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Novedades en la categoría Música

Escuchaba a través de los auriculares "L' amour est un oiseau rebelle", compuesta por Bizet para la ópera Carmen, interpretada por Maria Callas. Caminaba por la calle, despistado como casi siempre, dejándose llevar por la música y por sus pasos, cuando escuchó a un violinista que tocaba exactamente lo mismo que él estaba escuchando. Detuvo sus pasos y comprobó que la sincronización era perfecta. El violín se confundía con la voz de Maria Callas. Fue a depositar una moneda en la funda del violín que el músico callejero había dejado delante de donde estaba tocando. No había más paseantes en aquella calle, extrañamente vacía a esa hora de la tarde. Siguió su camino escuchando el aria. Cuando acabó la Habanera se dio la vuelta y vio que no había nadie, y que no estaban ni su moneda ni la funda del violín. Solo había un pájaro donde mismo estaba el violinista, un pájaro rebelde, como aquel amor que contó Bizet en el siglo diecinueve.

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Se levantó de la cama y se encontró el piano en el centro del salón de su casa. Vivía solo y había dejado cerrada la puerta de la entrada principal. En un primer momento no se atrevió a tocarlo. Comprobó que la llave estaba en la puerta y se fue a la cocina a preparar un café. No se emborrachaba hacía muchos años: se había acostado sereno, leyendo un ensayo de Montaigne antes de coger el sueño.
Volvió al salón y tocó la madera del piano para comprobar que no era una visión. Empezó a hablar solo tratando de buscar explicaciones. No las encontraba. Daba vueltas alrededor del instrumento. Él no entendía mucho de pianos, ni siquiera sabía tocarlo, pero no se le escapaba que un Steinway nunca es un piano cualquiera.
Vive en un cuarto piso sin ascensor. En los descansillos de las escaleras no hay hueco para que un piano gire. Sólo podría subirse a través de la ventana del salón, pero esta también estaba cerrada a cal y canto. Tendrían que haber hecho mucho ruido para meterlo, y él tiene el sueño tan ligero que se hubiera enterado a las primeras de cambio. Levanta la tapa del teclado. Es un piano de cola negro que brilla como una estrella lejana. También dejaron un taburete y un libro con muchas partituras.
Lo primero que piensa es que en ese momento debe haber alguien en algún lugar del planeta esperando por este piano. Se sienta en el taburete y empieza a tocar. Se le van las manos. No sabe de quién es lo que toca, pero suena de maravilla. Se deja llevar. Yo sí sé que es el concierto número dos para piano y orquesta de Rachmaninov. Nunca estudió solfeo. En el colegio, una vez que hicieron unas pruebas para seleccionar alumnos, lo dieron por imposible. Carecía de oído musical. No hizo falta que se lo dijeran. Él se daba cuenta cuando trataba de entonar las canciones de los dibujos animados. Era bueno pintando, pero cuando se ponía a cantar lo abandonaba hasta su propia sombra. De Rachmaninov pasó a Schumann, a Mozart y a Chopin. Pocas veces había sonado el Nocturno número dos del polaco como en aquella mañana luminosa. Lloró mientras lo interpretaba y lo repitió hasta cinco veces seguidas. No se levantó nada más que para comer un par de yogures y unos frutos secos. Las manos se movían por el teclado prodigiosamente. No parecía que fueran suyas. Sólo le venció el sueño. Cuando se despertó al día siguiente no había ningún piano en el salón de su casa. No ha podido contárselo a nadie. No le creerían.
Yo sí lo vi, pero un narrador omnisciente solo está para contar desde la lejanía. Me pasa lo mismo con otros hombres. Me da mucha pena ver que luego enloquecen por no poder entender lo que les ha sucedido. Este hombre está cada día más obsesionado. Se acercó a una tienda de instrumentos musicales y pidió probar un piano. No le salían ni las escalas más sencillas. Incluso en la tienda le rogaron que dejara el instrumento porque luego costaba mucho trabajo volver a afinarlo cuando se tocaba de una manera tan burda. Esa fue la palabra que emplearon, burda, y él se levantó sin decirles que de esas mismas manos habían salido un día sonidos prodigiosos. Ha comprado mucha música de piano y está todo el día escuchándola. Ha reconocido algunas de las composiciones que interpretó aquel día irrepetible.
Siempre se acuesta pensando en aquel piano y en aquellos sonidos celestiales. Toca en sueños. Los deseos se le están volviendo quimeras, pero él es de los que nunca recuerda lo que sueña. No sabe que toca cada noche, a veces en privado y otras en teatros repletos de melómanos ansiosos por escuchar sus interpretaciones. En el mundo de los sueños sí se ha corrido la voz de su proverbial talento. Despierto es un tipo gris y aburrido que cumple con su horario de ocho horas en la oficina y que luego llega a casa, come cualquier alimento precocinado y se deja llevar por lo que salga en la tele. Solo por las noches lee a Montaigne antes de dormir. Lo lleva haciendo desde hace más de diez años y aún no ha terminado el grueso tomo con sus ensayos. Le bastan tres o cuatro renglones para asimilar sabiduría y conciliar el sueño. Luego duerme y olvida que toca el piano hasta que suena el despertador o se despierta sobresaltado en mitad de la madrugada.
Por la mañana siempre entra en el salón muy despacio, mirando con cuidado hacia todos los rincones, recordando aquel piano de cola luminoso que le permitió vivir el día más hermoso e intenso de su existencia. Ya le da lo mismo pensar que todo fue un sueño o que es justo cuando cree que está despierto cuando realmente está dormido. Ninguno de nosotros tampoco sabría diferenciar certeramente un momento de otro. Cualquiera de nosotros podría ser un gran pianista. Qué más da lo que sueñe o lo que lo haya vivido. Él lleva los sonidos de aquella mañana metidos para siempre en su cabeza.
Da lo mismo que lo vean ir y venir de la oficina al trabajo, y que luego lo imaginen solo y aburrido en su casa delante del televisor. Nadie conoce realmente todas las vidas que vive sin saber que las está viviendo. Es una cuestión de dimensiones, pero ya les he comentado que como narrador omnisciente no puedo ir más allá de donde me dejan. Yo también formo parte de esta ficción que llaman vida y que en el fondo no es más que una confusión de sueños.

