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Archivos Mayo 2018

ciudades de papel.JPGDe la pared de mi escritorio cuelga un enorme callejero de Londres de finales del siglo XIX. En él sigo los pasos de mis personajes favoritos, tal es el caso de Holmes y el doctor Watson, o de cualquiera de los creados por Robert Louis Stevenson en la serie de relatos que ambientó en esta ciudad que él definió como "la Bagdad de occidente".

Enrrollado en un tubo para planos, en un rincón de mi estudio, guardo un mapa de París en los años 20. Me sirvió para perderme a posta en mi primer viaje y seguir los pasos de Hemingway, atendiendo a las señas que él mismo indicó en las páginas de "París era una fiesta".

En un oscuro lugar, al lado de la librería, hay una vista a tinta china de la ciudad de Las Palmas en el siglo XVIII. Innumerables las veces que lo he descolgado para imaginarme caminando por esa ciudad que se antoja sobre el papel tan desconocida y familiar a la vez.

Y junto a la entrada, detrás de la puerta, guardo colgada una desgastada cartera que contiene viejos mapas de regiones remotas, cuadernos en blanco, un reloj de pulsera y unos antiquísimos prismáticos... todo lo que necesito para partir en cualquier momento y a cualquier lugar.

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IMG_E0839 r.jpgEl vapor correo Alfonso XII, hundido en la temida baja de Gando el 13 de febrero de 1885, reposa silente a merced de las corrientes submarinas a 53 metros de profundidad. Los huesos de David Tester, el valiente buzo inglés que perdió la vida intentando recuperar la décima y última caja del tesoro del rasgado vientre del vapor, descansan en el cementerio inglés de Las Palmas, bajo metro y medio de oscuridad. Así recogía la noticia la prensa en abril de 1887:
david tester.jpgBuzo y barco yacen ajenos a los ríos de tinta que durante más de un siglo no han hecho más que forjar una leyenda que aún hoy sigue vigente, y que cuenta que entre los restos del lujoso vapor yace enterrada una caja con oro español. La décima caja, la única que no se rescató. Una leyenda fantástica.

En Gran Canaria hay algunos buceadores que poseen monedas de oro del Alfonso XII. Es el premio a una complicada inmersión que conlleva largas paradas de descompresión, debido a la profundidad a la que se encuentra el pecio. Pero no hace falta descender a 29 brazas para encontrar objetos relacionados con el malogrado vapor.

El que escribe ha tenido la suerte de localizar dos artefactos en tierra firme. El primero encabeza este artículo. Se trata de una frágil pipa de arcilla rescatada del Alfonso XII. La pipa presenta una marca que seguramente identifica al fabricante, pero ilegible por haber permanecido tanto tiempo bajo el mar. No es difícil imaginar a un caballero en cubierta fumando en ella, minutos antes del desastre.

El segundo es aún más interesante. Lo encontré mientras "buceaba" en los restos de una antigua imprenta en el casco antiguo de esta ciudad. El dueño vendía hasta el polvo del almacén, pero a mí solo me interesó la carcomida cajonera donde se guardaban los tipos de impresión. Tras inspeccionarla me di cuenta de que el mueble no servía para nada, la carcoma lo había llevado a un punto sin retorno. Respecto al contenido, para mi sorpresa alguien ya se lo había llevado todo, dejando solo cajones vacíos. En el suelo, frente al mueble, encontré un tampón de madera con la silueta de un vapor grabado en metal. Llegué a la conclusión de que se le habría caído al que arrasó con los tipos. Le quité el polvo con el bajo de mi camiseta y apareció la brillante silueta de un esbelto navío propulsado a vela y a vapor. El taco de madera tenía en el reverso una etiqueta en la que aún podía leerse: "Alfonso XII".
IMG_E0912 r.jpgEste tipo de tampones, con siluetas de veleros y vapores, fueron muy comunes en la prensa de finales del siglo XIX y principios del XX para anunciar singladuras. Desconozco en qué periódico se utilizó éste en concreto, o si se desechó cuando se produjo el hundimiento. He mirado mucha prensa de la época y hasta el momento no me lo he encontrado. Tampoco sé si se grabó en Las Palmas o vino de fuera. Lo cierto es que a pesar de su reducido tamaño presenta un alto nivel de detalle. Con una lente de aumento puede incluso verse un pequeño velero en un plano más alejado, cerca de la popa.

