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Novedades en la categoría Viajes

Aprovecho el título de un libro de V.S. Naipaul altamente recomendable para adentrarme en las llegadas y en las muchas idas y venidas que vamos protagonizando a lo largo de nuestra vida. Realmente llegamos cada día a un paisaje distinto que nunca se parece al de ayer aunque nos parezca siempre el mismo. Nos sorprenderíamos si repasásemos las muchas llegadas acontecidas en los años que llevamos habitando este mundo. La más enigmática es la que nos trajo a la vida, ese momento clave de cada uno de nosotros que nunca valoramos como deberíamos. Sin esa llegada no hubiera sucedido nada más, y si llegamos aquí debe ser para que hagamos algo que merezca la pena. Se entiende que vinimos para amar y para disfrutar intensamente cada segundo. Todo lo que no se viva intensamente es tiempo perdido, por eso no podemos renunciar nunca a nuestras vocaciones, a nuestras querencias y a lo que nos apetecería hacer para que nuestra vida fuera intensa y plena. No habrá segundas oportunidades. O vivimos, o nos dejamos llevar como autómatas productivos hasta que volvamos al mismo enigma del que partimos.

Ya desde el punto de vista literario sí quiero recomendar El enigma de la llegada de Naipaul porque, por lo menos para los canarios, es un viaje hacia nosotros mismos. Naipaul nació y creció hasta los 18 años en la isla de Trinidad, justo al lado de Venezuela, y lo que cuenta en el libro es su primera salida de la isla con destino a Londres, los pasos que determinaron su carrera de escritor y todos los paralelismos que va encontrando con su pasado insular y caribeño cada vez que se asoma a sus propios recuerdos y a lo que va encontrando en Inglaterra. En todo ese camino está la isla casi edénica a la que el turismo y el petróleo convierten en un desordenado caos urbanístico, las culturas que han convivido durante siglos ( Naipaul es de origen hindú, como tantos canarios que llevan varias generaciones poblando estas islas y formando uno de sus grupos más representativos), el exterminio de los aborígenes y también esa rara sensación isleña de no pertenecer del todo a ningún lugar alejado de nuestra propia orilla.

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Si miras hacia el cielo verás pasar bandadas de aves sin nombre que siempre andan persiguiendo al verano. Los pájaros saben que la vida es un vuelo y que una jaula es un engañabobos con el que a veces tratan de engatusarnos. Me gusta verlos junto a las charcas que encuentran cada año en las mismas costas o revoloteando cerca de los acantilados. Ni siquiera conocemos sus nombres. Nos llaman la atención el color de sus plumajes o los trinos con los que celebran la llegada de la mañana. A veces es el mar el único que sabe que detienen sus vuelos oceánicos. Sus sombras, como las nuestras, también navegan la inmensidad de las aguas.

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Cuando te alejas, cuando pones distancia entre tú y los lugares que habitas, solo te llevas los afectos. Por eso es conveniente viajar mucho, y si no se puede viajar, cerrar los ojos de vez en cuando para pensar que estamos lejos. La claridad paradójica de la distancia, en el tiempo y en el espacio, ayuda a ver todo un poco más claro, lejos de esas aguas turbulentas sobre las que cruzan puentes que nunca vemos si no logramos alejarnos de nuestros prejuicios y de nuestros propios presentimientos.
Uno viaja a cada instante porque cada momento es inevitablemente pasajero, y si pretendemos quedarnos quietos para detener el mundo lo más probable es que nos termine arrastrando alguno de esos vientos inesperados que nos cambian de arriba abajo todos los argumentos. No mienten los que dicen que todos los males los cura el tiempo: si no los cura, al menos los atempera y hace que las penas pesen un poco menos y que las alegrías no nos terminen convirtiendo en grotescos muñecos de feria. La suma de años es un éxito que cada cual celebra a su manera. Si no hubiéramos llegado hasta aquí no habríamos reconocido a tanta gente que nos llevaremos para siempre en el recuerdo, siempre y cuando queden recuerdos cuando atravesemos dimensiones o cuando naveguemos esas lagunas estigias que se acaben confundiendo con nuestros propios sueños. La vida es un viaje. Y si no entendemos ese principio irrefutable, todo lo que hagamos no tendrá sentido alguno cuando miremos hacia atrás y busquemos las luces que fueron alumbrando nuestro camino. Nunca es tarde para empezar de nuevo, sin trascendencias extrañas, sin gorigoris del alma y sin estridencias que acaben confundiendo ese tránsito tan sencillo y tan parecido a cualquier árbol que florece y que luego se desnuda en los otoños. A los viejos de antes les sobraba silencio para hacerse sabios mirando hacia unos campos que conocían casi tanto como a su propio cuerpo. Ellos sabían que si no dejamos que el tiempo pase para que nos desvele la resolución de una trama cotidiana, estaremos siempre anticipando finales improbables. Se movían todo el rato aunque uno los viera siempre quietos y medio adormilados sobre cualquier muro centenario que separaba dos fincas de plataneras. Los supersticiosos saben que el mal fario tiene mucho más que ver con nuestras propias actitudes que con cualquier contingencia que acontezca lejos de donde estamos. Todo eso lo intuimos con los viajes que nos permiten ver los bosques que a veces vamos ocultando con la sombra de nuestros propios árboles. Siempre hay un avión, una guagua o un tren que pueden cambiar de arriba abajo todo lo que estamos mirando. Seguimos siendo los mismos, pero variamos nuestros propios decorados y también los estados de ánimo que a veces nos atenazan.

