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Archivos Marzo 2018

zeppelin.jpgEl Graf Zeppelin LZ-127 fue la mayor aeronave de su tiempo, con una longitud de 236,53 metros y un volumen de 105.000 metros cúbicos. Tenía capacidad para transportar 60 personas, entre tripulantes y pasajeros y a lo largo de su vida operativa realizó 590 viajes, entre los más destacados la vuelta al mundo en 1929 y el viaje al círculo polar ártico en 1931.

Las Islas Canarias fueron un punto de paso obligado en su ruta desde la ciudad alemana de Friedrichshafen hacia Río de Janeiro, en Brasil. Si trazamos una línea recta entre ambos puntos comprenderemos porqué. Un viaje muy solicitado por los clientes debido a la rapidez con la que se cubría dicha ruta. En los años 30 un dirigible como el Graf Zeppelin recorría la distancia que separaba Alemania de Brasil en unos cinco días, mientras que un barco necesitaba algunas semanas.

El paso de la aeronave por las Islas Canarias despertó una gran admiración entre la población local y quedó inmortalizado en algunas fotografías. No hacía escala en el archipiélago, pero se lanzaban paquetes de correspondencia mediante el uso de paracaídas.

¿Imaginan a ese monstruo relleno de hidrógeno sobrevolando nuestra ciudad?

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billar en el quiney.jpgMe he enterado por la prensa que han instalado un magnífico billar en el Hotel Inglés, en la Plaza de San Bernardo. Reproduzco la noticia publicada el 13 de marzo de 1887 en la Revista Comercial del Círculo Mercantil de Las Palmas. Yo ya he pagado las treinta pesetas. Es una buena forma de codearse con la burguesía de la ciudad y conseguir información de primera mano para seguir escribiendo historias. Si te animas, me encontrarás en el salón de billar todos los viernes por la tarde. No olvides acudir vestido de época.

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flecha.jpg En Vegueta no todo son placas, fuentes, bustos o estatuas. Hay otros elementos, muchos ocultos, reservados para los transeúntes que pausan sus pasos y se deleitan sin prisa con los detalles de las fachadas de las casas más antiguas, en busca de lo que no siempre está a simple vista. Yo soy uno de ellos. Seguro que todos nos habremos fijado en esas anillas rumbrientas que se usaban en otra época para amarrar a las bestias. Cuando los automóviles sustituyeron definitivamente a los animales, estos elementos cayeron en el olvido y quedaron como un recuerdo antediluviano de aquellos años en los que la vida transcurría a otro ritmo más pausado. También están las curiosas aldabas, las letras talladas en piedra, los escudos de armas, los años de construcción en la parte alta de algunas casas... y los gatos que te devuelven la mirada a través de una ventana. Pero no quiero hablarles de lo obvio sino de lo oculto, de lo que pasa desapercibido a los ojos, y de paso, proponerles un desafío. Les invito a emprender la búsqueda de un tesoro.

El objeto a localizar está en una de las señoriales fachadas de la calle Castillo. Como la calle es larga seré bondadoso y les diré que se encuentra en una de las mansiones que rodean la fuente del Espíritu Santo. Pudiera ser la señal de tráfico más antigua de la ciudad, y cuando digo "señal de tráfico" podrían pensar que se trata de un objeto metálico, gastado, con restos de pintura reflectante y abollado. Nada más lejos de la realidad. Lo que hay en ese lugar es un frágil rectángulo de madera con una flecha tallada que apunta al sentido contrario de la marcha. Está bastante deteriorado, mimetizado con el entorno, y lo suficientemente alto como para que nadie pueda tocarlo yendo a pie, pero visible perfectamente si vas a caballo.

En Vegueta no todo son placas, fuentes, bustos o estatuas. Hay muchos detalles escondidos, guardados para los paseantes más observadores, que como yo, ralentizan su paso y escudriñan las casas en busca de estos secretos sin importancia pero con mucho encanto.