Pequeños artefactos relacionados con el Alfonso XII que contribuyen a mantener viva la leyenda del tesoro, y que me hacen pensar, ¿qué ocurrió con la última caja? ¿seguirá a 53 metros de profundidad? El naufragio seguirá provocando ríos de tinta, sin duda, más de cien años después.

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underwood standard.jpgAcostado en mi cama cerré los ojos, y al abrirlos me descubrí caminando por un sendero que conducía a una ruinosa casa de estilo victoriano que se erguía, solitaria, en lo alto de una escarpada y brumosa colina. La casa tenía todos los vanos bloqueados con tablones. Todos, excepto la puerta principal. Deduje que la habrían tapiado para que nadie profanara sus espacios, o quizás, para que no salieran a la luz los secretos que custodiaban sus paredes.

Cuando llegué a la cima me detuve frente a la puerta, y en un acto reflejo saqué del bolsillo una llave de hierro forjado y entré. Me asusté al ver mi imagen en el desgastado espejo de una cornucopia de diseño muy elaborado, frente a la puerta. No era mi rostro, pero extrañamente me reconocí en esos otros rasgos.

El lugar me resultaba familiar y con la poca luz que se colaba entre los resquicios de las tablas podridas, que daban la impresión de haber sido clavadas de manera apresurada, exploré sus estancias repletas de enseres cubiertos de sábanas y polvo. Casi por instinto, me dirigí a una estrechísima puerta que había al final de un pasillo. Encendí un candelabro que encontré en el suelo y descendí por una empinada escalera que se perdía en las entrañas de aquella mansión aletargada en el tiempo. Allí abajo no había más que una mesita con las herramientas de un artista, junto a un caballete que soportaba un enorme retrato sedente de un caballero vestido de época. Bajo la luz de las velas me dispuse a escudriñar el cuadro y se me heló la sangre cuando descubrí que el rostro del retratado era el mismo que había visto reflejado en el espejo polvoriento y deteriorado de la entrada. Toqué su cara y la pintura aún estaba fresca.

De repente, una ráfaga de aire frío de procedencia desconocida me dejó a oscuras, y oí cómo bruscamente se cerraba la puerta del sótano y alguien giraba la llave dejándome encerrado en aquel tenebroso lugar... y entonces sonó el despertador. Confundido, fui al baño a lavarme la cara y descubrí horrorizado que tenía pintura en la cara y en las manos, y en el bolsillo de mi pijama... una llave de hierro forjado.

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IMG_E1075 copia.jpgEncontré aquel libro en un enorme sótano atestado de antigüedades. Estaba en francés, pero me gustó su encuadernación. A pesar de estar en otro idioma tenía un tema y una fecha interesante, y un mejor precio, así que me lo llevé pensando que quedaría muy bien en mi escritorio. Se titulaba Dictionnaire abrégé de la fable, escrito por Pierré Chompré e impreso en París en 1774. Tres antiguos propietarios habían dejado su rúbrica escrita a plumilla. En la primera página aparecía: "F. A. Raymond", sobre una hermosa y diminuta filigrana. En el reverso, tachado: "P. Bravo de Laguna", y debajo: "E. Hernández". La primera y la última me resultaron desconocidas, la segunda podría pertenecer a Pedro Bravo de Laguna, el insigne general. Pero no le di mayor importancia.

Un bonito libro-objeto que estuvo un tiempo sobre la mesa donde escribo estos textos y que acabó olvidado, junto a otros títulos, en una estantería de libros antiguos sin clasificar. No volví a acordarme de él hasta hace unos días, cuando descubrí por casualidad la historia que encerraba una de aquellas firmas.

