los blogs de Canarias7

Archivos Abril 2018

gargolas.JPGDeje a un lado las prisas, póngase un zapato cómodo y prepárese para un relajante paseo por Vegueta. Si lo desea compre la prensa, o lea mis otros artículos. Hay plazas solitarias y rincones tranquilos donde pararse a leer. Luego, si le apetece, disfrute de las calles y de los edificios ¿Ha probado a levantar la mirada? Descubrirá elementos que habitualmente pasan desapercibidos. Almenas, blasones, esculturas, inscripciones, miradores, veletas, balcones... e incluso enigmáticas y grotescas caras rematando los dinteles de algunas casas.

grotesco.JPGNo podemos olvidar las gárgolas. Las más comunes y no por ello menos especiales son las que rematan las casas coloniales, con su característica forma de cañón. Un tubo de sillería azul incrustado en lo alto de las fachadas, dispuesto en horizontal y rematado en la punta con una forma pentagonal. Saltan a la vista, y cumplen una doble función. O cumplían. La más evidente, la que sigue vigente, es la de evitar que la lluvia anegue las azoteas, desahogando el agua hacia la calle. Para hablar de la otra, la más interesante, tenemos que retroceder alguna centuria, a la época en la que era frecuente que apareciera una vela enemiga en el horizonte.

Imaginen la siguiente escena. Una siniestra flota de barcos de guerra aparece en la bahía. El vigía de la Isleta da la alarma. El castillo de la Luz realiza un disparo en señal de aviso. Las campanas de la Catedral tocan a rebato. Las familias nobles esconden sus posesiones más preciadas en cuartos subterráneos y las milicias se concentran en la plaza de Santa Ana. La ciudad se prepara para repeler el ataque. Mientras tanto, en la cubierta de uno de los barcos, un capitán otea a vista de catalejo la silueta de Las Palmas. Está valorando el desembarco. A través de la lente arañada y brumosa de su instrumento la ciudad no es más que un pequeño conjunto de casas, protegida de norte a sur por una muralla y defendida por alguna que otra fortaleza. No lo tiene claro. Pronto desestima el ataque y la flota leva anclas y desaparece. Las gárgolas de cañón han cumplido su otra función. La de hacer creer al enemigo que la ciudad está fuertemente artillada.

Hágame caso. Deje en casa las prisas y relájese en Vegueta alzando la vista. Hay muchas cosas que pasan desapercibidas.

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underwood 1929.jpgMi corazón ha perdido toda esperanza de volver a ver la luz del día, pues me hallo atrapado en las profundidades de una cripta, malherido y con una linterna que amenaza con sumergirme en una oscuridad sin retorno. Si algún día alguien halla mis restos, encontrará entre los huesos roidos por las ratas este cuaderno donde intentaré dejar testimonio de lo acontecido antes de caer en esta trampa mortal.

No logro recordar el desvió que tomé, ni pude localizar en el mapa de carreteras la sinuosa vía secundaria que me trajo hasta aquí. La mala suerte quiso que mi coche se quedara sin gasolina en una zona boscosa, alejada de toda civilización, cuando apenas quedaba una hora de luz. Con una garrafa para combustible y una linterna me aventuré por un estrecho sendero que se adentraba en el bosque, guiado por una lejana y difusa luz que interpreté como el farol de alguna casa de campo. Tal vez sus moradores podrían suministrarme algo de gasolina, o dejarme usar el teléfono para pedir asistencia y continuar mi viaje hacia París. ¡Qué equivocado estaba!

Al principio pensé que era fruto de mi imaginación, pues la luz parecía cambiar de posición y aumentar o bajar su intensidad, haciéndome creer que me acercaba o que tomaba un desvío equivocado en el camino. Hasta que de pronto la luz se apagó perdiendo todo punto de referencia. Volver al coche era tarea imposible, así que decidí continuar por el angosto camino cubierto de maleza, animado al ver dos oscuros torreones que asomaban entre las copas de los árboles, no muy lejos de allí. Ya se había puesto el sol cuando me topé con un muro cubierto de musgo, y en el que las hiedras apenas dejaban ver las piedras centenarias. Decidí bordear la pared hasta que encontré, oculto entre unos arbustos, una pequeña y podrida puerta de madera. Al atravesarla descubrí un viejo cementerio de cruces inclinadas y lápidas caídas, cuyas inscripciones habían sido borradas por el paso de los siglos.

