los blogs de Canarias7

Archivos Junio 2018

IMG_1502.jpgPalidecen las antiguas fotografías en los álbumes familiares. Se oxidan los pigmentos. Se difuminan los contornos... y las escenas se tiñen de nostalgia. Algo parecido pasa con los recuerdos. Unos desaparecen sin dejar rastro. Otros en cambio nos acompañarán siempre, y a diferencia de las fotografías, que acusan el paso del tiempo, los buenos recuerdos permanecen intactos, se vuelven tangibles, y nos sentimos a salvo cuando nos refugiamos en ellos y comprobamos que aún conservan el brillo del primer día.

Como decía Gil de Biedma, "ahora que de casi todo hace veinte años"... es bueno volver alguna vez a esos viejos álbumes para revivir en imágenes ésos, y otros recuerdos que quedaron en alguna parte. Imágenes difusas en las que extrañamente nos reconocemos.

El otro día, revisando esos álbumes, me di cuenta de que la ternura no solo estaba en esos niños que aparecen en las imágenes. La ternura también se encontraba en el encuadre, en el ojo que detrás de la lente miraba con asombro a sus hijos a través del visor de aquella cámara réflex de fabricación rusa que aún anda por casa. Permítame el lector aprovechar esta tribuna para dar las gracias a mis padres por esa infancia tan feliz que quedó inmortalizada en esa serie de preciosas fotografías, y que marcaría el rumbo de mi vida. Hoy quiero que ellos dejen de estar al pie del cañón y se acomoden en un palco en primera fila, en este escenario donde mis letras cobran vida, para analizar unas fotografías que disparó mi madre y que rescató a petición mía.

Guardaba tan solo una imagen difusa en el desván de mi memoria de una enorme pieza de artillería. Recuerdo vagamente aquel día... paseábamos por los jardines que en aquel momento rodeaban el Castillo de la Luz, y mi padre me subió al pie de aquel cañón, quizá usted se acuerde de él. Yo debía tener unos 4 años... sería entonces 1981...

IMG_1504 copia.jpgCuando volví a ver las fotografías me asaltaron los recuerdos, pero también varias preguntas, ¿qué pintaba ese cañón en aquellos jardines? ¿qué historia escondía? He aquí las averiguaciones de este detective a tiempo parcial.

El cañón de 120 mm perteneció a un crucero pesado de la marina de guerra española llamado "Canarias". Su fabricación se inició en los astilleros de Ferrol el 15 de agosto de 1928, y fue botado el 28 de mayo de 1931. Tenía un desplazamiento de 10.000 toneladas, una eslora de 193,90 metros y 19,52 de manga.
silueta.jpgContaba con 8 cañones de 203 mm, otros 8 de 120 mm, y 12 tubos lanzatorpedos. Tenía una potencia de 90.000 caballos, alcanzaba una velocidad de 33 nudos, y su tripulación estaba formada por 800 hombres. Tomó parte en la Guerra Civil Española. Su rapidez junto a su artillería, hizo que fuese muy temido.

crucero.jpgDurante la Segunda Guerra Mundial, tras el hundimiento del acorazado alemán Bismarck por la Marina Real Británica, salió a la mar para buscar supervivientes, sin éxito. Participó también en la guerra de Ifni, efectuando bombardeos de costa y apoyando a las unidades terrestres sitiadas por el enemigo. Mientras estuvo navegando lo mandaron 43 capitanes, y se convirtió en la más célebre unidad de la Marina de Guerra española, de la que fue su buque insignia durante casi cuarenta años. Fue dado de baja el 17 de diciembre de 1975. Hubo intentos de convertirlo en museo flotante, pero finalmente fue desguazado. En 1980, una de las cuatro hélices del crucero fue entregada a la ciudad de Santa Cruz de Tenerife para su exposición en un parque público, y un cañón de 120 mm fue a parar a los jardines del Castillo de la Luz, en Las Palmas de Gran Canaria. Y entonces aparecí yo... mi padre me subió... y mi madre tomó esas dos fotografías.

Les invito a volver la vista atrás en esos álbumes familiares, y estarán de acuerdo conmigo que aunque palidezcan las fotografías, los buenos recuerdos seguirán brillando como el primer día.

