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Novedades en la categoría Poesía

La vida tiene truco, y el amor, y hasta ese destino que nos cambia el escenario de arriba abajo en cualquier momento. Me veo con el cubo de Rubik entre las manos. Estudiaba Primero de BUP y aquel caos de colores se parecía mucho al futuro que tenía por delante. No sabía lo que quería ser en la vida y tampoco me importaba. Digamos que vivía los días sin agobios, con los primeros enamoramientos y tratando de ordenar los colores diarios según los iba encontrando cada mañana. Pero, de repente, aquel cubo desapareció de las tiendas y de las manos de los jóvenes, y ahora vuelve, como regresa casi todo: mi hija lo trajo hace unos días y fui confiado a ordenar los colores: no completé ni una sola cara. No recordaba los movimientos para que todas las piezas encajaran. Me quedé como me quedo en la vida muchas veces, moviendo piezas casi a ciegas, como tratando de encontrar aquellas salidas fáciles de los quince años.
Pero quien sí ha sabido darle sentido a todo ese galimatías es la poeta Tina Suárez Rojas. Admiro hace muchos años su capacidad para crear imágenes y su dominio del lenguaje desde la sutileza y la ironía, desde la ternura y también desde la sapiencia de una lectora que busca como nadie entre los libros esa poesía que no sigue modas efímeras y casi siempre interesadas. Tina acaba de publicar en la editorial Baile del Sol un libro titulado Mi corazón es un cubo de Rubik desordenado. Pocas veces un título cuenta tan bien un poemario. La poeta divide el libro en colores y en sensaciones, y uno reconoce la emoción y la intensidad de unos versos que cuentan con la ventaja de sus años de observadora de la vida que acontece en sus adentros y de esa otra que encontramos fuera. Aquí escribe de su corazón como ese cubo que tratamos de ordenar todo el tiempo: "Lo manoseo para darle forma, /busco en vano la simetría de sus colores,/ lo lastimo, lo acaricio, lo abandono, /cruzo de un lado a otro su piel de aristas/ con la ufanía de quien sabe manejarlo." Uno pasa las páginas de ese libro como si atravesara pasillos oscuros con grandes claridades en el horizonte. Siempre se llega a un lugar seguro, o se intuye la belleza más allá de lo que tenemos delante. También lo cuenta la poeta: "Mi memoria surca a menudo/ los plácidos cauces de un tiempo perdido." La poesía, cuando logra atravesar esas estancias que tratan de esconder la insolencia, la fealdad o la arrogancia, nos devuelve al remanso en el que sabemos que estamos a salvo, o que todo está en orden mientras estamos leyendo o resuenan esos ecos que dejan algunos versos más allá del tiempo. Lo escribe Tina Suárez Rojas con rotunda evidencia poética: "Todo vuelve a su origen. La brasa expira." Y el que no ha vivido tiempo ha tenido. Si no logramos salvarnos de la mediocridad y la insolencia, todo se lo llevará la rutina y el tedio.

