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Archivos Diciembre 2017

La casa altanera que me desvela se levanta imponente en una estrecha callejuela. Lleva décadas abandonada y de su oxidado balcón de hierro forjado cuelga un descolorido cartel que anuncia que la propiedad está a la venta. Siempre que transito por Vegueta mis pasos terminan frente a su puerta. Es entonces cuando dejo a un lado las prisas, cruzo al otro lado de la acera y observo sus ventanas sucias, buscando en vano tras los vidrios las siluetas de las almas que en otra época la habitaron. Unas cartas encontradas me llevaron hasta ella, y comencé a investigar la historia que yace silenciosa en sus estancias, ahora desiertas. Historia que sus actuales propietarios ni siquiera sospechan. Ellos solo quieren deshacerse de ella, yo en cambio quiero poseerla...y revelar el secreto que esconde esa elegante mansión de la ciudad vieja, a las que muchos pretenden, pero pocos pueden complacerla. Por desgracia yo no puedo comprarla, pero sí rondarla...y contar la historia que descubrí... mientras recorría con mis ojos el desdibujado trazo que su antiguo propietario dejó en aquellas cartas olvidadas.


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En París, en el número 74 de la rue du Cardinal Lemoine, hay una lápida que recuerda que en ese lugar, a principios de los años 20 del siglo pasado, palpitó el corazón de uno de los escritores más importantes del siglo XX, el de Ernest Hemingway. Si afinas el oído y tienes suerte quizás puedas oír el eco lejano de las teclas de su máquina Corona nº 3 al salir por la ventana y diluirse en los charcos que se forman cuando llueve, un poco más abajo, en la plaza Contrescarpe; uno de sus lugares favoritos. La de Hemingway es solo un ejemplo. Las calles de esa ciudad están llenas de losas que honran los nombres de las almas que un día escribieron, pintaron, compusieron o crearon, a uno u otro lado del Sena.

En Las Palmas, en el número 15 de la calle Peregrina, hay una lápida que conmemora que en esa casa nació en 1913, y trabajó hasta su muerte, el que para mí es uno de los escritores canarios más importantes del siglo XX, me refiero a D. Jose Miguel Alzola González. Si aún no has leído a Don Chano Corvo eres un lector afortunado porque es de esos libros que no querrás terminar jamás. Si entras al zaguán y prestas atención, tal vez puedas escuchar el murmullo apagado del roce de su pluma sobre el papel, escabulléndose con el viento calle arriba para enredarse con las hojas de las palmeras de la, otrora, plaza de la Democracia; uno de los rincones que inmortalizó en su libro. La lápida de Alzola es solo otro ejemplo. En las calles de nuestra ciudad también hay losas que honran la memoria de los artistas, escritores y poetas, que un día crearon sus obras a uno u otro lado del Guiniguada. Aunque aún faltan algunas.

Alzola no es Hemingway, ni Hemingway es Alzola. Y Las Palmas no es París; ni falta que hace. Aunque Vegueta bien podría ser un fragmento de callejones, plazas y vericuetos extraído del barrio latino y extrapolado a esta afortunada ínsula del atlántico; por suerte para nosotros no es así. Tenemos nuestra singular identidad y nuestra propia esencia. París es una señorita encantadora, pero de quien hay que enamorarse es de esa seductora dama burguesa que es Vegueta, y de lo que producen nuestros artistas, escritores y poetas en cualquier rincón de esta bella ciudad.


