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Novedades en la categoría Pintura

Nunca sabes si vas a tener tiempo. Ni siquiera podemos controlar el segundo siguiente. Por eso nunca podemos demorar los sueños. Pueden cumplirse o no cumplirse, pero lo que no pueden es dejar de buscarse, apartarlos en el camino como si fueran un exceso de equipaje o un compromiso demasiado pesaroso para seguir caminando. Lo que sí es pesaroso es el arrepentimiento. Jamás el fracaso. No hay fracaso cuando uno intenta hasta sus últimas fuerzas la consecución de un sueño.
El otro día mi madre me llamó por teléfono para que fuera a ver al Monopol la película que recrea la amistad entre Emile Zola y Paul Cézzane. Mi madre jamás falla a su cita con el cine el domingo por la tarde desde hace muchas décadas y cuando me llama para que vea una película me suelo fiar de su criterio. No se equivocó. Al margen de la calidad cinematográfica, de la intensidad de esa luz de Aix Provence que reconocemos en tantos cuadros de los dos últimos siglos o de las memorables interpretaciones de los protagonistas, la película es casi un manual para cualquiera que quiera dedicarse al arte y necesite entender los maniqueos y azarosos destinos del éxito o el fracaso. Desde adolescentes, Emile y Paul son dos buscadores de sueños, pero esos sueños los determina luego el tiempo y la insistencia, y en muchos casos solo se ven refrendados cuando los artistas mueren. Del artista depende el esfuerzo y el compromiso con lo que está haciendo. En la película es Paul Cézzane el que sufre el rechazo de su tiempo, y los dos, como todos los que estamos vivos, también buscan el amor que les ayude a transitar por esta existencia sabiéndose eternos de vez en cuando. Y luego está la amistad, el orgullo, las traiciones, y ese tiempo que pensamos que es eterno cuando vamos a mostrar nuestros afectos, a pedir disculpas o a perseguir esas metas de las que hablaba al principio. No hay peor condena que no haberle dicho a alguien lo que sentimos, que no pedir una disculpa o que no extender la mano cuando aún estábamos a tiempo. Esa persona puede desaparecer para siempre de la noche a la mañana, y entonces nuestro abrazo se volverá hielo y cada una de esas palabras que no dijimos terminará por martillear nuestra conciencia. La felicidad está casi siempre en lo pequeño, en los gestos cotidianos que no creemos trascendentes, en decirle te quiero y abrazar cuantas más veces mejor a quienes queremos. Solo así nos quedará el consuelo de que dimos lo mejor que teníamos y de que expresamos todos nuestros buenos sentimientos. También sucede lo mismo en la búsqueda de los sueños, sobre todo en el arte. Lo de menos es el éxito o el fracaso, lo que cuenta es el compromiso individual, el camino recorrido, la búsqueda incesante más allá del papel o del lienzo, lo que uno vive, pinta o escribe intensamente.


Cuando caminamos, nuestra sombra dibuja siluetas en la calle. Nosotros subimos y bajamos a las aceras, nos detenemos en los semáforos, a veces miramos hacia un árbol que de repente se queda desnudo de hojas o transitamos de forma autómata las rutas que llevamos recorriendo desde hace muchos años. Son pocos los días en que reconocemos una flor nueva en el parterre de la plaza o que un edificio cambia de color según esa posición del sol que hace que todo brille de forma diferente cada mañana.
La vida es gente que pasa. Y nosotros formamos parte de ese tránsito de cuerpos y de sombras que buscan algún sentido yendo y viniendo por las calles. Si te sientas en una terraza verás que ese espectáculo del paso de la gente es mucho más apasionante que cualquiera de esos programas de la tele que hacen pasar como realidades supuestamente virtuales. Hay gestos, movimientos de brazos o escorzos que parecen formar parte de una gran coreografía improvisada. Hay parejas de enamorados, hombres solitarios, turistas despistados y gente que no sabe hacia dónde va. Hay toda clase de sombras que luego se confunden y siguen haciendo su vida después de que nosotros nos alejamos. De esa gente que pasa, en este caso por las calles de Guía o de Vegueta, se ha ocupado la mirada de Eugenio Aguiar, y con esa mirada ha dibujado imágenes en tinta china que están expuestas en el Gabinete Literario hasta el próximo 1 de febrero. Eugenio es doctor en Derecho, pero no concibe su vida sin la pintura y sin estar pendiente de esos efímeros pasos de quienes andamos por el mundo como si fuésemos pequeñas láminas en movimiento, también dibujadas con tinta china, porque solo con esa tinta tan sutil se llega a dibujar la sombra que queda cuando pasamos de largo. En todas esas imágenes hay mucha búsqueda, muchos esbozos previos, mucho aprendizaje y muchas visitas a museos para aprender de los genios de la pintura que ya miraron antes ese paso del ser humano por los campos y por las calles. Quien pinta sabe que lo que aparece en un cuadro no es más que otra sombra que nos sirve para seguir buscando mucho más allá de nuestra propia mirada. También sabemos que muchas veces nos es más fácil reconocernos en la ficción de una novela o en los ojos de un retratado desconocido que ante nuestro propio espejo. Eugenio Aguiar, como otros grandes retratistas, no solo capta el movimiento o el gesto que define al retratado o al paisaje. Hay mucho más, está la sombra que deja entrever siempre la tinta y luego está el alma, que es al final lo que nos detiene delante de cualquier obra de arte. Da lo mismo que todos tengamos cámaras para retratarnos a todas horas. Si no hay intención de buscar algo más, todos esos retratos se convierten en papeles mojados o en imágenes que no nos transmiten nada. Falta la mirada del otro para reconocernos y para eternizarnos.

