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Desde que aparecieron en La Odisea de Homero, las sirenas han poblado los sueños de muchos pescadores y no pescadores y también los sueños de muchas niñas, y no tan niñas, que desearían ser una de ellas. Pero las sirenas, a veces (no quiero decir "siempre") no son esas hermosas criaturas de pelo rojizo y cola de pez. Según los griegos, eran seres con cuerpo de ave y rostro de mujer que perdieron sus plumas por retar a las musas con su canto. Peces o aves, dicen que desaparecieron cuando Ulises se resistió al efecto de su canto y cayeron al mar convirtiéndose en piedra excepto una, Partépone, que logró llegar a la orilla, al lugar en el que se asentaría posteriormente la ciudad de Nápoles.
Pero existen otras sirenas que con apariencia humana descienden desde hace más de dos mil años a las profundidades marinas en busca de perlas. Estas sirenas viven en Japón y se llaman Amas. Y como las sirenas, se enfrentan a las frías aguas solo con su cuerpo. Lo único que las diferencia es que, así como las sirenas guardan siempre el calor en su piel, las amas regresan a sus hogares con el frío dentro de los huesos y solo logran calentarlos junto al fuego.
Decía al principio que desde Homero soñamos con sirenas, pero las sirenas también sueñan.
Imagen: El sueño de la mujer del pescador, Katsushika Hokusai
El sueño de la mujer del pescador

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Voy a empezar diciendo que yo fui una de esas voces que se alzó, en la privacidad de mi hogar, contra la inclusión de los esports como deporte y, más allá, de los esports como actividad en los colegios de Canarias. Y lo hice como creo que lo han hecho la mayoría: desde el desconocimiento absoluto y desde ese afán innato de la naturaleza humana de ir en contra de lo que sea y porque sí. Y me dejé llevar por aquello que tanto critico "la voz de la masa".
En aquel momento iba a unirme a las voces críticas aprovechando mi huequito en las redes. Y menos mal que no lo hice. Y lo digo, porque es que ni siquiera sabía lo que eran los esports. Sé que hubiese frenado desde el mismo momento en que me hubiese puesto a documentarme, cosa que siempre hago cuando quiero escribir de algo que genera cierta polémica, y me hubiese dado cuenta de mi desconocimiento absoluto; pero sigo diciendo que mi reacción inicial fue la de la mayoría: gritar y gritar bien alto "no". La mayoría siguió y sigue gritando, yo, decidí conocer antes de opinar.
El primer paso que deberíamos dar todos es saber qué se considera "deporte". Aquí me encuentro con lo mismo que me pasó cuando vivía en Tokio y decidí dedicarme profesionalmente a la enseñanza de mi lengua materna, el español: ¡Qué fácil! ¿Fácil? Este ha sido uno de los trabajos más difíciles de mi vida y sigue siéndolo. Cuando los japoneses me preguntaban ¿y por qué? "Porque sí" pensaba en contestarles con cierta altanería. Pero no, no siempre vale un porque sí. Y aquí ocurre lo mismo. Si nos preguntan qué es deporte, todos seguro que creemos saber cómo responder de inmediato. Pero no, no lo sabemos. La mayoría. Sabemos que "correr" es deporte; nadar, es deporte; jugar al fútbol, es deporte. Pero si nos preguntan a bocajarro: ¿el ajedrez es deporte? Seguro que lo pensaríamos unos segundos más de la cuenta antes de responder.
La Carta Europea del Deporte de 1992, lo entiende como "todo tipo de actividades físicas que, mediante una participación, organizada o de otro tipo, tengan por finalidad la expresión o la mejora de la condición física y psíquica, el desarrollo de las relaciones sociales o el logro de resultados en competiciones de todos los niveles".

Otros teóricos del deporte, como Tiedemann, consideran el deporte como "un campo cultural de actividad donde las personas se relacionan y buscan mejorar sus habilidades, realizando una competición en áreas determinadas bajo unas normas y reglas establecidas." Esta definición, sin duda, deja abierta la entrada a los esports. Destaco aquí el concepto "campo cultural", porque sin duda estamos ante un campo cultural nuevo y negarse a ello solo hablaría de nuestra incapacidad para evolucionar.
