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Cuando te alejas, cuando pones distancia entre tú y los lugares que habitas, solo te llevas los afectos. Por eso es conveniente viajar mucho, y si no se puede viajar, cerrar los ojos de vez en cuando para pensar que estamos lejos. La claridad paradójica de la distancia, en el tiempo y en el espacio, ayuda a ver todo un poco más claro, lejos de esas aguas turbulentas sobre las que cruzan puentes que nunca vemos si no logramos alejarnos de nuestros prejuicios y de nuestros propios presentimientos.
Uno viaja a cada instante porque cada momento es inevitablemente pasajero, y si pretendemos quedarnos quietos para detener el mundo lo más probable es que nos termine arrastrando alguno de esos vientos inesperados que nos cambian de arriba abajo todos los argumentos. No mienten los que dicen que todos los males los cura el tiempo: si no los cura, al menos los atempera y hace que las penas pesen un poco menos y que las alegrías no nos terminen convirtiendo en grotescos muñecos de feria. La suma de años es un éxito que cada cual celebra a su manera. Si no hubiéramos llegado hasta aquí no habríamos reconocido a tanta gente que nos llevaremos para siempre en el recuerdo, siempre y cuando queden recuerdos cuando atravesemos dimensiones o cuando naveguemos esas lagunas estigias que se acaben confundiendo con nuestros propios sueños. La vida es un viaje. Y si no entendemos ese principio irrefutable, todo lo que hagamos no tendrá sentido alguno cuando miremos hacia atrás y busquemos las luces que fueron alumbrando nuestro camino. Nunca es tarde para empezar de nuevo, sin trascendencias extrañas, sin gorigoris del alma y sin estridencias que acaben confundiendo ese tránsito tan sencillo y tan parecido a cualquier árbol que florece y que luego se desnuda en los otoños. A los viejos de antes les sobraba silencio para hacerse sabios mirando hacia unos campos que conocían casi tanto como a su propio cuerpo. Ellos sabían que si no dejamos que el tiempo pase para que nos desvele la resolución de una trama cotidiana, estaremos siempre anticipando finales improbables. Se movían todo el rato aunque uno los viera siempre quietos y medio adormilados sobre cualquier muro centenario que separaba dos fincas de plataneras. Los supersticiosos saben que el mal fario tiene mucho más que ver con nuestras propias actitudes que con cualquier contingencia que acontezca lejos de donde estamos. Todo eso lo intuimos con los viajes que nos permiten ver los bosques que a veces vamos ocultando con la sombra de nuestros propios árboles. Siempre hay un avión, una guagua o un tren que pueden cambiar de arriba abajo todo lo que estamos mirando. Seguimos siendo los mismos, pero variamos nuestros propios decorados y también los estados de ánimo que a veces nos atenazan.

Siempre ha habido turistas. Distintos turistas, de muchas procedencias, de clases sociales diferentes, todos buscando lo que no tienen en su tierra, unos rayos de sol, la playa, un barranco que les haga parecer que están solos en el mundo, gente que camine por las calles sin prisas, comidas que no se parezcan a las suyas, arquitecturas casi coloniales, isleños con rasgos de muchas razas en sus caras y con ojos que llevan la estela de todos los soñadores que también llegaron buscando algo que no encontraban en donde estaban.
Estos días sales a la calle en Las Palmas de Gran Canaria y te encuentras a cientos de cruceristas que llegan cuando amanece y que se marchan cuando cae la noche entre sonidos de bocinas que retumban desde San Cristóbal a La Isleta. Te los encuentras cuando vas camino del trabajo, relajados y sonrientes, como mismo estamos nosotros cuando viajamos para alejarnos de las rutinas diarias. Uno querría pararse a tomar una caña con ellos y a mirar la ciudad con ojos nuevos. Estaría bien disfrazarse de turista algunos días y confundirnos entre esos grupos que van detrás de un guía por las calles de Vegueta. Me gustan sus ojos de asombro y me sosiega su paso lento y su mirada atenta a todo lo que les rodea. Recuerdo cuando pasaban por Guía a principios de los setenta y los saludábamos como si fueran astronautas que acabaran de llegar a la tierra, o cuando aparecían en aquellos jeeps descapotables y medio desvencijados en el Puerto de Las Nieves. Muchos se quedaron para siempre. Devolvieron el coche de alquiler y compraron un apartamento en el que vivir como eternos turistas los avatares del mundo y de los seres que nos movemos en sus adentros. Si no tuviera ataduras y contara con dinero, viviría como un turista asomándome cada mes a una ciudad, a un paisaje o a una playa nueva, aunque quizá el secreto de la felicidad esté en aprender a mirar la playa, la ciudad y el paisaje que nos encontramos a diario con esos mismos ojos con los que miran los cruceristas cuando atisban el horizonte de la isla desde el muelle. Ellos se sientan en las terrazas o escuchan a ese músico que toca el violín en Triana como si la vida fuera un espectáculo diario. En sus países seguro que vivirán con las mismas prisas y con los mismos tedios que casi todos nosotros. Aquí se sienten a salvo. Una isla siempre es un paraíso inventado para quien llega buscando horizontes que se confunden con los sueños. Y también, a veces, para quienes las habitamos y nos damos cuenta de que ese Edén se improvisa entre la utopía y el deseo. Está bien que siempre nos lo recuerden todos esos viajeros que deambulan por nuestras calles con pantalones cortos, con sandalias y con esa sensación de que la vida no es más que un paseo por el que vamos reinventando nuestros propios paisajes cotidianos.