Se enteró mucho tiempo después de que ya no frecuentara aquel barrio. Se sentaba cada mañana en un banco de la plaza. Le daba lo mismo el frío del invierno que la canícula del verano. Miraba las palomas y los gorriones y de vez en cuando les traía migas de pan. A veces coincidían desayunando en un café cercano. Aquel joven habló alguna vez con el viejo en inglés. Hablaban sobre las ciudades que el joven soñaba y que el viejo describía con la naturalidad de los viajeros que solo anotan en la memoria los pequeños detalles cotidianos. No se refería nunca a los grandes monumentos, ni a los paisajes que solemos encontrar en las postales. Le contaba cómo era la luz de la mañana en cada una de esas ciudades o cómo cantaban los pájaros que en esos años escuchaba en las plazas de aquel barrio en el que coincidieron sus biografías durante un tiempo.
Aquel hombre era un pintor reconocido y admirado, pero él no lo supo hasta mucho tiempo después, cuando ya no transitaba por aquel barrio y había dejado el piso de estudiantes en el que escribió algunos bosquejos de novelas que, como las vidas de muchas personas que conoció entonces, no llegaron a ninguna parte. Aquel viejo solo quería pasar desapercibido y buscar el cielo velazqueño con unos ojos azules que parecía que llevaban siempre las brumas invernales de su país. Pintó oscuro, sombrío, muchos dicen que tremendamente triste, lo que veía bello; pero aquel hombre sonreía todo el tiempo con la mirada de los supervivientes. Otros buscan la fama y aparecer en todas partes. El pintor se había encerrado en aquel barrio durante años sin que nadie supiera quién era. Para los que lo veían cada día era un extranjero que vivía pendiente de las palomas y de los pájaros, algo dipsómano, callado, observador, que iba muchas veces cargado de maderas, carpetas y toda clase de objetos que recogía por las calles buscando la belleza donde los otros pasan de largo o no habían sabido encontrar nada. Muchos años después, ese joven sigue soñando novelas, y observa a los viejos que llegan a las costas de su isla solo para seguir el vuelo de las gaviotas o para sentarse durante horas mirando hacia el azul interminable del océano Atlántico. Les inventa biografías y los imagina viviendo una existencia como la de aquel otro viejo que, después de muerto, multiplicó todavía más su fama. Jaime Gil de Biedma escribió en el poema Vida Beata la historia de alguien que solo soñaba con un pueblo junto al mar, una casa y poca hacienda en donde vivir como un noble arruinado entre las ruinas de su inteligencia. De esas ruinas creo que salen también los más bellos cuadros y los más emocionantes poemas. También la sabiduría que lleva a la mirada a seguir el vuelo de las gaviotas o a observar el azul del mar plácidamente cuando ya no hay respuestas.

