de escribir negra y reluciente. Sobre la mesa tiene un montón de papeles y carpetas, y en la pared, un enorme cartel de Michelin con Bibendum subido en un neumático. Hay una puerta entreabierta detrás de ella. El olor a habano debe proceder de ese despacho. Desde aquí veo dos cajas fuertes, archivadores metálicos y algunos carteles publicitarios de General Motors. Se oyen las voces de dos caballeros que hablan en francés. La chica nota mi presencia y levanta la mirada del papel. Me pregunta con un acento encantador si deseo algo. Le digo que no y me dispongo a salir. En ese momento suena un timbre y la chica descuelga el brillante auricular de un oscuro teléfono de baquelita. Me indica con la mano que espere y tras unos instantes dice que preguntan por mí. Respondo que eso es imposible. Para mi sorpresa pronuncia mi nombre y no sé que decir. Un escalofrío recorre mi espalda y mi corazón se pone a mil. La chica insiste en que me ponga y me ofrece el auricular. Ignoro su extraño ofrecimiento y ya en la calle empiezo a correr. En la huida pierdo el sombrero que adquirí en otro viaje en el tiempo y el cartucho con los repuestos. Cuando ya estoy a punto de perder el aliento emprendo el viaje de regreso al presente y me descubro sentado en mi escritorio, bañado en sudor, delante de mi vieja Underwood. Por primera vez me he sentido en peligro en uno de mis escritos, y me asaltan muchas preguntas ¿Quién estaba al otro lado de la línea? ¿tal vez otro viajero en el tiempo? y lo más inquietante... ¿qué quería de mí?

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