los blogs de Canarias7

Aquel día había ido a la NHK para ayudar a Yoko, la productora del programa de televisión en el que trabajaba, con los guiones. Cuando me acompañó a una de las salidas del macro edificio (estudios de grabación, oficinas, comedores...un verdadero laberinto) le dije que se sentara, que tenía que decirle algo. Me miró asustada pensando que me pasaba algo grave; pero a los pocos minutos no paraba de abrazarme más feliz que unas pascuas, de darme consejos o de decirme que no me preocupase, que por el momento no había problema por salir en la tele mientras no se notase la barriga (a ella no le importaría mantenerme hasta el final en el programa, pero los jefazos...) y que mi trabajo en la radio, por supuesto, continuaba.
El siguiente paso: comunicarlo en la academia. Shonago, que era el responsable de la de Sinjuku, en la que yo trabajaba, se puso contento al mismo tiempo que le tembló la voz al preguntarme si iba a dejar de trabajar. "¡Por supuesto que no!", le contesté. Pero su cara seguía reflejando temor y casi tartamudeando dijo: pero después...¿cuando tengas al bebé?
Mis alumnos se alegraron, pero también se hacían la misma pregunta: si continuaría después. Yo les contestaba que todavía faltaba mucho tiempo y que intentaría continuar aunque sabía que no sería fácil.
Pero mi querida Yoko fue sustituida por un productor: hombre-japonés. La primera medida que tomó al hacerse cargo del programa fue llamar a mi casa, preguntar por Jin, no por mí, y decirle (palabras textuales): "que yo estaba mejor en casa, descansando". Creo que estaba en el tercer mes de embarazo. A mi barriga os puedo asegurar que le faltaban una par de meses para ser visible y esa falta de respeto de ni siquiera dirigirse a mí para comunicármelo, casi me provoca un aborto de verdad. Lo siguiente que intentó fue despedirme del programa de radio...
Continuará...

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Casi todos los días hablaba con mis padres. Iba al combini y compraba unas tarjetas que incluían un código que me permitía llamar a España por un precio razonable.
- Hola abuelitos...
Al otro lado de la línea telefónica se hizo un silencio.
- Hola abuelitos - dije de nuevo esperando que al otro lado se produjese alguna reacción. Y se produjo.
- ¡Estás embarazada! - gritó mi padre-. ¿Cuándo vienes?
- No voy a ir - contesté casi en un hilo de voz sabiendo que con esa respuesta se iba a armar.
Y se armó. A partir de ahí se sucedieron un sinfín de llamadas de uno al otro lado del Atlántico en las que se me daban toda clase de motivos (todos ellos muy coherentes) por los que yo debía volver a España para tener a mi niño o niña allí, sobre todo siendo mi padre médico y poniendo a mi disposición todas las comodidades a su alcance. Cada llamada era un drama en el que yo acababa llorando siempre, hasta que mi madre dijo un día: "¡Basta! Que le vas a provocar un aborto." Y fue entonces cuando poco a poco fueron asimilando que su primer nieto nacería lejos...muy lejos.
El siguiente paso era comunicárselo a mis jefes de la NHK. En aquel momento realizaba dos trabajos para la Radio y Televisión Nacional (además de las clases de español en la academia), uno en la que mi imagen no importaba, solo mi voz, y otro, el de la tele, en el que una barriguita no iba a ser bien recibida...
Continuará...