Casi siempre guardamos pequeños detalles, gestos, sombras que nos sorprendían dibujando extrañas formas en una montaña o en el suelo de una habitación que también recreamos como si la miráramos a través de un caleidoscopio, multiplicando los objetos y acercando y alejando lo que entonces era nuestro único universo. La intensidad del recuerdo no tiene nada que ver con la exactitud de lo que miramos. Incluso nos inventamos el pasado según nuestra propia conveniencia, para escapar de lo que nos descorazonó hace mucho tiempo o para recrear lo que nunca fue bello. El arte no es más que un asidero en el que indagamos mil maneras distintas de seguir sobreviviendo.
Estos días se expone en San Martín Centro de Cultura Contemporánea una exposición antológica de José Rosario Godoy titulada Espejismo abstracto. En esa muestra hay un acercamiento a las formas, los colores y los objetos del artista en los últimos veinte años. José es un artista que podría recrear palmo a palmo muchos de mis recuerdos más intensos. Compartimos el paisaje del Puerto de Las Nieves de principios de los setenta y ambos llevamos la herida de ese muelle que borró para siempre aquel paraíso que él tenía justo detrás de la tienda que regentaban sus padres. Cuando te acercas a su obra, descubres inmediatamente aquellos colores y aquellas sombras del Faneque, del Dedo Dios o de Guayedra. Pero todo eso lo encuentras en una abstracción de la mirada, en los juegos de colores y en la sensación que te deja cualquiera de los detalles que acaban siendo una especie de bosquejo de nuestra propia novela. Nietzsche recomendaba desaprender para poder buscar de nuevo más allá de las evidencias. José Rosario Godoy nunca olvida el paisaje terrenal, ni tampoco las vivencias que van dibujando ese otro perfil de cada uno de nosotros que, si acaso, se atisba en el fondo lejano de nuestra mirada. Si van a la exposición que estará en San Martín hasta el mes de octubre no pasen de largo ante ninguna de sus propuestas creativas. Hay mucho fondo abisal detrás de cada uno de los trazos y mucha sombra que se va extiendo mucho más allá de la que proyectan los objetos y los cuadros. El estudio de un artista es como un gran barco que navega por mares desconocidos todo el tiempo. A veces naufraga en sus singladuras, pero nunca deja de emprender nuevas rutas para acercarse a lo que está más allá de las evidencias. Se nutre de los recuerdos, de las intuiciones, de los viajes y de esa necesidad de dejar algún trazo que nos sobreviva más allá de la carne y de nuestra propia ausencia. Yo recuerdo a José mirando todo el tiempo hacia el océano en aquella infancia lejana de Agaete. Creo que desde entonces ya estaba atisbando esas abstracciones tan parecidas a los espejismos y al mundo que soñábamos más allá del horizonte.

Creyó verla al final de la calle, pero luego recordó que llevaba muerta más de una semana. No la vería nunca más, ni tenía necesidad de seguir buscando argumentos para incordiarla a diario. Ya no sabía qué hacer. Podía haber sido una gran artista, pero en lugar de ponerse a pintar y de seguir aprendiendo se propuso destruir a quien más admiraba, día tras día, ideando malvados planes, inventando embustes e insultándola siempre que podía. Decía que acabaría con ella. Ahora no sabe qué hacer con su tiempo. Llevaba más de veinte años viviendo solo para intentar amargarla. Lo consiguió pocas veces porque la otra era feliz cuando creaba y no dejó nunca de seguir pintando. La sigue viendo en todas partes y no le ha dicho a nadie que está obsesionada porque cree que la persigue como una sombra para vengarse de todas sus maldades. Cada vez toma más pastillas y más alcohol. Pudo haber llegado lejos, pero sabe que tiró todo por la borda siguiendo esa singladura, siempre destructiva y enfermiza, que lleva trazando la envidia desde el principio de los tiempos.