Una noche, sumergido en la lectura de una obra de Néstor Álamo titulada Thenesoya Vidina, encontré unas referencias a un monje agustino llamado Fray Francisco Antonio Raymond. Enseguida se me encendió una bombilla y corrí a la biblioteca a rescatar aquel librito en francés, y comprobé que tanto las iniciales como el apellido coincidían, ¿podría haber pertenecido a dicho fraile? Para averiguarlo seguí leyendo.

Parafraseando a Néstor, Fray Antonio Raymond fue un célebre monje agustino natural de Gáldar, al que apodaron el "Pintado" por su color de piel. Néstor lo describe como un personaje escapado de una sátira de Samaniego y que según las crónicas, tenía literatura más que excesiva y gracia y buen humor que a ratos traspasaba los linderos de todas las conveniencias. A tanto llegó, que los muchachos cantaban a boca chiquita:

"Guarda, muchacha, del Diablo y del fraile colorado. Guárdate de Belcebú y del frailito "Pintado"

En 1786, "El Pintado" asistió en Roma al Capítulo General de su Orden, y aprovechando la ocasión, solicitó a Su Santidad autorización para leer libros prohibidos, licencia que el Pontífice le concedió. Al año siguiente, ya en Gran Canaria, decidió irse a Tenerife donde tenía excelentes relaciones con la aristocracia pensante de la época. Esta sociedad poseía gran número de obras prohibidas por el Santo Oficio, imposibles de ver en Gran Canaria. Al pedir a la Inquisición Provincial que diese validez a la autorización pontificia, creyó aquella preciso dar cuenta a la Suprema, informando de paso la improcedencia de conceder dicha gracia por ser el fraile Raymond de espíritu bullicioso y vida poco recogida y arreglada, es decir, franco en el hablar, muy apasionado de libros franceses y fácil en proferir proposiciones y sembrar doctrinas de libertinaje. Terminaban los señores su informe diciendo que Raymond había estado encausado por el Tribunal entre 1.775 y 1.777.

Llegué a la conclusión de que aquel pequeño diccionario en francés había pertenecido al irreverente e ilustrado fraile, pero ¿fue este libro un título prohibido por la Inquisición? Ya sin sueño y emocionado con el descubrimiento, seguí con mis investigaciones.

Resulta que este título fue publicado en castellano en 1.783, y fue el mismísimo José de Viera y Clavijo quien censuró y corrigió la obra. Leamos su informe, fechado en Madrid el 12 de septiembre de ese mismo año:

Ilustrísimo Señor:
He examinado con la debida atención el Diccionario abreviado de la Fábula, escrito en francés por monsieur Chompré, y ahora traducido al castellano. Me ha parecido fiel esta traducción y acomodada en las frases a las correspondencias de nuestra lengua. Sin embargo, he procurado enmendar de paso algunas ligeras equivocaciones, y no he dejado de notar que el prólogo del traductor, que sigue al del autor, debía precederle, no solo porque en él se da noticia del mérito de la obra original, sino también por el artículo Mitología, que nuestro traductor inserta, sacado del Diccionario de la literatura, y que igualmente coloca antes de su prólogo, debiendo colocarle después.
También sería de desear que al pie de este mismo artículo "Mitología" añadido, en el cual se hace memoria de los manantiales de la fábula y de la ficción mitológica, recomendando las investigaciones del abate Banier, las de monsieur Fréret, y las de las Memorias de la Academia de Inscripciones y Bellas Letras, añadiese el traductor por Nota:
"Últimamente acaba de llamar la atención de los literatos el nuevo sistema con que monsieur Court de Gibelin, en su famosa obra del Mundo primitivo, y su Historia del Kalendario, obras a la verdad de selecta erudición, y de pensamientos tan profundos como curiosos, pretende explicar el caos de la Mitología pagana, probando, casi con evidencia, que todas aquellas fábulas, tan absurdas a la primera vista, no eran más que unas meras alegorías de las revoluciones físicas, y vicisitudes del Universo".
Que es cuanto en el asunto debo hacer presente a la superior compresión de VSI."

