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Objetos perdidos

papeles perdidos.JPGMis lectores asiduos ya habrán advertido mi fascinación por el siglo XIX. Si es la primera vez que me lee queda avisado, y le invito a retroceder a esa época leyendo mis otros artículos, si éste que hoy le ofrezco le parece interesante. Pasar una tarde en los archivos leyendo periódicos antiguos es uno de mis pasatiempos favoritos. Y una forma de viajar en el tiempo. Aunque más que un pasatiempo, es una pasión que no atiende a razones, como la mayoría de las pasiones. La lectura comienza bajo la luz de un fluorescente, cuando traspaso los márgenes quebradizos de esos efímeros e incómodos ejemplares, que en la mayoría de los casos tienen el tamaño de una sábana y que por su fragilidad están condenados a desaparecer, tarde o temprano.

Suelo ir en busca de datos precisos, pero acabo encontrando curiosidades que terminan anotadas en mi cuaderno, para investigarlas cuando tenga tiempo y saciar así mi curiosidad de ratón de biblioteca. En esta ocasión, los periódicos consultados correspondían al último cuarto del siglo XIX, y algunos de principios del XX. Tomé nota de una serie de avisos que llamaron mi atención y que titulé, por razones obvias: "Objetos perdidos". Se trataba de anuncios solicitando la entrega de un objeto de valor, extraviado por distracción de su propietario, ofreciendo siempre una recompensa.

Está el caso de un diario manuscrito olvidado en un asiento de primera clase del tranvía, por el que ofrecían un duro de plata a quien lo encontrara. O el de una leontina con fosforera de plata, extraviada una noche a la salida del teatro. También está el del soldadito de plomo, que debió perder algún niño en los jardines de la alameda. Y el de unos anteojos con montura de oro y cristales de roca, perdidos en las inmediaciones del parque de San Termo.

Nunca sabremos si regresaron a manos de sus dueños. Tal vez los que cayeron al suelo quedaron ocultos bajo el fango, en aquellas calles sin adoquines ni empedrados, algún día de lluvia. Hoy seguirían enterrados, encapsulados bajo las aceras y el asfaltado de las carreteras. Una idea muy romántica. Pero no es el caso. Éstos en concreto terminaron en la vitrina de un coleccionista. En la mía. Los lectores más observadores se habrán fijado que los objetos relacionados en el párrafo anterior aparecen en el bodegón que encabeza este artículo. La manera en que llegaron a mis manos me la reservo.

Veamos qué historia nos cuenta cualquiera de esos objetos. Analizaremos los anteojos con montura de oro y cristales de roca, por ejemplo. Nunca sabremos la identidad del propietario, pero por la calidad del objeto podemos deducir que pertenecía a un miope con una buena posición económica. En el estuche de cuero agrietado por el tiempo aún puede leerse:

Al Cronómetro. Óptica de Arno Lückert. Las Palmas. Triana 47.
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En 1912, Arno Lückert tomó el testigo del antiguo negocio "Al Cronómetro", que ya existía como tal en la última década de mil ochocientos. Prueba de ello es la magnífica instantánea tomada en ese periodo por el fotógrafo palmero Miguel Brito Rodriguez, en su serie de comercios de Triana. El sobrino del señor Lückert, Oskar Ernst, lo rebautizó con su nombre al heredarlo en los años 50. Hasta 2014, que cerró para siempre debido a la crisis, siguiendo la estela de otros negocios de la vieja Triana que desaparecieron dejando un edificio vacío, a modo de calavera.

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