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A veces entro a comprar botones en las mercerías para que no desaparezcan. Quedan pocas. Realmente quedan pocos comercios pequeños en Las Palmas de Gran Canaria. En Vegueta, por ejemplo, había hace unos años hasta cinco tiendas de comestibles entre Santa Ana y Santo Domingo. Solo queda una. Esas tiendas les daban un encanto especial a las calles y al mismo tiempo contribuían a que se relacionaran los vecinos. Ahora casi todas las compras son asépticas, y ni siquiera miramos a los ojos de las cajeras que nos cobran en los supermercados.
Hace tiempo, y no estoy hablando de décadas sino de unos pocos años, uno caminaba por la calle y encontraba a otros paseantes pendientes del color del cielo, de las características de una fachada o sencillamente de su propia sombra o de la sombra de los otros caminantes. Ahora casi todo el mundo va mirando pantallas o hablando por teléfono sobre supuestas cuestiones vitales que no admiten demora. El otro día me decía un amigo que parecía que todos los paseantes tenían acciones que vender en Wall Street o familiares graves en los hospitales. Se nos va la vida creyendo que somos importantes en el fondo de las pantallas, y sin embargo pasamos de largo ante todo lo que nos podría enseñar a vivir con más tino y más acierto. Yo a veces compro en esos negocios que casi están a punto de cerrar para que no dejen huérfanos los paisajes que reconocemos desde niños y que también reconocieron nuestros abuelos y nuestros padres. Quedan pocas mercerías, casi nadie cambia botones u ojales, y es poca la gente que busca esos ovillos que nos permiten seguir los hilos de Ariadna. El otro día estaba en una de esas pocas mercerías que todavía quedan en Las Palmas de Gran Canaria mientras una señora buscaba ojales para chaquetas. La llamaron por teléfono y contestó delante de la dueña y de mí. La dueña me conoce y creo que sabe por qué compro en su establecimiento. Se da cuenta de que la mitad de las veces ni siquiera sé qué es lo que voy buscando y que es ella misma, yo creo que para que no lleguemos a las confidencias que nos terminen delatando, la que me termina ofreciendo algún trozo de tela o cualquier cachivache que los dos sabemos de antemano que no tiene ninguna importancia. La señora del teléfono era una remilgada con aires de grandeza. Le dijo a quien le llamaba que en ese momento no podía contestarle nada porque estaba haciendo una gestión muy importante. Sin darse cuenta puso esa cara de impostora que ponen tantos políticos cuando salen en los telediarios tratando de hacernos creer que están decidiendo nuestro destino o nuestra felicidad diaria. Pero esa señora, sin darse cuenta, creo que decía la verdad aunque ella quisiera mentir para que la otra pensara que estaba en una reunión importante: elegía ojales. A estas alturas elegir ojales es algo importante.

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