Se enteró mucho tiempo después de que ya no frecuentara aquel barrio. Se sentaba cada mañana en un banco de la plaza. Le daba lo mismo el frío del invierno que la canícula del verano. Miraba las palomas y los gorriones y de vez en cuando les traía migas de pan. A veces coincidían desayunando en un café cercano. Aquel joven habló alguna vez con el viejo en inglés. Hablaban sobre las ciudades que el joven soñaba y que el viejo describía con la naturalidad de los viajeros que solo anotan en la memoria los pequeños detalles cotidianos. No se refería nunca a los grandes monumentos, ni a los paisajes que solemos encontrar en las postales. Le contaba cómo era la luz de la mañana en cada una de esas ciudades o cómo cantaban los pájaros que en esos años escuchaba en las plazas de aquel barrio en el que coincidieron sus biografías durante un tiempo.
Aquel hombre era un pintor reconocido y admirado, pero él no lo supo hasta mucho tiempo después, cuando ya no transitaba por aquel barrio y había dejado el piso de estudiantes en el que escribió algunos bosquejos de novelas que, como las vidas de muchas personas que conoció entonces, no llegaron a ninguna parte. Aquel viejo solo quería pasar desapercibido y buscar el cielo velazqueño con unos ojos azules que parecía que llevaban siempre las brumas invernales de su país. Pintó oscuro, sombrío, muchos dicen que tremendamente triste, lo que veía bello; pero aquel hombre sonreía todo el tiempo con la mirada de los supervivientes. Otros buscan la fama y aparecer en todas partes. El pintor se había encerrado en aquel barrio durante años sin que nadie supiera quién era. Para los que lo veían cada día era un extranjero que vivía pendiente de las palomas y de los pájaros, algo dipsómano, callado, observador, que iba muchas veces cargado de maderas, carpetas y toda clase de objetos que recogía por las calles buscando la belleza donde los otros pasan de largo o no habían sabido encontrar nada. Muchos años después, ese joven sigue soñando novelas, y observa a los viejos que llegan a las costas de su isla solo para seguir el vuelo de las gaviotas o para sentarse durante horas mirando hacia el azul interminable del océano Atlántico. Les inventa biografías y los imagina viviendo una existencia como la de aquel otro viejo que, después de muerto, multiplicó todavía más su fama. Jaime Gil de Biedma escribió en el poema Vida Beata la historia de alguien que solo soñaba con un pueblo junto al mar, una casa y poca hacienda en donde vivir como un noble arruinado entre las ruinas de su inteligencia. De esas ruinas creo que salen también los más bellos cuadros y los más emocionantes poemas. También la sabiduría que lleva a la mirada a seguir el vuelo de las gaviotas o a observar el azul del mar plácidamente cuando ya no hay respuestas.

No todo el mundo atraviesa un bosque de la misma manera, ni siquiera un bosque metafórico, un sendero que a veces se adentra tanto entre las sombras que no queda más remedio que confiar en la magia de las palabras. Pero cuando atraviesas ese camino entre espectros y extraños ruidos, te sientes como quien llega a una ciudad nueva en la que te puede estar esperando el amor de tu vida o ese paisaje que llevas soñando desde que te adentraste más allá de esos árboles que siempre ocultan el bosque lejano. Estos días se ha presentado en Gran Canaria un libro conjunto en el que confluyen siete mujeres atravesando ese bosque inmenso de la vida a través de la poesía y de las imágenes.
Hace unos años, un grupo de creadoras encabezado por Macarena Nieves Cáceres y Eduvigis Hernández puso en marcha un proyecto al que llamaron Rumores de ArteMisia. Poco a poco han ido consolidando un encuentro de poetas y artistas visuales que con el paso del tiempo estoy seguro de que será una referencia a la hora de encontrar qué buscaban muchas artistas cuando recreaban imágenes o cuando trazaban versos para no zozobrar en ningún naufragio. En esta ocasión la línea temática del proyecto era atravesar el bosque de la mano de las poetas Elena Garbisu, María José Vidal Prado y Yaiza Martínez junto con las imágenes, prodigiosas y sorprendentes, de Karina Beltrán, Magda Medina, Rocío Arévalo y Davinia Jiménez. Todas confluyen en una cuidada edición, a cargo de Silvia Ponce, llena de sugerencias, de pistas necesarias y de senderos tan reales e imaginarios como los que transitamos entre el asfalto y ese cielo que nos mira como si fuéramos animales extraviados en algún lugar del tiempo. Yaiza Martínez recorre un bosque de imágenes y sugerencias, de "cuando los agujeros negros te hablaron/ del nido infinito". De ese camino que vamos tanteando cuando a veces oscurece en nuestra alma también escribe María José Vidal Prado, y nos recuerda que vamos "cortando nuestra propia hierba/para poder dar otro paso". Esa necesaria poda de nuestro camino es lo único que nos permite encontrar alguna felicidad en el horizonte de la mañana siguiente, cuando llegamos a una nueva ciudad rodeada de bosques humanos. Y es Elena Garbisu entonces la que traza lo esencial, la que sabe que el verbo amar es importante, pero que lo es más todavía el verbo caminar y, sobre todo, ese otro verbo que olvidamos porque lo activamos sin darnos cuenta todo el rato: escribe Garbisu que "respirar es un acto de rebeldía". Las mujeres se han tenido que rebelar durante siglos para poder respirar y crear en sociedades que quisieron cortar sus alas alejándolas de la cultura y de esa educación que es al final el único asidero, y también la única brújula, que realmente vale para no extraviarnos para siempre entre las sombras de los bosques de la vida.