001.JPG Fotografía: "Corona nº 3". Eduardo Reguera

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El guarda dio el aviso de cierre por megafonía diez minutos antes de las nueve, como todos los días. Los últimos visitantes del Museo Casa de Colón, en Vegueta, bajaban las escaleras, excepto yo que las subía a toda prisa. Llegué hasta el final del pasillo de la planta superior y entré en una sala donde había una enorme maqueta de la ciudad de Las Palmas según un plano del siglo XVII de Leonardo Torriani. La maqueta era muy interesante y la había recorrido con mis ojos en más de una ocasión. Pero ese día estaba allí por otro motivo: los magníficos dibujos de James J. Williams. Era la época en la que estaba escribiendo una novela de aventuras. Había decidido colgar esos grabados en la biblioteca particular de uno de los personajes de ese mundo imaginario que estaba creando y necesitaba echarles un vistazo para continuar escribiendo. Comenzaron a apagarse las luces de la planta baja y me apresuré a observar una de las cinco láminas expuestas. La más interesante de todas, a mi juicio, era una exótica panorámica de la ciudad vista desde San Roque, en la que se apreciaba el Guiniguada, con su puente de piedra coronado por esas estatuas tan maravillosas que representaban a las cuatro estaciones, y que unía el barrio de Triana con el de Vegueta. Por el pasillo oí los pasos del guarda en busca de algún visitante rezagado, y apurando los últimos minutos acerqué una lupa de madera y latón a la lámina para observar uno de los barcos dibujados por Williams.
Fijando mi vista en el navío me pareció que éste avanzaba lentamente en el dibujo. Pensé que era una curiosa aberración producida por la combinación de la lente cóncava de la lupa y la graduación negativa de mis gafas. Pero al observar el barco a simple vista vi con asombro que realmente se movía, y no era lo único en movimiento, las diminutas figuras humanas parecían hormigas recorriendo el escenario, y la vegetación, situada en primer plano, era mecida por una ligera brisa que comenzaba a refrescar mi rostro. La lámina cobraba vida y su visión producía en mí un efecto hipnótico irresistible.
Desperté algo aturdido y al abrir los ojos vi las hojas de una palmera oscilando sobre mi cabeza. Estaba recostado sobre la hierba y por unos instantes reviví el misterioso sueño que acaba de tener. Me incorporé con la intención de volver a casa y cuando miré a mi alrededor me llevé una desagradable sorpresa. La ciudad que conocía había desaparecido dando paso a un paisaje extraño pero familiar a la vez. Ante mí tenía la ciudad de Las Palmas tal cual la dibujó Williams alrededor de 1839. Atemorizado, descubrí que había sido arrastrado hacia el interior de la lámina en un delirante viaje en el tiempo.
Por el camino que conducía a la ciudad vi a un hombre que cargaba una carpeta y un pequeño maletín de madera. Pensé que podría ser el autor de las láminas. Salí de dudas cuando grité su nombre y el dibujante paró en seco, me miró, y luego aceleró el paso como si huyera de algún peligro. Descendí la ladera y alcancé el camino de tierra. Empecé a correr tras mi presa pero ésta ya me había tomado bastante ventaja. Llegué a la esquina del hospital de San Martín, la que tuerce hacia el barrio de San José, y no había ni rastro del dibujante.
La noche se disponía a caer sobre la ciudad y yo vagaba por las calles llamando mucho la atención. En cuanto tuve oportunidad, cambié mi camiseta de star wars y mis vaqueros por algo de ropa que pillé en el tendedero de un patio solitario. Unos pantalones algo ceñidos, una camisa blanca de manga larga con unos cordoncillos en el pecho y una levita. Mis prendas del siglo XXI fueron a parar al fondo de un pozo, junto a mi reloj digital. De lo que no pude prescindir fue de mis gafas de pasta y de mis all star.
Después de caminar por una primitiva calle de Triana, dejé atrás la muralla norte que delimitaba la ciudad y caminé por la costa. Agotado, llegué a un castillo abandonado que reconocí como la fortaleza de Santa Catalina, pues la había visto en alguna fotografía antigua. Busqué refugio en su interior y la noche cayó sobre la fortaleza. En la oscuridad más absoluta me llamó la atención la cantidad de estrellas que brillaban en el cielo y a través de una estrecha tronera contemplé la oscura silueta de la ciudad, que a lo lejos, se antojaba oscura y siniestra. Las Palmas era una distante visión fantasmal bajo la luz de la luna llena.
Me acurruqué sobre el suelo de piedra, aterrado, mientras oía el mar golpear con fuerza los gruesos muros del castillo. Caí en un sueño muy profundo, y cuando abrí los ojos vi el rostro de un hombre que me miraba muy de cerca. Vestía de uniforme. Resultó ser el guarda del museo. Me ayudó a incorporarme y cuando abandonaba el edificio me percaté de que vestía pantalones ceñidos, una camisa blanca con unos cordoncillos en el pecho y levita.Williams1839.jpg