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IMG_1415.JPGLa mansión solitaria y en ruinas, la fachada quemada, la buhardilla torcida... y en las ventanas rotas, esquivas siluetas que observan tras las roídas cortinas a las almas, que con prisas, caminan sin rumbo y a la deriva... y nunca se fijan en esa casa abandonada, llena de sombras, y aparententemente... sin vida.

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IMG_E1462.JPGEs verano de 1885, y un cartero cargado con una pesada bolsa de cuero recorre las calles de Vegueta repartiendo la correspondencia. Lleva toda la mañana entregando telegramas y deslizando cartas por debajo de las puertas. Le duele la espalda de agacharse y busca sombra y asiento en la plaza de Santa Ana. Mira a su alrededor, y cuando comprueba que no hay rastro de su supervisor apoya su trasero en un muro, se quita la gorra para secarse el sudor y mete la mano en el interior de su bandolera. La próxima entrega será en la calle Espíritu Santo, en una mansión que está frente a la plaza. "Ya estoy viejo para estos menesteres", murmura mientras se ajusta la gorra y se pone de nuevo en marcha. El sol de mediodía inunda la calle y el cartero nota el calor que irradia el suelo en las plantas de sus pies. Tiene sendos agujeros en las suelas de sus zapatos. Hace tiempo que necesita unos nuevos, pero su salario no le da para tanto. Tiene que elegir entre quemarse los pies o comer, y él lo tiene claro. Llega a la puerta de la mansión. Saca un sobre de color marrón y lo introduce por la abertura para el correo.

En el interior de la mansión no hace calor. Tiene un patio interior con una fuente, y corre una brisa agradable por el corredor, que proviene del jardín que hay en la parte trasera. Una señorita ha oído un chirrido leve en la entrada y recoge su largo vestido para bajar corriendo las escaleras. La entrada está en penumbra, y palpa el sobre que está en el suelo, junto a la puerta. Lo recoge y mira el remitente: Almacenes Printemps, París. No puede estar más contenta. Luego se pone de puntillas y mira por la abertura. Tiene unos ojos azules preciosos. Sus pupilas se contraen y ve al viejo cartero en la casa de enfrente. Acaba de meter una carta bajo la puerta y se incorpora llevándose una mano al costado mientras su rostro gesticula de dolor. Luego desaparece lentamente calle arriba y la trampilla se cierra.

La muchacha regresa a su habitación y cierra la puerta con llave. No quiere que sus hermanas se enteren de que ha llegado el catálogo que tanto esperan. Sentada en la cama rasga el sobre y extrae la revista correspondiente a la Estación de Verano de los Grandes Almacenes del Printemps de París. Trae todas las novedades en cuanto a moda femenina y masculina se refiere. Estas últimas páginas las pasará por alto. A ella solo le interesan las ilustraciones de las damas y las muestras de las telas. Sueña con verse dentro de uno de esos preciosos vestidos y deslumbrar en una fiesta.

Oye pasos en el pasillo. LLaman a la puerta. Es una de sus hermanas mayores. Ella se asusta y esconde el catálogo donde guarda los de otras temporadas. En un hueco en la pared, detrás de una tabla. Luego corre a abrir y actúa como si no pasara nada. Su hermana entra en la habitación, y la mira con desconfianza.

victorian-ornament-swirls.jpgVerano. En la actualidad. La misma casa. Después de varias décadas abandonada una mujer la compra e inicia las obras para convertir la mansión en un hotel de ensueño en el corazón de Vegueta. Hay mucho trabajo pero espera inaugurarlo el próximo invierno.

En una habitación de la planta alta un albañil retira una tabla corroída y encuentra un hueco en la pared. Mete la mano y extrae un montón de papeles viejos. Son catálogos de finales del siglo XIX, y los deposita sobre la tabla áspera de un andamio. Les echa un vistazo y antes de tirarlos, decide consultar con la dueña que está en el patio mirando un muestrario de papeles pintados. Mientras la mujer sube las escaleras, un leve chirrido resuena en la entrada y un repartidor desliza un catálogo envuelto en plástico de unos conocidos almacenes por la rendija del correo. Su hija, que miraba el movil distraída sentada en el muro de la fuente, va a por él. Ya en la habitación de arriba, la propietaria queda maravillada con el descubrimiento. No es para menos. Veámos una muestra de lo que encontró el obrero.