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peligrodemuerte.jpgTerminó la misa, y tras unos minutos, el templo quedó vacío y en silencio. Era el momento. Sin más luz que la de las velas, me arrodillé y entre el humo del incienso deslicé mis dedos sobre la inscripción de una losa sepulcral. Tomé una fotografía y en mi cuaderno hice un rápido bosquejo de la losa y del extraño símbolo que había llamado tanto mi atención. No fue un encuentro casual. Rastreaba el suelo de esa iglesia en busca de elementos para continuar con la trama de una historia que acabó en un discreto libro de pequeña tirada, imposible de conseguir hoy en día. De esto hace ya una década. Pero volvamos a las tibias y a la calavera. Convido al lector a buscar estos "huesos" in situ. El símbolo funerario se halla en la iglesia de Santo Domingo, en Vegueta. Omitiré la ubicación exacta, así será como un juego.

cuaderno copia.jpg Pero, ¿Qué significa este símbolo? Para dar una respuesta nos quedaremos en la superficie, sin entrar en averiguaciones sobre la historia de los cuerpos que reposan bajo esa pesada losa. Porque son dos, según la inscripción cincelada sobre la piedra en diciembre de 1766: Antonio Lopes y su mujer Birjedad. Dijimos que íbamos a quedarnos en la superficie y eso haremos, lo que nos interesa está dentro de un círculo, tallado en la piedra.

Es de sobra conocido que la calavera y los huesos cruzados representan a la piratería, pero su verdadero origen está en un símbolo utilizado por una de las sociedades más singulares de la historia europea: la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, y de Malta, más conocida como la Orden de Malta. Ellos nunca lo usaron como bandera, a pesar de que sí ejercieron el corso contra los turcos en el Mediterráneo durante el siglo XVII. Su uso quedaba reservado para los sepulcros, y se repite en las tumbas de los caballeros de esta orden.

Por tanto, ¿estamos ante la tumba de un caballero de la Orden de Malta? Es posible.

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elcoleccionista.jpg Los gruesos muros de la casa llevaban en pie más de cuatro siglos, pero el alma del mortal que la habitaba era aún más antigua. Atravesar el dintel de su mansión era adentrarse en un gabinete de curiosidades; un museo atestado de antigüedades creado a imagen y semejanza del corazón y la mente de su habitante. Al verle comprendí por qué había sido tan esquivo, tan reacio a concertar una cita, y es que vivía confinado en una silla de ruedas por una herida de guerra que según me contó había sufrido en otra época, y llegar hasta la entrada requería de un gran esfuerzo por su parte. Lo comprobé cuando me pidió que le ayudara a subir la empinada rampa que conducía a las entrañas de su mundo. Una vez superada la cuesta, vi que había en la pared una cornucopia sin espejo, y en la opuesta, un trampantojo mostrando las ruinas de un templo.

Salimos a un patio sumido en la penumbra debido a la profusa maleza, y arriba, en la balconada de la galería, un saco de huesos ladraba sin parar. También había un gato blanco con un ojo azul y otro amarillo que me observaba desde la pilastra de una retorcida y siniestra escalera. Ambos se preguntaban quién sería el extraño que profanaba sus dominios, siguiendo a su amo de cerca. El coleccionista avanzaba con cierta agilidad por un pasillo estrecho entre multitud de cajas y objetos. Mientras yo las esquivaba como podía, sin perder de vista las paredes cubiertas de cuadros con escenas campestres, antiguos retratos y relojes de péndulo; todos parados. Pasamos por delante de varias puertas cerradas y ventanas cubiertas de cortinas roidas y danzantes, por las extrañas corrientes de aire provenientes de ninguna parte. En una de las habitaciones la puerta estaba abierta. Ralenticé mi paso y atisbé el pie de una cama de hierro forjado, y sobre un tocador una cantidad ingente de figuras de porcelana.

Pasamos por una cocina donde se amontonaban los cacharros y al fin llegamos a lo que parecía su despacho. Las paredes estaban cubiertas de anaqueles repletos de primitivos artefactos fotográficos. El hombre se dirigió a un rincón y giró la manivela de un gramófono. Un disco de pizarra comenzó a girar. La borrosa melodía me resultó familiar, y fue como un bálsamo para el perro de la galería, que dejó de ladrar. El gato apareció de la nada y caminó sobre el tablero de un buró sin pisar un conjunto de fotografías antiguas y una lupa de plata. Luego fue a parar al regazo de su amo, que sostenía un pequeño crucifijo de madera entre las manos. Siguiendo sus indicaciones tomé una silla y me senté a su lado, junto a la ventana.

