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Novedades en la categoría Política

Escribía Esopo que la rueda más estropeada del carro era la que hacía más ruido. Hace años, los que no sabíamos o estábamos lejos, o aprendíamos de los que llevaban más tiempo analizando la actualidad, sabiendo lo que había más allá de la sonrisa o de la cara triunfante, leíamos y escuchábamos antes de opinar. Nos acercábamos a los periódicos, escuchábamos la radio y luego leíamos libros que analizaran todos esos momentos históricos con rigor y perspectiva.
Hoy casi todo el mundo hace ruido y agita las aguas antes de saber siquiera lo que está pasando. La caída de Rajoy es un triunfo de la democracia, como lo fue la sentencia del caso Gürtel hace unos días, pero no fueron esos ruidosos los que consiguieron ese saneamiento necesario para la convivencia. Todo eso viene de más lejos, de quienes pensaban, analizaban y buscaban soluciones: Montesquieu, Rousseau, Voltaire y tantos otros que fueron incluyendo nuevas fórmulas para que nos entendiéramos. El ruido y el grito confunden siempre, aunque se tenga razón en los planteamientos.

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Hoy Felipe VI ha jugado su papel como Jefe de Estado defendiendo la Constitución y el estado de derecho, sin amenazas y apelando al espíritu de las leyes que todos pactamos como único camino de salida. Cambiemos la Constitución y facilitemos un referéndum con todas las garantías constitucionales, y aceptemos democráticamente su resultado. Todo lo demás es ruido confuso y peligroso. Mantengo mi condición de republicano pero aplaudo las palabras de un Jefe de Estado que creo que ha estado a la altura de las circunstancias. Destacaría muchos titulares, pero me quedo con este que tuiteó El País a los pocos segundos de ser pronunciado:
Felipe VI: "Vivimos en un Estado democrático para que cualquier persona pueda expresar sus ideas dentro de la ley"

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A veces la realidad parece una broma, una extraña pesadilla o lo que uno percibe en esos días de gripe y de fiebre en los que todo se vuelve nebulosa o irrealidad. Recuerdo la madrugada del recuento de votos. Me desvelé y encendí el transistor para tratar de conciliar de nuevo el sueño; pero el sueño también salió espantado cuando fue conociendo lo que nos hubiera parecido un imposible tan solo unos meses antes, y no digamos unos años atrás. El esperpento, lo inverosímil, fue apareciendo en las pantallas, se fue gestando en los recortes de la educación y en esa creencia de que somos globales y de que esa globalización acabará encontrando el camino por sí sola. Y claro que encontró el camino y nombró como guía a un histrión, a un tipo que presume de xenófobo y que no tiene recato a la hora de mostrar públicamente su insolencia y esa arrogancia de los nuevos ricos que se creen eternos por tener dólares o rascacielos que miran al East River.
No era una broma y ya tenemos un presidente de Estados Unidos que, si no estamos atentos, puede llevar al mundo al caos y a una peligrosa deriva, sobre todo si ese perfil político se empieza a extender en otros países y si los extremismos siguen encontrando cobijo en la incultura, la inseguridad y la manipulación de ciertas cadenas de televisión interesadas en transmitir valores cercanos a la estulticia. Soy de los que cree que el ser humano es casi milagroso. Lo ha demostrado en su evolución a lo largo de miles de años, aun con caídas al vacío y con guerras o abusos de poder intolerables. Pero si queremos que el mundo no vaya a la deriva tendremos que reaccionar quienes creemos en la libertad y en la igualdad de oportunidades, todos los que consideramos que no hay otro camino que no sea el que propugne y respete los Derechos Humanos. Un señor que quiere levantar muros sin saber que los peores muros son los de la ignorancia, y que tiene en su mano, y nunca mejor dicho, la posibilidad de hacernos saltar a todos por los aires en cualquier momento, es un gran peligro para los que habitamos ahora mismo este planeta y para los que llegarán un día como llegamos nosotros a intentar cumplir nuestros sueños. A mí todavía me sigue pareciendo mentira lo de Donald Trump, como me pareció mentira lo del Brexit en su momento, pero estamos en un momento en que todo es tan etéreo y tan inconstante que casi no tenemos tiempo de asimilar esas grotescas bromas del destino. Pero lo que está sucediendo no es una mala película de Serie B que acabe antes de la merienda, ni un programa cutre de la tele que termine antes del verano. Esto es verdad, y creo que urge darnos cuenta para que empecemos a preocuparnos de todas esas mentiras y de esos falsos valores que enseñan en la pantalla a todas horas. Más educación, más viajes y más lecturas. En ese orden, o variando la secuencia.


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Un gran paso atrás para la humanidad. Xenofobia y misoginia. El triunfo de la incultura. El fracaso de las redes sociales. La consecuencia de la muerte del periodismo y del abuso de los especuladores. Putin y Le Pen felices. La libertad, la igualdad y la fraternidad en peligro. Queda poco tiempo para que nos confirmen el fin de fiesta de la cultura del espectáculo.