IMG_E1463.jpgIMG_E1464.jpgIMG_E1467.jpgIMG_E1466.jpgIMG_E1468.jpgIMG_E1469.jpg

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tempestad copia.jpgEscribo para viajar al pasado, y tengo varios destinos favoritos. Como el lector ya se habrá percatado, la ciudad de Las Palmas en el siglo XIX es uno de mis preferidos. Un atractivo escenario al que regreso a mi antojo a través de la escritura, sin más límites que los de mi imaginación, que se alimenta con la lectura de textos que poco a poco van ampliando mi ángulo de visión sobre ese periodo.

Otro medio para emprender esos viajes es a través de la gran cantidad de fotografías antiguas que han sobrevivido, y que son tan evocadoras. Mejor no pensar en todas las que hemos perdido por el camino. Imágenes del pasado que nos ofrecen viejos trazos de una ciudad en blanco y negro que a veces se torna desconocida, y que no ha dejado ni dejará de transformarse, a riesgo de perder todo su encanto. Y que decir de la prensa antigua, en ella ha quedado retenida la esencia. El día a día de la sociedad de aquella época.

Además de la letra propia o ajena, impresa o manuscrita; de las fotografías antiguas; de la encantadora prensa; tenemos una serie de grabados con los que deleitar la imaginación y la vista, dibujados por un enigmático artista llamado James J. Williams. Y digo enigmático porque cualquier acercamiento a su figura se vuelve inútil. No existen referencias sobre este dibujante en ninguna galería ni museo del mundo. Lo único que tenemos son los magníficos dibujos que realizó en Canarias entre 1820 y 1830 para ilustrar la Historia Natural de las Islas Canarias, de Philip Barker Webb y Sabino Berthelot, en cuyo apéndice aparece su nombre.

Hace años estuve investigando su serie de grabados, buscando los lugares exactos donde el artista se sentó a dibujar y fotografiándolos en la actualidad. Descubrí cosas interesantes, y con el tiempo hasta escribí un relato titulado El grabado misterioso.

Hoy quiero enseñarle uno de los grabados: la plancha nº 12. Así aparece numerada en la obra de Berthelot y Webb. La lámina se titula, en francés, Ciudad de Las Palmas capital de la Grande Canarie. Vue de lìsthme de Guanarteme.

Busqué el lugar exacto donde Williams se sentó a dibujar y lo encontré. Para que el lector se sitúe, el artista se colocó aproximadamente donde hoy está el Arsenal, junto al Club Náutico. No aparece en la escena, pero fuera del marco, a la izquierda, estaría el castillo de Santa Catalina. Fíjese en ese enterramiento en primer término, y la silueta de la ciudad a lo lejos, ¿la reconoce? Le dejo unos instantes para que se recree en el grabado. Disculpe por la resolución de la imagen pero el blog no permite mayor detalle.
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Al principio de este artículo comenté que otro de los medios para viajar al pasado era la fotografía antigua. Ahora vamos a comparar con el grabado una fotografía tomada por el célebre fotógrafo Luis Ojeda Pérez en 1890. Dibujante y fotógrafo se situaron en el mismo punto con sesenta años de diferencia ¿casualidad? No lo creo. Parece como si Ojeda buscara las localizaciones de los grabados de Williams y plantara allí su trípode para tomar una fotografía. Juzgue usted mismo:
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No sé si a usted le pasará como a mí. Hay una fuerza que me empuja a regresar una y otra vez a ese periodo y a esa "otra ciudad", tan diferente a la actual, movido por la curiosidad del que apenas sabe nada, y quiere saber. Quiere volver.

Volveremos a la ciudad vieja de la mano de Williams, y del encuadre de Ojeda... y si me lo permite, yo pondré las palabras.


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IMG_E1438.JPGEn un rincón oscuro y apartado de mi biblioteca hay una sección completa dedicada a la letra manuscrita, compuesta por varios anaqueles repletos de cuadernos a la espera de su estudio, y varias cajas conteniendo documentos de diferentes géneros pendientes de clasificar. Todos anteriores a 1900 y relacionados con el pasado de esta ciudad. Para acceder a la parte alta hay que subirse a una de esas retorcidas escaleras de caoba que mueves a tu antojo. Ésta en concreto tiene cuatro peldaños almohadillados en piel, y un pasamanos torneado con un diseño bastante elaborado. Debe tener más de cien años. Ya estaba en la casa cuando la compré, al igual que la mayoría de los libros que cubren las paredes.

