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El cazador de libros

Su identidad no es relevante, pero puedo contar que bajo aquel aspecto de vagabundo encantador moraba un antiguo profesor de esgrima retirado, que fue herido en un campo de batalla y conservaba una cojera en una de sus piernas debido a la metralla, y algunas condecoraciones por sus acciones en la guerra que en ocasiones especiales lucía en el ojal de su chamarra. Era un hombre cultivado, leía todo lo que caía en sus manos y se ganaba la vida como mercenario del papel, en busca, por encargo, de algún ejemplar único y extraño. Un bibliófilo a sueldo, experto, meticuloso en su trabajo, un ratón de biblioteca, un arqueólogo aficionado a las letras, un detective privado... acostumbrado a profanar bibliotecas y a no dejar huella tras sus pasos. En definitiva, un cazador de libros por cuenta ajena. Sus ojos miopes estaban adiestrados para localizar en oscuros y atestados almacenes el leve brillo de unos diminutos tipos dorados, estampados en el lomo vencido de cualquier tomo antiguo a la espera de ser rescatado del olvido. Su puntiaguda nariz era capaz de distinguir entre la humedad y el polvo acumulado de un sótano abandonado el aroma a vainilla de un libro impreso hace más de cien años, o de percibir el olor de la tinta oxidada de un manuscrito escondido tras un cajón carcomido, o en el compartimento oculto de un desvencijado armario. Su agudizado sentido del oído le permitía averiguar, por el sonido del papel, si un volumen era auténtico o lo habían falsificado. Además, tenía un paladar exquisito, un gusto refinado para seleccionar entre numerosos "platos" el ejemplar más raro, el más buscado, el que alcanzaría mayor interés y por lo tanto mayor precio en su particular mercado. La mayoría ancianos, coleccionistas privados de países limítrofes y otros más lejanos. Quien lo viera, por sus ropas pensaría que se trataba de un hombre abandonado a su suerte y descuidado; cierto es que bebía demasiado. Pero las apariencias engañan, te dabas cuenta cuando tenías la suerte de encontrarlo y sus ojos se encendían, hablando de libros, de guerra, de esgrima... Un personaje interesante, de tacto delicado, este ladrón de libros de guante blanco.

Me reuní con él en el puerto, cerca de los viejos muelles. Me había citado en un agrietado edificio cuya fachada parecía haber sido castigada durante siglos por la brisa del mar. En los bajos había una tienda de antigüedades regentada por una dama italiana con alma de brocante y la piel llena de curiosos tatuajes. Allí me esperaba para ofrecerme una de esas rarezas en papel que sólo él encontraba. Llovía a cántaros, así que atravesé el umbral y dejé mi paragüas en un cubo de metal, junto a la entrada. Sonaba una música muy suave y un enorme gato gris campaba a sus anchas esquivando la suerte de objetos que atestaban el local sin derribar absolutamente nada. Apenas se podía caminar de la cantidad de curiosidades que había por todas partes. Nuestro hombre había conseguido llegar hasta los libros y estaba entretenido rebuscando en los estantes donde la dueña depositaba raros manuscritos y antiguas ediciones. Llevaba una cartera de cuero cruzada muy gastada, de esas que usaban los carteros, solo que algo más pequeña, perfecta para llevar sus "trofeos" de caza. Se percató de mi presencia y se abrió paso hasta donde yo estaba. Dejamos la tienda y nos refugiamos en una cafetería cercana. Olía un poco a alcohol, como siempre, pero estaba sobrio. Cuando entramos en calor comenzó a contarme una historia acerca de un manuscrito que encontró en algún lugar desconocido y de cómo la casualidad le había llevado a hacer un descubrimiento asombroso. Según me contó se trataba de un cuaderno de bitácora de una goleta dedicada al cabotaje que partió de Nueva York en 1883 rumbo a Las Palmas y que tuvo una travesía llena de calamidades, mala mar y tempestades, según contaba de su puño y letra el capitán de la nave. Fue en esa tienda donde habíamos estado donde al parecer había encontrado una pálida fotografía de una esbelta goleta en una caja de madera llena de cartas amarillentas y viejas postales. Sacó de su cartera dos libros antiguos y un sobre color manila cerrado con un hilo morado. Uno era un grueso tomo impreso en 1851 de cálculos navales con muchos números escritos a plumilla en los amplios márgenes. El otro era el cuaderno en cuestión. Estábamos sentados al fondo de la cafetería, fuera aún llovía, cuando desató el sobre y extrajo la fotografía. Sacó del bolsillo de su chamarra una lupa de bronce y nácar y me invitó, bajo la luz de la lámpara, a observar la bandera del mástil de proa del navío. Observé durante unos instantes el detalle a través de la lente y tras analizar unas letras invertidas respondí con ciertas dudas: -"Joven A.".-
-¡Touché!- exclamó dando un golpe en la mesa. Abrió el cuaderno de bitácora y me enseñó el nombre del velero, -Joven Antonio, y si se fija en el mástil de popa lleva la bandera de mercante español.-

La conexión entre ambos documentos era evidente y la historia del hallazgo me sedujo, así que negociamos el precio y cerramos el trato. Terminamos el café y nos fuimos cada uno por su lado. Lo vi alejarse bastón en mano, con ese aspecto de bohemio seductor. Yo ahora tenía un proyecto bajo el brazo; transcribir cada palabra del cuaderno e investigar qué fue de ese velero. Las casualidades no existen, desde ese momento la historia del "Joven Antonio" me persigue.

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