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Calle Mayor de Triana. Un día cualquiera de diciembre. Finales del siglo XIX.
Protegido de la lluvia, en un bolsillo, reloj y leontina de plata esterlina. Bajo el guardapolvo con iniciales, a oscuras, una delicada maquinaria oscila a toda velocidad. Sobre la esfera de porcelana un segundero a la fuga, mientras el minutero sobrevuela a otro ritmo unos refinados números romanos pintados a pincel. El elegante caballero que porta semejante artefacto es un acreditado comerciante, que viste de sastre y gasta unos carísimos zapatos hechos a la medida de su pie. Oye una campanilla y gira la cabeza. Es el último servicio del tranvía. Los vagones le adelantan dibujando unos raíles que brillan entre los adoquines, bajo la luz mortecina de los faroles de petroleo. La lluvia arrecia y despliega un sobrio paraguas. Regresa a su casa en la otra orilla y mientras bordea el barranco los cálculos oscilan bajo su sombrero hongo de fieltro francés. Además del reloj porta un saquito con monedas de oro, una pipa de espuma de mar y las llaves de su almacén. Palpa uno de sus bolsillos y encuentra dos telegramas aún por leer. Entonces advierte que lleva en sus dedos restos de tinta y los frota bajo la lluvia para hacerlos desaparecer. Cruza el puente de piedra y se detiene a ver el agua correr bajo sus pies. En pocos minutos alcanza la plaza. Deja la Catedral atrás, sube la cuesta y pasa al lado de una fuente cobijada por un templete. Hay un pequeño jardín. Huele a regaliz. Le encanta vivir aquí. Llega hasta la puerta de su casa. A través de los cristales se atisba la ténue luz de un quinqué. Se oye un piano. Su esposa siempre lo toca al atardecer. El servicio le espera con la puerta entreabierta. Los niños se alegran de verle volver. Cierra su paraguas, trapasa el umbral de la entrada y le ayudan a quitarse el chaqué. Tira de la leontina y la esfera de porcelana reluce bajo la luz de una lámpara, -pronto la cena estará servida, mañana será otro día.- piensa mientras da cuerda a su precioso reloj de plata esterlina.


Vegueta. Un día cualquiera de diciembre, más de cien años después.
Refugiado de la lluvia, un hombre curiosea los objetos que hay en una vitrina mientras el agua golpea con fuerza el escaparate de una tienda de antigüedades. En su interior hay deslucidas medallas militares, camafeos y colgantes, monedas de colección y juegos de té. Fija su vista en la esfera agrietada de un reloj con leontina que parece de plata y pide al dependiente que se lo enseñe. Lo toma en sus manos. Es de plata, su pátina lo delata, así como los punzones ingleses que aún se pueden ver. La aguja del segundero baila desprendida de su eje bajo el abombado cristal lleno de marcas que el uso y el paso del tiempo han ido dibujando sobre su superficie opaca. El dependiente saca una pequeña navaja y hace palanca en su tapa posterior, dejando desnuda su frágil maquinaria. Se fija en los diminutos contrapesos del volante, y advierte que la cuerda está rota. Hace mucho que el tiempo se detuvo en su interior. Ve las iniciales en el guardapolvo y su corazón se acelera. Hace meses compró una solariega mansión no muy lejos de allí y las iniciales coinciden con las de su antiguo propietario. Cuando rebuscó en los viejos muebles que habían en el interior de la casa, encontró en un cajón oculto de un apolillado secreter un atillo de cartas, y fue entonces cuando descubrió que allí había vivido un acaudalado comerciante que tenía su negocio en la calle Triana. Se deshizo de todo el mobiliario carcomido menos del secreter, y de un piano de pared que estaba en la planta alta y que mandó a restaurar. Ahora lo toca su mujer, siempre al atardecer. Sin dudarlo adquiere el reloj y abandona la tienda cobijado bajo un paraguas. Está cayendo bastante agua. Pasa al lado de una fuente con templete y un jardín, que desprende un delicado aroma a regaliz. Se detiene frente a su casa. Las luces están encendidas, y la melodía del piano sale de una de las ventanas. Nunca ha sido tan feliz. Traspasa el umbral de la entrada, deja a un lado su paraguas y saca de una bolsa de papel el reloj con leontina de plata. Bajo la luz de una lámpara observa las iniciales grabadas y piensa: -podría ser de él...-maquinaria.jpg

