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Reloj y leontina de plata esterlina

Calle Mayor de Triana. Un día cualquiera de diciembre. Finales del siglo XIX.
Protegido de la lluvia, en un bolsillo, reloj y leontina de plata esterlina. Bajo el guardapolvo con iniciales, a oscuras, una delicada maquinaria oscila a toda velocidad. Sobre la esfera de porcelana un segundero a la fuga, mientras el minutero sobrevuela a otro ritmo unos refinados números romanos pintados a pincel. El elegante caballero que porta semejante artefacto es un acreditado comerciante, que viste de sastre y gasta unos carísimos zapatos hechos a la medida de su pie. Oye una campanilla y gira la cabeza. Es el último servicio del tranvía. Los vagones le adelantan dibujando unos raíles que brillan entre los adoquines, bajo la luz mortecina de los faroles de petroleo. La lluvia arrecia y despliega un sobrio paraguas. Regresa a su casa en la otra orilla y mientras bordea el barranco los cálculos oscilan bajo su sombrero hongo de fieltro francés. Además del reloj porta un saquito con monedas de oro, una pipa de espuma de mar y las llaves de su almacén. Palpa uno de sus bolsillos y encuentra dos telegramas aún por leer. Entonces advierte que lleva en sus dedos restos de tinta y los frota bajo la lluvia para hacerlos desaparecer. Cruza el puente de piedra y se detiene a ver el agua correr bajo sus pies. En pocos minutos alcanza la plaza. Deja la Catedral atrás, sube la cuesta y pasa al lado de una fuente cobijada por un templete. Hay un pequeño jardín. Huele a regaliz. Le encanta vivir aquí. Llega hasta la puerta de su casa. A través de los cristales se atisba la ténue luz de un quinqué. Se oye un piano. Su esposa siempre lo toca al atardecer. El servicio le espera con la puerta entreabierta. Los niños se alegran de verle volver. Cierra su paraguas, trapasa el umbral de la entrada y le ayudan a quitarse el chaqué. Tira de la leontina y la esfera de porcelana reluce bajo la luz de una lámpara, -pronto la cena estará servida, mañana será otro día.- piensa mientras da cuerda a su precioso reloj de plata esterlina.


Vegueta. Un día cualquiera de diciembre, más de cien años después.
Refugiado de la lluvia, un hombre curiosea los objetos que hay en una vitrina mientras el agua golpea con fuerza el escaparate de una tienda de antigüedades. En su interior hay deslucidas medallas militares, camafeos y colgantes, monedas de colección y juegos de té. Fija su vista en la esfera agrietada de un reloj con leontina que parece de plata y pide al dependiente que se lo enseñe. Lo toma en sus manos. Es de plata, su pátina lo delata, así como los punzones ingleses que aún se pueden ver. La aguja del segundero baila desprendida de su eje bajo el abombado cristal lleno de marcas que el uso y el paso del tiempo han ido dibujando sobre su superficie opaca. El dependiente saca una pequeña navaja y hace palanca en su tapa posterior, dejando desnuda su frágil maquinaria. Se fija en los diminutos contrapesos del volante, y advierte que la cuerda está rota. Hace mucho que el tiempo se detuvo en su interior. Ve las iniciales en el guardapolvo y su corazón se acelera. Hace meses compró una solariega mansión no muy lejos de allí y las iniciales coinciden con las de su antiguo propietario. Cuando rebuscó en los viejos muebles que habían en el interior de la casa, encontró en un cajón oculto de un apolillado secreter un atillo de cartas, y fue entonces cuando descubrió que allí había vivido un acaudalado comerciante que tenía su negocio en la calle Triana. Se deshizo de todo el mobiliario carcomido menos del secreter, y de un piano de pared que estaba en la planta alta y que mandó a restaurar. Ahora lo toca su mujer, siempre al atardecer. Sin dudarlo adquiere el reloj y abandona la tienda cobijado bajo un paraguas. Está cayendo bastante agua. Pasa al lado de una fuente con templete y un jardín, que desprende un delicado aroma a regaliz. Se detiene frente a su casa. Las luces están encendidas, y la melodía del piano sale de una de las ventanas. Nunca ha sido tan feliz. Traspasa el umbral de la entrada, deja a un lado su paraguas y saca de una bolsa de papel el reloj con leontina de plata. Bajo la luz de una lámpara observa las iniciales grabadas y piensa: -podría ser de él...-maquinaria.jpg

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1 comentarios

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Bonitas palabras relacionadas con dos de mis pasiones. Me recordaste términos de RELOJERÍA casi olvidados en el marco de la ANTIGÜEDAD. Lo CLÁSICO me mola mucho !

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