El sol de mediodía inundó de luz el patio y por fin pude ver la cara del coleccionista. Hasta ahora la penumbra que cubría la casa me lo había impedido. La luz me mostró a un hombre pálido y descuidado. Pero eso era solo una apariencia. Debajo de su ropa raida y llena de lamparones había un experto en fotografía antigua y un acaparador de objetos, que tenía en su poder, entre otras cosas, parte de la cartelería que decoraba los comercios de la calle Triana a finales del siglo XIX. Por eso estaba yo allí, por los carteles publicitarios del diecinueve. De un lateral del buró sacó un carpetón y lo abrió sobre el tablero. Los carteles sorprendían por su buen estado y el colorido de sus ilustraciones, acostumbrado a verlos en blanco y negro en fotografías de época. Me interesé por dos; uno en el que una góndola surcaba un canal, cargada de cajas de galletas inglesas; y otro de una naviera italiana en el que una pareja contemplaba el mar desde la cubierta de un vapor. Me dejé llevar por mi entusiasmo y cometí una indiscreción, le pregunté dónde los había encontrado. El hombre entró en cólera y conocedor de que yo también coleccionaba, me respondió con otra cuestión: ¿le pregunto yo dónde consigue usted sus cosas? Nunca olvidaré sus ojos inyectados en sangre mirándome por encima de sus gafas de carey. Había oído hablar de su carácter y de la leyenda que circulaba entre quienes no lo conocían, que contaban que había acabado en silla de ruedas por una caida mientras profanaba el suelo de una iglesia; también se decía que pagaba sus deudas con antiguas monedas de oro español. Habladurías. Tras unos momentos de tensión la situación se normalizó y hablamos del precio, pero tristemente no llegamos a un acuerdo.

Cuando abandoné su casa pensé en mi pregunta indiscreta y en su reacción, y me dejé llevar por mi imaginación. Llegué a la extravagante conclusión de que detrás de una de aquellas puertas se escondía un extraño artefacto que le permitía viajar al pasado. Eso explicaría el recelo a los visitantes; el excelente estado de los carteles; la gran cantidad de antigüedades...y su extraña explicación de por qué estaba en silla de ruedas ¡imaginaciones mías! Tiempo después me enteré que había desaparecido misteriosamente. Un vecino, alarmado por los ahullidos del perro y por los gritos que provenían de su casa, llamó a la policía y al ver que no respondía forzaron la anticuada cerradura de la entrada. Encontraron la silla de ruedas volcada en el patio, entre la maleza, pero del coleccionista y de su gato... ni rastro. No tenía descendencia y un familiar lejano heredó la casa y todo lo que contenía, incluido el perro. Profano en el mundo de las antigüedades, vendió a precio irrisorio todo lo que había en la casa, y los anticuarios de la ciudad aprovecharon la ocasión para ampliar su surtido y llenar los escaparates.

Hace unas semanas estuve en una de esas tiendas curioseando, y encontré colgado en la pared el cartel con la góndola cargada de galletas inglesas, y a su lado, la romántica estampa de una pareja sobre la cubierta de un barco. Volví a interesarme por ellos, pero de nuevo pedían demasiado. Seguí husmeando por la tienda y encontré una caja que contenía una lupa de plata y un montón de fotografías antiguas que según me aseguró la anticuaria, habían venido en el mismo lote que los carteles. Inéditas vistas de Vegueta y de sus puentes; el tranvía de Triana a principios del siglo XX; y un inquietante retrato sedente sobre cartón de un elegante caballero con atuendo militar que tenía un gato sobre el regazo y un pequeño crucifijo entre las manos. Escudriñé la fotografía con la lente de aumento y quedé horrorizado al descubrir... el rostro del coleccionista.