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Hay sonrisas que solo se entienden en los horizontes y en las utopías. También hay miradas en las que uno atisba lejanos paraísos. Viajar es vivir otras vidas sin salir de uno mismo, o saliendo de uno mismo sin darnos cuenta de que caminamos por senderos distintos. Un libro también es un viaje hacia la inmensidad de un océano que no termina en ninguna parte. Pero para escribir un libro hay que viajar mucho hacia dentro y hacia fuera de uno mismo. Los albatros trazan argumentos cuando vuelan cientos de kilómetros siguiendo la ruta de sus propios sueños. Lo he aprendido en un libro que acaba de publicar José Luis González-Ruano. Se titula Donde anidan los albatros y estrena la editorial de viajes Azulia. Leyéndolo he comprendido la sonrisa limpia de José Luis y su mirada perdida en horizontes lejanos cuando lo miras sin que él sepa que lo estás mirando.
José Luis nació en el barrio de San Cristóbal, cuando por allí no pasaban autovías. Vivió una infancia aventurera y oceánica que trata de mantener viva recorriendo los mares de medio mundo y aventurando islas que a lo mejor ni siquiera existen. Para él Ulises es un albatros que sigue el dictado del poema de Kavafis. La aventura es siempre el viaje y el regreso, como los albatros que él vio en las costas de Nueva Zelanda, solo es un reencuentro momentáneo para recorrer los horizontes con ojos nuevos. José Luis ha recorrido buena parte del planeta tratando de entenderse en los paisajes, desde las islas Galápagos a las costas de Filipinas, de los Andes hasta las nieves del Ártico, desde el Sáhara hasta las ruinas prehistóricas de la isla de Malta. Y siempre ha entendido el viaje como un libro que nunca acaba. Y cita a Conrad, a Baudelaire o a Stevenson porque sabe que son las imágenes de las palabras y no las de la cámara las que logran eternizar las grandes cordilleras o esos mares cristalinos por los que siguen navegando las ballenas. En su libro viajamos lejos todo el tiempo, y lo hacemos incluso cuando nos habla de lo cercano, como en ese retrato del farero de Alegranza cuando recorre el islote al final de la tarde entendiendo su pequeñez ante la inmensidad de la naturaleza. Pero en José Luis hay, sobre todo, un escritor que sabe mirar todo lo que acontece a su lado, y escribo acontece porque en esa mirada encuentra casi siempre algo grandioso en medio de lo cotidiano, o recorre el camino mirando hacia todos los lados. Los albatros no dejan nunca de volar por donde él pasa, y cuando no están los sueña y los escribe en cualquier página. Decía que Ulises era en su libro ese albatros, pero José Luis también tiene mucho del navegante aqueo y de esas aves que solo saben buscar horizontes lejanos. Lo escribe él mismo en una de sus crónicas: "Viajar hasta olvidar el camino de vuelta". Y da lo mismo el regreso porque el viajero siempre está de paso.

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Los cruceristas caminan por la ciudad como si aún siguieran navegando. Andan despacio, ladeando sus cuerpos, y miran todo el rato hacia un horizonte imaginario. En medio del trasiego de las calles uno reconoce siempre a los que llevan mucho tiempo embarcados. Ellos creen que caminan y que pisan tierra firme, pero nosotros percibimos claramente la liviandad oceánica de todos sus pasos.

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Había vuelto a buscar a Rembrandt y a Vermeer entre las paredes del Rijksmuseum. A la salida comimos en un Sushi Bar que estaba de moda en el barrio de Jordaam. Había fotos de Robben y de Van Persie en los escaparates. La noche se acabó llenando de velas recordando a los muertos en Ucrania. Más allá de los cristales de las casas y de los barcos varados en la ribera del Amstel uno intuía que siempre mienten los que dicen que los tulipanes no huelen a nada. Ayer estaba lloviendo en Amsterdam. El chapoteo del agua en los canales se confunde siempre con los timbres de las bicicletas.