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Hace unos años, mientras exploraba Lisboa, decidí guardar mi mapa en mi cartera de cuero y perderme en busca de alguno de esos pequeños museos que suelen ocupar los bajos de vetustos caserones que milagrosamente aún permanecen en pie. Usé mi instinto como brújula, que en aquella tarde de lluvia me guió en mi expedición a través de un laberinto de callejones donde mis huellas de turista se transformaron en los pasos de un decidido explorador que resonaban en las desconchadas paredes de aquellas calles estrechas y mojadas con ropa tendida y flores en los balcones. No tardé en encontrar lo que buscaba. El edificio cumplía la norma, se caía a pedazos. Las ventanas estaban cerradas y el único rastro de vida se encontraba en la planta baja. Un local pequeño, atiborrado de cosas, donde aún ejercía un anciano artesano. Era un taller de encuadernación. Colecciono libros antiguos, poseo una pequeña biblioteca con curiosos ejemplares que van desde mediados del siglo XVII hasta finales del XIX, y encontrar este lugar donde aún se encuadernaba usando las mismas técnicas que hace cientos de años fue todo un descubrimiento. El amable artesano me enseñó ejemplos de su trabajo, preciosos volúmenes encuadernados en piel con letras y filigranas en oro decorando los lomos. Las herramientas sobre la mesa de trabajo, los distintos tipos de piel, la prensa de encuadernado... Había aprendido el oficio de su padre y éste a su vez del suyo. Varias generaciones haciendo el mismo trabajo que hoy quedaba reservado a quien pudiera pagarlo, a quien deseara tener algunos libros como los que se hacían antaño. El precio no era nada desorbitado, teniendo en cuenta la técnica y el don que este señor tenía en sus manos. Aún quedan recónditos museos por descubrir en las calles de muchas ciudades. Apenas tienen visitantes y no aparecen en las guías culturales. Son espacios reservados, con encanto, auténticas cápsulas temporales que atesoran los vestigios de muchos de los oficios que han ido desapareciendo en pro de la modernidad. Pero no hace falta viajar a Lisboa para encontrar estas huellas del pasado. En Las Palmas no necesito mapa, la conozco como la palma de mi mano y aún así, a veces, me dejo llevar por el instinto y si tengo suerte encuentro un museo escondido en los bajos de un antiguo edificio que se está cayendo a cachos. Guardo en mi cuaderno de bitácora unas cuantas direcciones, unos pocos artesanos que ya no están en activo, pero que conservan sus talleres intactos, detenidos en el tiempo... como un testigo de un pasado que ya no volverá; auténticos museos para unos pocos privilegiados. La mayoría se condensan próximos a la orilla del Guiniguada, a un lado y al otro, aunque mi último descubrimiento está algo más alejado. Es necesario dejar atrás Vegueta subiendo por la Plaza de Santa Ana, atravesar la ahora imaginaria portadilla que marcaba el límite de la ciudad antigua y caminar por el Paseo de San José. Hace cien años y hasta hace unas pocas décadas, quien buscara un carpintero amañado, un experto relojero o un curioso zapatero lo encontraría sin duda en este barrio. El comerciante de Triana y la elegante dama de Vegueta venían en busca de los expertos artesanos que tenían en San José sus talleres, y que según cuentan, había uno a cada una docena de pasos. Hay en el paseo una casa en muy mal estado, debe ser de las más antiguas, tal vez tenga más de doscientos años. Encontré la puerta entreabierta, pedí permiso y una voz grave me invitó a entrar. El suelo hidráulico gastado por el tiempo, muy por debajo de la acera, llamó mi atención. Tras un antiguo mostrador lleno de objetos desperdigados, había como no, un anciano leyendo la prensa y tras echar un rápido vistazo me di cuenta de que estaba en el taller de un zapatero. Me presenté y mostré mi interés por el lugar. El caballero dejó el periódico sobre la mesa y comenzó a contarme la historia que había quedado detenida entre aquellas cuatro paredes. Don Ángel había nacido en 1932, y ya su padre ejercía de zapatero desde mucho antes. -¡Aprendí el oficio de mi padre!- me dice mientras me enseña un montón de raras herramientas colgadas en la pared con los mangos de madera muy manoseados. -Empecé de niño haciendo recados, luego aprendí a hacer zapatos.- Detrás de él una enorme vitrina llena de hormas de madera. Me sigue contando y yo voy reteniéndolo todo, mientras observo una antiquísima máquina de coser alemana con los pies de hierro forjado. El anciano me señala un hueco en la pared, allí hay un montón de fotografías que según me dice, tienen más de ochenta años. -El que está al lado del cura es mi padre.- exclama con los ojos mojados de nostalgia. El zapatero es un libro abierto, y me cuenta cómo ha cambiado todo. Cuando él era pequeño no había agua corriente ni electricidad, tomaban el agua de una acequia que discurría por el paseo y de un pilón que había en la calle de la horca, muy cerca del árbol del responso. -Cuando alguien quería unos zapatos hechos a medida, venía aquí a buscarlos.- así sucedía con todos los gremios de artesanos que trabajaban en este barrio. Todo ha cambiado tanto... si hoy queremos unos zapatos vamos a un centro comercial a comprarlos, pero no tienen la calidad ni el encanto de un producto hecho a mano. -¡Ya no quedan zapateros como los de antes!- me dice antes de que me marche. Yo le digo que voy a escribir lo que me ha contado. Levanta la mano y me dice sonriendo: -¡Zapatero a sus zapatos!-

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