De dicho informe sacamos en claro que este librito en francés fue una lectura peligrosa para la fe, que necesitó ser corregido antes de aparecer en las librerías. Uno de los libros prohibidos que tanto gustaba leer al fraile pintado de Gáldar. Tanto le gustó que dejó su rúbrica con filigrana escrita en la primera página.
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Aquel ratón jamás había salido de la biblioteca. Sin embargo había remojado sus bigotes en las cataratas del Niágara, viajado hasta Tanzania para acampar a sus anchas a los pies del Kilimanjaro, y contemplado las siluetas misteriosas de las pirámides de Egipto... y todo esto sin salir de aquel recinto. Sus viajes comenzaban cuando observaba los antiguos grabados en los libros que los visitantes dejaban abiertos sobre la mesa, a la hora de cerrar.

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ladamaqueaparece.jpgCuentan los más viejos del lugar una historia con tintes de leyenda, sobre una mansión encantada que hay oculta, más allá de la arboleda. Advierten que quien recorre de noche el sombrío camino que conduce a la casa y su umbral atraviesa, es despojado de su alma por una sombra que la habita, y a este mundo ya no regresa.

Según los ancianos, hace más de cien años, en ese lugar ocurrió una tragedia. Una noche sin luna, la mujer que la habitaba celebró una pomposa fiesta, para recibir a su amor que volvía en el último tren, sano y salvo de la guerra. Dos oscuros corceles salieron de las tinieblas. Su amada salió al jardín a recibir al héroe célebre, descubriendo un coche fúnebre, que se detuvo entre la niebla. Entre llantos y gritos de dolor, la dama abrió el féretro y besó su futura calavera. Había muerto en el tren de un ataque al corazón, después de sobrevivir a mil y una batallas. La muerte se lo llevó porque había luchado con valor y esquivado su destino, que era morir por una medalla, y regresar a su hogar sin vida, envuelto en una mortaja.

¡Dicen que el conductor del carruaje era la misma muerte! Que consoló a la viuda con un beso helado, parando su corazón de repente. Desde aquella noche sin luna una maldición sobre la casa pesa. Cuentan que si llegas a la mansión y te atreves a cruzar la oxidada reja el espectro de una dama aparece, te envuelve con su tul, te hiela la sangre con un beso... y pereces.

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IMG_E1239 copia.JPGEs de madrugada y estoy oyendo ruidos en la biblioteca. Bajaré a comprobar que no haya ninguna ventana abierta, o peor aún, un ladrón dispuesto a profanar las habitaciones de esta mansión. Si es así se llevará un buen susto, voy armado con un pequeño pero efectivo "cachorrillo" de chispa.

Entro en la estancia y todas las ventanas están cerradas. Aquí no hay ni un alma... tal vez sea algún ratón. Me adentro en uno de los oscuros pasillos repletos de libros, y me fijo en uno que sobresale del resto, cuyo título llama poderosamente mi atención. Se titula "Manual del sangrador", y fue impreso en Madrid en 1848.

Es curioso...soy bastante meticuloso y no recuerdo haberlo dejado así. Ahora que lo pienso, ni siquiera lo he tocado. Qué extraño...le echaré un vistazo...

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IMG_E1225.JPGIMG_E1221.JPGIMG_E1224.JPGUn libro bastante siniestro...vuelvo a oír ruidos. Eso no es un ratón...sin duda son pasos, amartillo mi pistola, ¿HAY ALGUIEN AHÍ? ¡ALTO O DISPARO!