Se trataba de un antiguo y ruinoso monasterio románico perdido en los bosques de Borgoña, que no aparecía en el moderno mapa que llevaba. Comprendí que no iba a encontrar ayuda, pues no había rastro de presencia humana y la luz que me había llevado hasta allí era todo un misterio. Así que decidí explorar el lugar y pasar la noche entre sus muros, pues se había desatado una tormenta y prefería esperar a que amaneciera para encontrar el camino de regreso hasta la carretera. Buscando entre las ruinas un lugar apropiado para descansar, accedí a uno de los torreones y descubrí los restos de una biblioteca. Aún había libros en pergamino en los polvorientos anaqueles, y desde una de las ventanas podía ver el enorme bosque que me separaba de mi automóvil.

Abajo, a mis pies, estaba el cementerio por el que había transitado minutos antes. Un escalofrío recorrió mi espalda al distinguir una silueta humana entre las tumbas. Estaba quieta, y me miraba fijamente. Pero no respondía a mis señales. No logré distinguir si era un hombre o una mujer, pues llovía abundantemente y el haz de mi linterna se difuminaba con la impetuosa lluvia. Corrí por las escaleras de piedra y me dirigí a su encuentro. Pero ya no estaba allí. Fue en ese momento cuando oí cómo una puerta se cerraba en algún lugar del claustro, aunque no identifiqué de dónde procedía. Caminé hacia el interior del monasterio y oí pasos acelerados en una de las galerías. Deduje que el esquivo habitante de aquel lugar había sido el artífice de la luz que me había llevado hasta allí, pero no comprendía porqué me evitaba.

Me quedé quieto y agudicé el oído. Cuando cesaron los truenos oí ruidos que provenían de la iglesia. El templo estaba desnudo y a cielo abierto. El tejado se había desplomado mucho tiempo atrás. Algo se movía en lo que en otra época había sido el altar. Busqué entre las ruinas y mi linterna descubrió una rata enorme que estaba más asustada que yo. Fue en ese instante cuando volví a oír pasos. Eran pasos humanos, sin duda. Me dirigí hacia el lugar de donde procedía el sonido y de nuevo se hizo el silencio. El eco de mis pasos me llevó hasta el borde de un enorme agujero que se perdía en las profundidades de este tenebroso lugar.

Fue en ese instante cuando alguien me empujó al abismo. Desperté con una pierna rota y sin poder moverme. Ahora la linterna flaquea y pronto quedaré a oscuras. Me aterroriza morir aquí solo, pero en cierto modo lo deseo, pues en la superficie oigo como alguien murmura y se ríe, y en ocasiones me parece ver unos ojos que me miran desde el borde, y se esconden.

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IMG_1054 copia.jpgComencé a coleccionar libros antiguos hace más o menos una década. Desde entonces mi pequeña biblioteca ha crecido y menguado varias veces. Algunos ejemplares nunca salieron de mis estantes. Otros, sin embargo, se fugaron en manos de quien pagó un buen rescate. Los que estaban de paso y los que vinieron para quedarse cumplían una condición indispensable: habían sido impresos antes del año 1900.

En ese trasiego he aprendido mucho, y me he vuelto muy selectivo. Una de las cosas que he aprendido es que los libros callan historias, y a veces, custodian secretos. Las historias silenciosas de sus anteriores propietarios quedan en las guardas, en forma de ex libris, de dedicatorias o de anotaciones en los márgenes. Los secretos, en cambio, aparecen como hojas sueltas, atrapados en el reducido espacio que queda entre página y página. Un escondite perfecto para guardar papeles de toda índole, y olvidarse de ellos. Para siempre.

Hasta que ese libro, por la razón que sea, cae en manos de un coleccionista que lo hojea y se tropieza con lo que ocultó su antiguo dueño. La mayoría de las veces son papeles sin importancia, como cuentas, panfletos religiosos o alguna que otra esquela. En raras ocasiones aparecen documentos con más enjundia, como cartas manuscritas, viejas fotografías, resguardos, recetas... o billetes de otras épocas.

