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Y ese fue el escogido. Fuimos a verlo de día, de noche y al atardecer, como si los posibles cambios de luz fueran a hacernos cambiar de idea...¡si ni siquiera la falta de ascensor me iba a disuadir de estar viviendo allí unos días después!
Y llegó el día de la mudanza. La noche antes fuimos a cenar a nuestro restaurante favorito, el del "cocinero sin nombre", para despedirnos.
Casi me muero. Y eso que yo no tuve que cargar cajas y subirlas por aquellas escaleras. A mí me tocó hacer la limpieza final del apartamento para entregarlo a la agencia y que nos devolviesen la fianza. Estaba embarazada de ocho meses y medio y me pasé. Entre el fuerte olor de los productos de limpieza, la aspiradora mini que tenía y que debía pasarla de rodillas, los cristales que dejé relucientes, etc...me bajó la tensión y tuve algunas pérdidas, pequeñas, pero que me asustaron muchísimo. Y esa tarde tenía que trabajar. No pude ir. Aproveché para despedirme de "Roland", la academia de idiomas en la que trabajaba, y empezar a cuidarme para la llegada de Yui, a la que solo le faltaban ocho días para llegar.
Y pasamos la primera noche en nuestro nuevo apartamento. Como ya dije en la entrada anterior, la fachada del edificio estaba siendo remozada. Y nosotros no teníamos cortinas...así que aquella mañana, cuando abrí los ojos somnolienta, cuál no fue mi sorpresa cuando me vi rodeada de obreros...
Continuará...
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Llegó el momento de cambiar de hogar. Las carreras se seguían sucediendo en el falso techo y la llegada de Yui era inminente. Así qué comenzó la ardua tarea de buscar nueva casa. Cada vez que pasaba por la agencia me paraba en el escaparate. Estudiaba meticulosamente cada uno de los planos que exhibían. Me había hecho una experta en descifrar los símbolos: 1LDK, osiire, yokushitsu... Y los precios. Ya había controlado uno que tenía dos habitaciones y no era demasiado caro, aunque se me caía la baba viendo aquellos que pertenecían a edificaciones nuevas: lo malo es que lo único que nos podíamos permitir sería una habitación y diminuta, pero yo estaba dispuesta a sacrificar espacio(más todavía)a cambio de un baño en condiciones, un "Ofuro" nuevito en el que poder meterme dentro con ese agua ardiendo y llena de sales japonesas que eran una maravilla. Qué duro fue encontrar un nuevo apartamento. Quizá si hubiésemos tenido un presupuesto más amplio, bastante más amplio, no hubiésemos tenido tanto problema, pero al tener que limitarnos a un determinado tipo de apartamento, la cosa se ponía difícil, y no por el dinero, sino porque éramos extranjeros. Creo que esa fue la primera vez que me sentí realmente mal al vivir allí. Decidíamos visitar un apartamento, la agencia concertaba la cita, llegábamos acompañados por uno de los hermanos de la agencia, tocábamos el timbre, veíamos una cortina que se movía sutilmente, volvía a tocar el timbre, se empezaba a poner nervioso, nos miraba, le mirábamos al principio sonrientes, luego más serios, luego tristes, para finalmente darnos la vuelta y volver caminando a casa preguntándonos por qué no habían abierto. Eso la primera vez. Las siguientes ya estábamos preparados, sobre todo porque ya no nos hacían pasar el mal trago de tener que ir hasta allí y que no nos abriesen: la agencia ya explicaba de antemano que éramos extranjeros para saber si seríamos recibidos o no. En algún caso no pudieron concertar la cita y en algún otro sí. Creo que fuimos a visitar tres más. Recuerdo uno cerca de las vías del tren que tenía posibilidades. Hubiese sido divertido porque tenía un pequeño balcón que yo ya imaginaba lleno de plantas. Pero la cercanía del tren y el restaurante coreano que había en la planta inferior nos echaron para atrás. Aunque me encanta la comida coreana no hubiese sido buena idea estar oliendo todas las noches los efluvios que sin lugar a dudas nos iban a invadir. Otra de las visitas fue a un edificio nuevo. Ese es el que yo quería. ¡Menudo Ofuro! ¡Aire acondicionado! ¡Mini cocina! ...pero muy pequeño, demasiado. Me fui de allí con mucha pena. Y llegamos al siguiente. Era el único que tenía dos habitaciones y que no por ello tenía un precio desorbitado. Algo más caro, sí, pero asequible. ¿Cuál era la pega? Otra vez muy antiguo. Pero a diferencia del anterior, que era de madera, este era de " concrito" (hormigón). El baño seguía siendo de estilo oriental, una habitación era de tatami y otra de suelo cubierto de una "pegatina" que imitaba al parqué. La cocina se encontraba entre las dos habitaciones, pero voy a añadir fotos ( mejor una imagen que mil palabras, por lo menos en este caso). Precio: 99.000 yenes al mes + un mes para el dueño de la casa + un mes para el dueño del suelo + un mes para la agencia. Y lo mejor de todo: al dueño no le importaba de qué nacionalidad éramos con tal de que pagásemos puntualmente. ¡Ah! Se me olvidaba, estaban pintando la fachada, lo que lo hacía más bonito.
Continuará... Y prometo no tardar...