Al igual que en las Olimpiadas de la antigüedad, en los Juegos Olímpicos actuales podemos reconocer competiciones internacionales de élite, miles de espectadores, años de entrenamiento de los deportistas y vencedores cubiertos de gloria. Pero la sociedad varía y con ella los deportes que se practican. Los griegos no jugaban al ajedrez al igual que los olímpicos modernos no sacrifican 100 bueyes, ni se azota a los atletas tramposos, ni compiten en una carrera con una armadura completa.
¿No son deporte porque no exigen ejercicio físico? El ajedrez ¿no exige una importante preparación física? Porque, puestos a comparar, las similitudes con el ajedrez, considerado deporte olímpico, para mí son enormes y estos atletas, los ajedrecistas, tienen preparadores físicos e incluso se internan en centros de alto rendimiento para poder superar jornadas maratonianas en las competiciones. Un jugador de esports, ha de tener además de buenos reflejos, destreza, alto nivel de concentración, capacidad de ejercerla bajo presión y capacidad de trabajo en equipo, una importante preparación física, sin la cual le sería imposible no desfallecer en competiciones de horas de duración. Y los demás requisitos, carácter competitivo, lucha o combate en busca de la victoria sobre sus contrincantes, reglamentación, terreno de juego, equipamiento, arbitraje...También se les exige en España, para ser declarados deporte, cierta similitud con un deporte ya reconocido y, como decía antes, esta es clara con el ajedrez: juego de estrategia que supone una actividad reflexiva, reflejos y juegos de manos y, no nos olvidemos de la finalidad: ganar una batalla y derrotar al enemigo.
Y no. Ya no grito. Y como soy una persona adulta y hasta cierto punto preparada, pero sobre todo independiente, tampoco voy a dejarme llevar por consideraciones que entran ya en guerras y juegos políticos que no me interesan ni competen. Y apartándome de todo eso, alabo la iniciativa del Gobierno Canario que, guste o no, nos está hablando de una realidad presente en todos los hogares. Los deportes electrónicos forman parte del día a día de millones de niños y adolescentes y son merecedores de análisis sociológicos, económicos y deportivos que, sin iniciativas como esta, no tendrían.
Y al terminar este artículo no sé por qué he pensado en Platón y en su alegoría de la caverna...

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Nunca olvidaré las palabras que escuché una vez en la radio del coche. Además, recuerdo incluso el tramo de carretera por el que circulaba. Hablaba Saramago. No recuerdo la pregunta del periodista pero sí la respuesta que él dio. Hablaba de su infancia en la pobreza. Sus padres eran campesinos y no tenían muchas cosas para darle. De comer y a veces difícilmente. Pero sí. Sí hubo una cosa que le dieron y que valoraba en toda su valía: educación. La buena educación. Decía que lo valoraba como el mayor de sus tesoros. El tesoro que le dejaron sus padres. Que ni el dinero, ni el poder, ni la fama, abrirán nunca tantas puertas como las que abre la buena educación.
Entendemos por buena educación el actuar de forma correcta en situaciones básicas como un "gracias", "buenos días" "buenas noches", etc. Pero la buena educación para mí es mucho más que eso. Como también lo era para Saramago. Como también lo era para sus padres. Como también lo era para mis abuelos. Como también lo es para mis padres.
La buena educación es tener clase. La clase que no da un colegio elitista o el éxito alcanzado en la vida. Dicen que con la clase se nace y es muy posible, pero no es solo una marca de nacimiento. Que el cómo sonríes, la limpieza de la mirada, el guardar silencio, el cómo sentarse, el simple caminar o, tan solo, el darte la mano cuando la necesitas, eso, define tu clase.
La clase, como la buena educación, es mucho más. No hay clase, ni buena educación, si no hay calidad humana.
Como decía Saramago y como me recordaba mi madre que nos decía siempre mi abuela: lo más importante niñas, es la educación. Con ella abrirán todas las puertas.

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Hace unos años hice un viaje con Yoko Araki, Willy y Sakura a Perú. Yoko era mi jefa en Japón, la productora de los programas de español de la televisión en los que trabajaba. Sigue siendo mi jefa pero más que eso, es mi amiga, o mi madre japonesa como le gusta llamarse. Willy, su marido, organizó el viaje y unió a ese grupo de japoneses y españoles que durante tres semanas viajaron por Perú. Yoko, conocedora de todas las historias que le había contado de mis viajes, me llamaba desde Japón (yo ya vivía en Canarias) preocupada : "Guada, me da un poco de miedo viajar contigo" "¿por qué Yoko????" "Porque me gusta viajar tranquila, no quiero que me pase nada y como a ti te pasan siempre tantas cosas..."