Se me han dado todos los casos. El que hoy les traigo sucedió en un libro que no cumplía la condición indispensable. Ya les advertí que con el tiempo me he vuelto un experto y traiciono mi premisa del año 1900 con cualquier edición temprana de Ernest Hemingway que encuentro abandonada a su suerte.

IMG_E0894 rec.jpgSirva como ejemplo una edición de 1964 de "Adiós a las armas". Una novela excelente. El libro tiene el nombre de su anterior propietario escrito en la primera hoja. A bolígrafo. Su identidad no es relevante. Lo más interesante apareció dentro, cuando hojeé el libro y resurgió uno de esos "secretos" olvidados de los que hablaba al principio.

Dos documentos. Ambos relacionados. El primero era un telegrama con el membrete de una empresa llamada "Italcable", y el otro una postal en la que aparecía la sede en Las Palmas de dicha compañía. Nunca había oído ese nombre, así que comenzaron mis averiguaciones.

Descubrí que Italcable fue una compañía italiana de cables telegráficos submarinos que se estableció en nuestra ciudad en 1925, en el solar que hoy ocupa un edificio de viviendas (calle Portugal, 74), próximo a la playa de Las Canteras. Hasta 1970, Roma y Buenos Aires estuvieron unidas por un cable telegráfico que atravesaba nuestra querida playa. En ese año la compañía cerró y el precioso edificio, construido en los años 20, cayó en el olvido y finalmente fue derribado.

Como curiosidad les contaré que el telégrafo llegó a Las Palmas mucho antes. En octubre de 1883, los vapores "Dacia" e "Internacional" trajeron a las Islas Canarias el cable submarino de comunicaciones que se había tendido desde Cádiz, para continuar luego hasta Senegal. En diciembre de ese año Gran Canaria ya estaba comunicada con el resto del mundo.

Pero volvamos al telegrama. Fue emitido el 23 de septiembre de 1937, veintisiete años antes de que se imprimiera el libro de Ernest Hemingway. La historia de cómo acabó entre sus páginas es un enigma. Tal vez la clave esté en el breve mensaje que aparece escrito a máquina en el papelito de Italcable, junto al nombre del destinatario, y que alguien decidió guardar con recelo. Comprenderá el lector que no revele su contenido. Hay cosas que es mejor que sigan siendo un secreto.

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Mi cuerpo vive en un discreto piso con vistas al mar. Es una casa llena de vida y de libros, manuscritos y objetos antiguos traidos de mis viajes a esas épocas a las que ya no podré regresar. Mi alma habita un lugar muy distinto, es una mansión imaginaria, situada en lo alto de una montaña, lejos de las prisas y el ruido de esta enloquecida ciudad. Sus paredes exteriores están cubiertas de musgo que cubren los muros hasta los altos torreones, desde los que se divisan grandes extensiones de bosques encantados que se pierden en el horizonte y más allá. La casa dispone de amplios salones con chimenea, largos pasillos vestidos con cuadros y retratos de antepasados desconocidos, enormes ventanales, armaduras medievales y habitaciones cerradas repletas de objetos...aún por explorar. Está rodeada de unos tranquilos jardines, que invitan a escribir y a reflexionar. Y así transcurre mi vida...entre la apacible casa solariega de mi mundo interior y el piso sencillo con vistas al mar de mi mundo real.

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alfonsoxii.jpgHoy es 13 de febrero de 1885, y el trasatlántico "Alfonso XII" lleva fondeado en el antepuerto de Las Palmas desde primera hora de esta mañana. Estoy sentado en la playa, vestido de época para no llamar la atención, observando con mis prismáticos cómo unas barcazas humeantes lo abastecen de víveres, agua y carbón. También han subido 11 pasajeros. Dicen que es el mejor buque español. No me extraña. Según leí ayer en la hemeroteca mide 107 metros de eslora, casi 12 de manga, 8 y pico de puntal y desplaza 5.500 toneladas. Es un prodigio de la técnica. Navega a vapor o a vela. Dispone de tres mástiles con aparejo de goleta y en su proa luce un mascarón con la efigie del joven soberano Alfonso XII, esculpida por la firma Kay&Red de Londres. Su propulsión a vapor la proporcionan cuatro calderas circulares con tres hornos cada una, que desarrollan en conjunto una fuerza de 2.800 caballos efectivos a una sola hélice de cuatro palas que le dan una velocidad de 14 nudos. Sus carboneras tienen capacidad para 660 toneladas, lleva 125 tripularios y puede albergar cómodamente a 1.333 pasajeros. En esta ocasión solo lleva 145, por suerte. Pero basta de datos técnicos. Disfrutemos en silencio de la esbelta silueta de este precioso navío. Le contaré algo más... ese barco lleva en su vientre diez cajas precintadas con 500.000 duros en oro, con un contravalor de diez millones de reales en metálico que el Ministro de Ultramar del Gobierno de España envía a Cuba para atender las urgentes necesidades de la isla.

