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Archivos Febrero 2018

Santa Brígida, 1918
Una noche más, la lluvia resuena sobre los tejados, y se desliza, murmurando, por el laberinto de desagües que descienden por los gruesos muros de este tenebroso caserón que durante siglos ha pertenecido a mi noble parentela. Mi último pariente, un viejo doctor hermano de mi abuelo al que jamás conocí, se quitó la vida entre estas paredes bebiendo un extraño brebaje que los médicos no supieron identificar, no sin antes redactar una última voluntad en la que me nombraba único heredero de la casa y de todo lo que contenía, así como de varios títulos que habían ennoblecido a los de mi estirpe desde tiempos inmemoriales. Su cadáver fue encontrado por el sirviente, que abandonó la propiedad en cuanto el anciano recibió sepultura. Ahora solo quedo yo en esta casa. Cuando el albacea me dio la noticia de la herencia metí mis escasas pertenencias en un baúl y me trasladé a este lugar en el campo, alejado de Las Palmas y de la mano de Dios, pues la condición para recibir la herencia era que debía habitar la casa de inmediato. Un extraño capricho del anciano. De eso hace una semana. Desde que llegué no he podido conciliar el sueño. Al caer la noche la casa se llena de pasos apresurados y voces lejanas que no alcanzo a comprender. Así que dormito de día y paso las noches persiguiendo sombras y revolviendo en armarios y arcones en busca de respuestas que justifiquen mi permanencia aquí. Aún me queda mucho por explorar; hay varios torreones y un sótano cerrado con un grueso candado del que aún no he encontrado la llave. También hay un descuidado jardín lleno de fuentes secas y misteriosas estatuas ocultas entre la maleza, y más allá un pequeño cementerio donde descansan los restos de mis antepasados, y donde yace el anciano que con mano temblorosa recordó mi nombre antes de morir. Ahora me encuentro en la biblioteca rodeado de libros polvorientos, cuyos lomos brillan bajo la luz de las velas. El escritorio del doctor está tal cual lo dejó. En un cajón oculto he encontrado unos diarios... puede que en ellos halle las respuestas que tanto he buscado. Mientras descifro la abigarrada letra del médico la lluvia resuena con más fuerza sobre los tejados, y se intensifican las voces y los pasos... juraría que provienen de la habitación de al lado...parece que alguien no quiere que descubra los secretos que custodian estos diarios...

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Triana y sus transversales están llenas de cegadores escaparates; de restaurantes con ruidosas terrazas; de estatuas humanas que piden la voluntad en un sombrero de fieltro depositado en el suelo; de músicos callejeros que tocan y regalan su talento a cambio de dejar caer una moneda en el estuche gastado de su instrumento. Triana es para mí, la antesala del silencio. Porque si cruzas el Guiniguada encontrarás a su polo opuesto.

En Vegueta la luz es más ténue, no hay tantos comercios ni tanta gente. Yo la prefiero. Por suerte, hay al menos tres lugares de obligada visita para los que como yo, tienen alma de brocante. Tiendas de antigüedades donde encontrar curiosidades que no hallarás en la otra orilla, en la de los luminosos y cegadores escaparates. Quizás muchos de los objetos que esperan en las apagadas vitrinas de estas tiendas se vendieron en otra época en la orilla opuesta. Y ahora, más gastados y con una historia, vuelven a estar a la venta. Te invito a dejar atrás el bullicio de la calle Triana y encontrarte en el otro lado con esa dama seductora y elegante, de calles menos transitadas, de mansiones señoriales, algunas abandonadas... y buscar estos santuarios donde terminan los objetos de las familias que durante siglos han vivido en nuestra ciudad.

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Mi casa mira al mar, y siempre que veo una vela en el horizonte algo se mueve dentro de mí. Porque esas esbeltas siluetas de tres mástiles, que como fantasmas aparecen rara vez en la distancia, simbolizan el espíritu de la aventura y de la libertad, en esta época dominada por las prisas y en muchos sentidos carente de encanto. Nunca he tenido la oportunidad de navegar, más allá de las páginas de un libro, a bordo de uno de esos barcos impulsados por el viento. Mi última travesía en papel ocurrió mientras ojeaba un periódico antiguo. Un ejemplar de La Opinión, Diario Liberal Conservador, fechado el 18 de agosto de 1896. En su portada encontré un breve artículo con un título que me atrapó. La columna convertía la tragedia de un naufragio en una romántica leyenda. Les invito a leer la historia, quizás les seduzca como a mí.

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Volviendo de nuevo a mi ventana, imagino que los tripulantes de esas plataformas y petroleros que fondean frente a mi atalaya sentirán envidia de esos marineros que navegan lentamente empujados por corrientes de aire, que guían su proa observando las estrellas, y que persiguen sueños a vista de catalejo.

Nunca he pisado la cubierta de un velero, pero desde mi casa que mira al mar, guío la proa de mi vida según las estrellas, persigo mis sueños a través de un catalejo y cuando veo uno de esos barcos, a lo lejos, algo se mueve dentro de mí.

