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Archivos Enero 2018

Transpórtese en el tiempo al año 1884, y en el espacio a la isla de Gran Canaria. Sitúese en la ciudad de Las Palmas, concretamente en la calle Castillo. Es la que sube desde la plaza del Espíritu Santo, en Vegueta. Imagínese caminando a última hora de la tarde siguiendo los pasos de un caballero que viene desde su comercio en la calle Triana y que porta un grueso cuaderno de cuentas bajo el brazo. Afloje el paso para que no se de cuenta de que le sigue, no quiero que usted se lleve un disgusto, pues encima lleva una pequeña pistola que no dudará en usar si cree que le van a robar el saquito de monedas de oro que lleva en el bolsillo de la chaqueta. El comerciante se dirige a su casa, escóndase en uno de los portales y espere a que entre en la casa número 15, la que hace esquina con el callejón Bedmar.

Ahora, quiero que viaje en el tiempo unas pocas horas, hasta el amanecer. En breve el caballero hará el recorrido inverso a paso ligero y no llegará a casa hasta el mediodía. Ahí sale. Espere a que se aleje. Su mujer ha llevado a los niños al colegio y regresará a la hora de comer. La sirvienta ha ido al mercado a comprar y tardará en volver. La mansión ha quedado vacía. Busque en el bolsillo de su abrigo. Esa llave abre la puerta de la casa. Entre, no tenga miedo. Es una oportunidad única para ver como vivían en aquella época. Como ya pudo comprobar desde la calle, la mansión es enorme. El patio donde se encuentra divide la casa en dos, mire qué flores más bonitas. La planta baja está destinada a almacén y no le voy a entretener en ella. Suba las escaleras, tranquilo, no hay nadie... Esas habitaciones de la izquierda pertenecen al servicio, ahí está la cocina y sus dormitorios; puede echar un vistazo. La cocina es de hierro fundido y funciona con leña o carbón. Coja una manzana del frutero y muérdala, ¿a que no había probado una manzana tan sabrosa?

Dispóngase para ir a la parte noble donde vive el comerciante con su mujer y sus hijos. Fíjese que hay un pasillo y todas las habitaciones quedan a la derecha, exceptuando el excusado y el cuarto de costura que quedan a la izquierda, junto a un pequeño tragaluz. Entre en la primera estancia, es el salón principal. Aquí se producen los encuentros con la buena sociedad, a la que esta familia burguesa pertenece. En días señalados aquí se lleva a cabo el refinado juego de las apariencias. Cubiertos y candelabros de plata, vajillas de delicada porcelana, alfombras orientales, obras de arte, sedosas tapicerías, mesas y sillas de caoba, cortinas de damasco...elementos que hablan del desahogo económico y de la elevada posición social de este señor.

Pase a la siguiente sala, es el lugar donde la familia pasa más tiempo. Del techo cuelga una lámpara de lágrimas con portavelas y en la pared verá colgados excelentes cuadros con escenas campestres. Pase a la siguiente estancia, se comunican entre sí por una pequeña puerta. Bienvenido al despacho del comerciante. Abra la contraventana para que entre luz. Siéntese frente al buró, pero no toque nada. Observe las anotaciones a plumilla en el cuaderno de cuentas, el tintero de cristal tallado, la correspondencia sin abrir y el sello para lacre con el escudo de la familia. Abra el cajón del escritorio. Ahí está la pistola, ¡no la toque!, está cargada. Ciérrelo despacio. Frente a usted encontrará una librería, levántese y recorra con la vista los lomos en piel, también hay revistas europeas sobre moda; se las envían desde París a la mujer del comerciante. Si ya ha visto suficiente cierre la contraventana y pase a la siguiente sala, recuerde que hay que dejar todo como estaba.

Esta nueva habitación es la alcoba. Han dejado la ventana abierta y una ligera brisa entra desde la calle haciendo danzar la cortina. Eso que oye es un coche de caballos. La cama es de hierro forjado, con dosel, y el alto colchón está relleno de plumas. No mire bajo la cama, hay un refinado orinal de porcelana importado de Inglaterra. Acérquese al tocador, el cepillo y el espejo de mano repujados en plata son preciosos. Hay delicados frascos de perfumes franceses junto al espejo y polvos de maquillaje. Mire la mesilla de noche, la señora ha olvidado sobre ella una cadena de plata con camafeo. En su mesilla el caballero dejó sus anteojos bañados en oro, un libro y una botellita con algún remedio para conciliar el sueño. Abra el cajón, con cuidado, mire qué reloj de plata más bonito. Junto al armario hay un perchero con un sombrero canotier y otro de estilo Homburg. Mire el aguamanil, con pastilla de jabón y toalla.