Anoche, mientras leía en la cama una novela sobre la armada real inglesa, salió a relucir en el texto la esencia de laudano, un antiguo remedio usado para reducir cualquier tipo de dolor. Fue entonces cuando recordé aquel curioso cuaderno manuscrito que cayó en mis manos hace mucho tiempo, y que contenía apuntes de contabilidad, ungüentos, fórmulas magistrales... y secretos.

Ya sin sueño bajé a la biblioteca y coloqué la escalera frente a la sección de manuscritos. Tengo vértigo, así que sin pensarlo demasiado me subí al último peldaño, agarré el cuaderno y volví a poner mis pies en el suelo.

Ya sobre el escritorio, me esforcé en leer lo que alguien hace mucho tiempo había tachado: "Factura de Entrada y Salida". En letra inglesa y legible: "Cuentas Corrientes", "1826", aunque luego una mano modificó el dos convirtíendolo en un nueve.

Analizando el contenido de este cuaderno apreciamos que fue escrito en distintas épocas, y para diferentes usos. En una de las primeras páginas aparece con letra desvaida una fecha, 1813, y debajo un título que a mí me enganchó: "Secretos raros de artes y Oficios".
IMG_1440.JPGSirva de ejemplo este remedio que copio textualmente:

"Modo de teñir de negro un caballo castaño. Habiendo hecho hervir partes iguales de cal y de litargirio en agua, se tomará la nata, o película que se forma en la superficie, y se frotará el caballo. Si esa frotación se hace por la noche, a la mañana tendría el pelo negro."

¡No sé yo! ¡no lo intenten en su cuadra! Pobre caballo.

Otro secreto es la fórmula del "Famoso jarabe expectorante de M. Zanetti, en París a 27 de abril de 1817", les invitó a pelearse con la caligrafía:
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La última parte del cuaderno la destinaron a la contabilidad de un comercio que abastecía de repuestos y suministros a veleros:
IMG_1442.JPGEntre las páginas aparecen muchas notitas sueltas con diferentes mensajes que no tiene desperdicio, véase uno que dice:

"Señor don Lucas: van los calzones de su padre y la chaqueta, de hechura es las dos piezas medio duro; un real el forro, y una fisca de hilo y hornillos, me manda el real y la fisca del forro y los hornillos, y espero que ahora siga como fue [...] desde un principo dejar la mitad por cuenta de la deuda y la otra, mandarla para podernos mantener, su afectísima
Antonia Duarte 9 de marzo de 1834"

El cuaderno está repleto de curiosidades y fórmulas extrañas. Sin duda merece varias entradas. Quizá más adelante volvamos sobre él, para continuar desvelando sus secretos...

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Cuenta la leyenda que en esa vieja mansión habita un fantasma, y a quien se atreva a dormir en su torre le pasarán cosas extrañas. Si eres valiente y logras conciliar el sueño, pasada la medianoche una presencia invadirá tus aposentos. Cuando cierres los ojos y yazcas indefenso, sumido en una pesadilla o en el más dulce sueño, un espíritu rondará tu cama para secuestrar tu aliento.

¡Dicen los sirvientes que es una antigua dama que viste de negro! La oyen murmurar de noche...y algunos afirman haberla visto llorar mientras se peina frente al espejo, en lo alto de la torre, donde dormir no es un buen consejo.


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lacasadelmiedo.jpggoonies.jpgEn 1985 estrenaron una de esas películas que marcó mi infancia y la de muchos niños de mi generación: Los Goonies, dirigida por Richard Donner. Yo la vi en 1987, y quedé poseído por ese espíritu de la aventura que sumergía a los protagonistas en la búsqueda de un tesoro, movidos por una noble causa: salvar sus hogares de la excavadora.

Fue en ese mismo año de 1987 cuando mi pandilla y yo, que rondábamos los 13 años, nos reunimos una oscura tarde de invierno armados con linternas para explorar una casa abandonada en el corazón de Vegueta, conocida como la casa del miedo. La expedición fue planeada la tarde anterior y sabíamos que entrañaba riesgo, por el estado ruinoso de la mansión, por eso había que mantener nuestros planes alejados de los oídos de nuestros padres ¡La infancia es muy atrevida!

Nuestro objetivo se encontraba en la calle Reyes Católicos. Una casa de estilo colonial de varios siglos de antigüedad que décadas atrás había servido como cuartel de la policía. Había oído hablar de ella pero era la primera vez que la veía, y al observarla desde la otra acera me llamó la atención la extraña inclinación de la fachada, que le confería un aspecto aún más siniestro, y aquella puerta entreabierta... invitándonos a pasar.