anuncioalfonso.jpgMi reloj de bolsillo marca las 15.00 horas. El "Alfonso XII" ha levado anclas y comienza a moverse lentamente. Resuenan sirenas. Luce el sol y el mar está en calma. Desde aquí veo a través de mis primitivos prismásticos el ajetreo de la tripulación, y a grupos de pasajeros saludando desde cubierta a los que como yo, observan al vapor desde tierra. Pobres. No saben lo que les espera.

A las 16:00 horas el reluciente casco del "Alfonso" chocará con la Baja de Gando, frente a la punta de Melenera, provocando un ruido estremecedor. El barco se parará bruscamente y retrocederá de forma violenta. El pánico cundirá entre los viajeros al ver como el agua inunda las dependencias de la nave y se abalanzarán sobre los botes salvavidas sin atender las indicaciones del capitán y de la tripulación.

Tranquilo, no habrá víctimas. Solo se perderá el barco y el oro. Tampoco los curiosos que me rodean se imaginan la magnitud de la tragedia que se avecina. Para ellos soy un figurante, y solo ven un vapor alejarse. Yo veo más allá. Veo su huella desapareciendo para siempre en el mar. Aunque el barco no desaparecerá del todo. Volverá en forma de leyenda, cuando intenten rescatar el oro... pero esa es otra historia.

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A estas alturas no sé si yo encuentro los libros o ellos me encuentran a mí. Si este hallazgo hubiera ocurrido en un taller de costura juraría que allí no cabía un alfiler más. Pero ocurrió en un almacén de madera, cuando ahuequé mis manos y miré a través del cristal. Diría que es cierto que entre los muebles rotos y carcomidos ya no hay espacio para alfileres, porque lo ocupan objetos de toda índole que proceden de antiguas casas de Vegueta y que el carpintero, con buen olfato para los trastos viejos, va recopilando para los que nos gusta todo lo antiguo. Fue en este lugar donde rescaté del serrín una negra y brillante Underwood de 1940. Por eso me paro frente a su escaparate cuando regreso caminando a casa, por las antigüedades y por el olor a madera recién cortada que se cuela por debajo de la puerta. Pero sobre todo por las antigüedades. Esta vez, al mirar a través de los oscuros cristales, llamó mi atención las letras doradas en el lomo de un libro que parecía bastante antiguo.

El almacén siempre está cerrado, pero hay un número de teléfono pegado con cinta de carrocero tras el cristal de la puerta, por si alguien necesita algo. Yo necesitaba ver de qué trataba ese libro, así que llamé. A los pocos minutos apareció un tipo alto, con gorra de béisbol y gafas de pasta con unos cristales bien gruesos. Le estreché la mano y me preguntó cómo me iba con la máquina de escribir. Tiene buena memoria. Luego entramos en el local y le señalé el objeto del deseo. Estaba en un lugar de dificil acceso. Rodó un montón de objetos, se subió a unos muebles viejos y estirando un brazo consiguió alcanzarlo con la punta de los dedos. El libro resultó ser una pieza muy interesante, trataba sobre la masonería y había sido impreso en 1888. Todo un hallazgo. Discutimos el precio y desde entonces descansa libre de polvo en esa pequeña biblioteca de otra época que voy componiendo poco a poco. Por eso siempre me paro frente al almacén de madera, por el olor...y por las cosas interesantes que allí se encuentran.

libreria.jpg

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cheque en blanco.jpgEn una ocasión, en un mercadillo de segunda mano, encontré una cartera de cuero parecida a las que usaban antiguamente los carteros. Era una cartera marrón con dos hebillas y una tira para llevarla cruzada al pecho. Me encantó y me la llevé a casa. A simple vista se veía que había sido muy usada, pero no presentaba rotos. Tan solo alguna que otra grieta, roces, y una mancha de tinta negra en el fondo; quizás fruto de un accidente con una pluma de émbolo. Una pieza única y con carácter perfecta para llevar libros y cuadernos.