Hacía años que no nos veíamos y aunque cansados de su viaje tan largo desde Japón a Perú fue a esperarnos al aeropuerto. Nosotros llegamos, pero no nuestras maletas. Yoko, cuando salimos sin las maletas, pensaba que yo estaba de broma. Cuando se dio cuenta de que era verdad, abrió mucho sus ojos rasgados y dijo: Guada...onegaishimas...(algo así como: por favor ...no empieces...). Y pasaron, bueno, me pasaron un montón de cosas más "que a nadie le pasaban". Pero eso, lo contaré en otra historia, como las que me pasaron en el viaje a Grecia, en el viaje a Myanmar, el huracán en Santo Domingo...
Y terminaba mi viaje a Florencia. Escribía hace unos días que una de las cosas que más me gustan del mundo, era ver una tormenta desde una habitación con jardín. Me encanta. Me encantan las tormentas. Los rayos y los truenos. La lluvia torrencial. Y así fue la última tarde en Florencia. El señor de un estanco en el que Yui hacia comprado su muñequita con el nombre de Florencia bordado para su colección de peluches con nombres de ciudades nos dijo sonriente : "ora pro nobis, va a llover" "¿mucho?" "Sí, mucho, mucho..."
El cielo estaba precioso, con ese color previo a las tormentas de verano. Y yo, como siempre, ¡qué guay! ¡Me encanta! ¡Vamos al Puente Vecchio! Y fuimos. Las primeras gotas empezaron a caer y enseguida le siguieron las siguientes. ¡Los siguientes cubos de agua! Porque eran como cubos. Nos protegimos justo debajo del arco del puente junto a cientos de turistas y fue divertidísimo porque en un momento, la lluvia torrencial cambió de dirección y entró por nuestra espalda empapándonos a todos. Los gritos de sorpresa fueron acompañados de un movimiento en masa hacia el otro arco, cuando la lluvia cambió de nuevo de dirección empapándonos a todos, esta vez, de frente. Y así, durante unos minutos, parecíamos una ola de turistas hacia adelante, hacia atrás, hacia adelante...Y echamos todos a correr hacia los soportales de las joyerías que jalonan el puente. Vimos las carreras, los llantos de los niños asustados ante el terrible sonido de los truenos y los rayos que caían justo encima de nosotros. Las piedras de granizo. Y el puente...tan bonito. Entre charcos, risas y alegría pluvial, llegamos al restaurante en el que íbamos a cenar, empapados. Panzanella, bisteca florentina y cantuccini. Nos despedimos y prometimos volver. Las calles estaban mojadas. Los charcos alrededor del Duomo, recogían su reflejo. El olor, la luz mortecina, el frescor de la lluvia después de tantos días de calor. Las plazas desiertas. Última noche en la bella Firenze...
Tenía los pies fríos dentro de unas sandalias que habían recogido buena parte del agua caída sobre el puente más bonito del mundo. Y empecé a caminar rápido hacia el apartamento con el deseo de meter los pies en agua caliente, terminar de hacer las maletas y dormir hasta las seis de la mañana, hora del fin de nuestro viaje.
¿Cómo estaría el que había sido mi pequeño jardín florentino?
Abrí la puerta del portal. La segunda puerta que daba acceso al apartamento. "Cuidado, que hay aquí un poco de agua". Abrí la puerta del apartamento. "Cuidado que aquí hay otro poquito de agua" "cuidado que...aquí hay más agua..." "Cuidado que ..." "Nooooo...no me lo puedo creer ..."
El apartamento estaba completamente inundado. Cuatro centímetros de agua. Las maletas, todas en el suelo y ya con la ropa...inundadas; Yui, llorando, sujetando la bolsa de papel que contenía sus pequeñas compras: un puzzle de Florencia, una agenda para el nuevo curso y un mapa mundial en el que iría marcando los países visitados...todo destrozado. Zapatos, flotando, destrozados.
Mi preciosa Yui, tras el impacto inicial, se secó las lágrimas cogió bolsas de plástico y dijo: vamos mami, ve doblando toda mi ropa mojada (su maleta era de tela) y vamos a ir metiéndola aquí...