La poesía es lo que queda más allá del tiempo y de las propias palabras, ese eco que no hace falta memorizar para que se eternice en el alma. Estos días ha llegado a mis manos el último libro de poemas publicado por Elsa López. Lo edita Hiperión y se titula Viaje a la nada. Elsa es una poeta de larga trayectoria, de muchas búsquedas, justamente premiada hace unos días con la Medalla de Oro de Canarias y con muchos viajes de ida y vuelta hacia dentro y hacia fuera de sí misma. De esos viajes se nutre este poemario, de lugares lejanos y de esa cercanía que da la madrugada cuando uno se reconoce a sí mismo en la desnudez de ese espejo que nos regala el paso de los años.
Hay muchos versos que nos detienen y nos deslumbran "debajo del cristal de la espera", allí donde todo es armonía y al mismo tiempo revoltura de olas en nuestros propios océanos. Hay mucho salitre entre sus letras, porque "así es la nada: blanca, gris y silenciosa./ Solo el mar para nombrarla." A esos versos solo se llega cuando se han dado muchos pasos sabios. En las antologías poéticas, como cuando leo los periódicos, siempre empiezo por el final: en los periódicos por esas manías que uno adquiere desde niño, cuando quería llegar lo antes posible a las páginas de deportes, y en la poesía, porque suelen ser esos versos de los últimos años los que nos cuentan realmente a quien escribe. Llegado ese momento hay un despojo de toda la faramalla, de los ditirambos y de esas palabras huecas que no cuentan nada. Solo queda la esencia, y esa esencia, como la que encontramos en Viaje a la nada, es la que al final nos conmueve y nos detiene en cada verso, o mucho más allá de ese abismo lleno de preguntas que dejan algunos puntos y aparte. "Solo el silencio que llevamos dentro", ese verso de Elsa creo que define nuestro único enigma y al mismo tiempo, como si fuera un oxímoron, la única voz que nos queda, ese espacio en blanco que estará entre nuestra vida y la vida de los que vengan más tarde a buscarle sentido a su existencia en este planeta lleno de pájaros juanramonianos que seguirán cantando cuando ya no estemos. Pero lo bueno de los libros es que nunca llegan solos. Hay como una corriente que los empuja, los entrecruza y en algunos casos los complementa. Mientras leía los versos de Elsa López se cruzaron los últimos diarios que escribió Sándor Márai, y estoy seguro de que al escritor húngaro que murió en el exilio norteamericano le hubieran emocionado los versos de Elsa López. En ese diario Márai escribía estos renglones. "El camino que conduce de la vida a la muerte es oscuro, voy trastabillando de la nada a la nada, y en ocasiones sucede que, en el trayecto, una palabra o un concepto resplandece como las luciérnagas en un bosque oscuro". En este libro de Elsa encontraremos muchas de esas luciérnagas que dan sentido a la vida y a la literatura.