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Su padre le decía cuando era pequeño que la música sonaba mejor con los ojos cerrados. Le despertaba con Yehudi Menuhin tocando en el violín las sonatas de Bach. Él se quedaba en la cama y recuerda que casi volaba detrás de todos aquellos acordes. Su padre venía a veces y le daba la mano. Hace años que no ve a su padre. Vivieron juntos toda la vida. La madre murió cuando él tenía tres años. Estudió música en el conservatorio. Su padre soñaba con verlo alguna vez sobre el escenario del teatro en el que trabajaba como acomodador desde que había cumplido los veinte años. Él toca en una esquina de una ciudad lejana. Siente el sudor de muchos días en su camisa cada vez que levanta el arco o cuando tensa las cuerdas del violín en un escorzo casi imposible. Su padre cierra los ojos cuando tocan los violines de la orquesta cada sábado. Su hijo solo está pendiente del sonido de las pocas monedas que le van echando en el plato los transeúntes de esa ciudad lejana.

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Podemos ir por la calle escuchando voces, ruidos de coches, cantos de pájaros o el eco de nuestros propios pasos. Pero también podemos caminar en medio de la gente escuchando a la Sinfónica de Chicago, a Bruce Springsteen o a Jorge Drexler, y uno entonces camina pero está en otra parte, en ese universo al que conduce siempre la música, recreando momentos que quedaron unidos a unas notas musicales o que aparecen cuando suena un solo de violín que es capaz de detener el tiempo.
Hace unos días, los que están detrás de mi dispositivo móvil me invitaron a que dejara que fuera Siri, esa asistente virtual que nos terminará conociendo mejor que nuestra propia conciencia, la que eligiera mi música de la biblioteca musical que llevo a todas partes. Imagino que Siri conocerá nuestro estado de ánimo después de calibrar lo que leemos, las páginas que visitamos e incluso el tiempo previsto para las próximas horas. No debería escribir esto, pero reconozco que sus algoritmos aciertan en un noventa por ciento de las veces, y que me sorprende cómo combina melodías. Me recuerda a lo que hacía en la adolescencia con aquellos discos que iba colocando uno encima de otro para que fueran sonando durante tardes enteras sin saber que aquella combinación azarosa es la que ahora une a unas canciones con otras cuando silbo o tarareo por la calle. El otro día, por cierto, había una feria de coleccionistas en la Plaza de Santo Domingo de Vegueta, y de las cosas que más le llamó la atención a mi hija fueron los tocadiscos. No eran gramófonos como los que había en casa de nuestras abuelas sino tocadiscos que utilizamos cualquiera que viviera su juventud en las últimas décadas del siglo XX. Me costó mucho explicarle lo de la aguja que iba surcando el disco y haciendo sonar esas melodías que llevan el roce de esas agujas en nuestros recuerdos, con sus pequeñas imperfecciones tan grandiosas. Pero yo les hablaba de la música que ahora elige Siri por nosotros, y entre esas elecciones se decantó el otro día, cuando pasaba delante de la catedral de Santa Ana, por la Novena Sinfonía de Beethoven. De repente empezó a sonar la parte coral del final de la Sinfonía y esa alegría del poema de Schiller se confundía con las campanas que empezaron a repicar de repente, y recordé a Beethoven el día de su estreno, sordo, siguiendo la música en la partitura, sin darse cuenta, hasta que no le avisaron, de que estaba todo el público en pie y aplaudiendo a sus espaldas. Si le hubiera preguntando a Siri seguro que me hubiera dado hasta la hora exacta de aquel concierto, pero yo prefiero quedarme con ese milagro de poder escuchar los violines en cualquier calle o en cualquier plaza del planeta. Y esa música y esos milagros tecnológicos hacen que siga creyendo en el ser humano.