Y mientras arrastrábamos las maletas, las bolsas, y nuestros pies fríos por las calles desiertas de una media noche en Florencia en busca de otro apartamento para dormir unas horas y poder recomponer un equipaje que pesaba con el agua , 30 kilos más, Yui se daba la vuelta y me decía sonriente: ¡vamos mami! ! ¡Me encanta viajar contigo! ¡Es muy divertido!
- ¿Qué tal tus vacaciones en Florencia?
- Preciosas.
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Hace veinte años hice un viaje a Grecia. Lo escogimos como lugar intermedio en el que encontrarnos. Atenas, Santorini, Creta, Rodas y Symi.
En Symi casi no había turistas. Estuvimos allí una semana. Para ir a la playa cogíamos el taxi-boat que nos llevaba a una cala de piedras al pie de uno de los acantilados que rodeaban la isla. Nos dejaba allí horas hasta que pasaba a recogernos. Era la única forma de llegar. Era un lugar mágico. Comíamos cualquier cosa, galletas, zumo, para llegar a la comida importante del día, la cena.
El lugar, muy poco turístico, aunque con necesidad de serlo para sobrevivir, tenía un pequeño paseo en el que se encontraban los pocos restaurantes que había. No sabíamos cuál escoger. Hasta que lo vimos. Y vimos el nombre en el toldo: Madame Butterfly. Había otras terrazas más alegres, con más gente, pero nos gustó ese. El que estaba vacío. Más que gustar, fue ese instinto que tengo de salvar todo lo que creo en peligro. Y Madame Butterfly estaba en peligro. Su dueño, al que pronto pusimos de nombre Gary Cooper por el parecido tan asombroso, la misma belleza, la misma elegancia, se acercó a atendernos. Escogí la mesa más cerca del paseo. Ensalada griega y brocheta de pollo. Día dos: ensalada griega y brocheta de pollo. Día tres: ensalada griega y brocheta de pollo...
Todos los días, después de la playa de piedras, íbamos al Madame Butterfly. Durante una semana nos sentábamos en la primera mesa y durante toda la cena, poníamos cara de estar comiendo uno de los manjares más deliciosos del mundo. Cada vez que veíamos pasar a algún turista despistado buscando dónde cenar, yo sonreía, reía y decía "ummmm, ¡está delicioso!" Y así, todas las cenas. No sé si Gary Cooper se daba cuenta de que con esa ensalada y esa brocheta queríamos salvarle. Queríamos salvar su ópera. La última noche recogió los platos vacíos de la mesa pero no trajo la cuenta. Trajo un plato de sandía. La sandía más triste en una isla preciosa del Dodecaneso.
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Vuelvo a Florencia treinta y un años después. Tenía diecisiete años la primera vez. Recuerdo uno de los momentos más felices de mi vida : un día en Florencia sentada, apoyada en una puerta de madera en el escalón más alto, todos mis compañeros sentados, recostados, como un racimo de uvas que cayesen desde mí. Las cabezas de mis amigas apoyadas en mis rodillas y el sol florentino calentando mi cara...estábamos tan cansados y tan felices. Las noches de risas corriendo por el hotel..."o dormire o tutti fuori!", decía el encargado del hotel desesperado por los pasillos.
Florencia sigue igual de hermosa. El Duomo observa casi con risa a los millones de turistas que giran y giran a su alrededor. Ya no van con pliegos de papel gigantes a modo de mapas del tesoro y en los que el tesoro era encontrar una calle, un monumento a visitar o, simplemente, un lugar donde dormir. Ahora los aventureros van siguiendo los pasos que les marca una pantalla. Ya no los ve preguntándose unos a otros dónde está o dónde podrían comer. Ahora le preguntan a una tal Siri, una políglota y polímata que a Miguel Ángel le hubiera encantado conocer.
Asia ha cambiado de nacionalidad viajera. Ya no son los japoneses los que inundan las calles del mundo en grupos. Ahora son los chinos los que siguen avanzando por él.
Cada tarde, cuando me dirigía a los alrededores del Puente Vecchio, mi lugar favorito en Florencia, los veía enfrente del Duomo, treinta o cuarenta, en una esquina mirándolo, al mismo tiempo que todos llevaban sus móviles en las manos y los auriculares. Y me preguntaba qué tendría aquella esquina en la que a todos les daba por hablar por teléfono al mismo tiempo con la misma cara de sorpresa...