Hay sonrisas que solo se entienden en los horizontes y en las utopías. También hay miradas en las que uno atisba lejanos paraísos. Viajar es vivir otras vidas sin salir de uno mismo, o saliendo de uno mismo sin darnos cuenta de que caminamos por senderos distintos. Un libro también es un viaje hacia la inmensidad de un océano que no termina en ninguna parte. Pero para escribir un libro hay que viajar mucho hacia dentro y hacia fuera de uno mismo. Los albatros trazan argumentos cuando vuelan cientos de kilómetros siguiendo la ruta de sus propios sueños. Lo he aprendido en un libro que acaba de publicar José Luis González-Ruano. Se titula Donde anidan los albatros y estrena la editorial de viajes Azulia. Leyéndolo he comprendido la sonrisa limpia de José Luis y su mirada perdida en horizontes lejanos cuando lo miras sin que él sepa que lo estás mirando.
José Luis nació en el barrio de San Cristóbal, cuando por allí no pasaban autovías. Vivió una infancia aventurera y oceánica que trata de mantener viva recorriendo los mares de medio mundo y aventurando islas que a lo mejor ni siquiera existen. Para él Ulises es un albatros que sigue el dictado del poema de Kavafis. La aventura es siempre el viaje y el regreso, como los albatros que él vio en las costas de Nueva Zelanda, solo es un reencuentro momentáneo para recorrer los horizontes con ojos nuevos. José Luis ha recorrido buena parte del planeta tratando de entenderse en los paisajes, desde las islas Galápagos a las costas de Filipinas, de los Andes hasta las nieves del Ártico, desde el Sáhara hasta las ruinas prehistóricas de la isla de Malta. Y siempre ha entendido el viaje como un libro que nunca acaba. Y cita a Conrad, a Baudelaire o a Stevenson porque sabe que son las imágenes de las palabras y no las de la cámara las que logran eternizar las grandes cordilleras o esos mares cristalinos por los que siguen navegando las ballenas. En su libro viajamos lejos todo el tiempo, y lo hacemos incluso cuando nos habla de lo cercano, como en ese retrato del farero de Alegranza cuando recorre el islote al final de la tarde entendiendo su pequeñez ante la inmensidad de la naturaleza. Pero en José Luis hay, sobre todo, un escritor que sabe mirar todo lo que acontece a su lado, y escribo acontece porque en esa mirada encuentra casi siempre algo grandioso en medio de lo cotidiano, o recorre el camino mirando hacia todos los lados. Los albatros no dejan nunca de volar por donde él pasa, y cuando no están los sueña y los escribe en cualquier página. Decía que Ulises era en su libro ese albatros, pero José Luis también tiene mucho del navegante aqueo y de esas aves que solo saben buscar horizontes lejanos. Lo escribe él mismo en una de sus crónicas: "Viajar hasta olvidar el camino de vuelta". Y da lo mismo el regreso porque el viajero siempre está de paso.