Pase a la siguiente habitación, es ahí donde duermen los niños. Han dejado algunos juguetes en el suelo, tenga cuidado y no tropiece. Hay una pila de cuentos junto a la cama. La criada les lee para que se duerman bajo la ténue luz de una lámpara de petróleo. Salga al pasillo, en el excusado hay una navaja de afeitar sobre el lavabo, un peine y loción para el afeitado. Vaya al fondo, es la sala de música. Sobre el sillón de estilo inglés hay un costurero y una muñeca de porcelana que la criada ha estado remendando. Hay un piano de pared y sobre el atril algunas partituras. A la dama de la casa le gusta tocar cuando cae la tarde. Sobre una mesa un periódico abierto y papeles manuscritos, cenicero, pipa y tabaco de vainilla. Como puede ver tienen otra librería al fondo de la sala. Allí hallará unos prismáticos, cójalos, le harán falta.

Si ya ha satisfecho su curiosidad salga de nuevo al patio y suba a la azotea, quiero enseñarle algo. Pase entre las sábanas tendidas, y sitúese junto a la pileta donde flota una gruesa pastilla de jabón y un cepillo de madera. Use los prismáticos, fíjese en el horizonte, ese velero viene de Nueva York y trae mercancía para el dueño de esta casa. Observe los tejados de las casas. A la catedral aún le falta el templete. Así era Las Palmas a finales del XIX. Disfrute de la vista. ¿Ha oído ese ruido? es la criada, ha regresado del mercado antes de lo previsto. No se asuste, le sacaré de ahí. Ahora cierre los ojos, contaré hasta tres...y cuando chasquée los dedos...volverá al presente.

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Aquella casa no era una casa, era lo que quedaba de una gigantesca ballena varada en la orilla sur del Guiniguada. Su osamenta lucía siniestra bajo el halo de la llama trémula de mi lámpara, dibujando a mi paso huidizas siluetas que buscaban refugio en los vanos vacíos de puertas y ventanas. Me sentí como Jonás en el vientre de la ballena, atrapado en las entrañas ruinosas de aquella misteriosa mansión abandonada. Un náufrago tragado por aquel enorme pez, encallado en el extremo sur del Guiniguada...

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Imagino que Vegueta, vista desde el aire una noche cualquiera, no debe ser más que un encantador laberinto vagamente iluminado. Si pudiéramos sobrevolar ese dédalo a altas horas de la madrugada, veríamos algunas sombras alargarse sobre las aceras, bajo la luz de las farolas, que pertenecen a raudos transeúntes que regresan a su guarida; o recién emprenden la huida. También hay sombras flemáticas. Éstas son las que me interesan. Pertenecen a prófugos del sueño, embaucadores profetas, amantes furtivos que se besan en los rincones, escritores anacoretas, vagabundos seductores...y algún poeta maldito que escribe sus versos con la tinta que destila la noche.

Paseantes de toda índole ajenos a mi imaginario punto de vista.

a vista de pájaro.jpg Mascota de la desaparecida sombrerería El Águila (1928), situada en la esquina de Travieso con Triana.

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Les contaré un secreto a voces. Hay una mansión en Vegueta donde, por una moneda, puedes viajar al pasado. Para mí es una necesidad ir de vez en cuando, y créanme si les digo que el viaje a otra época está garantizado. La expedición comienza donde están los libros y los periódicos antiguos. Yo saludo, compro mi billete y luego elijo el año. La última vez no me fui muy lejos.

Ante mí, un ejemplar de la Revista Comercial del Círculo Mercantil de Las Palmas de 1887. En las páginas amarillentas todos los acontecimientos del momento, las opiniones, los anuncios, los vapores, los veleros...

A continuación transcribo un breve artículo encontrado en ese periódico titulado "Inglaterra en Gran Canaria". Léanlo y díganme si no viajaron a Las Palmas en los últimos años del siglo XIX:

"Si quisiéramos más pruebas de la influencia beneficiosa ejercida por los ingleses en Gran Canaria, bastaríamos girar los ojos en torno y fijarlos en el espectáculo diario de nuestras calles, recorridas a toda hora por nuestros estimables huéspedes que, consumiendo y gastando, cooperan en mucho al mejoramiento de la fortuna pública; en la elevación del valor de las fincas urbanas y del precio de los alquileres de las habitaciones; en el sostenimiento de esa infinidad de carruajes que, cruzando sin cesar la ciudad en todas direcciones, la dan ruido y aspecto de capital grande y próspera; en los cafés, que ahora se mantienen y aseguran y hasta no hace mucho eran, por falta de parroquia, imposibles aquí, o poco menos; en tantos y tantos otros elementos creados para satisfacer las necesidades de una colonia numerosa y rica, imposibles de recoger y enumerar en el espacio breve que hemos querido dar a este artículo."

Hay un lugar en el casco antiguo donde, por un precio irrisorio, emprendes un viaje de ida al pasado. Ese lugar es la Hemeroteca de El Museo Canario.