Queda lo que ves cuando no pasas de largo, lo que de repente se convierte en verso o en recuerdo, el ánimo con el que uno atraviese los caminos y se aventure en sus propios viajes. Aquí el poeta nos cuenta sus Impresiones de paso, y cuando escribe detiene esa mirada certera en el tiempo. Revuelve orillas lejanas y trata de vislumbrar lo que se esconde más allá de todos los horizontes; pero también viaja en esos trenes que nunca se detienen en ningún lugar de la memoria. Finalmente, el poeta arriba a la estación serena de los haikus y de las palabras que muestran mucho más de lo que dibujan las letras.
"Ya sabe el viajero: las respuestas/no importan si no importan las preguntas." Para el que viaja como se asoma Santiago A. López Navia a la vida no es necesaria ninguna ruta trazada en el mapa, ni tampoco ningún destino. El poeta sabe que el destino es el misterio, la trama de la vida, lo que solo se encuentra cuando seguimos andando. Siempre hallaremos otra nueva pregunta sin respuesta donde quiera que vayamos. Y quedan esos zapatos que el poeta dejó en Bahía después de haber recorrido con ellos muchas ciudades y paisajes. Las suelas sí las desgasta el tiempo y el asfalto, y a veces también nuestra propia mirada. Y aprendes a dejar atrás lo vivido sin tener que asumir ninguna derrota, mansamente, como pasan las aguas de un río o como vienen y van esas olas en las que uno siempre sabe que se está dejando algo que jamás regresa.
"El tren llegaba luego y a su paso/mi padre se inventaba alguna historia/sobre sus viajeros, su destino,/hasta que se perdía en la distancia." A nosotros también nos inventan una historia cuando nos ven pasar por la calle, y al mismo tiempo escribimos o inventamos las historias de nuestros semejantes. Todos somos viajeros que alguien cuenta como el padre del poeta cuando veía pasar los trenes del pasado. Y "En medio del viaje, en un momento,/como un cromo de un álbum olvidado, nimbada de un misterio silencioso/surgía la estación abandonada." Así reconoces a veces tu paisaje, y entonces sacas un papel y una pluma que mojas en tu propia soledad, y escribes versos sobre esas estaciones que un día estuvieron atestadas de gente y que ahora tienen los cristales de las taquillas rotos y ese polvo que oscurece los lugares que dejan de frecuentar los viajeros. Pasas de largo, pero descubres las sombras de todos los que esperaban el tren en esos andenes desbaratados en los que ahora solo duermen los vagabundos que ya no quieren viajar más lejos. El poeta jamás olvida esa imagen que acabará siendo un verso.
"Yo sé que alguna vez, más adelante,/me volveré a subir a su cabina/y llegaré al final, donde me espera/esa estación alegre de mi infancia." Y es que tal vez solo viajamos para reencontrar a aquel niño que era capaz de inventarse un mundo nuevo cada día de la semana. Seguimos hacia delante con la secreta ilusión de que alguna vez encontraremos el camino de vuelta que nos permita abrazar a aquel niño que trepaba a los árboles o que soñaba con ser mayor sin saber que ese sueño no era más que la ilusión de un extraño viaje que no nos lleva a ninguna parte. "Acecha el túnel/tras el espejo negro/de la ventana." Y entonces es cuando escribimos como los otros tocan el techo buscando la suerte. Nuestra suerte es la palabra que nos salva. Lo sabe Santiago A. López Navia porque ha viajado lejos muchas veces sin alejarse de sus entrañas. Y cuando realmente está en otro continente o en un país lejano se da cuenta de que todos los viajeros estamos hermanados en esa maravillosa aventura que es la vida diaria de quienes no saben qué es lo que va a suceder dentro de un rato. "Un niño inventa/el mapa de su mundo/sobre el triciclo." Pedalea escribiendo y solo mira hacia atrás cuando escribe versos y logra que se reencuentren todas las miradas.

Este texto aparece como prólogo, junto a otro escrito del poeta José Miguel Junco, del libro Impresiones de paso , de Santiago A. López Navia, que presentamos anoche en la sala de Ámbito Cultural de Las Palmas de Gran Canaria y que ha sido editado por Ediciones La Discreta.