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Cuando caminaba por las calles de Tokio hacia mi lugar de trabajo, casi todos los días me encontraba con situaciones que llamaban mi atención: desde el monje solitario apostado en una esquina del metro en su camino de peregrinaje o una pequeña parcela entre edificios que se había acordonado con una cinta de la que colgaban lo que parecían pequeños trozos de papel blanco, con un sacerdote budista, también vestido de blanco, acompañado de tres o cuatro personas más (los dueños de la futura casa que se construiría allí o del local de negocio) celebrabando una ceremonia para traer los buenos augurios al lugar; o un chico que llevaba a su amiga atada a una correa por el cuello, paseando por las calles de Omotesando. Lo cierto es que en Tokio, al igual que en Blaner Runner del ya inminente 2019, puedes encontrar cualquier cosa, incluso alguna forma tokiota de replicantes. También me encontraba muchas veces, locales abiertos a las calles, garajes de casas abiertos y en cuyo interior había una fotografía de alguien en una especie de altar y un ajetreo de ir y venir de personas, vestidas de negro y que celebraban allí la ceremonia del funeral. Allí o en salones de restaurantes o en templos.
Ayer, le invitaron a una extraña ceremonia en Tokio. Una de las productoras del programa de televisión en el que trabajamos, le invitó al funeral de su padre. Rápidamente le dio el pésame y ella contestó: ¡no! ¡si no está muerto! Es que ha decidido celebrar su funeral mientras esté vivo, porque dice que ¿para qué van a celebrar una ceremonia en la que él es el protagonista y no disfrutar de ella? Y la celebró y cantó. Y junto a los sutras que se leen en toda ceremonia budista o sintoísta, alguien tocaba la batería. Y cantó Let it be. Y disfrutó junto a su familia y amigos a los que invitó de verdad. Con los que quería compartir su todavía no realizable partida, pero partida cierta, sin necesidad de hacerlo con esas aves que aparecen solo en entierros y funerales, muchas veces sin haber cruzado más de dos palabras seguidas con el homenajeado o sus familiares. Una fiesta en su honor y en la que ¿por qué no iba a estar?