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Leía a Murakami contando el impacto que vivió cuando escuchó Please Please me de los Beatles siendo un niño en Kobe. El novelista cuenta en De qué hablo cuando hablo de escribir su acercamiento a la literatura y a todos aquellos detalles de su vida que le fueron acercando a la ficción y a la búsqueda de nuevos caminos a través de las palabras. Habla de azar todo el tiempo, de azar y de emociones, de esos momentos que a veces, cuando los vivimos, no somos capaces de registrar como trascendentes en nuestras existencias. La canción de los Beatles fue uno de sus momentos memorables, uno de esos impactos que le cambiaron la percepción del mundo y de todo lo que le rodeaba.
Yo leía el libro y paré un momento para recordar esa canción del grupo de Liverpool. Busqué en YouTube y apareció un concierto de los comienzos de los Beatles, todavía con los trajes y con ese flequillo que reconocemos como uno de los iconos del siglo XX. Una niña de cinco años escuchó la canción y se paró a ver el vídeo conmigo. Le expliqué quiénes habían sido los Beatles y le dije cómo se llamaba cada uno de ellos. Me preguntó si todavía cantaban y entonces le conté que se habían separado hacía muchísimos años y que dos de ellos ya estaban muertos. Me preguntó por los que ya no estaban, y más tarde por la razón de sus muertes. Le dije que a Lennon lo había matado un hombre malo en las calles de Manhattan. Le cambió la cara. Y entretanto, en el Ipad, saltó el vídeo de aquel último concierto que dieron desde la azotea de Apple Corps, y aquellos Beatles, distintos a los jóvenes imberbes, cantaban Don´t let me down con su estética hippie, con grandes abrigos y el pelo largo, y Lennon con esas gafas redondas que también forman parte de las imágenes del pasado siglo XX. La niña miró a Lennon y me preguntó que por qué habían matado a ese hombre con cara de buena persona que cantaba desde esa azotea pensando que era eterno. No supe qué responderle. Improvisé diciéndole que estaba vivo en su música y que por eso lo estábamos viendo ahora, pero ella insistía en la razón del asesinato, en por qué Mark David Chapman disparó contra su cuerpo delante del edificio Dakota. Tal vez no tenía que haberle dicho la verdad. Le contesté que el asesino era un hombre que tenía problemas mentales, pero ella seguía buscando una razón a esa sinrazón de un ser humano matando a otro ser humano en cualquier parte del planeta. Mientras, el Ipad seguía emitiendo vídeos de los Beatles de una forma azarosa. Sonó Hey Jude y los dos nos callamos. Paul y John coreaban el estribillo de esa canción. La niña seguía mirando a los ojos de Lennon. Yo tampoco he encontrado la respuesta. Sigo sin entender por qué los humanos continuamos matándonos como salvajes depredadores que se niegan a entender el sentido de la vida y de la muerte.