- La verdad es que cómo hemos avanzado. Ya no son necesarios esos altavoces que llevaban los guías o los gritos que tenían que dar para los que estuviesen más atrás los escuchasen...
- ¡Jo! ¡Es verdad! No me había dado cuenta ¿Cómo hacen ahora?
- ¿No ves los dispositivos que llevan colgando del cuello? El guía habla a su micrófono y los demás le escuchan...
- ...yo creía que...bueno, nada, nada...

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Después de haber trabajado como relaciones públicas en un restaurante español durante mi primer año en Tokio, nuevas oportunidades laborales me surgían en aquella ciudad. Algunas las rechacé, como un trabajo maravilloso para Lladró Asia, pero que, de haberlo aceptado, hubiese significado encerrarme en una oficia de sol a sol y perderme el Tokio que yo quería vivir. O aquel, como correctora en el periódico latino. Gracias a Alberto, conseguí una entrevista en las Academias Roland para ser profesora de español, trabajo que me encantaba y que ya realizaba en la NHK (Televisión y Radio Nacional de Japón). No fue difícil conseguirlo, a pesar de que mi inglés en aquel tiempo era bastante malo, las entrevistas laborales siempre habían sido mi fuerte. El trabajo era sencillo. Yo ponía mi horario. Clases individuales, semi (dos alumnos) o de grupo (cuatro o cinco). Me compré un libro, Español 2000. Y ahora, solo esperar a que fueran llegando alumnos. Estos tenían la potestad de elegir profesor. Podían acudir a una clase gratuita con cualquiera de los profesores y luego escoger. He de confesar que mi éxito era rotundo. Tras esa primera clase, ninguno se resistía a volver conmigo. Fui llenando todas las horas que me había marcado, dejando los jueves y domingos libres. Jueves para acudir al trabajo en la tele y domingos para disfrutar de mi futón, de mi tatami y de las tardes en Shibuya, Harajuku o el Parque Yoyogui.
Tenía alumnos de lo más variado. Niños jovencitos, una enferma repelente, con la que discutí tras aquel partido de cuartos de final del Mundial 2002, Corea- España, cuando quise poner un ejemplo práctico de las diferentes cosas que se podían comprar, desde un tomate, a una casa, a un árbitro. Se empeñó en decir que los españoles éramos tan prepotentes, que no podíamos admitir que habíamos perdido el partido sin más. No volvió más a mi clase, y lo agradecí. O aquella japonesa algo cursi con un alto nivel de español, y que se escandalizaba con las insinuaciones a los genitales que hacía Elvira Lindo en "Manolito Gafotas" y que un día entró en la clase, que compartíamos entre varios idiomas: inglés al fondo, alemán en medio, chino a la derecha, ruso a la izquierda, otro español al lado, y a voz en grito dijo, enseñándome las axilas que habían dejado marcas de sudor en su camisa impoluta: ¡estoy caliente! Lo que dio de sí la clase para explicarle lo "inapropiado" de esa expresión, en depende qué situaciones. Cuando dejé las clases por el nacimiento de Yui, la invité a casa una tarde. Tras aquella visita, no la volví a ver más. Intuyo que se quedó horrorizada por la humildad de mi hogar, aquellos 25 metros cuadrados, en los que me moría de frío y que contaba con un baño estilo oriental, algo que a ella le oarecía ya de la época samurái. Y Chihiro, editora de una revista de perros, encantadora, y que compartió aquella primera clase de Sato-san con la enfermera rabiosa.