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Los espejos de Rexachs aún siguen atrapando luces y siluetas. Sus escaparates, sin embargo, se apagaron para siempre hace un par de años, después de más de medio siglo iluminados. Así lo gritaron a los cuatro vientos los carteles de liquidación que aparecieron un día en los cristales. Algunos pensaron que se trataba de una maniobra comercial, pero la cosa iba en serio y la noticia corrió como la pólvora. La señal de que la mítica librería se hundía era que vendían hasta los tiradores de los muebles. Y no exagero. Quien fuera alguna vez en busca de un artículo, sabe que entrar en Rexachs era viajar unas cuantas décadas atrás, porque nada cambió en su interior desde que abrió hace más de sesenta años. Los más observadores se fijarían en el estrecho pasillo que había al fondo del local y que parecía no tener fin. Era allí, en el almacén, donde se encontraba su verdadera esencia y al que solo podían acceder los empleados. Hasta que anunciaron el cierre.

Si pedías permiso y no eras sensible al polvo te dejaban entrar en las bodegas de aquel antiguo barco a punto de naufragar, y saciar así la curiosidad de saber qué guardaba la trastienda de uno de los negocios con más historia de Triana. El que escribe traspasó el umbral del almacén varias veces. Para los que nos encantan las antigüedades y los artículos de papelería fue una oportunidad única de explorar un espacio singular que guardaba algunos "tesoros", como la vieja imprenta y el maravilloso mobiliario que la acompañaba, con sus estrechos cajones repletos de tipos metálicos, testigos de otro periodo donde las cosas se hacían con más encanto. La mole de tipos móviles era lo más llamativo, pero si tenías espíritu de arqueólogo el lugar invitaba a ensuciarse las manos y rebuscar en las atiborradas estanterías.

El almacén de Rexachs fue una cápsula del tiempo que se abrió para deleite de los más curiosos. No pude pasar por alto los preciosos cuadernos de contabilidad; las curiosas botellas de tinta; las cajas de lápices de los años cincuenta ilustradas con la Venus de Milo; o las cintas para máquina de escribir que ya son imposibles de conseguir. Como imaginará el lector, un servidor se hizo con parte de esos hallazgos, y no exageraba al principio de este artículo al afirmar que todo estaba en venta, pues en el lote me llevé un precioso tirador de hierro fundido de un viejo cajón. Un pequeño recuerdo de la desaparecida Librería Papelería Rexachs.

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Una noche, admirando los grabados iluminados de un carcomido volumen de finales del XIX que versaba sobre moda francesa, encontré entre sus páginas una misteriosa nota manuscrita tan antigua como el propio libro. Enseguida abandoné la moda parisién, y me dispuse al estudio de aquel frágil pedazo de papel que contenía un mensaje, a priori, indescifrable.
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Miento. Había una parte del texto que estaba bastante clara. Una fecha: "Abril 6/72"; y una firma: "Suárez".
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Pero la primera línea representaba todo un enigma:
linea1.jpg Tomé papel y lápiz y transcribí letra por letra el mensaje: "De bals. Opodeldoc - un pomo"

Tras unas horas investigando llegué a la siguiente conclusión:

1. Se trataba de una receta médica expedida el 6 de abril de 1872, en Las Palmas, pues el grueso tomo donde la había encontrado había pasado el último siglo en un desván de una casa de Vegueta y tenía en el lomo las iniciales de uno de los apellidos de rancio abolengo de la ciudad.

2. La rúbrica "Suárez", indicaba con toda seguridad que pertenecía al Dr. Pedro Suárez Pestana, el cual nació en Las Palmas en 1833. Era hijo del que fuera alcalde de Las Palmas, Sebastián Suárez Naranjo. Fue alumno del colegio de San Agustín y estudió medicina en Cádiz. Fue médico titular en su ciudad natal, y desempeñó la Subdelegación de Medicina hasta su muerte. También ejerció de médico Director de Sanidad del Puerto, e inspector Honorario de la Primera Junta de la Cruz Roja en Las Palmas en 1874. Murió en 1896.

3. Respecto a "Opodeldoc", descubrí que era un bálsamo compuesto por una solución jabonosa alcohólica, alcanfor y esencias de romero y tomillo. Este linimento de aspecto azul verdoso y olor característico se usaba en forma de fricciones para las neuralgias ligeras, dolores articulares y musculares.

Con estos tres conocimientos pude comprender la enigmática frase que no tenía otra misión que la de transmitir al farmacéutico que dispensara un pomo (frasco) de bálsamo Opodeldoc.

Aclarado el asunto volví a los grabados pintados a mano de aquel libro apolillado, con la satisfacción de haber resuelto un misterio caligráfico.