La noche comenzaba a caer. Esperamos a que no hubieran moros en la costa y entramos. Una vez en el interior, encendimos nuestras linternas y descubrimos un zaguán repleto de papeles y basura. La casa llevaba tiempo abandonada y no éramos los primeros en profanar sus entrañas. Un enorme armario, tirado en el suelo, bloqueaba el acceso al patio. Pasamos por encima con cuidado y accedimos a un espacio abierto donde crecía, a su antojo, un jardín en el que sobresalían unas cuantas palmeras. A la izquierda habían tres puertas alineadas que inspeccionamos y llegamos a la conclusión de que eran antiguos calabozos. Recuerdo las gruesas cerraduras y unas banderas pintadas... ya desgastadas, en la pared. Oculta bajo las enormes hojas de una de las palmeras, había una escalera de madera que subía hasta la segunda planta. Debajo de ella había una puerta escondida que daba acceso a un sótano maloliente al que no entramos, por el fuerte olor a cerrado y por el limitado haz de nuestras linternas, que apenas lograban iluminar unos metros.

Subimos a la segunda planta y los escalones carcomidos crujían a cada paso. Estábamos emocionados y aterrados a la vez, la casa nos había atrapado con su halo de misterio y nos sentíamos como los personajes de nuestra película favorita ¡éramos goonies! En la planta alta descubrimos una gran estancia por cuyas ventanas entraba la tenue y amarilla luz de una farola. Se adivinaba el suelo de madera, que se veía ligeramente hundido por el centro y entre los resquicios de las tablas se podía ver la planta baja. Alguien sugirió caminar pegados a la pared para evitar caer al vacío. Fue entonces cuando nos dimos cuenta del verdadero peligro que corríamos. Avanzamos con cautela y llegamos a una habitación que permanecía cerrada, y que tenía una ventana de guillotina que daba al patio. A través de los sucios cristales se intuía que estaba repleta de enseres. Lo confirmamos al mirar a través de la cerradura. Muebles y más muebles. Daba la impresión de que todo el contenido de aquella casa, ahora vacía, había ido a parar al interior de sus cuatro paredes, menos el armario de la entrada.

Cuando nos dimos por satisfechos, hicimos el camino a la inversa y salimos a la calle. Ya era tarde, y teníamos que regresar a la seguridad de nuestros hogares. Nos fuimos un poco desilusionados, porque todos en el fondo albergábamos la esperanza de encontrar algún tesoro...como les sucedía a los protagonistas de nuestra película favorita.

Volvimos a aquella casa alguna vez más, pero ya de día. A plena luz del sol la casa carecía de esa nebulosa misteriosa que la envolvía de noche, y mi pandilla y yo perdimos el interés. Poco tiempo después la tapiaron. Luego fue despojada de su interior y construyeron garajes y oficinas, un horror...y un error. Han pasado más de treinta años de aquella aventura. Ya no profano casas abandonadas, pero sigo buscando "tesoros" en librerías anticuarias, archivos y hemerotecas, empujado por una fuerte razón: saciar mi curiosidad de ratón de biblioteca.

Hoy en día, siempre que paso frente a esa casa de fachada inclinada recuerdo a mi pandilla, y la emoción y el terror que sentimos aquella tarde de 1987... y pienso: ¡Siempre seré un goonie!

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underwood standard.jpgFue una maldita noche de junio como ésta. Hace más de cien años. Mi montura me llevó al galope a través de la lluvia, lejos de las derruidas murallas de esta ahora desconocida ciudad. Pisé el suelo fangoso y soltando las riendas de la bestia dejé huir al asustado animal, que se desvaneció en la espesura del bosque, como se desvanece en la atmósfera una centella fugaz.

Se abrió un claro sobre mí, y la luz de la luna me mostró los caídos muros de una solariega mansión que extrañamente reconocí como mía... en otra vida. Volvió a cerrarse el cielo y quedé atrapado en una inmesa oscuridad, palpando a ciegas las piedras cubiertas de musgo que tenían una historia que contar. Y allí quedé, a merced del viento...entre las ruinas, que intuí, habían sido el fruto de un extraño incendio, provocado quizá...por un rayo en una tormenta como la de aquella noche.