Era su primera clase de prueba, aunque su decisión ya había sido tomada de antemano: quería a aquella profesora que le enseñaba español a través de las ondas, contándole, con permiso de Elvira Lindo, las aventuras de "Manolito Gafotas". Mi estrategia siempre era la misma: presentarse unos a otros (era un nivel avanzado), haciéndose las preguntas típicas. Sato-san sudaba sin parar. Era un hombre delgado, de unos 55, 60 años, aunque bien podría tener 50 o 65. Tenía esa apariencia confusa de los japoneses, en la que no sabes si es joven, mayor o muy mayor. Secaba, con manos temblorosas, su frente con un pañuelo de tela, que junto a su libreta, lápiz y diccionario se convirtió en elemento imprescindible para mis clases. La enfermera, de verdad que no recuerdo su nombre, fue la primera en atacar. Le preguntó varias cosas, y él a punto de un infarto, sudaba y sudaba. Salía del paso como podía de tan nervioso que estaba. Hasta que le preguntó: ¿por qué estás aquí? ¿ por qué estudias español? Él no sabía responder, o como supe después, no encontraba las palabras adecuadas para expresarlo. Ella insistía, y ante su aparente torpeza, parecía a punto de perder los nervios. Sus preguntas, o más bien, su forma incisiva de formularlas, bloqueaban cada vez más a Sato-san, por qué, por hobby, por trabajo, ¿por qué? y tuve que intervenir. Le hice la pregunta de varias formas posibles, dulcemente, intentando calmarle y lo conseguí. Con su mirada cándida me dijo, nos dijo, que estudiaba español porque España estaba en su corazón. Me quedé sin palabras. Mi corazón palpitó al ritmo de esa frase..."porque España está en mi corazón". Y así me explicó, que hacía muchos años, había viajado a España con su mujer, solo unos días, pero que jamás había podido olvidarla, que se sintió el hombre más feliz y que desde entonces, España y los españoles formaban parte de su vida, de esa vida que yo sé que es muy dura y que el solo recuerdo de unos días bajo el sol español, hacían más fácil. Liberado de la presión, se relajó y sonriendo me dijo:

- Me llamo "Sato", ¿sabe lo que significa en español?

- Sí, azúcar .- contesté.

-Pues si quiere, puede llamarme "Azúcar".

Con esa palabra tan dulce, comenzó una amistad, tan pura, tan sincera, que jamás podré olvidarla. Venía cada sábado a mis clases, con sus nervios, su sudor, por miedo a no tener el nivel para responder a mis preguntas, con su sonrisa que me contaba que aquel momento, aquella hora semanal, era el motor de su vida. Me enseñó todo el Japón que pudo. Todos los días de clase, traía una redacción, para que se la corrigiese y en las que aprovechaba para hablarme de su familia, de su pueblo, de sus viajes, de sus tradiciones. Yo era su profesora y su alumna, y él era mi alumno y mi profesor. Se alegró como si de su nieto se tratara, cuando le dije que esperaba a Yui. Me aconsejaba los mejores alimentos. Cuando veía, en los últimos meses de embarazo, mis ojos rojos, mi cara cansada, los pequeños movimientos que hacía cuando sentía las contracciones, después de siete horas seguidas de clase, salía a comprarme caramelos.
Aquel sábado me asusté. Durante más de un año, mi señor Azúcar, no había faltado a ninguna de mis clases. Daban igual los tifones, los catarros persistentes, el cansancio, siempre estaba allí, y cinco minutos antes. Comencé la clase. Desorientada sin su presencia hasta que apareció, sudando más que nunca, pero sonriente, muy sonriente. Me pidió toda clase de excusas por su tardanza (cinco minutos de nada, que me parecieron una eternidad). Llevaba en las manos una pequeña caja que puso delante de mí, al tiempo que me explicaba que se había levantado a las tres de la madrugada, había cogido varios trenes para llegar a un templo dedicado a los perros (concretamente a las perras), al que iban todas las madres japonesas a pedir por sus hijas embarazadas. A pedir que el parto fuese tan fácil y tan bien, como el de las perras. Abrí la caja, y dentro había una figurita, una perrita blanca con adornos de colores. Me pidió que la cogiese, que la tuviese cerca de mí esos días en que el parto se presagiaba inminente, que me ayudaría y me protegería. Y así fue. Me ayudó y me protegió. Las complicaciones y vicisitudes de un parto sola, en otro país, en Japón, a pesar de su dureza, se me hicieron livianas. Y parí, nunca mejor dicho, como una perra. Como quiso mi señor Azúcar que lo hiciera.
Hoy voy a escribirle. Hace tiempo mucho tiempo que no lo hago. Sé que le haré muy feliz, como él me hizo a mí todos los sábados, a las diez de la mañana, en Tokio.