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Muchas cosas son las que sorprenden al extranjero en Japón. Pero hay que diferenciar bien entre el "extranjero turista" y el "extranjero residente". Con esta diferenciación quiero referirme al distinto modo de "mirar". Sin duda, esto es aplicable no solo a los visitantes de Japón sino que podríamos aplicarlo al extranjero en cualquier país. Pero quizá por la diferencia cultural tan marcada, por la lejanía, o simplemente porque fue mi experiencia personal, esta diferencia cobra para mí especial relevancia en lo que a Japón se refiere. Muchas son las cosas que cambiaron para mí después de aquel primer viaje de vacaciones, a aquél, dos años después, en el que llegué con mi maleta para quedarme. Mientras escribo intento recordar qué fue lo primero que sentí aquellos días y son muchas cosas las que se mezclan pero cierro los ojos y una palabra es la que me sale: ojos. ¿Ojos?, sí, miradas. Ciudad frenética, agotadora, luces de neón y ojos, muchos ojos que cruzan miradas, la mayoría "ojos rasgados" y de vez en cuando, muy de vez en cuando un "ojos redondos" y entonces esa mirada se convierte en comunicación telepática. Un sinfín de preguntas se intercambian en esa mirada fugaz: ¿qué haces aquí? ¿Estudias o trabajas? ¿De vacaciones, de negocios, o....realmente vives aquí?... Y es así como mi "mirada" que había ido cambiando con el paso de los meses, de los años, a medida que Tokio me iba mostrando sus secretos, se encuentra un día con una realidad que la primera vez se había mostrado fugaz, pero que ahora ya formaba parte de aquel entramado de metros, rascacielos, laberintos, ciudades subterráneas, parques, cartones, plásticos azules...homeless*.

Recién llegado.

7:30 am. Otra mirada, pero esta vez es una mirada distinta. Es la mirada del que decide abandonarlo todo, del que una mañana se levanta como todos los días, un salaryman* que se mira al espejo mientras se hace el nudo de la corbata, no necesitaría mirarse, pero lo hace, no lo puede evitar. Es otra parte más de su rutina diaria. Ya le han preparado el desayuno que él despacha en un silencio solo roto por los sorbos sonoros a la sopa de miso, el repiqueteo de los palillos en el cuenco de arroz y el canto de los semi, insectos parecidos a las mariposas cuya vida transcurre bajo tierra y solo salen al exterior una vez en su corta vida, apenas un año, para cantar al mundo su existencia durante el caluroso mes de agosto y morir poco después. Él piensa en ellos. Él también es un semi. Él también ha vivido en la oscuridad, en la sombra de una sociedad que le puso un nombre, kaishain* y le otorgó un papel y unas normas inquebrantables: trabaja-produce; canta-muere.
Como tantos otros días sale de casa. Esta vez no se le oye el tradicional ittekimasu* (literalmente "voy y vuelvo") acostumbrado. Varios hombres se encuentran acomodados bajo un puente que les sirve de techo. La mayoría acostados sobre trozos de cartón, y entre ellos, con su traje todavía impoluto, se encuentra el "recién llegado". Conserva su corbata y su maletín. Su espalda todavía está erguida. Solo su mirada comienza a parecerse a la de ellos. Como el semi, ha decidido cantar pero su canto no es el sonido acompasado del verano japonés. El suyo es más profundo y no perceptible a través de los sentidos. Su canto penetra en el alma. Es el canto del silencio.


NOTAS//
Homeless: como se denomina en Japón a las personas sin hogar. Viven en las calles protegidos por cartones o en verdaderos asentamientos en parques dónde crean pequeñas ciudades de color azul (utilizan plásticos azules). No piden. Salen adelante con pequeños trabajos, reciclando latas, reparando bicicletas, etc... Algunos llegan a esta situación porque han cometido un error, generalmente profesional y por "honor", deciden no volver.

Salaryman: término muy utilizado en Japón para denominar a los miles de japoneses que trabajan en una empresa, generalmente en oficinas, siempre con traje de chaqueta. (Literalmente: hombres que reciben un salario)

Kaishain: persona que trabaja en una empresa. Un kaishain es casi un funcionario. Si haces las cosas bien, puedes trabajar toda la vida en esa empresa con un sistema jerárquico cuasi funcionarial pero en el que llegas arriba no tanto por méritos como por edad.