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A las afueras de Santa Brígida, en la falda de una montaña, reposan los restos de una mansión triste y solitaria. Oculta en el bosque y devorada por la naturaleza, desde la carretera pueden verse sus torreones, que aún conservan parte de su nobleza. En el pueblo todos conocen la historia de esta casona abandonada, de difícil acceso y arquitectura enrevesada. La mansión de los Sarmiento, es así como la llaman. En sus muros quedó escrita la historia de su dueño, cuya fortuna no pudo evitar que una noche una antigua señora visitara sus aposentos, para arrancar su alma de su cuerpo y dejar a su viuda entre lamentos. La muerte llevó a la familia a la pobreza, y la casa quedó en el olvido, bajo la maleza. Es la mansión de los Sarmiento, así la llaman, y es todo cierto.

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Es febrero de 1887 y la ciudad es bañada por una intensa lluvia. Los adoquines mojados resuenan al paso de un carruaje que trae desde el muelle a una refinada dama de habla inglesa. Llegó en el vapor de la tarde y desea con ansia recuperarse del viaje en su casa de Vegueta. El conductor sacude las riendas y la bestia relincha, mientras sube la calle que discurre paralela a la Plaza de Santa Ana. El armazón de madera cruje y el equipaje se tambalea en el transportín de la parte trasera. El chófer, con el cachorro encajado hasta las cejas, apura la picadura de su pipa que chisporrotea en la oscuridad bajo su grueso bigote. A través de la ventanilla la señora observa la siniestra estampa de una plaza casi desierta, bajo la mortecina luz de los faroles de petróleo. A diferencia de Londres, Las Palmas late de otra manera. Aquí el ritmo es más pausado y la luz eléctrica aún es una quimera. En Inglaterra la electricidad ya ilumina los escaparates de las tiendas. Pero ella está encantada de estar de vuelta. Mañana irá de compras a Triana, donde la libra esterlina convive con la peseta.

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Invierno de 2018.
Entré en el portal y después de saludar al conserje, deposité en el casillero mi abrigo, mi cartera de cuero y mi inseparable estilográfica alemana con punta de iridio. La tinta está vetada en este edificio. Es norma en el archivo. Prohibido usar cualquier instrumento de escritura que no sea grafito.

Ascendí la desgastada escalera y en una mesita junto a la entrada, rellené a lápiz una solicitud detallando los fondos que quería consultar. Mientras iban a buscarlos al sótano, me puse guantes de nitrilo para no perjudicar el manuscrito con la grasa de mis dedos, y deambulé por la sala de consulta. Luz artificial y olor a lignina, y tras la ventana, una desconocida perspectiva de la Plaza de Santa Ana. No era el único ratón de biblioteca, había otro en una esquina, descifrando antiquísimos legajos que se deshacían con solo mirarlos.

Tras unos minutos, el silencio fue interrumpido por el leve chirrido de las ruedas de un carrito para documentos, empujado por un archivero que regresaba de las entrañas de ese recinto con el antiguo cuaderno que le había pedido. Procedí a abrirlo con cuidado y sin tocarlo más de lo preciso comencé a deslizar los ojos por la preciosa caligrafía y a escribir en una cuartilla:

"año 1897...Mrs James Nelson Bates, ingeniero...calle Castillo nº 8...su esposa se llamaba Mrs. Frances Enma Bayldon Geswell...dos hijas, Blanche y Jane...y cuatro sirvientas...Sir Daniel Morris...botánico...1893...llegó en un vapor..."

Con los datos obtenidos salí del archivo enfundado en mi abrigo y con mi cartera cruzada atravesé la plaza rumbo al oscuro callejón de Doramas. En la calle Juan de Quesada caminé hasta que encontré la parte trasera de la, en otra época, casa de Mr. Nelson; a través de unos barrotes pude ver el selvático jardín...hoy abandonado. Me pareció ver las siluetas de dos caballeros vestidos de época sentados bajo un frondoso árbol... Puede que estuviera equivocado...


Primavera de 1893.
Son las cinco de la tarde y una muchacha del servicio precipita un humeante té en unas finas tazas de porcelana inglesa, ante la atenta mirada de dos elegantes caballeros que conversan en un jardín, a la sombra de una Ceiba. El anfitrión es Mr. James Nelson Bates, ingeniero naval responsable de la construcción del Puerto de la Luz. Su invitado, Sir Daniel Morris, un prestigioso botánico que ha llegado hace unas semanas abordo del vapor Tinui, huyendo del frío londinense. Sir Morris aprovechará su estancia en las islas canarias para visitar los principales jardines y escribir un artículo que se titulará The plants and gardens of the Canary Islands. Además de la tetera, sobre la mesita de hierro fundido hay un sombrero de fieltro, una primera edición en inglés de Estudio en escarlata de Sir Arthur Conan Doyle, y un cartapacio lleno de bocetos y anotaciones. Son las pertenencias del botánico, que se ha propuesto inventariar las exóticas especies que Mr. Nelson tiene en su jardín e inmortalizar en un dibujo el exuberante árbol que les cobija. Pero eso será después, ahora ambos caballeros se acercan la taza a los labios y saborean el té. Sir Morris observa las delicadas flores que decoran la porcelana y luego se recrea la vista en el espléndido jardín que su compatriota cultiva junto al Guiniguada...y se da cuenta de que alguien les mira desde lejos, tras una valla...


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