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Rebuscando en el último cajón de mi buró, donde guardo una miscelánea de documentos antiguos, encontré traspapelado un deteriorado grabado y haciendo memoria, recordé la curiosa forma en la que llegó a mis manos.

Ocurrió hace unos años, mientras paseaba por Vegueta en busca de una idea para un relato. Recuerdo que crucé la Plaza de Santo Domingo a toda prisa y quien me viera, pensaría que sabía a dónde iba. Nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que sufría una crisis creativa y vagaba sin rumbo fijo en busca de palabras. Seguí avanzando y giré en una de las calles más solitarias del casco antiguo; la de Santa Bárbara. Es una de las últimas calles adoquinadas, y desemboca en un estrecho y sombrío callejón llamado Bedmar, que tuerce a la derecha.

Pero volvamos al principio de la calle.

Era invierno y había llovido. Se levantó un poco de viento y para protegerme del frío abroché todos los botones de mi chaqueta. Cruzada en mi pecho, mi inseparable cartera de cuero. Me detuve a media calle y miré a uno y otro lado. No había nadie; no es de extrañar pues ya les advertí que es una calle poco transitada. Justo a esa altura se había formado un enorme charco en la acera. Desde mi posición podía ver el reflejo de la gallera, un vetusto caserón donde se celebraban peleas de gallos a principios del siglo pasado. Siempre me ha encantado ese edificio. Saqué mi cuaderno y me puse a dibujar un breve bosquejo de su fachada.
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Fue entonces cuando vi una hoja de papel haciendo piruetas sobre mi cabeza. Dije al principio que iba a contar cómo esta lámina había caído en mis manos, en honor a la verdad he de decir que fue a parar a mis zapatos. Recogí el papel y descubrí que se trataba de un precioso dibujo impreso en 1868, según el reverso. Miré a todos lados pero no conseguí averiguar desde dónde había venido volando. Llegando a donde concluye la calle vi una casa que a simple vista parecía llevar bastante tiempo cerrada. Pero mirándola más en detalle observé que una de las ventanas de la segunda planta estaba entreabierta, y parecía haber algo de luz tras la cortina. Imaginé aquella estancia como una apolillada biblioteca en la que alguien, en un arrebato, había mancado un libro echando a volar la página por la ventana, pero...¿por qué motivo?

Di media vuelta y emprendí el camino a casa. Guardé el grabado en mi cartera y en mi cabeza, una idea para un relato.
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Parte de la historia de Vegueta luce cincelada a ras de cielo, encriptada en los escudos de armas, en lo alto de algunos de los caserones más viejos. La otra parte, la más callada, yace escrita a ras de suelo. Hoy les traigo un poco de esa historia desgastada por nuestros pasos... y por el paso del tiempo. Una curiosidad marcada en ese mapa de la ciudad, que durante años he ido componiendo. Una losa blasonada en el suelo de la Catedral. Entremos en silencio...

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Aquí yace Juan Botello Tello y Romero, fallecido en 1694. Como reza su lápida, fue capitán y sargento mayor de la Gran Canaria por su Majestad, y también regidor perpetuo. Estuvo casado con Beatriz Ventura Ortiz Ponce de León Salvago y Osorio, y tuvieron una hija que se llamó Agustina María.

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notas.jpgEscribo desde una pequeña y encantadora cafetería. Hace esquina entre Juan de Quesada y Obispo Codina. Dos de mis calles favoritas. La primera por sus mansiones y jardines; la segunda por su prestancia y sus elegantes edificios. El local tiene apenas cuatro mesas, y hay una muy concurrida que es mi preferida. Hoy tuve suerte y la encontré vacía. La razón de que sea siempre la elegida por los clientes está al otro lado de la ventana; porque este lugar es una excelente atalaya donde sentarse a disfrutar de un buen café acompañado de una rosquilla, y contemplar lo que hay al otro lado del cristal. La escena, a mis ojos, representa una preciosa estampa donde en primer plano encontramos una centenaria estatua de mármol de Carrara casi oculta bajo un Laurel de Indias. En la contemplación de la imagen recomiendo ignorar las modernidades, que no voy a enumerar porque saltan a la vista. Volviendo a la romántica estampa enmarcada en madera, descubrimos tres esculturas más lejanas, que como sabrán, en conjunto representan a las cuatro estaciones, y antes de la construcción de la carretera, custodiaban las esquinas de un puente que conectaba las dos orillas de Las Palmas. Adornan la escena los curiosos tejados verdes de los quioscos de la Plaza Hurtado de Mendoza, y contemplando la ciudad desde el cielo, un par de miradores. Mientras dejo secar la tinta de mi pluma sobre el cuaderno, disfruto del café y de la rosquilla recién hecha y me viene a la mente un recuerdo lejano, sobre el antiguo edificio que hay al otro lado. Me refiero a la casona de la calle Muro esquina a Fuente.