Cuando uno se reencuentra con un cuaderno de notas o con un diario del pasado se da cuenta de que lo que vive y lo que finalmente recuerda no se ajusta casi nunca a lo que creíamos que era importante. Las vivencias inmediatas se borran si no las apuntamos en alguna parte. Tal vez algún día, valiéndonos de unos acordes o de un perfume, logramos retomar algunas de esas escenas cotidianas que suelen habitar en el olvido para siempre. En ese bloc de notas te aparecen nombres olvidados, recuerdos que no creías tan importantes y esas menudencias cotidianas, fruslerías que también entierra el tiempo, que te quitaban el sueño o que te encaramaban cuando formaban parte de tu vida diaria. Sepultamos las desgracias y los sinsabores para seguir sobreviviendo, y nos empeñamos en no querer guardar como se merecen esos pequeños momentos que nos salvan.
Cuando miramos atrás sin el apoyo de esas notas, casi siempre encontramos brumas o argumentos que solo se ajustan a la necesidad de la historia que hemos inventado para hacer más llevadero nuestro presente. No recordamos aquel olor del mar que nos sorprendió una mañana, ni la luz última de un día en una ciudad de paso que anotamos en nuestro cuaderno como anotaban los antiguos capitanes de barco en sus bitácoras, detallando el bullicio de las calles o aquel cielo azul que casi parecía que tocábamos con la punta de los dedos. No es lo trascendental lo que recordamos sino lo que vamos anotando incluso cuando no tenemos papeles a mano. Cuando volvemos a esas notas nos damos cuenta de que los problemas que ahora nos quitan el sueño no son más que historias repetidas en las que solo cambian los personajes y los escenarios. El tiempo que se fue lo recuperamos también con los recuerdos de los viajes. Está el año de Italia, de Nueva York, de Praga o de aquellas charcas en El Hierro que te enseñaron que todo podía comenzar de nuevo después de un baño en el Atlántico. Hoy me he encontrado con uno de esos cuadernos olvidados hace muchos años, tantos años que apenas reconozco los nombres de quienes me acompañaban en aquellos días. Solo permanecen los sueños. Nunca son los mismos pero siempre se parecen, y una y otra vez necesitamos que sean casi inalcanzables para seguir viviendo sin llegar a ninguna meta. Los sueños cumplidos no llevan a ninguna parte, o nos dejan solos en una habitación de hotel preguntándonos si valió la pena renunciar a tanto por nada, porque la vida que realmente anotamos en los cuadernos es aquella que nunca le interesa a nadie, esa luz de la que hablaba hace un momento, la cerveza al mediodía en una terraza de verano, una niña que agarra tu mano para no extraviarse nunca en las calles o en ese destino que algún día le enseñará que lo importante no tenía nada que ver con lo que le estaban contando en todas partes.

Los cruceristas caminan por la ciudad como si aún siguieran navegando. Andan despacio, ladeando sus cuerpos, y miran todo el rato hacia un horizonte imaginario. En medio del trasiego de las calles uno reconoce siempre a los que llevan mucho tiempo embarcados. Ellos creen que caminan y que pisan tierra firme, pero nosotros percibimos claramente la liviandad oceánica de todos sus pasos.

Había vuelto a buscar a Rembrandt y a Vermeer entre las paredes del Rijksmuseum. A la salida comimos en un Sushi Bar que estaba de moda en el barrio de Jordaam. Había fotos de Robben y de Van Persie en los escaparates. La noche se acabó llenando de velas recordando a los muertos en Ucrania. Más allá de los cristales de las casas y de los barcos varados en la ribera del Amstel uno intuía que siempre mienten los que dicen que los tulipanes no huelen a nada. Ayer estaba lloviendo en Amsterdam. El chapoteo del agua en los canales se confunde siempre con los timbres de las bicicletas.