Ittekimasu: en Japón cuando sales de casa siempre dices "voy y vuelvo".

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Nunca me había pasado. Llevo casi diez años con el mismo móvil. No sé exactamente cuántos con whatsapp, algo menos, supongo.
Y hoy, por primera vez, he sentido algo. Algo por whatsapp. Mi viejo móvil ha dicho que ya no puede más y aunque sigue funcionando a duras penas y menos mal, porque el modelo que quiero está agotado, tengo que cambiarlo y con ese inminente cambio llegó el temor a perderlo todo. "Perderlo todo" como si me estuviera jugando mi futuro, mi vida, un trabajo, una seguridad...Pasé parte del día averiguando los pasos a seguir para no "perderlo todo". Para guardar notas, agenda, aplicaciones varias pero, sobre todo, guardar whatsapp. Claro que no me importaba todo, pero sí algunos `chats´ que para mí eran valiosos. Que contenían imágenes que no quería perder, conversaciones que ya formaban parte de mi vida. Comienzos y también finales. Alegrías y también tristezas. Risas y enfados. Chats de grupo y también chats individuales que aunque eran de una sola persona, parecía que también fueran de grupo, porque esas personas no parecían las mismas que hace dos años, ni que hace tres.
Y no era fácil guardar whatsapp. Para todo había limitaciones. Que si Google drive, que si iCloud, que si copia a correo. Casi todo se reducía a un problema de capacidad. A una cuestión de memoria. Empecé a borrar los que eran prescindibles. Y los que lo eran menos, empecé a reducirlos. Tantas y tantas historias. Tantas y tantas imágenes compartidas. Vividas. El valor de lo escrito. Y aunque todo era importante para mí, mientras revisaba para ir eliminando, volvía a otros momentos que por ya no existir, solo me producían melancolía. La tarea se estaba convirtiendo en titánica y, además, dolía. Y entonces fui consciente de que, en realidad, no volvía nunca atrás a leerlos. Solo, alguna vez, a una frase precisa, a una imagen que me reconfortaba. Y le di al botón. Vaciar chat. Mis whatsapp se han quedado en blanco y es verdad que ese silencio duele un poco, como si partes de mi vida se hubiesen vaciado. Algunas de forma verdaderamente liberadora. Otras, no tanto.
Y me di cuenta de que no había tal cuestión de memoria. Que lo verdaderamente importante estaba, precisamente, en mi memoria y esta está llena de nubes, de nubes sin `i´ delante, pero con un número de gigas inagotable.