En 1981, cuando yo contaba tan solo cuatro años, salía de la mano de mi madre de una tienda de calzados ya desaparecida, situada en esta misma calle, para descubrir cómo las llamas devoraban la farmacia más antigua de la ciudad de Las Palmas.

Las llamas quedaron grabadas en mi retina, y recuerdo perfectamente como salían con virulencia por las ventanas, rebasando incluso la cornisa. El incendio obligó a desalojar la Librería Selecciones y la Horchatería Beltrá. En el momento de la catástrofe la farmacia pertenecía a don Castor Molina, pero las estanterías y tarros conservados en su interior procedían de la primera botica de Las Palmas, instalada en 1780, por Luis Vernetta. Todo el contenido y el continente desapareció para siempre, porque lo que hoy vemos es solo la cáscara de ese antiguo caserón que ya aparecía inmortalizado en uno de los dibujos que realizó James J. Williams allá por la década de 1830.

Claro que todo esto lo averigüé más tarde. Cuando sucedió la catástrofe solo tenía cuatro años, cogía a mi madre de la mano... y mientras las llamas quedaban grabadas en mi retina, recuerdo a un señor mayor, con sombrero y bastón, que exclamó: ¡arde la botica!

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Remington type.jpg Por más que he vuelto a transitar por el laberíntico entramado de callejones y recovecos de Whitechapel, en el East End londinense, no he podido encontrar la misteriosa librería donde me escondí de un maleante que me seguía, desde que me vio consultar mi reloj de oro al bajar del coche de punto.

Fue la última noche de noviembre de 1.888. Por aquella época me ganaba la vida como reportero para un conocido periódico y había salido en busca de algún suculento titular con el que alimentar el morbo de los lectores de la sección de sucesos de la edición de la mañana. Una fuerte tormenta sacudía Londres y yo huía de ese ladrón a toda prisa, cobijado bajo mi capa y mi sombrero. Desorientado y sin aliento, llegué a un callejón oscuro y sin salida. Me escondí entre unos cubos de basura y la lejana luz de los faroles desdibujó la silueta del depredador, que me buscaba en la oscuridad con un enorme palo en la mano. Por un momento pensé que mi muerte iba a ser la noticia que había salido a buscar esa noche.

En ese instante, cuando creí no tener escapatoria, se iluminó un pequeño escaparate al fondo del callejón y mi verdugo salió corriendo. La fachada estaba enmarcada en madera y sobre la puerta había un extraño rótulo con un nombre bastante curioso: "El cubil del dragón". En busca de refugio corrí hacia la tienda y atravesé el umbral de la entrada. Una dulce campanilla anunció mi presencia y descubrí que se trataba de una librería bastante singular. Fue cuando miraba a través de los cristales para asegurarme que aquel hombre había desaparecido cuando oí que alguien amartillaba un arma detrás de mí. En el reflejo del cristal descubrí un rostro que me apuntaba con una escopeta de caza. Me dijo que si me movía era hombre muerto. Yo me limité a seguir sus órdenes y le expliqué que había llegado hasta allí huyendo de alguien con muy malas intenciones. El caballero apoyó el cañón en mi espalda y registró mis bolsillos. Lo único que encontró fue mi cuaderno de notas y un lápiz. Me preguntó si era periodista y respondí que sí. Me dijo que Whitechapel no era un lugar seguro a esas horas de la noche. Luego bajó el arma y al fin pude darme la vuelta. Se disculpó por haberme encañonado y me entregó su tarjeta. Acto seguido me invitó a una taza de té. El anciano desapareció un instante y observando a mi alrededor me di cuenta de que aquella librería no era como las que solía frecuentar. A primera vista podía parecer una más de las muchas que atestan las calles de Londres; con su mostrador lleno de papeles desordenados; la caja registradora; un montón de correspondencia sin abrir; un grueso cuaderno de cuentas abierto por la mitad... y muchos, muchos libros cubriendo las paredes hasta el techo y formando vertiginosas torres en el suelo a punto de colapsar.