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Alquiló una casa emblemática al final de su misma calle. Salió de madrugada de su domicilio y recorrió los veinte metros que le separaban del lugar que había escogido para escapar en vacaciones. Cerró la puerta y no pensaba volver a abrirla hasta que pasaran los quince de días de descanso que había previsto para desconectar de tanto estrés y de todos sus problemas. En el trabajo se inventó un destino lejano para que no lo estuvieran molestando y a su esposa le dijo que necesitaba unos días de reflexión en medio de la naturaleza. Sabía que nadie le acabaría buscando tan cerca. Esa casa solía estar habitada por extranjeros casi todo el año. Abriría las ventanas sin que le vieran y estaría mucho tiempo en la azotea viendo pasar a la gente. La había alquilado por Internet haciéndose pasar por un turista noruego. A los seis días vio salir a su esposa abrazada de un hombre que no conocía. Su hijo pequeño le decía papá a ese hombre que se parecía mucho a él cuando era joven. De repente dejó de tener noción del tiempo y toda su vida se convirtió en un caos de fechas y de domicilios. No se atrevía a salir. Fue alargando las vacaciones durante mucho tiempo; pero ya no le quedaba dinero. Y tampoco sabía adónde ir.

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Arrastraba maletas por ciudades extrañas. Nunca se detenía en ninguna parte. Yo lo veía caminar despacio tras las cristaleras de las cafeterías. Íbamos coincidiendo en las mismas calles. Jamás recuerdo ninguno de mis viajes. Pido un café y escribo. A veces en silencio y otras escuchando las voces de los que están a mi lado. No siempre entiendo sus idiomas ni reconozco los paisajes. Cuando llego a los hoteles siempre encuentro colocado todo mi equipaje. Tampoco yo me detengo más de un día en ninguna parte. Solo duermo unas horas y salgo nuevamente a la calle. Esas maletas que él arrastra por todas partes son idénticas a las que me acompañaron en el primer viaje sin rumbo cuando acababa de cumplir treinta y cuatro años. Solo llevaba papeles en blanco y unos cuantos libros de escritores ya olvidados.

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Hay lugares a los que llegas y lugares en los que terminas apareciendo. Siempre estás donde debías aunque creas muchas veces que deberías estar en otra parte. Ya estarás dentro de un rato en otra parte, pero eso ahora mismo carece de importancia. El viejo le hablaba con la cadencia y el ritmo pausado de los sabios. Él tenía prisa por marcharse. No sabía a dónde, pero sí sabía que quería irse lejos. El viejo le decía que donde quiera que fuese ya le estarían esperando. No entendía y partió casi sin despedirse. La vio por primera vez en el vagón del metro que le llevaba al aeropuerto. Aún no sabía que iba a estar viviendo muchos años a solo seis paradas de donde se había marchado.

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Esperaba la guagua para ir a la playa. Ayer fue domingo. El cielo estaba azul y sabía que la marea estaba vaciando en la playa de Las Canteras. Miraba la silueta trasera del teatro Pérez Galdós o dejaba que los ojos siguieran el horizonte casi libre de vehículos de la Avenida Rafael Cabrera. Vi venir la línea 12; pero se paró justo antes de llegar al semáforo. Miré la pantalla del móvil y contesté un mensaje en lo que llegaba la guagua. Subí sin mirar el número y seguí concentrado en la pantalla del Iphone. Ni siquiera recuerdo qué era lo que estaba contestando. Cuando levanté la mirada me vi delante del Castillo de Mata. Me había equivocado de guagua y había subido a la línea 9. El conductor me dijo que adelantó a la 12 en el último momento y que me podía bajar en la siguiente parada y cambiar a cualquiera de las guaguas que van hacia la playa. Bajé con mi mochila, mis bermudas y mis cholas playeras. Tenía mucho frío y no dejaba de llover. El cielo estaba totalmente gris y no había casi nadie caminando por las calles. Desde niño me ha puesto triste pisar los charcos con los pies desnudos, es como si el cuerpo se volviera otoño de repente cualquier tarde luminosa de verano. Vi alejarse una guagua con el número 9, pero en este caso era roja y tenía dos pisos. Saqué la toalla y me la puse por encima mientras caminaba en medio de la hierba. Conocía Hyde Park como la palma de mi mano. Durante años era lo más parecido a la playa que encontraba los domingos. En Londres nadie te mira nunca cuando vistes raro o si te presentas un día de finales de noviembre como si estuvieras en pleno verano. Yo había salido de Vegueta hacía dos horas; pero eso es algo que nunca le contaré a nadie.

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