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IMG_1235 ret.jpgEn algún momento entre 1919 y 1920, un hombre raspillaba las paredes de su casa sacando a la luz dos textos escritos con caracteres de pendolista del siglo XVIII. El descubrimiento lo hizo el ingeniero don José Hidalgo Navarro, en el nº 2 de la calle Herrería, en Vegueta. Una casa de estilo colonial con un largo balcón de tea, celosias y bellos ventanales. Uno de los textos desapareció totalmente por la obra de raspilleo, el otro se conservó y aún puede verse. El texto en cuestión dice:

"Machado ya estás servido
todo el pueblo está contento
pues vuest eleción asido
hacer al mexor talento,
Lo de Justicia debido".
1.771

Sobre el mencionado texto y a modo de escudo personal, destaca un bonete de sacerdote o birrete de caballero togado, y bajo el mismo, un victor entre palmas. Como se ve, el texto realza unos méritos, y el bonete clerical perfila la personalidad del elogiado, pero ¿a quién se refería?

Todo parece indicar que se refiere al Doctor don Felipe Machado Spinola y Lugo, natural de La Orotava, Canónigo de la Santa Iglesia Catedral de Canarias e Inquisidor Apostólico del Reino de Cerdeña, hijo de don Sebastián Machado y Lugo, y de doña María Barroso de Chávez, que por razones de su cargo eclesiástico hubo de vivir en la mentada casa cuando fue exaltado a la alta dignidad de Inquisidor.

La posible casa del Inquisidor Machado perteneció en el siglo XVII a don Juan Tomás de Zigala. Bastantes años después habitada por el renombrado canónigo y arquitecto don Diego Nicolás Eduardo, autor de múltiples planos de obras sobresalientes, entre ellas la de parte del templo catedral.

La próxima vez que pases por la calle Herrería, fíjate en esta pintada. Una curiosidad más del casco antiguo de Las Palmas de Gran Canaria.

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libros.jpgConocí a aquel brocante en un mercadillo, mientras curioseaba la miscelánea de objetos que tenía esparcidos sin orden ni concierto sobre una manta de embalar. Me preguntó si buscaba algo en concreto, -libros antiguos y manuscritos-, contesté. Me dijo que en su almacén guardaba una caja que quizás me podría interesar. Mientras me hablaba recordé que unos años atrás le había comprado una Royal Quiet Deluxe de 1946 en excelente estado; la máquina de escribir preferida de Ernest Hemingway. La vi en un anuncio en internet y fui a buscarla a su casa en el campo. Una finca alejada del pueblo más cercano, y de la mano de Dios.

Tenía curiosidad por ver qué contenía aquella caja, así que concretamos una cita pero esta vez en la ciudad. Nos reunimos en un lugar bastante inusual. Un concurrido y oscuro aparcamiento de un centro comercial. Abrió el maletero de su furgoneta y con una linterna iluminó el interior de una enorme caja de cartón. Quien nos viera pensaría que estábamos haciendo algo ilegal. Traficantes de libros ¡oh, no!

Eché un vistazo rápido al contenido y luego examiné uno o dos volúmenes al azar. Los que llamaron mi atención tenían letras y filigranas doradas en el lomo. Mientras miraba títulos y fechas de impresión me dijo que lo suyo eran las obras de arte, y que el papel no le interesaba lo más mínimo. Seguí mirando y localicé algunos cuadernos manuscritos bastante antiguos. Según me contó, los libros procedían de una casa antigua de Vegueta que sus herederos habían vaciado para ponerla a la venta. Pregunté el precio y no hacia falta ser un bibliófilo experto para saber que uno solo de aquellos libros valía más de lo que pedía por el lote completo. Así que cerramos el trato, y como la caja pesaba demasiado se ofreció a llevarme hasta mi casa.

Mientras conducía me contó que en realidad era un artista que se ganaba la vida vendiendo antigüedades, y que de vez en cuando daba un buen "golpe" con alguna que otra obra de arte. En su tiempo libre pintaba marinas, y presumía de haber expuesto en varias ciudades europeas. Cuando llegamos a mi casa paró justo en la entrada y me enseñó algunas de sus cuadros en el móvil. Eran bastante buenos. Luego me ayudó a sacar la caja del maletero y vi su caballete y algunos lienzos. Nos despedimos y su coche desapareció calle arriba.