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Una partida de ajedrez en la que nosotros somos los peones ya sacrificados y las fichas que se pueden mover se quedan quietas, o solo se mueven para salvarse a sí mismas o para volver a aparecer en los carteles.

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Ya hace mucho tiempo que todos los políticos ganan. En su robótico manual de comportamiento también están previstos los gestos y las palabras ante la derrota. Los que triunfan sí se saltan el guion establecido algunas veces y se muestran humanos; pero tampoco se parece su euforia a las de aquellas primeras elecciones de los setenta o principios de los ochenta, entre otras cosas porque entonces las celebraban con ciudadanos y y ahora solo las celebran con los militantes. Me gusta bajar el volumen de la tele y fijarme en cada uno de los gestos de los políticos que hablan en campaña. Cada partido tiene ensayados sus movimientos de brazos y hasta la manera en que hacen girar los ojos cuando hablan. En las fotografías me fijo en dónde colocan las manos, y también se nota que han asistido a sesiones de fotogenia para que ninguno de ellos se acabe alejando de la marca. Incluso los que quieren ir de rompedores se terminan pareciendo a los otros más tarde o más temprano.
Pero en todas las campañas me quedo siempre con la tristeza de los carteles electorales cuando ya no interesan ni las consignas, ni las caras de los que siempre sonríen en el poste de un semáforo o de una farola oxidada. Esos carteles han soportado mañanas lluviosas, solajeros y esos rayones de los estudiantes que se entretienen pintando bigotes en las caras de los candidatos. A veces los retiran con premura, pero otras veces nos vamos encontrando esas imágenes cada vez más ajadas y más desgastadas por el tiempo. Me pongo en la piel del candidato vapuleado por las urnas. Lo imagino encerrado en su casa o yendo hacia la sede del partido oculto tras unas gafas de sol o en un coche con cristales tintados, y me puedo imaginar su cara cuando se va tropezando con el cartel de su sonrisa en todas partes. En cambio al ganador lo imagino ufano, casi saludándose a sí mismo, y caminando por la calle entre esas sonrisas con retoques informáticos y electorales. Mañana cada cual hablará de las elecciones según le vaya en los recuentos, aunque todos sabemos de antemano que casi todas las promesas se acaban enredando con la realidad diaria hasta que se convierten en papel mojado. En ese día después me pregunto siempre por el destino de todos esos carteles que a esta hora todavía nos sonríen en las calles. Los imagino apilados en grandes naves industriales, o entremezclados en vertederos en donde importa poco la sigla, el color de la bandera o la cara rutilante de quien aparece en la foto. Pero antes de ese destino, estarán unos cuantos días en las farolas como esos viejos que se quedan en los bancos mirando hacia ninguna parte, y se desteñirán con el siroco y con la lluvia como aquellos carteles de los circos que quedaban en las calles cuando ya los leones y los payasos se habían marchado a otra ciudad lejana.


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Hago como que los entiendo. No solo basta con escucharlos. Da lo mismo lo que me digan. Ellos solo quieren que alguien esté atento a sus palabras. Los han ido encerrando en el edificio que está más al norte. Les prohibieron que escribieran y empezaron a volverse locos y a hablar solos por las calles.
El jefe empezó invadiendo otros países, persiguiendo extranjeros y al final, como hacen siempre todos los tiranos, también quiso controlar lo poco que se estaba leyendo. Solo deja escribir a unos cuantos paniaguados que ensalzan su torso musculado o sus fotografías exhibiendo metralletas. En los países cercanos miraron durante muchos años para otro lado. Ahora no saben cómo detenerlo. Los escritores y los periodistas fueron los primeros que lo contaron; pero los fue silenciando y encerrando en este nuevo gulag para olvidados. Me pagan por vigilarles y por cambiarles el plato de comida dos veces al día. Si supieran que los escucho también me encerrarían. Cuando me preguntan respondo siempre que están en silencio. Alguna vez también añado que parecen arrepentidos, pero los otros no se inmutan. No creo que los dejen salir nunca de este infierno.