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La tercera noche que entró otra por la ventana al mismo tiempo que el viejito de abajo salía a fumar, y al mismo tiempo que subía aquel extraño olor...empecé a mosquearme: : a+b+c=d... "D" igual a: algo estaba ocurriendo fatídicamente todos los días a las diez de la noche, en la primera planta.
Y con mis pesquisas fui a la portera:
-Sumimasen...nande mainichi, yoru ni, ju ji goro, watashi no ie naka ni dame nioi ga arimasuka? (Perdone, ¿me podría decir por qué todos los días a las diez de la noche entra un olor tan desagradable en mi casa?)
La portera me miraba y decía algo así como: wakarimasen...no entiendo. Y seguía de largo. Y sí que entendía.
Pasó algún tiempo y ya nadie me hacía caso por más que yo olisqueara el aire y dijese triunfal: ¡las diez! ¡ya está aquí! ¡no falla! ...
Hasta que llegó el día. Volvía a casa después de haber estado todo el día en el centro comercial (mi segundo hogar con Yui) cuando, dos o tres manzanas antes de llegar, empiezo a notar un olor horrible. Empecé a hablar con Yui (como si me entendiera, tenía solo unos meses):
-Pero qué es esto, ¿a qué huele? Parece como si estuviésemos en medio de un estercolero...
Y a medida que nos acercábamos a casa el olor se hacía más intenso y más nauseabundo. Me paré en el supermercado pequeñito de la esquina y le pregunté a la cajera, que ya era mi amiga, por qué olía así. Creí entenderle que se habían llevado un camión con mucha basura. Efectivamente. De aquel apartamento del primer piso, al primero que sacaron fue al viejito. Lo vino a buscar su hijo y se lo llevó no sé dónde. Y lo segundo que sacaron fueron toneladas de basura, tanta que debían volver al día siguiente a recoger la que habían dejado amontonada en el balcón, que era de dónde provenía aquel terrible olor. Padecía el Síndrome de Diógenes.
Durante un par de días no me crucé en ningún momento con la portera. Yo creo que se escondía. Tenía esa especie de orgullo patrio que le impedía reconocer, delante de un extranjero, que en Japón existen los piojos y los Síndromes de Diógenes.
Era de noche y yo seguía ilusionada con mi lavadora, que ponía a todas horas. Estaba tendiendo la ropa cuando la vi abrir sigilosamente la puerta del primero. Llevaba en sus manos una lata, que yo había visto muchas veces en los anuncios, que al destaparla activa un mecanismo que produce un humo muy denso que mata a todo bicho viviente. La abrió, la dejó dentro y salió corriendo. A la mañana siguiente salí a tender otra lavadora (sigo preguntándome de dónde sacaba tantas cosas que lavar), y la vi llegar otra vez. Sigilosamente abrió la puerta, sin darse cuenta de que yo estaba enfrente, tendiendo...Abrió...soltó un pequeño grito y saltó hacia atrás, al mismo tiempo que se percataba de mi presencia. En un movimiento desesperado intentó cerrar rápidamente la puerta, lo que logró, pero sin poder impedir que yo viera una montaña de cuarenta centímetros de altura, que tapizaba todo el suelo como una alfombra, formada por cucarachas de todos los tamaños que, en su intento de huida, se habían agolpado cerca de lo que creyeron que era la salida.
Le dije "Ohayo gozaimasu" (buenos días) y seguí tendiendo...

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"Lo que menos imaginaba era..."

Era...lo que ocurrió. Debo reconocer que soy una maniática de la limpieza. Bueno, o lo era en Japón. Y todo fue por un programa que estaba viendo en la tele. Al principio la veía sin entender ni una sola palabra pero lo cierto es que los programas eran muy divertidos, y poco a poco iba entendiendo más y más. Aquel día, un famoso presentador iba por la calle preguntándole a chicas japonesas guapísimas si les podía hacer una prueba: ellas se ruborizaban y se tapaban la boca (siempre lo hacen cuando se ríen) y, cómo no, aceptaban. La prueba consistía en colocar un pequeño microscopio de alta resolución en su nariz, en esa zona que se nos ensucia más, al lado de los agujeritos. ¡Dios! Ellas pegaron el mismo grito que yo. Las imágenes del microscopio eran terroríficas. Los monstruos de Alien estaban todos allí. Ácaros gigantes con pinzas por boca, cuerpos rígidos, armaduras orgánicas, ocho patas...Saltando unos encima de otros, chocándose...Aquella imagen produjo un gran impacto en mí. Y empezaron a poner programas, no sólo de los ácaros que viven en nuestro cuerpo, sino de los que viven en las tabletas de chocolate (horrorosos), los que vivían en los sillones (estaba a salvo, no tenía ninguno) y los peores: los que vivían en el tatami. Esos se veían incluso a simple vista si te fijabas bien. Los empecé a imaginar entrando por mi oído como en la peli de Star Trek...Y me volví loca. Me fui a la droguería a comprar todos los productos de limpieza imaginables y más. Y puedo asegurar que en Japón los hay de todas las formas, colores y funciones posibles. Me convertí en una "virusa". Menos mal que lo he ido superando.
Pero allí lo era, y de ahí que la aparición de una cucaracha me trastornara por completo. Y que mi objetivo principal fuese:
1- averiguar orificio de entrada
2- posible foco de infección (restos de comida...)
3- exterminación inmediata (incluyendo posible descendencia)
Continuará...