Una antología permite acercarse a una obra poética con la misma perspectiva con la que miramos un paisaje lejano que ya hemos transitado. Uno decide volver a donde comenzó todo o retomar aquellos pasos que nos permitieron seguir avanzando, aun cuando ese avance fuera casi siempre improvisado, con esa búsqueda que se emprende cada vez que alguien escribe una palabra como si trazara una pista para no extraviarse.
Federico J. Silva acaba de publicar una de esas antologías que hay que guardar, releer y casi memorizar para no extraviarnos por caminos equivocados. Reúne toda su poesía de amor en un volumen que ha editado la editorial madrileña Vitruvio. Ya en su día, Federico publicó con Anroart una antología memorable que tituló El crimen perfecto. Ahora se presenta con Una mujer en todo el cuerpo, un título que se vale de un verso de Borges ("El nombre de una mujer me delata./Me duele una mujer en todo el cuerpo"). En este nuevo libro recoge la poesía amorosa de sus muchos y recomendables libros anteriores. Y lo hace "por ultimar en las brasas/ por ultimar en tus brazas", las de ella, las de esa mujer que le ha acompañado tanto tiempo recorriendo su cuerpo y, sobre todo, los senderos más ocultos de su alma.

"He quemado mis naves en tus playas". Lo escribe Federico J. Silva para dejar claro que cuando alguien ama se convierte en un náufrago de su propio sentimiento, y que mientras se vive pendiente de esa otra presencia uno quema naves y recuerdos, y hasta cicatriza aquellas heridas que parecían incurables. "Tú me declinas/yo te conjugo", porque en el amor nunca se juega solo, ni siquiera cuando no nos corresponde, o cuando se pierde como aquel agua que uno no alcanzó a detener en los riegos de la infancia. En este libro encontrarán buena parte de la obra de un poeta al que admiro hace muchos años, un escritor que se adentra en el juego de las palabras y que va dejando pequeñas pistas que uno tiene que ir descifrando a medida que relee sus poemas. Está la metaliteratura, y todo ese recuerdo de canciones o citas más o menos conocidas que el poeta hace suyas o cambia de arriba abajo con el dominio del lenguaje y sus combinaciones interminables. En el amor "tocaremos la eternidad/ y seremos uno para el otro el universo". También en las palabras, que tanto se parecen a esa mujer en todo el cuerpo que uno sueña con llevar a todas partes.


Una mujer en todo el cuerpo. Federico J. Silva Ediciones Vitruvio. 2015

Se van demasiado pronto, y sin embargo parece que lo intuían desde hacía mucho tiempo. Maduran antes, o por lo menos aprenden prematuramente lo que a casi todos nos lleva muchos años de esfuerzo y repetición diaria. Casi siempre mantengo que los artistas, sobre todo los escritores, se van gestando con el paso del tiempo: algunos prometen mucho y luego se quedan en nada, y otros parecía que no iban a llegar y de repente empiezan a dar los mejores frutos. Pero de vez en cuando aparecen esas excepciones luminosas que nos sorprenden en medio de una sala de exposiciones o en un libro clarividente y mágico.
Si hablamos de literatura ahí están Rimbaud o Félix Francisco Casanova, entre otros muchos. Y en pintura nombraría a Jorge Oramas y su capacidad para crear belleza en la antesala de la muerte. Oramas miraba la vida desde el hospital de San Martín o desde El Sabinal y no le hicieron falta perspectivas más lejanas ni tampoco viajes. Coloreó todo lo que le rodeaba y con solo veinticuatro años dejó una de las obras pictóricas más admiradas del siglo XX. Estos días he leído el último libro de David Foenkinos. Se titula Charlotte, y cuenta la desgraciada historia de la pintora alemana Charlote Salomon, que fue asesinada en Auschwitz cuando estaba embarazada con veintiséis años. Siempre que puedo recomiendo a Foenkinos. Busquen Los recuerdos o La delicadeza, y traten de acercarse también a la biografía de esa pintora a la que el escritor francés le pone un alma robada por la barbarie de los nazis y por la mala suerte que a veces aguarda en cualquier cruce de caminos. También Charlotte se aferró al color y a la belleza como si intuyera los desastres que le aguardaban. Pero los libros nunca vienen solos. Y la pasada semana, la poeta Mercedes Arocha me regaló un ejemplar del poemario Pulsaciones del viento, que ha editado Naka. Lo escribe Germán López Fuster, un joven que murió ahogado con veintinueve años en La Puntilla. Falleció hace cuatro años, estaba diagnosticado de Asperger, y escribía poemas que antes memorizaba febrilmente letra a letra. En sus versos también parece como si el autor presintiera su destino inevitable y quisiera dejar unas cuantas palabras como recuerdo de su paso por este tramo ínfimo de la historia. Escribió poemas y aforismos. Nos recuerda que "La vida es un manojo de sueños pendientes", o que "sus ojos bucean por la germinación continua de los libros". No conocí a Germán López Fuster personalmente, pero sí he conocido el alma y las reflexiones que dejó en sus versos. No llegó a cumplir los treinta años, como tampoco los cumplieron Jorge Oramas o Charlotte Salomon; pero en todos ellos uno se asombra de la madurez clarividente de su obra y recuerda aquel diálogo de Blade Runner en el que un replicante decía que la luz que brillaba con doble intensidad duraba la mitad de tiempo.