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En mi última visita al oculista descubrí que era miope. Por lo visto uno puede ser miope toda la vida y no llegar a enterarse. La mía era una miopía decimal, de cero cincuenta. De niño recuerdo que estaba todo el rato fingiendo que no veía porque quería tener gafas. Después iba al oculista y cuando me preguntaba por las letras y los números acertaba todas las preguntas. Yo creía que me estaba haciendo una especie de examen de lo que empezábamos a estudiar en el colegio y contestaba orgulloso cuando me enseñaba las distintas combinaciones. Luego le preguntaba si me pondría gafas y me daba una palmada en la espalda diciéndome que tenía una vista de lince. Yo entonces iba a las enciclopedias a buscar las fotos del lince y me decía a mí mismo que prefería tener gafas antes que ser un gato. Pasaron los años y nunca me hicieron falta gafas, lo que no significa que haya tenido buena vista, por lo menos en asuntos del corazón creo que mi miopía no ha estado bien medida.
En esta última revisión sí me dijeron que gracias a esa miopía decimal había evitado el astigmatismo. Pregunté, esta vez preocupado por el dineral que tendría que pagar, si habría de llevar gafas por esa miopía incipiente y me recomendaron que, si no me impedía hacer vida normal, siguiera valiéndome de mi propio nervio óptico. Casi me atrevo a preguntarle si la lectura entraba dentro de esa vida normal, pero no quise tentar a la suerte y preferí averiguarlo por mi cuenta. De momento puedo seguir leyendo sin gafas, aunque cuando me acerco a los titulares de los periódicos no entiendo la mitad de las noticias. Al igual que con los ojos, supongo que uno se termina acostumbrando a todo lo que ve. Solo así se entiende que estemos aguantando situaciones que hace años nos habrían parecido pesadillas apocalípticas. Primero lees un día la noticia, abres los ojos asombrado y no te la puedes creer. Después vas enfocando un poco más, acostumbras la vista y ya te tomas el zumo de naranja del desayuno sin que el estómago se inmute ante tanta inmundicia institucional. Como me pasó a mí con el astigmatismo en la última revisión, siempre aparecerá alguien que te dirá que no te quejes porque en Siria o en Afganistán están mil veces peor, y que por lo menos nosotros podemos salir a la calle sin que nos estalle una bomba camino del mercado municipal. Otra cosa es que nos podamos mirar cara a cara ante el espejo de nuestra propia conciencia o que nos sintamos orgullosos del mundo demencial que les estamos dejando a nuestros hijos. Uno, la verdad, quisiera tener aquella mirada de lince de la infancia, no la que veía bien las letras y los números, sino la que sabía soñar y cambiar la realidad mirando mucho más allá de lo que tenía delante. La costumbre de la miopía, como aquel sueño de la razón de Goya, solo acaba vislumbrando monstruos.

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Nosotros sobrevivimos y ellos se corrompen. Hoy ningún parado se quedará en casa comprobando que no tiene nada que darle de comer a sus hijos, ni ningún trabajador dejará de acudir a su lugar de trabajo porque esté indignado con esa chusma que ahora nos tira a la cara los trapos sucios de sus tropelías. Vivimos en un país de chantajistas y de trileros. Les dejamos que se pusieran en todas las primeras filas sin acordarnos que en el patio del colegio el que quería ser el primero solía ser el más trepa, el más chivato y el más aburrido de los compañeros.
Todos sabemos que no solo es el Partido Popular el que ha burlado de forma vergonzante todas las reglas del juego. El lodo mancha a casi todos los partidos políticos que han tocado poder alguna vez. Algunos pusieron la mano y otros miraron para otra parte, pero nadie se atrevió a drenar el fango mafioso que se mueve alrededor de todos los gobernantes. Caerá Rajoy, es solo cuestión de tiempo, y luego vendrá otro de los que están y aparecerá un nuevo chantajista para echarlo abajo. Con la suciedad de fondo que hay ahora mismo solo cabe un milagro para salvarnos. Nada es eterno, y lo bueno de todo esto es que por primera vez está flotando esa porquería que todos atisbamos bajo las supuestas aguas transparentes que nos intentaron vender durante muchos años. Ya nada será igual: aunque quieran controlar las ruedas de prensa ya no controlan la información que se cuela por todos los mentideros digitales. De repente se ha parado todo y no se habla de la crisis o del número de desempleados, de quienes mueren en los hospitales por falta de personal o de los niños que han de acudir a los colegios en verano para no pasar hambre. Estamos llegando al final de un viaje de más treinta años que comenzó recorriendo edenes y que ha acabado arrastrándonos por peligrosas ciénagas atestadas de caimanes. Toca cambiar de ruta. También hacen falta nuevos navegantes.


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El verano se presenta sin que tengamos que salir a buscarlo a ninguna parte. Los días se hacen más largos y las playas se van llenando cada vez de más gente. Pero quienes realmente te lo recuerdan son los niños que juegan en la plaza. Ya no desaparecen a las siete o a las ocho de la tarde; ahora los ves golpeando los balones hasta las nueve o las diez de la noche entre semana, felices de saber que a la mañana siguiente no han de volver a ningún colegio. No creo que haya horizonte más placentero que el que encontrábamos de niño cuando nos daban las vacaciones de verano. Lo triste es que ahora los colegios también deban abrir en verano para que los niños puedan comer algo. La crisis es más virulenta cuando le acabamos poniendo cara y cuando toca de lleno a la infancia. No hay ningún futuro cuando un niño tiene hambre. Ni siquiera me compensa la alegría de los otros niños que juegan ufanos en las plazas. Hay amigos profesores que me cuentan cómo llegan cada vez más niños a las aulas sin haber comido absolutamente nada durante muchas horas. Pasa aquí, al lado mismo de nuestras casas. Por eso me enerva todavía más ese ministro provocador y bocazas que además de no ayudar a paliar el hambre de algunos estudiantes se empeña en quitarle las becas a los aprobados. A ese ministro le pagamos usted y yo para que se esté riendo de nosotros en nuestra propia cara.

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