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Y por fin la conocimos. A ella. A la portera. Ella nos había enseñado el apartamento una de las veces, pero no sabíamos exactamente quién era. Ahora ya lo sabíamos. Era a ella a la que tenía que entregarle el dinero cada mes y la libretita de pagos para que me la sellara. Era a ella a la que debía consultarle cualquier cosa y era ella la que se quejaría también de cualquier cosa. Era como una espía colocada justo a la entrada del edificio. Vivía allí, en el bajo, y aunque nunca pude atisbar nada por los centímetros de puerta que dejaba abierta cuando iba a pagar, juraría que tenía cámaras espía colocadas por doquier. Era antipática con ganas pero sí que admiraba la diligencia con que mantenía limpias las escaleras, día tras día, a pesar de su edad. No le gustaban los extranjeros, se le notaba, pero el destino había hecho que trabajase en un edificio en el que estos eran bien recibidos. Intenté con todas mis fuerzas caerle bien. Cada vez que salía, y veía las cortinillas moverse, le decía adiós. Cada vez que llegaba le decía hola y le agradecía (otzukare sama deshita, costumbre japonesa), el trabajo realizado. Casi no me contestaba. Me rendí a la evidencia cuando, cada vez que me veía salir con la basura, aparecía de la nada y me decía algo. Yo me hacía la tonta y decía, sí, sí. Ella lo que intentaba era pillarme tirando la basura orgánica el día que tocaba la de recipientes de cristal o plástico. Hasta que la pillé yo a ella. Casi se muere. Y no precisamente tirando la basura...
Desde que llegué al edificio, todas las noches, a eso de las diez, se abría la puerta de uno de los apartamentos del primer piso y salía un hombre mayor a fumar. Le ví la primera vez que estrenaba lavadora. Cómo no podía creer que tenía lavadora en casa, me pasé una semana poniendo varias lavadoras al día (no sé ni lo que lavaba tantas veces). La primera noche puse hasta tres seguidas y cuando salía a tender la ropa a la terraza, le ví. La primera noche, la segunda... Al principio no le di la mayor importancia, pero empecé a relacionar el olor desagradable que entraba todas las noches en el apartamento con aquellas salidas del viejito. Poco a poco me fui acostumbrando y hasta me olvidé de él. Pero se fue quitando el frío y me desesperaba cada vez que al abrir la ventana por la noche entraba alguna cucaracha, a mi parecer "mutantes", por el tamaño y color rozagante que lucían. Y lo peor: volaban. Me enfadaba y me preguntaba de dónde salían, por qué entraban en mi casita que mantenía tan limpia. Lo que menos imaginaba era...
Continuará...