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...Le acompañaba uno de los tres hermanos de la agencia. Tras la primera inspección ocular se quedaron asombrados y me dijeron que entendían mi desesperación, ya que el apartamento estaba precioso. No podían imaginarse que el sitio que ellos nos habían alquilado pudiese sufrir una transformación semejante (el toque femenino) y que era una pena que fuera invadido por ratones. Nos explicaron que el foco de "infección" era el apartamento del piso de abajo, que estaba muy sucio, que vivían más de los que cabían y que ya les habían llamado la atención. El proceso "barato" sería el siguiente: colocaría trampas todas las semanas en cada apartamento y los jueves pasaría a ver cuántos habían caído. La solución no me hacía mucha gracia pero era lo que había. Y cuál no fue mi sorpresa cuando abre el armario de la habitación y con una sola mano mueve lo que yo creía el techo (un tablón de chapacumen) sólido y rígido con el que me creía a salvo, sube por ahí y vuelve a bajar. Las trampas ya habían sido colocadas pero a mí me seguía preocupando que volviesen a entrar, así que le expliqué lo que había hecho con los periódicos y casi se le escapa la risa (era un profesional y no debía reírse, sobre todo en Japón). Me explicó que a los ratones les encanta el papel, así que se lo debían estar pasando pipa, come que te come, abriéndose camino de nuevo. Empezó a quitarlos todos - arduo trabajo porque yo había sido muy meticulosa- y a sustituirlos por unas redecillas metálicas. En medio del proceso nos sorprendió sacando de un hueco...¡un cuchillo gigante! Estaba encantado. Nos explicó que posiblemente había vivido un "yakuza"* en ese apartamento, y que utilizaba esos huecos para guardar sus armas. ¡Qué guay! Por un momento me olvidé de mis molestos vecinos peludos y sólo pensé en yakuzas, geishas, "Sol Naciente" con Sean Connery, dedos meñiques cortados, cuerpos tatuados...Y durante todo el día estuve imaginando historias de amor, tatuajes y asesinatos. Pero la noche me devolvió a la realidad. Me despertó un ruido que provenía del techo, primero carreras y después golpes secos: había caído uno. Y dos, tres y varios en días sucesivos. Yo ya esperaba los jueves con la ilusión de ver a mi "fumigador favorito" informándome puntualmente de las bajas acaecidas. Finalmente dejó de venir. Las carreras seguían. Y llegó mi madre. La primera noche, cuando la casa comenzó a sufrir fuertes sacudidas, se despertó sobresaltada. Le dije que siguiera durmiendo, que no pasaba nada, que sólo era un terremoto; me miró con ojos que delataban seguir en el mundo de los sueños, soñando con terremotos. La noche siguiente volvió a sobresaltarse. Esta vez por unas carreras en el "tejado": tranquila mami, son sólo gatos...

Notas:
* Yakuza: miembro de la mafia japonesa

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Adquisición de la condición de funcionario de carrera
Para la adquisición de la condición de funcionario de carrera, se requiere tal y como lo expresa el Art. 62 ,Real Decreto Legislativo 5/2015, de 30 de octubre el cumplimiento, de forma sucesiva, de los siguientes requisitos:
• Superación del proceso selectivo.
• Nombramiento por el órgano o autoridad competente, que será publicado en el Diario Oficial correspondiente.
• Acto de acatamiento de la Constitución y, en su caso, del Estatuto de Autonomía correspondiente y del resto del Ordenamiento Jurídico.
• Toma de posesión dentro del plazo que se establezca.

Leía en un periódico la opinión de uno de los opositores que no había superado la primera prueba: "Aunque seamos tan tontos para no superar la prueba, estamos sobradamente preparados para continuar enseñando durante años como interinos".
Se critica un sistema y se le califica de "perverso" cuando es ese mismo sistema el que les ha dado la posibilidad de trabajar, efectivamente, como interinos, durante años.
El primer criterio a tener en cuenta para seleccionar a un docente debería ser la excelencia en su materia además de capacidad y talento para ocupar una plaza (de por vida) en el ejercicio de algo tan complejo como es el de educar a futuros ciudadanos. Y todo lo que ello implica.
La mayoría de los que levantan la voz contra "los resultados" de este proceso selectivo, son profesores que llevan años como interinos (a los que respeto en su labor) y que, en el caso de haber superado la prueba, adelantarían en listas a otros opositores que con mejor calificación, no cuentan con los puntos que se les otorga por esos años de interinidad en la enseñanza pública o concertada (la privada no cuenta igual). Se otorgan esos puntos por una veteranía, repito, en la pública, descalificando claramente la enseñanza privada, suponiendo una excelencia en la experiencia que nadie ha evaluado.