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Fotografía tomada en uno de los anaqueles de la antigua biblioteca del Dr. Chil.

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Su identidad no es relevante, pero puedo contar que bajo aquel aspecto de vagabundo encantador moraba un antiguo profesor de esgrima retirado, que fue herido en un campo de batalla y conservaba una cojera en una de sus piernas debido a la metralla, y algunas condecoraciones por sus acciones en la guerra que en ocasiones especiales lucía en el ojal de su chamarra. Era un hombre cultivado, leía todo lo que caía en sus manos y se ganaba la vida como mercenario del papel, en busca, por encargo, de algún ejemplar único y extraño. Un bibliófilo a sueldo, experto, meticuloso en su trabajo, un ratón de biblioteca, un arqueólogo aficionado a las letras, un detective privado... acostumbrado a profanar bibliotecas y a no dejar huella tras sus pasos. En definitiva, un cazador de libros por cuenta ajena. Sus ojos miopes estaban adiestrados para localizar en oscuros y atestados almacenes el leve brillo de unos diminutos tipos dorados, estampados en el lomo vencido de cualquier tomo antiguo a la espera de ser rescatado del olvido. Su puntiaguda nariz era capaz de distinguir entre la humedad y el polvo acumulado de un sótano abandonado el aroma a vainilla de un libro impreso hace más de cien años, o de percibir el olor de la tinta oxidada de un manuscrito escondido tras un cajón carcomido, o en el compartimento oculto de un desvencijado armario. Su agudizado sentido del oído le permitía averiguar, por el sonido del papel, si un volumen era auténtico o lo habían falsificado. Además, tenía un paladar exquisito, un gusto refinado para seleccionar entre numerosos "platos" el ejemplar más raro, el más buscado, el que alcanzaría mayor interés y por lo tanto mayor precio en su particular mercado. La mayoría ancianos, coleccionistas privados de países limítrofes y otros más lejanos. Quien lo viera, por sus ropas pensaría que se trataba de un hombre abandonado a su suerte y descuidado; cierto es que bebía demasiado. Pero las apariencias engañan, te dabas cuenta cuando tenías la suerte de encontrarlo y sus ojos se encendían, hablando de libros, de guerra, de esgrima... Un personaje interesante, de tacto delicado, este ladrón de libros de guante blanco.

Me reuní con él en el puerto, cerca de los viejos muelles. Me había citado en un agrietado edificio cuya fachada parecía haber sido castigada durante siglos por la brisa del mar. En los bajos había una tienda de antigüedades regentada por una dama italiana con alma de brocante y la piel llena de curiosos tatuajes. Allí me esperaba para ofrecerme una de esas rarezas en papel que sólo él encontraba. Llovía a cántaros, así que atravesé el umbral y dejé mi paragüas en un cubo de metal, junto a la entrada. Sonaba una música muy suave y un enorme gato gris campaba a sus anchas esquivando la suerte de objetos que atestaban el local sin derribar absolutamente nada. Apenas se podía caminar de la cantidad de curiosidades que había por todas partes. Nuestro hombre había conseguido llegar hasta los libros y estaba entretenido rebuscando en los estantes donde la dueña depositaba raros manuscritos y antiguas ediciones. Llevaba una cartera de cuero cruzada muy gastada, de esas que usaban los carteros, solo que algo más pequeña, perfecta para llevar sus "trofeos" de caza. Se percató de mi presencia y se abrió paso hasta donde yo estaba. Dejamos la tienda y nos refugiamos en una cafetería cercana. Olía un poco a alcohol, como siempre, pero estaba sobrio. Cuando entramos en calor comenzó a contarme una historia acerca de un manuscrito que encontró en algún lugar desconocido y de cómo la casualidad le había llevado a hacer un descubrimiento asombroso. Según me contó se trataba de un cuaderno de bitácora de una goleta dedicada al cabotaje que partió de Nueva York en 1883 rumbo a Las Palmas y que tuvo una travesía llena de calamidades, mala mar y tempestades, según contaba de su puño y letra el capitán de la nave. Fue en esa tienda donde habíamos estado donde al parecer había encontrado una pálida fotografía de una esbelta goleta en una caja de madera llena de cartas amarillentas y viejas postales. Sacó de su cartera dos libros antiguos y un sobre color manila cerrado con un hilo morado. Uno era un grueso tomo impreso en 1851 de cálculos navales con muchos números escritos a plumilla en los amplios márgenes. El otro era el cuaderno en cuestión. Estábamos sentados al fondo de la cafetería, fuera aún llovía, cuando desató el sobre y extrajo la fotografía. Sacó del bolsillo de su chamarra una lupa de bronce y nácar y me invitó, bajo la luz de la lámpara, a observar la bandera del mástil de proa del navío. Observé durante unos instantes el detalle a través de la lente y tras analizar unas letras invertidas respondí con ciertas dudas: -"Joven A.".-
-¡Touché!- exclamó dando un golpe en la mesa. Abrió el cuaderno de bitácora y me enseñó el nombre del velero, -Joven Antonio, y si se fija en el mástil de popa lleva la bandera de mercante español.-