Recupero una reseña que escribí en Canarias 7 en 2008 sobre Las cosas no tienen mamá, un libro de Tina Suárez Rojas publicado por Ediciones Idea. Este fin de semana volví a la lectura de ese libro y me reafirmo en todo lo que escribí entonces. Y todos sabemos lo mal que envejece a veces la poesía. Quien me conoce sabe que tengo a Tina por una de las grandes poetas. Les recuerdo, por ejemplo, que fue la única representación canaria en la antología Cambio de siglo (Antología de la poesía española 1990-2007) que preparó Domingo Sánchez-Mesa para Hiperión. No dejen de buscar cualquier libro de Tina. Las cosas no tienen mamá podría ser un buen comienzo para quienes aún no han tenido la suerte de conocer su poesía:

Las cosas no tienen mamá

Las palabras no existen hasta que no se pronuncian o se escriben. Da lo mismo que ya las dijeran otros. Cada día reinventamos el lenguaje. En el caso de la poeta Tina Suárez Rojas cada palabra contiene un universo que se ha ido escribiendo durante años en sus lecturas, en su manera de ver el mundo y en el silencio de la búsqueda. También en la soledad y en el dolor. Y en el amor, en el sexo y en esa alquimia que luego se acaba convirtiendo en poesía. Su último libro, editado por Idea, creo que se convierte en un corolario que, al mismo tiempo que acrisola los otros libros de Tina, abre nuevas puertas y nuevas formas de entender un poema. Aparece irónica o sensual, cáustica o temerosa, risueña o aliquebrada, pero sobre todo se asoma siempre sin estridencias a nuestros claroscuros diarios, en una escritura que destila belleza y cotidianidad.
Uno recibe el tacto de su propia epidermis o de su soledad cuando lee algunos de sus versos. Creo que Tina ha ido rebuscando entre silencios y luchas interiores una poesía arriesgada que logra renovarse con cada nueva lectura. Lo fácil es acomodarse y rehacer lo que un día te hizo tocar el cielo. Lo honesto es seguir andando. Y en ese camino se puede perder, pero también se sabe que es por donde único se debe seguir si uno realmente aspira a no traicionar nunca lo que hace. Cuando abran este libro sentirán ese golpeo en el estómago que decía Kafka que habían de tener siempre los buenos libros. No mirarán nunca el número de la página ni caerán en la cuenta del paso del tiempo. Ha sido escrito para seducir, y no creo que haya nadie capaz de resistirse a sus sortilegios.
"La serena desventura de que me aprieten los zapatos/porque no quieren salir más allá de los recuerdos/que has dejado en esta casa". Pero esos recuerdos remontan el vuelo y salen con otros nombres y con imágenes que en principio nada tenían que ver con ellos; y lo hacen, como dice la escritora, desde una serena desventura, sutilmente, mágicamente, casi me atrevería a decir que de forma milagrosa. O bien se alían con el sinsentido de nuestra propia existencia: "estar viva al mismo tiempo que te mueres//esto es dolor: quien lo probó lo sabe". Y quien lo probó ha de escribir inevitablemente. Lo sabe cualquiera que haya pergeñado un poema partiendo de la necesidad de contarse a sí mismo para no caer definitivamente en el olvido o en la desesperación más inconsolable. Al fin y al cabo, cuando se escribe, se están abriendo nuevos caminos donde no había nada, sólo sombras y hojas o pantallas en blanco. Pero sigamos con lo que también escribe la poeta: "Soy todo lo que perdí./ Nada más que un cadáver maquillado." Creo que queda claro. O no queda claro. Da lo mismo. De ese cadáver que sabe de lo perdido renace siempre la palabra con un halo y un sentido que se hace necesario para los otros que saben de derrotas y de ausencias.