Vacié el contenido de la caja en el suelo de mi salón. Debía haber unos cuarenta o cincuenta libros. Separé los valiosos y los manuscritos. Los que estaban carcomidos fueron directamente a la basura, para no poner en peligro mi incipiente biblioteca.

Pasó el tiempo y volví a ver al brocante, pero esta vez ejercía de artista. Fue por pura casualidad, una mañana en el norte de Gran Canaria. Yo volaba a ras de suelo en mi motocicleta por una larga y estrecha pista de tierra flanqueada por invernaderos. Iba en busca de unas salinas abandonadas con la intención de usarlas como escenario para un relato y cuando las encontré, allí estaba él, plantado frente a su caballete, mojándose los pies.

Paré al lado de su furgoneta y me senté en unas rocas a observar el paisaje. Saqué mi pluma y mi cuaderno, y mientras él inmortalizaba la fuerza de las olas y el vuelo de las gaviotas en un lienzo, yo comencé a plasmar esta historia sobre el papel.
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00006223_0001.jpgImagine al que escribe sentado en un café una mañana cualquiera, escribiendo el germen de este artículo en los márgenes de un periódico y disfrutando de un café tan oscuro como la tinta de mi pluma.

Puestos a imaginar, que sea en la terraza del Café Jerezano, un conocido local situado en la Plaza de Cairasco, en Las Palmas de Gran Canaria. No se esfuerce en ubicarlo, el café ya no existe. Cerró hace años. Para que se sitúe, estaba hace más de un siglo donde hoy está el Café Madrid. Recuerde que solo estamos imaginando. Sígame el juego.

Puestos a pedir, que no sea una mañana cualquiera. Que sea la del 10 de mayo de 1889, y el ejemplar donde estoy esbozando este texto, el Diario de Avisos de Las Palmas. Hace una espléndida mañana y el sol da de lleno en la plaza, por eso no me he quitado mi sombrero canotier.

¿Recuerda el Hotel Inglés? Ya le he hablado de él. Es el que está, o debería decir "estaba", en la Plaza de San Bernardo. No hace mucho le llevé allí a tomar café, y le conté la vez que instalaron el billar. Hoy su nombre aparece en dos anuncios en portada que no tienen desperdicio ¡un escándalo! Veamos de qué se trata:Diario de Avisos LP 10 mayo 1889.JPG
Podría carecer de importancia, si fuera un anuncio aislado. Pero si desviamos la vista a la parte inferior del periódico encontraremos el siguiente faldón a modo de réplica, y a buen tamaño:Diario de Avisos 10 mayo 1889 2 copia.jpgLa ciudad es pequeña y la noticia ha corrido como la pólvora. La presunta estafa es ahora la comidilla en bares y boticas. ¿Imaginan al respetado Mr. Quiney manipulando las botellas en el almacenillo del hotel? Mejor no.

Redactar este artículo me ha dado sed...¡camarero, una botella de agua con gas! ¡y no me dé gato por liebre! El chico me mira y se ríe.

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Siguió al instinto y no a la razón. Tocó a la puerta y una ventana se abrió. Cerró los ojos y empezó a leer con el corazón la historia, que escrita, yacía tras el estropeado papel pintado de aquella habitación. Entonces oyó pasos en la escalera, abrió los ojos, vio una sombra y su reloj se paró. Le ocurrió por seguir a su instinto, dejar a un lado la razón... y leer con los ojos cerrados lo que ocultaban las paredes desgastadas de aquella solitaria mansión.

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20160316_152125~2.jpgImagino mi memoria como una de esas silenciosas bibliotecas que huelen a lignina, y en las que en las primeras horas de la mañana puede verse el polvo en suspensión, cuando la luz entra a través de las vidrieras de mis ojos. Ese polvo no es más que el tiempo que se consume como un incienso, y aunque soy un hombre de mediana edad, mi alma es más antigua que mi cuerpo y me fascina la posibilidad de haber vivido en otras épocas. He de confesar que en ocasiones, cuando busco en las estanterías que guardan mis recuerdos más primarios, encuentro entre los libros pedazos de papel amarillentos escritos a plumilla, frases incompletas que hablan de mí y de mi pasado, y que como un puzzle intento componer para conocer quien fui en otras vidas.