Alquiló una casa emblemática al final de su misma calle. Salió de madrugada de su domicilio y recorrió los veinte metros que le separaban del lugar que había escogido para escapar en vacaciones. Cerró la puerta y no pensaba volver a abrirla hasta que pasaran los quince de días de descanso que había previsto para desconectar de tanto estrés y de todos sus problemas. En el trabajo se inventó un destino lejano para que no lo estuvieran molestando y a su esposa le dijo que necesitaba unos días de reflexión en medio de la naturaleza. Sabía que nadie le acabaría buscando tan cerca. Esa casa solía estar habitada por extranjeros casi todo el año. Abriría las ventanas sin que le vieran y estaría mucho tiempo en la azotea viendo pasar a la gente. La había alquilado por Internet haciéndose pasar por un turista noruego. A los seis días vio salir a su esposa abrazada de un hombre que no conocía. Su hijo pequeño le decía papá a ese hombre que se parecía mucho a él cuando era joven. De repente dejó de tener noción del tiempo y toda su vida se convirtió en un caos de fechas y de domicilios. No se atrevía a salir. Fue alargando las vacaciones durante mucho tiempo; pero ya no le quedaba dinero. Y tampoco sabía adónde ir.

Arrastraba maletas por ciudades extrañas. Nunca se detenía en ninguna parte. Yo lo veía caminar despacio tras las cristaleras de las cafeterías. Íbamos coincidiendo en las mismas calles. Jamás recuerdo ninguno de mis viajes. Pido un café y escribo. A veces en silencio y otras escuchando las voces de los que están a mi lado. No siempre entiendo sus idiomas ni reconozco los paisajes. Cuando llego a los hoteles siempre encuentro colocado todo mi equipaje. Tampoco yo me detengo más de un día en ninguna parte. Solo duermo unas horas y salgo nuevamente a la calle. Esas maletas que él arrastra por todas partes son idénticas a las que me acompañaron en el primer viaje sin rumbo cuando acababa de cumplir treinta y cuatro años. Solo llevaba papeles en blanco y unos cuantos libros de escritores ya olvidados.

Hay lugares a los que llegas y lugares en los que terminas apareciendo. Siempre estás donde debías aunque creas muchas veces que deberías estar en otra parte. Ya estarás dentro de un rato en otra parte, pero eso ahora mismo carece de importancia. El viejo le hablaba con la cadencia y el ritmo pausado de los sabios. Él tenía prisa por marcharse. No sabía a dónde, pero sí sabía que quería irse lejos. El viejo le decía que donde quiera que fuese ya le estarían esperando. No entendía y partió casi sin despedirse. La vio por primera vez en el vagón del metro que le llevaba al aeropuerto. Aún no sabía que iba a estar viviendo muchos años a solo seis paradas de donde se había marchado.

Esperaba la guagua para ir a la playa. Ayer fue domingo. El cielo estaba azul y sabía que la marea estaba vaciando en la playa de Las Canteras. Miraba la silueta trasera del teatro Pérez Galdós o dejaba que los ojos siguieran el horizonte casi libre de vehículos de la Avenida Rafael Cabrera. Vi venir la línea 12; pero se paró justo antes de llegar al semáforo. Miré la pantalla del móvil y contesté un mensaje en lo que llegaba la guagua. Subí sin mirar el número y seguí concentrado en la pantalla del Iphone. Ni siquiera recuerdo qué era lo que estaba contestando. Cuando levanté la mirada me vi delante del Castillo de Mata. Me había equivocado de guagua y había subido a la línea 9. El conductor me dijo que adelantó a la 12 en el último momento y que me podía bajar en la siguiente parada y cambiar a cualquiera de las guaguas que van hacia la playa. Bajé con mi mochila, mis bermudas y mis cholas playeras. Tenía mucho frío y no dejaba de llover. El cielo estaba totalmente gris y no había casi nadie caminando por las calles. Desde niño me ha puesto triste pisar los charcos con los pies desnudos, es como si el cuerpo se volviera otoño de repente cualquier tarde luminosa de verano. Vi alejarse una guagua con el número 9, pero en este caso era roja y tenía dos pisos. Saqué la toalla y me la puse por encima mientras caminaba en medio de la hierba. Conocía Hyde Park como la palma de mi mano. Durante años era lo más parecido a la playa que encontraba los domingos. En Londres nadie te mira nunca cuando vistes raro o si te presentas un día de finales de noviembre como si estuvieras en pleno verano. Yo había salido de Vegueta hacía dos horas; pero eso es algo que nunca le contaré a nadie.

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