Sergio Gil siempre llega cargado de carpetas y de sueños, te habla quedamente, y parece como si viniera de muy lejos, como si fuera uno aquellos artistas que esbozaban trazos en las grutas prehistóricas y entre los riscales de nuestras cumbres. Es un autodidacta, pero le ha sobrado intuición para saber dónde quiere colocar cada uno de sus pasos y para atisbar la magia del arte en cada pincelada. Ahora regresa, o llega con el trabajo de todos estos años, y se acerca de nuevo quedamente y te enseña una carpeta en la que encuentras otros colores y otras intenciones, como si hubiera mudado su piel de antaño por esa piel que queda cuando uno es capaz de desprenderse todo lo que cubre la epidermis más profunda del alma.
No se aprende solo estudiando o viajando. Se aprende observando a conciencia y siendo capaz de mantener la humildad del eterno aprendiz en la mirada. En una gran crisis creativa, Eduardo Chillida escribió esta frase: "tengo las manos de ayer, me quedan las de mañana". Pocas veces he leído algo tan certero para describir el arte, y creo que Sergio Gil suscribiría ese adagio de Chillida porque él también se ha reinventado en esta nueva obra, ha saltado a ese vacío al que solo se acercan los que arriesgan y ha salido airoso, con esa satisfacción de quien sabe que tanto esfuerzo y tantas revolturas de los estados de ánimo han merecido la pena. Un pintor triunfa cuando sabe que ha logrado plasmar en el lienzo lo que llevaba buscando desde hacía muchos años. Ha dejado atrás la figura reconocible, el color luminoso, y se ha adentrado por otros caminos, tanteando entre las sombras como decía Kafka que se debe buscar cuando solo se tienen atisbos y ninguna certeza. Y estoy seguro de que Sergio ya está rebuscando otros senderos nuevos para seguir aprendiendo. Aquí deja el basalto como recuerdo, la piedra ígnea que tiñe sin inventar colores porque los colores se inventan cada vez que alguien los remueve desde su propio misterio. La materia es casi siempre la misma, lo que cambia es el sentimiento que uno ponga sobre ella, ese corolario de todo lo que llevamos vivido, las heridas que jamás se cierran, los amores que nunca terminan, el solajero de la tarde lejana de la infancia y ese océano que Sergio Gil lleva redescubriendo últimamente de la mano de Eduardo Westerdahl, de Pedro García Cabrera o de Domingo Pérez Minik. Sigan el rastro de esos verdes, de esos rojos, de esos azules y de esos negros que dejan entrever los recovecos más profundos del artista, ese abstracto que también acabamos siendo los humanos cuando se nos mira desde lejos. Busquen al fondo de todos esos cuadros. Hay un mundo detrás que pertenece a cada una de los ojos que sepan buscar mucho más allá de las certezas.
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La exposición de Sergio Gil se podrá visitar de lunes a viernes, hasta el próximo 29 de abril, en la Casa Condal de San Fernando de Maspalomas. En la imagen aparece Sergio Gil el día de la inauguración de la muestra junto al Diputado del Común, Jerónimo Saavedra, que fue el encargado de presentar la exposición, y Marco Aurelio Pérez, alcalde de San Bartolomé de Tirajana

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Solo pintaba sobre sábanas viejas. Lo veías recorriendo la ciudad y preguntando en las casas si sobraban sábanas que ya no usaran. Pagaba por ellas. No sabía pintar y era el pintor que más vendía y que mejores críticas estaba recibiendo. Decían que había revolucionado el mercado del arte. Lo único que hacía era calcar los sueños que se ocultaban debajo de esas sábanas que usaba como lienzos.

Me gusta pasear por Triana escuchando el eco de las actuaciones improvisadas. Uno camina siguiendo la estela de un bolero, reconociendo a Bach entre las sombras de las fachadas modernistas o viendo como casi llegan a bailar los maniquíes de algún escaparate cuando se juntan un guitarrista y una joven tocando el saxofón y apuntando directamente a la fusión musical de Nueva Orleans. Algunos domingos también encuentras a los niños pintando monigotes o construyendo cometas con papel de cebolla y te detienes delante de una marioneta llamada Lupita que baila con más de veinte hilos la sandunga de Celia Cruz o de Elena Burke. Uno agradece siempre el eco del arte improvisado en cualquier calle del mundo.
Cada primer domingo de mes también puedo entrar gratis a los museos, y aprovecho para acercarme a cuadros ante los que otras veces he pasado de largo. Vale la pena visitar un museo tratando de mirar solo un par de cuadros detenidamente. Me pasa sobre todo en la Casa de Colón, con Ribera, Nicolás Massieu y toda la colección pictórica que muchos no saben que tienen a la vuelta de la esquina en esa casona de Vegueta con peces luminosos a la entrada y con un par de papagayos que campan a sus anchas por los patios canarios. Hay un cuadro en la Casa de Colón que les invito a mirar detenidamente. Se titula El Memorialista y es obra del pintor sevillano, Manuel Cabral y Aguado Bejarano. El Memorialista, del que no sabemos el nombre, escribe las cartas que le dictan quienes acuden ante su mesa dispuesta a inventar metáforas para contar lo cotidiano. Supongo que muchas de esas cartas serían para amores que habían ido a hacer las Américas. La escena es de mitad del siglo diecinueve; pero el amor necesita vestirse de palabras en cualquier tiempo y en cualquier circunstancia. Recuerdo también una película de Gutiérrez Alea, con guion de García Márquez, titulada Cartas del parque, en la que se contaba la historia de esos escribidores de cartas que se sentaban en una plaza de Matanzas a esperar que llegaran quienes no sabían escribir o quienes necesitaban contar lo que sentían dando otro sentido a las palabras. Todos buscamos metáforas para que perdure lo mágico o para que las vivencias que merecen la pena no se parezcan en nada a lo rutinario. Vargas Llosa también cuenta que comenzó a escribir cartas de amor para sus compañeros de internado en el Leoncio Prado. Escribía a cambio de cigarrillos sin saber que de aquellas cartas de amor inventadas vendrían luego La ciudad y los perros o Conversación en la catedral. Pero todo esto que he escrito se lo debo a un cuadro pequeño, casi escondido en una sala silenciosa que está en la segunda planta de la Casa de Colón. Allí está el Memorialista, que no es más que un hombre escribiendo o inventando la vida de quienes necesitaban las palabras para seguir existiendo.