Pero a lo largo del libro también se aparece la sensualidad y el erotismo, y el amor vestido con mil formas distintas según los días en que uno lo mire directamente a los ojos en la mirada del otro. Tina toma el título de una cita de María Elena Walsh. Es una cita que uno no entiende hasta que no lee el libro, o hasta que no llega al poema que toma el título de la cita. La poeta nos recuerda esas cosas que no tienen mamá, "enmohecidas de ser para siempre nada" ("En el abandonado desván de tu memoria/yo soy una de esas cosas, amor mío"). Estamos ante un libro imprescindible para quienes apuestan por la poesía como una estación de paso necesaria sin la que no se entendería nuestra existencia. No hay formulaciones, ni teorías, ni tampoco tecnología punta que nos salve del olvido. La poeta se lo juega todo a la carta de la buena escritura y de la poesía entendida como una cosa que, aun sin mamá, palpita en cada una de las palabras hasta dejar de ser cosa y convertirse en milagro.

Hay poetas que solo son niñas que se salvaron a tiempo. Y quien tiene niños cerca sabe que la infancia no es solo una bendita inocencia. Hay mucho más, un acercamiento constante a todo lo que les rodea, un sinfín de preguntas sin respuestas y una búsqueda que va mucho más allá de lo que se tiene delante. Luego crecemos, estudiamos, nos hipotecamos y cuando nos damos cuenta ya hemos perdido esa magia que nos salvaba del tedio. Jugar era cerrar los ojos e imaginar un mundo nuevo. Cuando uno escribe cree que trasciende, pero realmente lo único que hace es regresar a la mirada limpia de los cinco años.
De todo lo que acabo escribir sabe mucho la poeta María José Vidal Prado, una gallega que lleva muchos años recorriendo las calles de Vegueta. María José presentará en los próximos días su primer libro de poemas. Lo publica la editorial madrileña Vitruvio y se titula Historia de un jardín muerto y de un pájaro rojo. Toda su poesía parece escrita por alguien que ve mucho más allá de lo que tenemos delante. Si fuéramos al tópico hablaríamos de magias o de meigas gallegas; pero esta poeta es más Alicia que gallega, más hija de Lewis Carrol que canaria, y no hace otra cosa que adentrarse en el espejo desde que no la están mirando. Su poesía está llena de imágenes que te hacen levantar los ojos del libro sobre la marcha; pero al mismo tiempo es sentenciosa y precisa, a veces casi visionaria, otras oscura, y siempre sorprendente y profunda. Y no hay verso que no lleve un mundo debajo de cada una de sus letras. Te acerca al humor y a la ironía valleinclanesca o se adentra entre las sombras de Leopoldo María Panero, tiene un poco de Silvia Plath y de Pizarnik y hubiera querido ser la hermana que no tuvo Hamlet cuando salió del castillo de Elsinor. La voz de MJ Vidal Prado resuena en cada uno de los versos que escribe, como si en ellos hubiera dejado grabados para siempre los ecos de sus propias palabras. Y escribe que "dentro de esa caja/que no abro/mi futuro es pretérito." También estas palabras serán pretérito antes de terminar el párrafo. Pero lo que se cuenta, aun siendo pasado lejano, siempre se queda a salvo de la quema del tiempo. Este es su primer publicado, pero lleva muchos años tratando de entender la vida detrás de cada una de las palabras que escribe para no extraviarse en ninguna de las noches oscuras del alma. La llegada de una poeta debería ser celebrada con vítores y fanfarrias, pero este mundo tiene sus propias metáforas y la emoción y las heroicidades las deja solo para los que golpean balones entre tres palos. Ya luego, cuando no estemos ninguno de nosotros, solo dejaremos palabras para que los que vengan más adelante traten de seguir buscando pistas en medio de la nada. Lo escribe también María José Vidal Prado en uno de sus poemas: "La brisa de la tarde/ nos fue borrando a todos./ La misma/ que nos acariciaba."