Se habla de temarios desfasados. Se habla, descalificando a los que han pasado esa primera prueba, de simple capacidad memorística que no prueba que estés capacitado para la enseñanza.
Por lo pronto, para mí sí prueba que te has preparado para conseguir superar un proceso selectivo como requisito indispensable para el acceso a la función pública. Que poco tiene que ver con una buena memoria, resolver un caso práctico en inglés y explicar, también en inglés, el estilo indirecto.
Y sí, creo también que el sistema debe mejorar, pero que estoy segura de que si de verdad se implementara un sistema riguroso de conocimientos y docencia, no el entrar en listas y ocupar una plaza de interino con solo haberte presentado a un examen y sacar un cero, muchos de los que hoy están poniendo el grito en el cielo, se quedarían en el más clamoroso de los silencios.

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...Y seguí durmiendo. Es increíble cómo nos adaptamos a situaciones que nos parecían impensables unos días, unas horas antes. Eso sí, encendí la tele bajito, pensando, no sé por qué, que eso la disuadiría de querer volver esa noche. Y comenzó la batalla. Lo primero que se me ocurrió fue taponar toda esa cenefa de madera que rodeaba la habitación. Se supone que era hueca para que la casa "respirase" pero, llegados a ese punto, me daba igual que la casa se "asfixiase". Comencé a recopilar todos los periódicos que caían en mis manos. Los arrugaba y los encajaba a presión en el hueco entre la pared y la madera. Iba avanzando centímetro a centímetro cada día. Por las noches los oía corretear por el falso techo y de día por el interior de las paredes. Yo seguía con mis rituales: colocar el futón y los folios alrededor, las trampas de casitas con pegamento, el spray, el ultrasonido...pero ellos también. Empezaron a levantarse como un reloj. A las cinco y media de la mañana me despertaban todos los días royendo la pared desde dentro, justo encima de mi cabeza. Yo golpeaba la pared suplicándoles que se callasen, pero ni caso. Mis estrategias no daban resultado así que, de la resignación y la valentía, pasé a la desesperación y al llanto. Yo ya estaba embarazada y comencé a imaginarme la cuna de mi bebé recién nacido rodeada de ratoncitos que se comían sus deditos, su nariz...¡Qué pesadillas! Historias escuchadas en la infancia sobre el olor a leche de los recién nacidos y las ratas...Y así esperaba a Jin todos los días. Según entraba por la puerta después de un arduo día de trabajo y noches sin dormir en medio de una entrega, me encontraba a mí...bueno, a mí o a una especie de posesa: ¡tienes que hacer algo! ¡tienes que ir a hablar con la agencia inmobiliaria! ¡tienes que decirles que han de fumigar! tienes que decirles...! ¡tienes que hacer...! ¡no puedo más! ¡me voy a volver loca! buuuuaaaaaaa, buaaaaaa... Y así todos los días que venía a casa. Él iba a la agencia, como el buen japonés en el que se convertía allí, pidiendo con la máxima educación, rayando en la sumisión, una solución. Y siempre la misma respuesta: "Señor Taira, su casa es muy barata (80.000 pesetas al mes por 15 metros cuadradros), para fumigar hay que hacerlo en los cuatro apartamentos, y al dueño no le compensa". Y así, día tras día, se lo quitaban de encima. Pero él, a quien no se quitaba de encima, era a Guadalupe. Y tras varias noches sin dormir por su trabajo, con un estrés del carajo, desesperado por mis reclamaciones, volvió a la agencia. Se sentó delante de ellos (eran tres hermanos), les miró y comenzó a llorar. Casi se mueren. Para un japonés enfrentarse al llanto de un hombre y encima uno tan grande (físicamente) como él, les dejaba totalmente descolocados. Él en realidad lloraba por el agotamiento físico y mental por la entrega de su tesis, de varios proyectos, por las noches sin dormir...pero ellos sólo pensaban en los ratones como causa de su llanto. A la mañana siguiente el fumigador (en su versión barata, la cara supondría llevarnos a todos a un hotel durante una semana), se presentó en casa...
Continuará....

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