Mientras le quitaba el polvo y revisaba sus costuras descubrí, oculto en un doble fondo, un documento. Era un cheque en blanco que llevaba impresa una filigrana bellamente ornamentada en el margen izquierdo, y escrito con letra inglesa, el nombre de una entidad de la que jamás había oído hablar: Bank of British West Africa Limited. Justo debajo, centrado y en mayúsculas: Las Palmas, que se volvía a repetir más abajo, junto a una fecha: 192_.

Entonces empezaron las averiguaciones. El Banco de la British West Africa comenzó a operar en Las Palmas y en Santa Cruz de Tenerife en 1909. Las actas de constitución llevaban la firma de Alfred L. Jones y de los representantes de la naviera Elder. El poeta canario Alonso Quesada ocupó cargos directivos y fue Jefe de cartera en Las Palmas. Cerró en la década de los treinta debido a la caída de la libra esterlina y a la competencia.

Resuelto lo del documento, quedaba el misterio que lo relacionaba con la cartera ¿qué hacía en el doble fondo? ¿quién lo había escondido allí? Jamás lo sabremos. La solución al enigma está escrita, de forma ilegible, en la pátina que el tiempo ha dejado sobre la piel de mi inseparable cartera de cuero.

A continuación, un anuncio del banco aparecido en la prensa en 1921. Como extra, les dejo la página completa para que vean la publicidad de una de mis debilidades: las máquinas de escribir.
La Guinea española 10041921.jpg

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papeles perdidos.JPGMis lectores asiduos ya habrán advertido mi fascinación por el siglo XIX. Si es la primera vez que me lee queda avisado, y le invito a retroceder a esa época leyendo mis otros artículos, si éste que hoy le ofrezco le parece interesante. Pasar una tarde en los archivos leyendo periódicos antiguos es uno de mis pasatiempos favoritos. Y una forma de viajar en el tiempo. Aunque más que un pasatiempo, es una pasión que no atiende a razones, como la mayoría de las pasiones. La lectura comienza bajo la luz de un fluorescente, cuando traspaso los márgenes quebradizos de esos efímeros e incómodos ejemplares, que en la mayoría de los casos tienen el tamaño de una sábana y que por su fragilidad están condenados a desaparecer, tarde o temprano.

Suelo ir en busca de datos precisos, pero acabo encontrando curiosidades que terminan anotadas en mi cuaderno, para investigarlas cuando tenga tiempo y saciar así mi curiosidad de ratón de biblioteca. En esta ocasión, los periódicos consultados correspondían al último cuarto del siglo XIX, y algunos de principios del XX. Tomé nota de una serie de avisos que llamaron mi atención y que titulé, por razones obvias: "Objetos perdidos". Se trataba de anuncios solicitando la entrega de un objeto de valor, extraviado por distracción de su propietario, ofreciendo siempre una recompensa.

Está el caso de un diario manuscrito olvidado en un asiento de primera clase del tranvía, por el que ofrecían un duro de plata a quien lo encontrara. O el de una leontina con fosforera de plata, extraviada una noche a la salida del teatro. También está el del soldadito de plomo, que debió perder algún niño en los jardines de la alameda. Y el de unos anteojos con montura de oro y cristales de roca, perdidos en las inmediaciones del parque de San Termo.

Nunca sabremos si regresaron a manos de sus dueños. Tal vez los que cayeron al suelo quedaron ocultos bajo el fango, en aquellas calles sin adoquines ni empedrados, algún día de lluvia. Hoy seguirían enterrados, encapsulados bajo las aceras y el asfaltado de las carreteras. Una idea muy romántica. Pero no es el caso. Éstos en concreto terminaron en la vitrina de un coleccionista. En la mía. Los lectores más observadores se habrán fijado que los objetos relacionados en el párrafo anterior aparecen en el bodegón que encabeza este artículo. La manera en que llegaron a mis manos me la reservo.