Lo que diferenciaba a esta librería de las demás era el halo de misterio que se respiraba en la tienda, y sobretodo la apariencia del librero que parecía haber vivido muchas vidas. Un tipo bastante raro que volvió con una taza humeante de la que tomé un sorbo para calmar mis ánimos. La bebida tenía un sabor extraño, sabía a canela pero había otro ingrediente que no pude identificar.
-¿Le gusta leer?- me preguntó.
-¡Desde luego! Pero hay tantos libros interesantes y tan poco tiempo.- Tomé otro sorbo de la bebida y empecé a notar cierto mareo. Por un momento se me nubló la vista y a punto estuve de caerme. -¿Se encuentra bien? siéntese y tome otro sorbo...-
Volví a beber y sentí cómo mi cuerpo se paralizaba. Antes de perder el conocimiento el anciano me susurró una frase inquietante: -Voy a hacerle un regalo que cambiará su destino.-

Cuando abrí los ojos aún no había amanecido. Yacía en el suelo entre desperdicios y a mi nariz llegaba el hedor de las fábricas de cerveza y de los curtidores, que hervían el cuero en orín. Me encontraba en uno de los muelles del Támesis. No tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí. Estaba muy débil, y los primeros rayos de la mañana me impidieron abrir los ojos. Palpé mi chaleco en busca de mi reloj de oro; un regalo de un pariente ya fallecido. Por suerte aún seguía allí. Pensé que lo había soñado todo, pero en mi bolsillo encontré la tarjeta que me había dado aquel hombre. No había dirección alguna, solo un extraño dragón que con el paso del tiempo adopté como propio. Recuerdo que me oculté bajo mi capa y mi sombrero y caminé hasta que pude coger un coche hasta mi casa. Había sufrido quemaduras en el cuello y en las manos por efecto del sol, y tuve que correr las cortinas porque la luz del exterior me molestaba sobremanera. Lo más inquietante era la extraña mordedura que tenía en el cuello. Me acosté en un diván y caí en un profundo sueño, mientras la fiebre poseía mi cuerpo y tenía terribles pesadillas. Al volver en mí, el ama de llaves yacía en el suelo de mi apartamento, pálida e inerte. Tenía un sabor extraño en la boca y las manos manchadas de sangre. Nunca creí en vampiros, hasta esa noche en la que entré en "El cubil del dragón".

Ha pasado más de un siglo desde que me refugié en aquella librería regentada por un bebedor de sangre. Ahora tengo todo el tiempo del mundo para leer todos los libros del mundo, y llenar mi cabeza de las mentiras escritas por los mejores embusteros de la historia. Sigo trabajando como periodista y a lo largo del tiempo he tenido que adoptar diferentes identidades para no llamar la atención de los mortales. Duermo de día y escribo de noche para varios periódicos digitales. Cuanto termino mis artículos recorro las calles de Londres en busca de alguna víctima con la que saciar mi sed y si me sobra tiempo, antes de que amanezca, regreso al laberíntico Whitechapel en busca de la misteriosa librería que nunca encuentro.
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IMG_E0836 ret.jpgHoy propongo al lector un experimento. Para llevarlo a cabo necesito que se deje llevar por mis palabras y puede que entonces suceda la magia. Mi intención es usar el papel y la tinta para hacerle viajar en el tiempo. Al leer, los impulsos eléctricos y la química de su cerebro convertirán en imágenes mi texto. Puede estar tranquilo, el experimento no entraña ningún riesgo y usted volverá al presente al llegar al punto y final. Lo prometo. El método es el siguiente, yo voy a contarle una historia y su imaginación hará el resto. No es nada nuevo; llevamos haciéndolo desde hace milenios. Primero en una cueva, alrededor de una hoguera, luego sobre el papel y ahora en las pantallas. Si la idea le parece atractiva, comencemos, el viaje no le llevará mucho tiempo.