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Y ese fue el escogido. Fuimos a verlo de día, de noche y al atardecer, como si los posibles cambios de luz fueran a hacernos cambiar de idea...¡si ni siquiera la falta de ascensor me iba a disuadir de estar viviendo allí unos días después!
Y llegó el día de la mudanza. La noche antes fuimos a cenar a nuestro restaurante favorito, el del "cocinero sin nombre", para despedirnos.
Casi me muero. Y eso que yo no tuve que cargar cajas y subirlas por aquellas escaleras. A mí me tocó hacer la limpieza final del apartamento para entregarlo a la agencia y que nos devolviesen la fianza. Estaba embarazada de ocho meses y medio y me pasé. Entre el fuerte olor de los productos de limpieza, la aspiradora mini que tenía y que debía pasarla de rodillas, los cristales que dejé relucientes, etc...me bajó la tensión y tuve algunas pérdidas, pequeñas, pero que me asustaron muchísimo. Y esa tarde tenía que trabajar. No pude ir. Aproveché para despedirme de "Roland", la academia de idiomas en la que trabajaba, y empezar a cuidarme para la llegada de Yui, a la que solo le faltaban ocho días para llegar.
Y pasamos la primera noche en nuestro nuevo apartamento. Como ya dije en la entrada anterior, la fachada del edificio estaba siendo remozada. Y nosotros no teníamos cortinas...así que aquella mañana, cuando abrí los ojos somnolienta, cuál no fue mi sorpresa cuando me vi rodeada de obreros...
Continuará...
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Llegó el momento de cambiar de hogar. Las carreras se seguían sucediendo en el falso techo y la llegada de Yui era inminente. Así qué comenzó la ardua tarea de buscar nueva casa. Cada vez que pasaba por la agencia me paraba en el escaparate. Estudiaba meticulosamente cada uno de los planos que exhibían. Me había hecho una experta en descifrar los símbolos: 1LDK, osiire, yokushitsu... Y los precios. Ya había controlado uno que tenía dos habitaciones y no era demasiado caro, aunque se me caía la baba viendo aquellos que pertenecían a edificaciones nuevas: lo malo es que lo único que nos podíamos permitir sería una habitación y diminuta, pero yo estaba dispuesta a sacrificar espacio(más todavía)a cambio de un baño en condiciones, un "Ofuro" nuevito en el que poder meterme dentro con ese agua ardiendo y llena de sales japonesas que eran una maravilla. Qué duro fue encontrar un nuevo apartamento. Quizá si hubiésemos tenido un presupuesto más amplio, bastante más amplio, no hubiésemos tenido tanto problema, pero al tener que limitarnos a un determinado tipo de apartamento, la cosa se ponía difícil, y no por el dinero, sino porque éramos extranjeros. Creo que esa fue la primera vez que me sentí realmente mal al vivir allí. Decidíamos visitar un apartamento, la agencia concertaba la cita, llegábamos acompañados por uno de los hermanos de la agencia, tocábamos el timbre, veíamos una cortina que se movía sutilmente, volvía a tocar el timbre, se empezaba a poner nervioso, nos miraba, le mirábamos al principio sonrientes, luego más serios, luego tristes, para finalmente darnos la vuelta y volver caminando a casa preguntándonos por qué no habían abierto. Eso la primera vez. Las siguientes ya estábamos preparados, sobre todo porque ya no nos hacían pasar el mal trago de tener que ir hasta allí y que no nos abriesen: la agencia ya explicaba de antemano que éramos extranjeros para saber si seríamos recibidos o no. En algún caso no pudieron concertar la cita y en algún otro sí. Creo que fuimos a visitar tres más. Recuerdo uno cerca de las vías del tren que tenía posibilidades. Hubiese sido divertido porque tenía un pequeño balcón que yo ya imaginaba lleno de plantas. Pero la cercanía del tren y el restaurante coreano que había en la planta inferior nos echaron para atrás. Aunque me encanta la comida coreana no hubiese sido buena idea estar oliendo todas las noches los efluvios que sin lugar a dudas nos iban a invadir. Otra de las visitas fue a un edificio nuevo. Ese es el que yo quería. ¡Menudo Ofuro! ¡Aire acondicionado! ¡Mini cocina! ...pero muy pequeño, demasiado. Me fui de allí con mucha pena. Y llegamos al siguiente. Era el único que tenía dos habitaciones y que no por ello tenía un precio desorbitado. Algo más caro, sí, pero asequible. ¿Cuál era la pega? Otra vez muy antiguo. Pero a diferencia del anterior, que era de madera, este era de " concrito" (hormigón). El baño seguía siendo de estilo oriental, una habitación era de tatami y otra de suelo cubierto de una "pegatina" que imitaba al parqué. La cocina se encontraba entre las dos habitaciones, pero voy a añadir fotos ( mejor una imagen que mil palabras, por lo menos en este caso). Precio: 99.000 yenes al mes + un mes para el dueño de la casa + un mes para el dueño del suelo + un mes para la agencia. Y lo mejor de todo: al dueño no le importaba de qué nacionalidad éramos con tal de que pagásemos puntualmente. ¡Ah! Se me olvidaba, estaban pintando la fachada, lo que lo hacía más bonito.
Continuará... Y prometo no tardar...