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Desde que mi hija tuvo uso de razón y con cada simple ejercicio que hacía de matemáticas, siempre le decía lo mismo: ¡eres un genio! ¡Un genio de las matemáticas! Y se lo creyó. Nunca les ha tenido miedo y yo se lo sigo diciendo, de vez en cuando, para que nunca lo olvide.
Yo siempre les tuve miedo. Con solo ver un número ya me echaba a temblar. Y suspendía. Literatura, historia, arte, filosofía, me encantaban, pero las matemáticas no. Y no porque fuese una persona de letras. No. Era porque me daban miedo. Ese miedo que paraliza y que en cualquier situación hace que nuestro cerebro se bloquee. Hasta que llegó él. Aitor. Era 3º de BUP. Había cambiado de instituto y llegaba con mucha ilusión. Me había librado de "La Blanco" una profesora a la que nunca se le debió permitir serlo. No sé cómo me llegó la historia de Aitor, bueno, supongo que me lo contaría algún compañero. Aitor donaba todo su sueldo a una congregación religiosa para ayudar a los más necesitados. Se quedaba con lo justo para vivir y creo que le proporcionaban alojamiento. Recuerdo cómo me impactó. Pero mi miedo a las matemáticas continuaba, a pesar de lo admirable que me pudiera parecer mi nuevo profesor.
Llegaba a la clase, serio pero amable, y explicaba. Eran límites y derivadas. El día que iba a entregar los resultados del primer examen, empezó diciendo: "quiero felicitar a uno de ustedes que ha hecho un examen impecable. Ha resuelto los veinte ejercicios correctamente y no solo eso, lo ha hecho con una limpieza impoluta." Miré alrededor intentando imaginar cuál de mis compañeros era ese prodigio de las matemáticas. Y Aitor, con el examen en las manos, dijo: Guadalupe Martín Santana. Mientras lo recuerdo, mi corazón vuelve a latir con la misma fuerza que lo hizo en aquel instante. Me levanté temblando a coger mi examen en el que, en la esquina superior derecha, brillaba en letras rojas el sobresaliente más bonito que había visto nunca.
Sobresaliente en la primera evaluación. Y en la segunda, tercera y cuarta. Y llegó la quinta. Hipotenusas, distancia a un punto, hipérboles. Y volvió el miedo. Y saqué un cinco en el examen. Y Aitor, con el examen en la mano, dijo: Guadalupe, tienes que ir al examen final de recuperación. ¿Por qué si he aprobado? Porque para no tener que ir a septiembre con todo, tienes que sacar como mínimo un notable.
Recuerdo a mis compañeros indignados defendiéndome. Pero no sirvió de nada. Aitor no pensaba transigir. No importaba que la media de cuatro sobresalientes y un suficiente, diese sobresaliente. Estaba enfadado conmigo. Enfadado por mi cobardía. Por haberme creído que no podía con las hipotenusas. Me dijo que estaba seguro de que podía sacar un sobresaliente. Me dijo que cogiera la libreta y que hiciera todos los problemas. Que pensase. Que cogiera un lápiz y una goma.
Y lo hice. Y saqué sobresaliente. Y nunca más le tuve miedo a las matemáticas. Ni a las matemáticas, ni a nada, ni a nadie.
Gracias Aitor, profesor de matemáticas en el Seminario de Nuestra Señora de la Asunción de Oviedo.

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Desde que aparecieron en La Odisea de Homero, las sirenas han poblado los sueños de muchos pescadores y no pescadores y también los sueños de muchas niñas, y no tan niñas, que desearían ser una de ellas. Pero las sirenas, a veces (no quiero decir "siempre") no son esas hermosas criaturas de pelo rojizo y cola de pez. Según los griegos, eran seres con cuerpo de ave y rostro de mujer que perdieron sus plumas por retar a las musas con su canto. Peces o aves, dicen que desaparecieron cuando Ulises se resistió al efecto de su canto y cayeron al mar convirtiéndose en piedra excepto una, Partépone, que logró llegar a la orilla, al lugar en el que se asentaría posteriormente la ciudad de Nápoles.
Pero existen otras sirenas que con apariencia humana descienden desde hace más de dos mil años a las profundidades marinas en busca de perlas. Estas sirenas viven en Japón y se llaman Amas. Y como las sirenas, se enfrentan a las frías aguas solo con su cuerpo. Lo único que las diferencia es que, así como las sirenas guardan siempre el calor en su piel, las amas regresan a sus hogares con el frío dentro de los huesos y solo logran calentarlos junto al fuego.
Decía al principio que desde Homero soñamos con sirenas, pero las sirenas también sueñan.
Imagen: El sueño de la mujer del pescador, Katsushika Hokusai
El sueño de la mujer del pescador