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"Y quieres viajar con ella, y quieres viajar a ciegas". Los dos escuchaban música a través de los auriculares. Caminaban por una calle peatonal. El cielo estaba azul y era verano. Los dos iban relajados y felices. No se conocían. Ella visitaba por vez primera aquella ciudad. Venía de otro país a pasar sus vacaciones lejos del ruido y del agobio de la gran ciudad en la que vivía todo el año. Ella se llamaba Ingrid y él Arturo. Tenían la misma edad y habían nacido el mismo mes y el mismo año. Los dos eran del signo Libra, unos románticos empedernidos, que vieron las primeras luces de la vida el mes de octubre de 1977.
"Todos los hombres serán navegantes hasta que el mar los libere". El entrecomillado es parte de la letra de la canción que iban escuchando. Él era abogado y venía de su despacho. Tenía un mes de vacaciones por delante. No había hecho planes. Se había divorciado hacía dos años y no tenía hijos. Quería improvisar un viaje y perderse en cualquier ciudad de Europa. Ella venía de Berlín. Era violinista y antes de regresar a Londres a estar con sus padres una semana necesitaba el mar y el cielo azul tras muchos meses de nubes bajas y largos ensayos. Él terminaría viajando a Berlín ese verano, pero en ese momento en que escuchaba una canción de Leonard Cohen seguía sin planes. Ella también escuchaba Suzanne. Los dos habían seleccionado esa canción al mismo tiempo. Sonaba sincronizada en ambos aparatos, bajo el mismo cielo azul y en medio de la misma gente que estaba realizando las últimas compras antes de salir de vacaciones. Había muchos niños con baldes de colores, con pequeños hatos con palas y rastrillos de plástico y con bolsas en las que llevaban los bañadores que acabarían desgastados en los últimos días de agosto. Sus padres llevaban bolsas con toallas, pareos y camisetas sueltas para los días de playa. Se cruzaron en mitad de la calle y se miraron un instante. Luego los dos irían recordando esos ojos en los siguientes pasos, pero no se dieron la vuelta, no se buscaron de nuevo, y sus vidas han seguido sin que variara nada desde ese encuentro en mitad de una calle cualquiera un día de verano. Como buenos Libras eran indecisos y soñadores. Ella no olvidó sus ojos marrones y él guardó el verde intenso de su mirada para siempre. Cuando se vieron, ninguno sabía que estaba escuchando la misma canción en el mismo momento, el mismo verso, el que habla de que todo está bien "mientras Suzanne sostenga el espejo". Ha pasado un año y esa canción suena de nuevo en esa misma calle. La escucha una adolescente que está empezando a conocer la música de Leonard Cohen. También es Libra. Como lo eran Ingrid y Arturo. Regidos por Venus. La diosa del amor y de la belleza. Algún día puede que venga alguien en la otra dirección escuchando la misma música con la misma letra.

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Todos los días desde hacía diez años coincidían frente a frente en la misma calle. Los dos querían ocupar la misma esquina. Había otras muchas esquinas en la ciudad, y en algunas podían ganar mucho más dinero, pero se empeñaron en esa desde el día que echaron un pulso en un bar cercano. Se han convertido en dos virtuosos, pero no gana el que toca mejor sino el más fuerte. Sacan los violines de los estuches, se quitan las camisas y enseñan sus bíceps de forma desafiante. Cada cual sabe reconocer la musculación del otro y se va el que se da cuenta de que no ganaría el pulso si volvieran a retarse como hace diez años. El que pierde toca en otra esquina alejada, recoge las monedas y se dirige al gimnasio para hacer pesas. Levanta las mancuernas memorizando las melodías que tocará al día siguiente en esa esquina deseada.