Vencí al miedo y cerré los ojos para escuchar el conjuro que murmuraba, bajo la bóveda celeste, la siniestra tempestad, y fue entonces cuando oí mi nombre...y comprendí que me era concedido el don...de la inmortalidad.tampon.jpg

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Etoile-Armt-Letocart_Cie copia.jpgHoy en día, un avión de pasajeros conecta Las Palmas de Gran Canaria con Londres en apenas 4 horas. Pero a finales del siglo XIX, salir de Gran Canaria rumbo a Inglaterra, en el único medio disponible que era el barco, suponía exponerse a un auténtico suplicio. La duración y la comodidad de la travesía dependía de la economía del pasajero. Los bolsillos más modestos viajaban acinados en el compartimento de tercera de un velero. Las clases más pudientes hacían el viaje en el camarote de primera de un vapor, rodeado de todas las comodidades de la época.

La cantidad de equipaje dependía de la duración del viaje, pero lo habitual era llevarse la casa a cuestas en uno o varios baúles etiquetados con el nombre del viajero o rotulado con sus iniciales; baúles que por su tamaño serían imposibles de meter en un avión hoy en día.baul.jpg

Pero ¿cuánto tardaba un vapor en llegar a Londres? La respuesta la encontramos en un anuncio publicado en el Diario de Avisos de Las Palmas, en mayo de 1886. Échenle un vistazo, es bastante ilustrativo:
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Como habrá deducido el lector, el magnífico vapor que se menciona en el aviso es el que aparece en esa postal sepia que encabeza este artículo, y el que navega a todo trapo en esa ilustración de ahí abajo.

El Dunrobin Castle fue construido en 1875 por Robert Napier & Sons, en Glasgow. Era un motovelero con un arqueo bruto de 2.811 toneladas, de 105 metros de eslora y 11,5 metros de manga, y una velocidad punta de 10 nudos. Estuvo en servicio hasta 1914, año en el que fue desguazado.
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El vapor zarpa hoy, así que imagínese a bordo, en un camarote de segunda clase... ¿qué esperaba? el presupuesto de este blog es limitado. Que le sea leve la travesía y cuando llegue a Londres envíeme una postal. Si tiene oportunidad visite Whitechapel, no es un barrio recomendable, pero me han dicho que allí hay una librería bastante peculiar.

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books.jpgOcurrió en el sótano de la librería donde van a morir los libros que ya nadie quiere. Yo buscaba a un poeta olvidado y al otro lado de la estantería encontré por accidente la poesía en unos ojos azules, que encendidos, me miraron fijamente. No pude evitar la caída al vacío, entregar mis armas en silencio y disimular mirando los títulos como si nada hubiera sucedido. Cambié de pasillo y allí seguía, buscando algún volumen en la sección de Filosofía. Disimulé mirando los títulos de Economía, los de Cocina, Mascotas y Astronomía. Volvimos a mirarnos y me dedicó una sonrisa. Luego se giró y yo enredé un verso en su pelo. Cogí un libro sobre cuerpos celestes y estrellas fugaces y pedí un deseo: "quedar atrapado contigo, en este lugar lleno de libros". Evidentemente no se cumplió mi anhelo y como un cobarde, emprendí la huida hacia la calle. A veces vuelvo al cementerio de libros con la esperanza de encontrar el destello de sus ojos al otro lado del pasillo.

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Valparaiso 1841 copia.jpglibro01.jpgLas antigüedades no son más que una excusa para emprender largos viajes sin moverme de mi escritorio. O de mi biblioteca. En ella he hecho algunos descubrimientos que me han llevado muy atrás en el tiempo, a través de las palabras. Sirva de ejemplo el caso del libro firmado por el fraile pintado. Después de escribir esa historia me puse a revisar las guardas de todos esos libros antiguos que componen mi biblioteca y me tropecé con una nueva sorpresa. El lector podría pensar que se trata de una argucia del autor de este blog para llamar su atención. Un nuevo descubrimiento...¡imposible! Pues no. La realidad supera a la ficción, y confieso que yo soy el primer sorprendido con este nuevo hallazgo, en mi propia casa, que había pasado por alto.

En el anaquel de libros sin clasificar guardaba un tomo suelto de Historia General de España, de Juan de Mariana, impreso en Madrid en 1794. El tomo octavo, para ser exactos. Una buena amiga, conocedora de mi afición a los libros antiguos, me lo regaló hace años. Ella lo había encontrado haciendo limpieza en la casa donde vive ahora. Cuando lo vió pensó en mí, y yo acepté el obsequio encantado.