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Cuando caminaba por las calles de Tokio hacia mi lugar de trabajo, casi todos los días me encontraba con situaciones que llamaban mi atención: desde el monje solitario apostado en una esquina del metro en su camino de peregrinaje o una pequeña parcela entre edificios que se había acordonado con una cinta de la que colgaban lo que parecían pequeños trozos de papel blanco, con un sacerdote budista, también vestido de blanco, acompañado de tres o cuatro personas más (los dueños de la futura casa que se construiría allí o del local de negocio) celebrabando una ceremonia para traer los buenos augurios al lugar; o un chico que llevaba a su amiga atada a una correa por el cuello, paseando por las calles de Omotesando. Lo cierto es que en Tokio, al igual que en Blaner Runner del ya inminente 2019, puedes encontrar cualquier cosa, incluso alguna forma tokiota de replicantes. También me encontraba muchas veces, locales abiertos a las calles, garajes de casas abiertos y en cuyo interior había una fotografía de alguien en una especie de altar y un ajetreo de ir y venir de personas, vestidas de negro y que celebraban allí la ceremonia del funeral. Allí o en salones de restaurantes o en templos.
Ayer, le invitaron a una extraña ceremonia en Tokio. Una de las productoras del programa de televisión en el que trabajamos, le invitó al funeral de su padre. Rápidamente le dio el pésame y ella contestó: ¡no! ¡si no está muerto! Es que ha decidido celebrar su funeral mientras esté vivo, porque dice que ¿para qué van a celebrar una ceremonia en la que él es el protagonista y no disfrutar de ella? Y la celebró y cantó. Y junto a los sutras que se leen en toda ceremonia budista o sintoísta, alguien tocaba la batería. Y cantó Let it be. Y disfrutó junto a su familia y amigos a los que invitó de verdad. Con los que quería compartir su todavía no realizable partida, pero partida cierta, sin necesidad de hacerlo con esas aves que aparecen solo en entierros y funerales, muchas veces sin haber cruzado más de dos palabras seguidas con el homenajeado o sus familiares. Una fiesta en su honor y en la que ¿por qué no iba a estar?

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Muchas cosas son las que sorprenden al extranjero en Japón. Pero hay que diferenciar bien entre el "extranjero turista" y el "extranjero residente". Con esta diferenciación quiero referirme al distinto modo de "mirar". Sin duda, esto es aplicable no solo a los visitantes de Japón sino que podríamos aplicarlo al extranjero en cualquier país. Pero quizá por la diferencia cultural tan marcada, por la lejanía, o simplemente porque fue mi experiencia personal, esta diferencia cobra para mí especial relevancia en lo que a Japón se refiere. Muchas son las cosas que cambiaron para mí después de aquel primer viaje de vacaciones, a aquél, dos años después, en el que llegué con mi maleta para quedarme. Mientras escribo intento recordar qué fue lo primero que sentí aquellos días y son muchas cosas las que se mezclan pero cierro los ojos y una palabra es la que me sale: ojos. ¿Ojos?, sí, miradas. Ciudad frenética, agotadora, luces de neón y ojos, muchos ojos que cruzan miradas, la mayoría "ojos rasgados" y de vez en cuando, muy de vez en cuando un "ojos redondos" y entonces esa mirada se convierte en comunicación telepática. Un sinfín de preguntas se intercambian en esa mirada fugaz: ¿qué haces aquí? ¿Estudias o trabajas? ¿De vacaciones, de negocios, o....realmente vives aquí?... Y es así como mi "mirada" que había ido cambiando con el paso de los meses, de los años, a medida que Tokio me iba mostrando sus secretos, se encuentra un día con una realidad que la primera vez se había mostrado fugaz, pero que ahora ya formaba parte de aquel entramado de metros, rascacielos, laberintos, ciudades subterráneas, parques, cartones, plásticos azules...homeless*.

Recién llegado.

