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La garantía de un buen mesón

Con la aparición de los locales 'gastro' 'bio' 'eco' o 'vegano', a veces uno echa de menos poder comer comida de verdad, de la que sabe a comida, sin adornos ni postureos. Reconozco que soy un purista, y donde esté un buen mesón o taberna con los productos clásicos y bien preparados, siempre lo voy a elegir por delante de todas las opciones antes mencionadas. Por supuesto, he comido en vegetarianos, gastrobares y de productos bio, algunos de ellos muy respetables, pero al césar lo que es del césar, y al cocinilla, lo que es del cocinilla. Este mesón ubicado en la calle Ruiz de Alda, en la capital grancanaria, tiene una carta bastante reconocible para todo aquel que busque un homenaje de siempre. Buen embutido, buena carne, buen pescado y buen vino. Aquí, mi última cena en el Mesón La Cocinilla.

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Siempre que una ensalada me llama la atención en la carta, no suelo dudar en pedirla para comenzar la cena. En La Cocinilla no tenía previsto pedir ninguna hasta que el camarero sugirió una que estaba fuera de carta. Espárragos de Navarra, magníficos, aguacate, pimientos, base de lechugas y aliño de la casa. Una ensalada muy bien preparada, con todo el protagonismo para la calidad del espárrago, que se une a la perfección con los demás productos. El aliño no restaba fuerza en absoluto, por lo que esta sencilla ensalada fue todo un acierto.

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Tras el buen comienzo, y para seguir por el camino correcto, hay que dar el salto a la cuchara. Para comprobar la calidad y el nivel de cualquier mesón es necesario pedirse un buen plato de legumbres, y será ahí donde veremos si estamos sentados en un campo de regional o en uno de primera división. Tras probar las pochas con almejas, puedo decir que La Cocinilla no se anda con medias tintas. Estas pochas en salsa verde estaban sencillamente bien preparadas, con todos los ingredientes perfectamente medidos y el reposo adecuado para que los sabores imperen en el plato. Buenas pochas, buenas almejas, al punto de vino y perfecto de espesor. No se puede pedir más.

Para acompañar todo esto, sin duda un buen tinto. Hablar de Ramón Bilbao no es descubrir nada nuevo, en absoluto. Es uno de los vinos más consumidos en cualquier almuerzo o cenar. Ahora bien, el edición limitada de 2014 es un tempranillo que cumple con creces. Un vino muy equilibrado, con una lágrima muy fina y un paso en boca ligeramente afrutado, muy maduro, y con la madera muy presente. Acompaña muy bien con carnes de mucho sabor, como la que acompañó en el siguiente plato.

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En el apartado de la carne, me decanté por un solomillo de cerdo con reducción de Pedro Ximénez y piñones. No suelo pedir cerdo, ya que me gusta la carne muy poco hecha, pero no me arrepentí. El solomillo era de gran calidad y la salsa le acompañaba muy bien. El conjunto con el vino era sublime y el sabor, una vez más, predominaba por encima de cualquier otra cosa menos interesante.

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Bueno, y llegados a este punto, y ya puestos en materia, el postre. Nunca una pregunta tan usada como "¿qué tiene de postre?" fue pronunciada con tanta intención de pedirlo. Tras cantar dos o tres, el camarero fue malcriadamente interrumpido cuando pronunció aquello de "tarta de chocolate con oreo y nata". No se hable más. La suerte está echada. Aquí no les voy a contar un rollo, simplemente voy a mostrarlo. ¡Hasta la próxima!

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