Imagínese dentro de un viejo ascensor de esos que hemos visto cientos de veces en el cine, con la caja de madera oscura y estrecha, y una especie de reja que la asegura. Ahora fíjese en el panel que tiene a la derecha. Cada hilera de botones representa una década, localice en la primera línea una fecha concreta: 1911. ¡Apriételo! ¡a qué espera! El ascensor ha comenzado a moverse. Chirría y se tambalea a la vez que desciende vertiginosamente, pero no hay peligro alguno... aún así, si el miedo le supera y desea bajarse de esa antigüalla suspenda la lectura.

Veo que sigue adelante. Buena elección. Llegados a este punto y mientras el ascensor cae por una fisura en el tiempo le voy a contar los planes que tengo para usted. Como podrá imaginar, cuando llegue a su destino temporal este peculiar elevador se detendrá. Le he dicho cuándo pero no dónde. Será en Las Palmas de Gran Canaria, en el año 1911. Para que pase desapercibido he seleccionado un atuendo propio de la época; está colgado en una percha, detrás de usted. Cámbiese; espero haber acertado con su talla.

Está usted muy elegante. Cumplidos aparte, la ciudad de aquella época poco tiene que ver con la que usted conoce. En esa bolsa de cuero que parece de cartero hallará un sombrero; póngaselo. También he incluido una guía de Las Palmas correspondiente a ese año para facilitarle el viaje.

El elevador se ha detenido bruscamente. Abra la reja y salga; no olvide la bolsa de cuero. De repente se encuentra en un solitario edificio de Triana, en la calle Cano. Abandone el portal y disfrute del espectáculo. Recuerde que el viaje terminará cuando lleguemos al final del texto, así que no disponemos de mucho tiempo. Hay mucho que explorar, pero hoy nos conformaremos con visitar un hotel. Encontrará más información en la guía, he marcado una página con un billete.
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Visitaremos uno de los cuatro hoteles regentados por Charles Baker Quiney. El Hotel Inglés queda al final de la calle, en la plaza de San Bernardo. Lo sé, ha pasado cientos de veces por ahí, pero nunca se había fijado en ese edificio que en el presente pertenece al Museo Canario y es usado como almacén. Pero en este año de 1911 es un flamante edificio lleno de vida. La guía dice lo siguiente: "Fundado en 1884, fue el primer hotel inglés que se estableció en la isla. Está a cinco minutos de distancia del mar y ha sido reformado recientemente. Sus habitaciones son suntuosas y confortables. Dispone de varios salones de reunión, de lectura y de billar. Sus huéspedes pueden disfrutar de baños fríos y calientes. Hay luz eléctrica, teléfonos, timbres. Cocina francesa, inglesa y española. Intérpretes en todos los idiomas. Servicios de coches e intérpretes a todos los vapores en el puerto."

Ahora que ha leido el anuncio quiero que entre y se dirija al comedor que está en la planta baja. El recepcionista le saluda, correspóndale y siga adelante, con seguridad. Siéntese a una mesa y pida un café. Contemple la escena. La mayoría de los comensales son ingleses. Le dejaré un rato a solas...pero no hable con nadie... Pague con el billete que encontró en la guía y deje el resto de propina.

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Nos acercamos al final del texto. Es hora de regresar. Abandone el hotel y y vuelva al solitario edificio de donde salió; el ascensor le devolverá al presente. Para que este viaje no tenga la inconsistencia de un sueño, puede llevarse la cuchara del Quiney de recuerdo. Nadie notará que falta un cubierto. Si en el presente alguien le pregunta, adquirió la pieza en un anticuario del centro.

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