7:30 am. Otra mirada, pero esta vez es una mirada distinta. Es la mirada del que decide abandonarlo todo, del que una mañana se levanta como todos los días, un salaryman* que se mira al espejo mientras se hace el nudo de la corbata, no necesitaría mirarse, pero lo hace, no lo puede evitar. Es otra parte más de su rutina diaria. Ya le han preparado el desayuno que él despacha en un silencio solo roto por los sorbos sonoros a la sopa de miso, el repiqueteo de los palillos en el cuenco de arroz y el canto de los semi, insectos parecidos a las mariposas cuya vida transcurre bajo tierra y solo salen al exterior una vez en su corta vida, apenas un año, para cantar al mundo su existencia durante el caluroso mes de agosto y morir poco después. Él piensa en ellos. Él también es un semi. Él también ha vivido en la oscuridad, en la sombra de una sociedad que le puso un nombre, kaishain* y le otorgó un papel y unas normas inquebrantables: trabaja-produce; canta-muere.
Como tantos otros días sale de casa. Esta vez no se le oye el tradicional ittekimasu* (literalmente "voy y vuelvo") acostumbrado. Varios hombres se encuentran acomodados bajo un puente que les sirve de techo. La mayoría acostados sobre trozos de cartón, y entre ellos, con su traje todavía impoluto, se encuentra el "recién llegado". Conserva su corbata y su maletín. Su espalda todavía está erguida. Solo su mirada comienza a parecerse a la de ellos. Como el semi, ha decidido cantar pero su canto no es el sonido acompasado del verano japonés. El suyo es más profundo y no perceptible a través de los sentidos. Su canto penetra en el alma. Es el canto del silencio.


NOTAS//
Homeless: como se denomina en Japón a las personas sin hogar. Viven en las calles protegidos por cartones o en verdaderos asentamientos en parques dónde crean pequeñas ciudades de color azul (utilizan plásticos azules). No piden. Salen adelante con pequeños trabajos, reciclando latas, reparando bicicletas, etc... Algunos llegan a esta situación porque han cometido un error, generalmente profesional y por "honor", deciden no volver.

Salaryman: término muy utilizado en Japón para denominar a los miles de japoneses que trabajan en una empresa, generalmente en oficinas, siempre con traje de chaqueta. (Literalmente: hombres que reciben un salario)

Kaishain: persona que trabaja en una empresa. Un kaishain es casi un funcionario. Si haces las cosas bien, puedes trabajar toda la vida en esa empresa con un sistema jerárquico cuasi funcionarial pero en el que llegas arriba no tanto por méritos como por edad.

Ittekimasu: en Japón cuando sales de casa siempre dices "voy y vuelvo".

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Nunca me había pasado. Llevo casi diez años con el mismo móvil. No sé exactamente cuántos con whatsapp, algo menos, supongo.
Y hoy, por primera vez, he sentido algo. Algo por whatsapp. Mi viejo móvil ha dicho que ya no puede más y aunque sigue funcionando a duras penas y menos mal, porque el modelo que quiero está agotado, tengo que cambiarlo y con ese inminente cambio llegó el temor a perderlo todo. "Perderlo todo" como si me estuviera jugando mi futuro, mi vida, un trabajo, una seguridad...Pasé parte del día averiguando los pasos a seguir para no "perderlo todo". Para guardar notas, agenda, aplicaciones varias pero, sobre todo, guardar whatsapp. Claro que no me importaba todo, pero sí algunos `chats´ que para mí eran valiosos. Que contenían imágenes que no quería perder, conversaciones que ya formaban parte de mi vida. Comienzos y también finales. Alegrías y también tristezas. Risas y enfados. Chats de grupo y también chats individuales que aunque eran de una sola persona, parecía que también fueran de grupo, porque esas personas no parecían las mismas que hace dos años, ni que hace tres.
Y no era fácil guardar whatsapp. Para todo había limitaciones. Que si Google drive, que si iCloud, que si copia a correo. Casi todo se reducía a un problema de capacidad. A una cuestión de memoria. Empecé a borrar los que eran prescindibles. Y los que lo eran menos, empecé a reducirlos. Tantas y tantas historias. Tantas y tantas imágenes compartidas. Vividas. El valor de lo escrito. Y aunque todo era importante para mí, mientras revisaba para ir eliminando, volvía a otros momentos que por ya no existir, solo me producían melancolía. La tarea se estaba convirtiendo en titánica y, además, dolía. Y entonces fui consciente de que, en realidad, no volvía nunca atrás a leerlos. Solo, alguna vez, a una frase precisa, a una imagen que me reconfortaba. Y le di al botón. Vaciar chat. Mis whatsapp se han quedado en blanco y es verdad que ese silencio duele un poco, como si partes de mi vida se hubiesen vaciado. Algunas de forma verdaderamente liberadora. Otras, no tanto.
Y me di cuenta de que no había tal cuestión de memoria. Que lo verdaderamente importante estaba, precisamente, en mi memoria y esta está llena de nubes, de nubes sin `i´ delante, pero con un número de gigas inagotable.

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