Esa biblioteca que es mi memoria es ahora un gabinete de curiosidades, todo lo que pasa a través del velo de mi alma queda escrito y en sus anaqueles están todos los instantes que he vivido, los que recuerdo y los que he olvidado porque he querido. En las paredes hay algún que otro retrato y conservados en frascos hay momentos, como mi primer beso, algún te quiero y unos versos nunca escritos.
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Martes, 3 de mayo de 1892. Siga mis instrucciones al pie de la letra y no se separe de mí. Camine deprisa... o llegaremos tarde a nuestra cita. Sé que tiene ganas de recorrer la ciudad, pero este viaje en el tiempo no durará más allá del punto y final y tendrá que conformarse con caminar por la calle Mayor de Triana, que no es poco. Se preguntará a dónde vamos. Enseguida le cuento. Primero, apartémonos de las vías, no querrá que nos atropelle el tranvía. Ahí viene.

Le informo que en este momento Las Palmas de Gran Canaria está celebrando "La Fiesta de las flores". Repartidos por la ciudad hay distintos pabellones que muestran las virtudes de cada municipio. La inauguración se celebró el 23 de abril y durará hasta el 8 de mayo. Pero no le he traido hasta aquí para llevarle de fiesta. Presenciaremos el disparo de una fotografía que pasará a la historia, y de paso iremos de compras. Como ve los dos vamos con la cabeza descubierta, y en esta época, estimado lector, está de moda el sombrero. Compraremos uno en la Sombrerería de Batista ¡Guarde ese billete moderno! qué quiere, ¿meternos en un lío? Aquí solo vale la peseta y la libra esterlina. Tranquilo, llevo unos cuantos duros de plata en el bolsillo. Suficientes para hacernos dos sombreros a medida. Vaya echándole un vistazo a este anuncio de prensa:batista3ret.jpg

No se quede atrás. Ahí está nuestro objetivo. Ese muchacho que carga con una pesada cámara de cajón es el fotógrafo palmero Miguel Brito Rodríguez. Está haciendo una serie de fotografías sobre los comercios de Triana. Como ve, le toca el turno a la mencionada sombrerería.

Ha plantado su trípode frente al número 30, y se prepara para hacer magia. En unos instantes atrapará la fachada en una placa de vidrio, cuando accione el rudimentario mecanismo de su cámara oscura. Un grupo de niños se ha colocado dentro del plano. Sé que le gustaría aparecer en la imagen, pero es mejor quedarse detrás de la cámara. Et voilà!batista1.jpg

Al parecer, el fotógrafo va a tomar una vista del interior de la sombrerería. Lo hará con varios de los comercios. Ya las he visto, incluida ésta que aún no ha disparado. Pero disimulemos y esperemos a que termine. Luego entraremos a por nuestros sombreros.

batista2.jpg

Parece que la sesión fotográfica ha terminado. Pasemos al interior de la tienda. Hablaré yo, si no le importa. El señor Batista nos da la bienvenida con una sonrisa desde el otro lado del mostrador. Mire en el interior de las vitrinas, hay auténticas maravillas, ¿en qué momento perdimos la costumbre de usar sombrero? A mi me gusta este canotier, parece hecho para mi cabeza. Le veo indeciso...pruébese este hongo francés, el comerciante dice que no da calor y que es ligerito. Mírese en el espejo, le queda que ni pintado. Perfecto. Nos los llevamos puestos. Batista nos ha hecho un buen precio, dice que mi cara le suena de algo. Será de estos viajes al pasado.

Nos acercamos al final del texto. Es hora de que usted regrese al presente, yo me quedaré para seguir escribiendo. Y recuerde, cuando vuelva a viajar conmigo, no olvide traer su sombrero hongo francés.

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