La conexión entre ambos documentos era evidente y la historia del hallazgo me sedujo, así que negociamos el precio y cerramos el trato. Terminamos el café y nos fuimos cada uno por su lado. Lo vi alejarse bastón en mano, con ese aspecto de bohemio seductor. Yo ahora tenía un proyecto bajo el brazo; transcribir cada palabra del cuaderno e investigar qué fue de ese velero. Las casualidades no existen, desde ese momento la historia del "Joven Antonio" me persigue.

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En un rincón umbrífero de la Catedral hay unos versos escritos a ras de suelo. Un desgastado epitafio en lengua muerta cincelado sobre una antigua losa que sella el sepulcro donde reposa la polvorienta calavera, ahora oscura y silenciosa, del poeta de verso esdrújulo Bartolomé Cairasco de Figueroa. El que escribe acude con frecuencia a este altar a suelo raso. Precisamente ahora estoy aquí sentado escribiendo en mi cuaderno, y me pregunto ¿a dónde van los poetas cuando mueren? La respuesta está bajo mis pies, en el epitafio que alguien escribió en milseiscientos diez: "...hacia las estrellas".


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Datos de interés:
Reproduzco el epitafio completo: "Aquí yace el músico y poeta celebrado en todo el mundo, su nombre vuela hacia las estrellas." La tumba se encuentra en la capilla de Santa Catalina, en la Catedral Basílica de Santa Ana. No se pierdan la pintura que cuelga en el altar, la mandó a pintar el propio poeta y quedó inmortalizado en ella. Es quien aparece a la derecha.

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En las entrañas de un caserón de Vegueta hay pintada una ilusión; una trampa para el ojo; una mansión dentro de otra mansión. Es en el vestíbulo donde sucede la magia, en un mural pintado en 1872 por D. Manuel Ponce de León y Falcón, arquitecto también de la casa.

La obra es un engaño digno del mejor ilusionista. Un enorme "espejismo" atrapado bajo un arco de madera que cautiva por su profundidad y perspectiva. Se trata de una estampa arquitectónica donde a priori la vista es arrastrada al fondo de la escena hasta un atrio con arquería y bóvedas ojivales iluminado por el crepúsculo de la tarde. Pero la intriga está en primer plano. Un sombrío interior de un monasterio medieval, un león de piedra y unas siniestras escaleras que no se sabe a dónde van...

Busca la casa, atraviesa el umbral y en el solitario vestíbulo déjate engañar por el efecto hipnótico que produce este mural. Pero ten precaución, si en algún momento oyes una voz susurrante que te llama por tu nombre deja de mirar y abandona a toda prisa ese lugar. Si no lo haces, corres el riesgo de quebrar con tu mirada el invisible cristal que separa la ilusión de la realidad.


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Datos de interés:
La casa Ponce de León (calle Castillo, nº 6) fue residencia de D. Juan Mª de León y Joven, luego Escuela de Comercio y hoy sede de la Fundación Mapfre Guanarteme.
D. Manuel Ponce de León y Falcón (1812-1880), tío del propietario original, copió una obra de Giovanni Migliara (1785-1837) titulada Prisión de Francisco I (1825). Es interesante comparar ambas imágenes y buscar las diferencias. Este artista realizó dos obras murales más, una se encuentra en la misma casa, en un techo de la planta superior. La otra en la casa colindante, que perteneció a D. Agustín Manrique de Lara (calle Castillo, nº 2).

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Antes de que lo tiraran abajo, alguien recogió con un cucharón el espíritu de los quioscos que estaban sobre el Puente de Palo y lo depositó en una de las cafeterías que se encuentran a pocos metros del sepultado cauce del Guiniguada. Este lugar lleva intacto más de cincuenta años y conserva la esencia de esos locales que por cuestión de edad no pude visitar, pero que he visto en antiguas fotografías y oído hablar de ellos a personas que sí los visitaron. Este Café no es el más bonito, pero sí el más auténtico. Así que te invito a dejar atrás las primeras impresiones, tomar un café en la barra y observar la suerte de personajes que lo frecuentan. Entre ellos estoy yo, con mis gafas de pasta, escribiendo sentado a una mesa. Apenas llamo la atención en este ambiente e imagino que hace mucho tiempo, a principios del siglo XX, alguien como yo se sentó a escribir en alguno de los pequeños establecimientos del puente, dejándose envolver por el espíritu singular de nuestra ciudad y de nuestra gente.

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