Hace años, cuando empecé a escribir mis primeros libros, hubo unas cuantas personas que me ayudaron a seguir adelante; pero especialmente recuerdo a Dolores Campos-Herrero y a Federico J. Silva. Conocía sus obras y seguía el rastro de sus textos hacía mucho tiempo. Por eso su apoyo inicial, aquellas primeras reseñas en los periódicos, valían su peso en oro ante la desconfianza inevitable del recién llegado. Lola se fue dejándonos una herida abierta que solo somos capaces de cerrar de vez en cuando a través de sus escritos; pero Federico sigue reinventándose en cada libro. Ha escrito alguno de los poemas más emocionantes que yo haya leído, posee importantes premios y es, hoy por hoy, uno de los nombres que jamás puede faltar en cualquier estudio que se haga sobre la literatura escrita en Canarias. Si miramos hacia atrás solo encontraremos grandes cumbres literarias en su obra, pero como casi todos aquellos escritores que han marcado una época su mirada está puesta siempre en lo que viene, o en lo que él necesita ir buscando para no repetirse con lo que ya sabe que está suficientemente trillado.
Ha jugado a reinventarse en la poesía a través de Palabrota poeta. Ha querido ir un paso más allá, tratando de buscar lo que hay del otro lado, o de encontrar, como los niños inconformistas, los mecanismos que están dentro de algunos juegos literarios. Nadie nos quita lo que hemos conseguido, pero tenemos que improvisar nuevos pasos para seguir inventando los días que nos quedan por delante. Por eso Federico también se ha acercado a la novela a través de Las calmas aparentes. Y además lo ha hecho a lo grande, con una recreación de personajes cercanos, carnales y tan desorientados como estos tiempos que transitamos últimamente. Se acerca a la realidad del periodismo, a sus crisis y a sus vaivenes, y a esos nuevos caminos que, de momento, siguen sin llevarnos a ninguna parte. A través de la palabra y de la técnica narrativa, Federico J. Silva recrea la música que nos va llevando por la novela. No es nada fácil lo que ha hecho: se requiere un gran dominio de la lengua para variar los registros y conseguir que el ritmo se adentre en la historia sin que nos demos cuenta. Hay poesía y al mismo tiempo aparece con toda su crudeza una crítica social que busca razones en todos los ámbitos que nos rodean, desde los brokers a los educadores, desde los periodistas a los políticos. El libro es canalla, poético y rayuelo (porque juega a que seamos nosotros los que elijamos la forma de leerlo). Y, como casi toda su obra poética, también es metaliterario e intertextual; pero sobre todo es una de esas novelas que se quedan cuando todo se va apagando, uno de esos ecos que resuenan a medida que va desapareciendo ese ruido que a veces confunde las tramas y los cánones literarios.

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