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Voy a empezar diciendo que yo fui una de esas voces que se alzó, en la privacidad de mi hogar, contra la inclusión de los esports como deporte y, más allá, de los esports como actividad en los colegios de Canarias. Y lo hice como creo que lo han hecho la mayoría: desde el desconocimiento absoluto y desde ese afán innato de la naturaleza humana de ir en contra de lo que sea y porque sí. Y me dejé llevar por aquello que tanto critico "la voz de la masa".
En aquel momento iba a unirme a las voces críticas aprovechando mi huequito en las redes. Y menos mal que no lo hice. Y lo digo, porque es que ni siquiera sabía lo que eran los esports. Sé que hubiese frenado desde el mismo momento en que me hubiese puesto a documentarme, cosa que siempre hago cuando quiero escribir de algo que genera cierta polémica, y me hubiese dado cuenta de mi desconocimiento absoluto; pero sigo diciendo que mi reacción inicial fue la de la mayoría: gritar y gritar bien alto "no". La mayoría siguió y sigue gritando, yo, decidí conocer antes de opinar.
El primer paso que deberíamos dar todos es saber qué se considera "deporte". Aquí me encuentro con lo mismo que me pasó cuando vivía en Tokio y decidí dedicarme profesionalmente a la enseñanza de mi lengua materna, el español: ¡Qué fácil! ¿Fácil? Este ha sido uno de los trabajos más difíciles de mi vida y sigue siéndolo. Cuando los japoneses me preguntaban ¿y por qué? "Porque sí" pensaba en contestarles con cierta altanería. Pero no, no siempre vale un porque sí. Y aquí ocurre lo mismo. Si nos preguntan qué es deporte, todos seguro que creemos saber cómo responder de inmediato. Pero no, no lo sabemos. La mayoría. Sabemos que "correr" es deporte; nadar, es deporte; jugar al fútbol, es deporte. Pero si nos preguntan a bocajarro: ¿el ajedrez es deporte? Seguro que lo pensaríamos unos segundos más de la cuenta antes de responder.
La Carta Europea del Deporte de 1992, lo entiende como "todo tipo de actividades físicas que, mediante una participación, organizada o de otro tipo, tengan por finalidad la expresión o la mejora de la condición física y psíquica, el desarrollo de las relaciones sociales o el logro de resultados en competiciones de todos los niveles".

Otros teóricos del deporte, como Tiedemann, consideran el deporte como "un campo cultural de actividad donde las personas se relacionan y buscan mejorar sus habilidades, realizando una competición en áreas determinadas bajo unas normas y reglas establecidas." Esta definición, sin duda, deja abierta la entrada a los esports. Destaco aquí el concepto "campo cultural", porque sin duda estamos ante un campo cultural nuevo y negarse a ello solo hablaría de nuestra incapacidad para evolucionar.
Al igual que en las Olimpiadas de la antigüedad, en los Juegos Olímpicos actuales podemos reconocer competiciones internacionales de élite, miles de espectadores, años de entrenamiento de los deportistas y vencedores cubiertos de gloria. Pero la sociedad varía y con ella los deportes que se practican. Los griegos no jugaban al ajedrez al igual que los olímpicos modernos no sacrifican 100 bueyes, ni se azota a los atletas tramposos, ni compiten en una carrera con una armadura completa.
¿No son deporte porque no exigen ejercicio físico? El ajedrez ¿no exige una importante preparación física? Porque, puestos a comparar, las similitudes con el ajedrez, considerado deporte olímpico, para mí son enormes y estos atletas, los ajedrecistas, tienen preparadores físicos e incluso se internan en centros de alto rendimiento para poder superar jornadas maratonianas en las competiciones. Un jugador de esports, ha de tener además de buenos reflejos, destreza, alto nivel de concentración, capacidad de ejercerla bajo presión y capacidad de trabajo en equipo, una importante preparación física, sin la cual le sería imposible no desfallecer en competiciones de horas de duración. Y los demás requisitos, carácter competitivo, lucha o combate en busca de la victoria sobre sus contrincantes, reglamentación, terreno de juego, equipamiento, arbitraje...También se les exige en España, para ser declarados deporte, cierta similitud con un deporte ya reconocido y, como decía antes, esta es clara con el ajedrez: juego de estrategia que supone una actividad reflexiva, reflejos y juegos de manos y, no nos olvidemos de la finalidad: ganar una batalla y derrotar al enemigo.
Y no. Ya no grito. Y como soy una persona adulta y hasta cierto punto preparada, pero sobre todo independiente, tampoco voy a dejarme llevar por consideraciones que entran ya en guerras y juegos políticos que no me interesan ni competen. Y apartándome de todo eso, alabo la iniciativa del Gobierno Canario que, guste o no, nos está hablando de una realidad presente en todos los hogares. Los deportes electrónicos forman parte del día a día de millones de niños y adolescentes y son merecedores de análisis sociológicos, económicos y deportivos que, sin iniciativas como esta, no tendrían.
Y al terminar este artículo no sé por qué he pensado en Platón y en su alegoría de la caverna...