Se van demasiado pronto, y sin embargo parece que lo intuían desde hacía mucho tiempo. Maduran antes, o por lo menos aprenden prematuramente lo que a casi todos nos lleva muchos años de esfuerzo y repetición diaria. Casi siempre mantengo que los artistas, sobre todo los escritores, se van gestando con el paso del tiempo: algunos prometen mucho y luego se quedan en nada, y otros parecía que no iban a llegar y de repente empiezan a dar los mejores frutos. Pero de vez en cuando aparecen esas excepciones luminosas que nos sorprenden en medio de una sala de exposiciones o en un libro clarividente y mágico.
Si hablamos de literatura ahí están Rimbaud o Félix Francisco Casanova, entre otros muchos. Y en pintura nombraría a Jorge Oramas y su capacidad para crear belleza en la antesala de la muerte. Oramas miraba la vida desde el hospital de San Martín o desde El Sabinal y no le hicieron falta perspectivas más lejanas ni tampoco viajes. Coloreó todo lo que le rodeaba y con solo veinticuatro años dejó una de las obras pictóricas más admiradas del siglo XX. Estos días he leído el último libro de David Foenkinos. Se titula Charlotte, y cuenta la desgraciada historia de la pintora alemana Charlote Salomon, que fue asesinada en Auschwitz cuando estaba embarazada con veintiséis años. Siempre que puedo recomiendo a Foenkinos. Busquen Los recuerdos o La delicadeza, y traten de acercarse también a la biografía de esa pintora a la que el escritor francés le pone un alma robada por la barbarie de los nazis y por la mala suerte que a veces aguarda en cualquier cruce de caminos. También Charlotte se aferró al color y a la belleza como si intuyera los desastres que le aguardaban. Pero los libros nunca vienen solos. Y la pasada semana, la poeta Mercedes Arocha me regaló un ejemplar del poemario Pulsaciones del viento, que ha editado Naka. Lo escribe Germán López Fuster, un joven que murió ahogado con veintinueve años en La Puntilla. Falleció hace cuatro años, estaba diagnosticado de Asperger, y escribía poemas que antes memorizaba febrilmente letra a letra. En sus versos también parece como si el autor presintiera su destino inevitable y quisiera dejar unas cuantas palabras como recuerdo de su paso por este tramo ínfimo de la historia. Escribió poemas y aforismos. Nos recuerda que "La vida es un manojo de sueños pendientes", o que "sus ojos bucean por la germinación continua de los libros". No conocí a Germán López Fuster personalmente, pero sí he conocido el alma y las reflexiones que dejó en sus versos. No llegó a cumplir los treinta años, como tampoco los cumplieron Jorge Oramas o Charlotte Salomon; pero en todos ellos uno se asombra de la madurez clarividente de su obra y recuerda aquel diálogo de Blade Runner en el que un replicante decía que la luz que brillaba con doble intensidad duraba la mitad de tiempo.

Un niño no podía pintar de aquella manera. El trazo era certero y jamás se salía de las rayas cuando coloreaba. Tenía solo cinco años, pero estaba contando cientos de vidas en aquellos dibujos que los mayores miraban augurando que algún día sería un genio. El niño jamás sonreía y no hablaba con ningún compañero del colegio. Llegaba con muchas existencias truculentas y desastrosas. Sus ojos tenían reflejos de civilizaciones milenarias. Yo le di clase el pasado año. También vengo de esas vidas lejanas. Él ordenó mi muerte y la de toda mi familia. Los dos nos miramos muchas veces en clase. Pinta en silencio. Y en muchos de aquellos dibujos yo encontré los ojos de mis hermanas y de mi madre. Está condenado a volver bello todo lo que destrozó cuando su alma aún no había aprendido nada. No es un niño. La perfección casi siempre esconde algo.

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