Veamos qué historia nos cuenta cualquiera de esos objetos. Analizaremos los anteojos con montura de oro y cristales de roca, por ejemplo. Nunca sabremos la identidad del propietario, pero por la calidad del objeto podemos deducir que pertenecía a un miope con una buena posición económica. En el estuche de cuero agrietado por el tiempo aún puede leerse:

Al Cronómetro. Óptica de Arno Lückert. Las Palmas. Triana 47.
alcrono.JPG

En 1912, Arno Lückert tomó el testigo del antiguo negocio "Al Cronómetro", que ya existía como tal en la última década de mil ochocientos. Prueba de ello es la magnífica instantánea tomada en ese periodo por el fotógrafo palmero Miguel Brito Rodriguez, en su serie de comercios de Triana. El sobrino del señor Lückert, Oskar Ernst, lo rebautizó con su nombre al heredarlo en los años 50. Hasta 2014, que cerró para siempre debido a la crisis, siguiendo la estela de otros negocios de la vieja Triana que desaparecieron dejando un edificio vacío, a modo de calavera.

triana47.jpg

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IMG_0954 ret.jpgEn Vegueta hay lugares encantadores y encantados. Los primeros saltan a la vista; los segundos hay que encontrarlos, y no es tarea fácil, a veces están tan a la vista que los pasamos por alto. Es extraño que suceda, pero puede pasar que un mismo espacio reuna ambas condiciones. La rareza se da en un restaurante ubicado en la Plaza de San Antonio Abad, en el nº 5. La Otilia, así se llama, ocupa los bajos de un enorme caserón levantado a principios del siglo XX. En el interior la luz es ténue, pero suficiente para distraer la vista con el fruto de un hallazgo fortuito y degustar, mientras tanto, una copa de vino ¿tinto o blanco? lo dejo a gusto del lector. Pero vayamos al descubrimiento.

buho.jpg Sucedió hace unos años, mientras reformaban el local. Los inquilinos decidieron retirar el papel pintado de una sala rectangular que hay justo en la entrada y se encontraron con unos enigmáticos murales que cubrían techos y paredes. El hallazgo no habría trascendido si no fuera por la extraña simbología usada por una sociedad secreta: La masonería.

¿Podría tratarse de un antiguo templo masónico? De momento no hay nada claro. Mientras tanto disfrutemos del vino y de los dibujos...y dejemos volar la imaginación.

tira.jpg

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una estampa singular.jpgMire esta fotografía. Para un profano en la materia, puede que resulte complicado ubicarla en el tiempo y en el espacio. Para ello es importante tener el ojo educado y observar al detalle la imagen para no errar en el cálculo. El ancho de la calle, los comercios y los raíles reducen las posibilidades, partiendo de la base de que se trata de una singular estampa de la ciudad de Las Palmas. El lector ya habrá deducido, si no lo sabía a priori, que se trata de una antigua fotografía de la Calle Mayor de Triana tomada de norte a sur. Poco vista, por cierto. Ya tenemos el espacio, ahora vayamos al tiempo. Teniendo en cuenta que la electricidad llegó a la ciudad en 1899 y que en la imagen no hay indicio alguno de alumbrado eléctrico podemos afirmar que fue tomada antes de esa fecha. Para cerrar aún más el círculo basta con saber que el tranvía a vapor se inauguró en 1890. Con estos datos podemos afirmar que estamos en Triana en las postrimerías del siglo XIX.

Ahora que ya sabe dónde y cúando, vuelva a mirar la fotografía. A modo de curiosidad le diré que el primer comercio es La Igualdad, un depósito de tabacos. Atentos al anuncio de la época. Sobran las palabras:laigualdad.jpg

Un poco más allá, un local bueno, bonito y barato, Las BBB:

bbb.jpg

Durante el siglo XX muchos de los edificios de Triana fueron reducidos a escombros, en pro de la modernidad, supongo. Con cada caserón derruido se nos fue una parte de nuestra historia y fuimos perdiendo el encanto. Por suerte han llegado hasta nuestros días fotografías como ésta que nos recuerdan cómo éramos no hace tanto tiempo.

¡Ah! Se me olvidaba. Cuando pasee por Triana fíjese en los números 72 y 74. Con tanto derribo los números de gobierno bailaron. Ya no está la tabaquería, ni el restaurante...pero los edificios, para nuestro deleite, siguen ahí.

triana72.JPG

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