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Nunca olvidaré las palabras que escuché una vez en la radio del coche. Además, recuerdo incluso el tramo de carretera por el que circulaba. Hablaba Saramago. No recuerdo la pregunta del periodista pero sí la respuesta que él dio. Hablaba de su infancia en la pobreza. Sus padres eran campesinos y no tenían muchas cosas para darle. De comer y a veces difícilmente. Pero sí. Sí hubo una cosa que le dieron y que valoraba en toda su valía: educación. La buena educación. Decía que lo valoraba como el mayor de sus tesoros. El tesoro que le dejaron sus padres. Que ni el dinero, ni el poder, ni la fama, abrirán nunca tantas puertas como las que abre la buena educación.
Entendemos por buena educación el actuar de forma correcta en situaciones básicas como un "gracias", "buenos días" "buenas noches", etc. Pero la buena educación para mí es mucho más que eso. Como también lo era para Saramago. Como también lo era para sus padres. Como también lo era para mis abuelos. Como también lo es para mis padres.
La buena educación es tener clase. La clase que no da un colegio elitista o el éxito alcanzado en la vida. Dicen que con la clase se nace y es muy posible, pero no es solo una marca de nacimiento. Que el cómo sonríes, la limpieza de la mirada, el guardar silencio, el cómo sentarse, el simple caminar o, tan solo, el darte la mano cuando la necesitas, eso, define tu clase.
La clase, como la buena educación, es mucho más. No hay clase, ni buena educación, si no hay calidad humana.
Como decía Saramago y como me recordaba mi madre que nos decía siempre mi abuela: lo más importante niñas, es la educación. Con ella abrirán todas las puertas.