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No me vieron. Pasé junto a todos ellos. Miraban pantallas. La terraza parecía un cielo silenciado lleno de seres extraviados en sus propias miradas. Yo escuchaba en ese momento el Canon en Re Mayor de Johann Pachelbel, por eso pensé en el cielo y tuve esa sensación de no ser más que un sueño que a veces se asoma al fondo de alguna pantalla.


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No era fácil. Desde que luchaste contra millones de espermatozoides, desde que muchos millones de años antes una molécula fue mutando o desde que no existía ni siquiera este universo. Todo lo que tienes delante ahora mismo forma parte de una especie de milagro. Las uñas, el grifo del lavabo, el techo o las nubes que pasan más allá de las ventanas. Casi siempre vivimos como unos consentidos que se creen con derecho a todo por haber nacido, pero ha habido muchos movimientos, muchos azares y mucha matemática para llegar hasta aquí sanos y salvos.
Estos días he sentido ese vértigo de la nada previa al dar los primeros pasos de una película. No hay nada, ni actores, ni localizaciones, ni focos, ni música que suene de fondo. He estado con el director que va a llevar al cine la novela que publiqué con ATTK Editores, Villa Melpómene. En ella cuento, desde la ficción, pero partiendo de hechos reales, las estancias del músico Camille Saint-Saëns en Gran Canaria. Hace unos años, el mismo director, Juan Manuel Villar Betancort, me contó en un viaje en el que coincidimos en el desierto del Sáhara el argumento y el proyecto de su película Playing Lecuona. Tampoco había nada. Parecía que también contaba un sueño lejano. Me hablaba de que quería rodar en Nueva York o La Habana o de que le gustaría contar con Michel Camilo, Gonzalo Rubalcaba, Chucho Valdés, Omara Portuondo o Ana Belén. Un buen día me vi en el cine mirando los sueños de aquel soñador que me había contado esa película de Lecuona. Con el proyecto de la vida Saint-Saëns me está sucediendo algo parecido. Juanma habla de actores, músicos, efectos o localizaciones y todo me parece irreal, como esa vida misma de cada uno de nosotros que les contaba al principio, cuando todavía no hay nada o cuando no sabemos qué nos sucederá mañana ni qué decorados encontraremos en nuestra vida diaria. Nos movíamos por diferentes lugares del Norte de Gran Canaria y Juanma, en lugar de ver lo que teníamos delante, ya estaba viendo la película en su cabeza. Sucedieron algunos hechos casi mágicos. Llegamos a ver al perro y a un hombre como Saint Saens paseando junto a Villa Melpómene y también contemplamos atónitos cómo una paloma se estrellaba contra la fachada y cómo, lejos de morir, se quedaba delante de la casona roja mirándonos fijamente a los ojos (en mi novela, la primera imagen es una paloma que sobrevuela la ciudad de Guía a finales del siglo XIX). De alguna forma entendimos que lo mágico, o lo que nos llega con mensajes cifrados, también forma parte de la vida que vamos viviendo, partiendo de la nada, sobrevolando años como esas palomas que aparecen cuando menos lo esperas. En su vuelo dejó un rastro de plumas en el aire, como si invitara al director a levantar ese mundo que es una película teniendo en cuenta también todo lo que vuela.

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Todos los días la esperaba. Desde que tenía cinco años y empezó a llevarla a las primeras clases. Se sentaba a su lado cuando ensayaba durante horas y terminó dejando el trabajo para acompañarla en los conciertos que iba dando por todo el mundo. Hoy toca el piano con los ojos cerrados. No necesita mirar la partitura porque está tocando para él. Sabe que es imposible que no esté a su lado. Ella ya tiene cuarenta años y está interpretando en el Royal Festival Hall el concierto para piano y orquesta número 3 en Do Menor de Beethoven junto a la Sinfónica de Londres. Ese fue siempre el gran sueño de su padre. Por eso ella está segura de que la está escuchando. También sabe que los muertos están siempre cerca si mantenemos los ojos cerrados.

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