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El pintor de marinas

libros.jpgConocí a aquel brocante en un mercadillo, mientras curioseaba la miscelánea de objetos que tenía esparcidos sin orden ni concierto sobre una manta de embalar. Me preguntó si buscaba algo en concreto, -libros antiguos y manuscritos-, contesté. Me dijo que en su almacén guardaba una caja que quizás me podría interesar. Mientras me hablaba recordé que unos años atrás le había comprado una Royal Quiet Deluxe de 1946 en excelente estado; la máquina de escribir preferida de Ernest Hemingway. La vi en un anuncio en internet y fui a buscarla a su casa en el campo. Una finca alejada del pueblo más cercano, y de la mano de Dios.

Tenía curiosidad por ver qué contenía aquella caja, así que concretamos una cita pero esta vez en la ciudad. Nos reunimos en un lugar bastante inusual. Un concurrido y oscuro aparcamiento de un centro comercial. Abrió el maletero de su furgoneta y con una linterna iluminó el interior de una enorme caja de cartón. Quien nos viera pensaría que estábamos haciendo algo ilegal. Traficantes de libros ¡oh, no!

Eché un vistazo rápido al contenido y luego examiné uno o dos volúmenes al azar. Los que llamaron mi atención tenían letras y filigranas doradas en el lomo. Mientras miraba títulos y fechas de impresión me dijo que lo suyo eran las obras de arte, y que el papel no le interesaba lo más mínimo. Seguí mirando y localicé algunos cuadernos manuscritos bastante antiguos. Según me contó, los libros procedían de una casa antigua de Vegueta que sus herederos habían vaciado para ponerla a la venta. Pregunté el precio y no hacia falta ser un bibliófilo experto para saber que uno solo de aquellos libros valía más de lo que pedía por el lote completo. Así que cerramos el trato, y como la caja pesaba demasiado se ofreció a llevarme hasta mi casa.

Mientras conducía me contó que en realidad era un artista que se ganaba la vida vendiendo antigüedades, y que de vez en cuando daba un buen "golpe" con alguna que otra obra de arte. En su tiempo libre pintaba marinas, y presumía de haber expuesto en varias ciudades europeas. Cuando llegamos a mi casa paró justo en la entrada y me enseñó algunas de sus cuadros en el móvil. Eran bastante buenos. Luego me ayudó a sacar la caja del maletero y vi su caballete y algunos lienzos. Nos despedimos y su coche desapareció calle arriba.

Vacié el contenido de la caja en el suelo de mi salón. Debía haber unos cuarenta o cincuenta libros. Separé los valiosos y los manuscritos. Los que estaban carcomidos fueron directamente a la basura, para no poner en peligro mi incipiente biblioteca.

Pasó el tiempo y volví a ver al brocante, pero esta vez ejercía de artista. Fue por pura casualidad, una mañana en el norte de Gran Canaria. Yo volaba a ras de suelo en mi motocicleta por una larga y estrecha pista de tierra flanqueada por invernaderos. Iba en busca de unas salinas abandonadas con la intención de usarlas como escenario para un relato y cuando las encontré, allí estaba él, plantado frente a su caballete, mojándose los pies.

Paré al lado de su furgoneta y me senté en unas rocas a observar el paisaje. Saqué mi pluma y mi cuaderno, y mientras él inmortalizaba la fuerza de las olas y el vuelo de las gaviotas en un lienzo, yo comencé a plasmar esta historia sobre el papel.
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