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Hace unos años hice un viaje con Yoko Araki, Willy y Sakura a Perú. Yoko era mi jefa en Japón, la productora de los programas de español de la televisión en los que trabajaba. Sigue siendo mi jefa pero más que eso, es mi amiga, o mi madre japonesa como le gusta llamarse. Willy, su marido, organizó el viaje y unió a ese grupo de japoneses y españoles que durante tres semanas viajaron por Perú. Yoko, conocedora de todas las historias que le había contado de mis viajes, me llamaba desde Japón (yo ya vivía en Canarias) preocupada : "Guada, me da un poco de miedo viajar contigo" "¿por qué Yoko????" "Porque me gusta viajar tranquila, no quiero que me pase nada y como a ti te pasan siempre tantas cosas..."
Hacía años que no nos veíamos y aunque cansados de su viaje tan largo desde Japón a Perú fue a esperarnos al aeropuerto. Nosotros llegamos, pero no nuestras maletas. Yoko, cuando salimos sin las maletas, pensaba que yo estaba de broma. Cuando se dio cuenta de que era verdad, abrió mucho sus ojos rasgados y dijo: Guada...onegaishimas...(algo así como: por favor ...no empieces...). Y pasaron, bueno, me pasaron un montón de cosas más "que a nadie le pasaban". Pero eso, lo contaré en otra historia, como las que me pasaron en el viaje a Grecia, en el viaje a Myanmar, el huracán en Santo Domingo...
Y terminaba mi viaje a Florencia. Escribía hace unos días que una de las cosas que más me gustan del mundo, era ver una tormenta desde una habitación con jardín. Me encanta. Me encantan las tormentas. Los rayos y los truenos. La lluvia torrencial. Y así fue la última tarde en Florencia. El señor de un estanco en el que Yui hacia comprado su muñequita con el nombre de Florencia bordado para su colección de peluches con nombres de ciudades nos dijo sonriente : "ora pro nobis, va a llover" "¿mucho?" "Sí, mucho, mucho..."
El cielo estaba precioso, con ese color previo a las tormentas de verano. Y yo, como siempre, ¡qué guay! ¡Me encanta! ¡Vamos al Puente Vecchio! Y fuimos. Las primeras gotas empezaron a caer y enseguida le siguieron las siguientes. ¡Los siguientes cubos de agua! Porque eran como cubos. Nos protegimos justo debajo del arco del puente junto a cientos de turistas y fue divertidísimo porque en un momento, la lluvia torrencial cambió de dirección y entró por nuestra espalda empapándonos a todos. Los gritos de sorpresa fueron acompañados de un movimiento en masa hacia el otro arco, cuando la lluvia cambió de nuevo de dirección empapándonos a todos, esta vez, de frente. Y así, durante unos minutos, parecíamos una ola de turistas hacia adelante, hacia atrás, hacia adelante...Y echamos todos a correr hacia los soportales de las joyerías que jalonan el puente. Vimos las carreras, los llantos de los niños asustados ante el terrible sonido de los truenos y los rayos que caían justo encima de nosotros. Las piedras de granizo. Y el puente...tan bonito. Entre charcos, risas y alegría pluvial, llegamos al restaurante en el que íbamos a cenar, empapados. Panzanella, bisteca florentina y cantuccini. Nos despedimos y prometimos volver. Las calles estaban mojadas. Los charcos alrededor del Duomo, recogían su reflejo. El olor, la luz mortecina, el frescor de la lluvia después de tantos días de calor. Las plazas desiertas. Última noche en la bella Firenze...
Tenía los pies fríos dentro de unas sandalias que habían recogido buena parte del agua caída sobre el puente más bonito del mundo. Y empecé a caminar rápido hacia el apartamento con el deseo de meter los pies en agua caliente, terminar de hacer las maletas y dormir hasta las seis de la mañana, hora del fin de nuestro viaje.
¿Cómo estaría el que había sido mi pequeño jardín florentino?
Abrí la puerta del portal. La segunda puerta que daba acceso al apartamento. "Cuidado, que hay aquí un poco de agua". Abrí la puerta del apartamento. "Cuidado que aquí hay otro poquito de agua" "cuidado que...aquí hay más agua..." "Cuidado que ..." "Nooooo...no me lo puedo creer ..."
El apartamento estaba completamente inundado. Cuatro centímetros de agua. Las maletas, todas en el suelo y ya con la ropa...inundadas; Yui, llorando, sujetando la bolsa de papel que contenía sus pequeñas compras: un puzzle de Florencia, una agenda para el nuevo curso y un mapa mundial en el que iría marcando los países visitados...todo destrozado. Zapatos, flotando, destrozados.
Mi preciosa Yui, tras el impacto inicial, se secó las lágrimas cogió bolsas de plástico y dijo: vamos mami, ve doblando toda mi ropa mojada (su maleta era de tela) y vamos a ir metiéndola aquí...
Y mientras arrastrábamos las maletas, las bolsas, y nuestros pies fríos por las calles desiertas de una media noche en Florencia en busca de otro apartamento para dormir unas horas y poder recomponer un equipaje que pesaba con el agua , 30 kilos más, Yui se daba la vuelta y me decía sonriente: ¡vamos mami! ! ¡Me encanta viajar contigo! ¡Es muy divertido!
- ¿Qué tal tus vacaciones en Florencia?
- Preciosas.
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