Desde entonces no había vuelto a abrir este precioso volumen encuadernado en piel con rivetes y letras doradas, ignorando lo que había oculto tras una de las pastas. Hasta hace unos días. Lo que encontré fue un ex libris en forma de estampa con un recargado grabado en el que aparecían una serie de objetos relacionados con la navegación.

En la ilustración aparecía un ancla cruzada sujeta por un cabo, un sextante, un reloj de bitácora que misteriosamente marcaba la una menos cuarto, y un timón sobre el que aparecía escrito con letra inglesa un nombre. En la parte inferior figuraba el nombre del grabador, aunque ilegible. Remataba la composición lo que parecía ser algún tipo de vegetación marina. Pero no nos vayamos por las ramas...o debería decir por las algas. Centrémonos en el nombre, que a priori, no nos dice nada: Ángel Laborde.
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Para encontrar información sobre el antiguo dueño de este libro no fue necesario aventurarme en hemerotecas o archivos. Bastó con una simple búsqueda en Google para descubrir que otros ya se habían tomado la molestia de investigar quién era este personaje de calado histórico. Por ello daré sólo algunas pinceladas sobre la interesante historia de este comandante de la Real Armada Española, que posee una carrera militar impresionante, propia de un personaje sacado de una novela de Patrick O´Brian. La clave de cómo pudo llegar este libro a estas islas afortunadas la encontrará subrayada más abajo. Le dejo leyendo... yo voy a seguir buscando historias en las guardas de los libros.

Ángel_Laborde_y_Navarro_(Museo_Naval_de_Madrid).jpgÁngel Laborde y Navarro nació en Cádiz el 2 de agosto de 1772, y falleció en La Habana el 4 de abril de 1834. Fue Jefe de Escuadra de la Real Armada Española, Ministro de Marina (no tomó posesión), Comandante del Apostadero de La Habana, Gran Cruz de la Real y Distinguida Orden de Carlos III, de la de San Hermenegildo, y de la de Isabel la Católica.

En abril de 1792 el guardamarina D. Ángel Laborde es promovido al empleo de alférez de fragata. Estando destinado en Ferrol, realizó un viaje a Canarias para transportar tropas. Entre 1801 y 1803 realizó un viaje a las islas Filipinas, mientras, con fecha 5 de octubre de 1802, es promovido al empleo de teniente de fragata. En 1805, estando destinado en el navío San Juan Nepomuceno, no asiste a la batalla de Trafalgar porque le es conferido el mando de la goleta Hermógenes, de 10 cañones, para realizar una misión de correos oficiales a Nueva España y Cuba. En 1807, ya de vuelta a España, manda sucesivamente el cañonero Sorpresa y el bergantín Descubridor. En 1809 es ascendido a teniente de navío. En 1813 es promovido al empleo de capitán de fragata. En 1816, al mando de la fragata Nuestra Señora de Atocha, zarpa del puerto de Cádiz rumbo a Filipinas. Entre 1818 y 1819 zarpa de Cádiz rumbo de nuevo a Filipinas al mando del navío San Julián, armado con 40 cañones, tocando puertos de China, Java y la India. Su carrera sigue y sigue... hasta que en 1834, con 62 años de edad, muere en La Habana a causa del cólera.

Muchos años después, en 1875, por R.D. fue ordenado que sus restos mortales fueran trasladados a España, y así se hizo a bordo del vapor "Fernando el Católico", y enterrados en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando.

El paisaje costero que encabeza este artículo es obra de Johann Moritz Rugendas, se titula Valparaiso y fue realizado en 1841. El retrato de Ángel Laborde se encuentra en el Museo Naval de Madrid, y es de autor desconocido.libro02.jpg

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Una noche de diciembre, el frío calando mis huesos, la niebla envolviendo la aguja de hierro, el vino caliente, las luces cambiantes de la torre gigante, mis pasos lentos, mi corazón agitado, la esencia, los libros, el Sena...París. No necesito volver para escribir desde allí. Mi cabeza en la almohada, mis ojos que se cierran, me pierdo en sus calles antes de dejarme dormir. Porque no preciso coger un avión para irme lejos...es lo que tienen los viajes...puedes regresar cuando quieras, aunque tu cuerpo siga aquí.

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