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Novedades en la categoría Miscelánea

Los gestos se aprenden. Todos los que estábamos en aquella clase terminamos tocándonos la barbilla varias veces al día. Entonces no nos dábamos cuenta, pero ahora nos reconocemos cada vez que nos reencontramos en alguna parte. Los hermanos o los primos también suelen reconocerse por gestos parecidos que aprendieron de sus padres o de sus abuelos. Lo veo en la barra de la cafetería tocándose todo el rato la barbilla con el índice y el pulgar como mismo se la tocaba aquel maestro que nos dio clases durante cinco años. Lee el periódico y de vez en cuando acerca a sus labios una pequeña taza de café. Pide la cuenta y sale a la calle. No me llega a ver. Yo sí sigo sus pasos desde la cristalera. Espera a que el semáforo cambie de color para cruzar. Nuevamente se lleva los dedos a la barbilla. Lo hace siempre que está nervioso o cuando no sabe qué hacer con sus manos. Yo también tengo los dedos exactamente igual que él cuando lo miro. No nos veíamos desde hacía casi cuarenta años. Alguien me dijo una vez que estaba muerto. No sé si los muertos toman café en las barras de las cafeterías por la mañana, pero sí puedo jurar que siguen conservando los mismos gestos. Ya ha desaparecido al final de la calle. Cuando era niño siempre estaba leyendo libros sobre la cábala, el esoterismo y las reencarnaciones. Lo recuerdo en el recreo, siempre solo, sentado en un banco del patio, pasando las hojas con una mano mientras la otra no se separaba nunca de su cara.

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Si miras hacia el cielo verás pasar bandadas de aves sin nombre que siempre andan persiguiendo al verano. Los pájaros saben que la vida es un vuelo y que una jaula es un engañabobos con el que a veces tratan de engatusarnos. Me gusta verlos junto a las charcas que encuentran cada año en las mismas costas o revoloteando cerca de los acantilados. Ni siquiera conocemos sus nombres. Nos llaman la atención el color de sus plumajes o los trinos con los que celebran la llegada de la mañana. A veces es el mar el único que sabe que detienen sus vuelos oceánicos. Sus sombras, como las nuestras, también navegan la inmensidad de las aguas.

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Los gatos son los primeros que ven amanecer en Las Palmas de Gran Canaria. También escuchan el sonido de las olas antes que nadie y saben de la quietud o de las revolturas con que se presentan las mareas. Todo el litoral de la Avenida Marítima está circundado de gatos. Habitan entre los tetrápodos y te los encuentras desde que sale el sol oteando el horizonte. No sé el tiempo que llevarán perpetuándose cerca de la orilla. Los ves tirados a la bartola recibiendo los primeros rayos solares o moviéndose con acompasada lentitud felina. Más allá de ellos solo están los barcos que parecen fondeados en medio de la nada. Me gusta su anónimo transitar cerca de donde nosotros perdemos el sueño con absurdas vanidades. Para que llegaran hasta ese lugar también fue preciso que pasaran millones de años de evolución y de decisiones azarosas. Supongo que el día que ya no haya muros conteniendo el océano seguirán transitando lentamente entre las rocas o las piedras de la orilla. Siempre ha habido gatos en todas las costas. Cuando era niño los recuerdo aguardando primero que nadie la llegada de los pescadores al Puerto de Las Nieves. Se adelantaban incluso al vuelo de las gaviotas que revoloteaban entre las falúas cuando sabían que había habido buena pesca. Los gatos guardan en sus ojos reflejos de tiempos y de mares lejanos. Por eso nos resultan tan enigmáticos y tan fascinantes. Cuando te observan siempre parece como si te estuvieran atravesando con su mirada. Yo creo que nos ven mucho más allá de donde se proyectan nuestras propias sombras.


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Creo en el aprendizaje diario, en el silencio de las lecturas y en las palabras de quienes también fueron aprendiendo sin aspavientos y sin pedanterías, creo en el perfeccionamiento de cada persona que se lo proponga, en la fuerza del amor, en la apuesta por las utopías y en que el tiempo, como decía Chaplin en Candilejas, es un gran autor que casi siempre da con el final perfecto. En seis años he aprendido que los paraísos están mucho más cerca de lo que parecen.

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Nada sucede de repente y al mismo tiempo casi todo acontece sin que nos demos cuenta. Como la luz del día, como cuando amanece y la noche queda atrás como un túnel que atravesamos y olvidamos desde que el cielo se enciende y comienzan a escucharse los ruidos cotidianos, esos sonidos que antes de abrir los ojos nos cuentan el lugar en el que estamos. Hay un momento clave, un instante preciso, una especie de fogonazo como los de aquellos flashes de las cámaras fotográficas antiguas. Y de repente nos encontramos con un día nuevo en el que volver a escribir nuestro destino. Casi nunca nos damos cuenta de ese milagro porque vivimos como autómatas sujetos a rutinas y a horarios, pero a veces, tras una noche larga de vigilia en un hospital, en un desvelo inesperado o cuando amanecemos en ciudades de paso, descubrimos ese momento casi mágico que seguirá repitiéndose cuando ya no estemos y que lleva repitiéndose millones de años.
Imagino que así nos crearían también a nosotros, en un proceso casi igual de mágico, partiendo de la nada, juntándose todos los azares para que un óvulo y un espermatozoide comenzaran la aventura que ahora somos. Después le quitamos trascendencia a ese momento y vivimos como si fuéramos eternos, pero entendiendo esa eternidad como una dejadez que nos despista, como si siempre fuéramos a tener tiempo de hacer lo que queremos y de ser felices, como si dentro de cien mil años alguien se fuera a acordar de nosotros. También nos asemejamos a esa luz que se enciende de repente en el cielo, y como ella desapareceremos con la misma naturalidad que acaba el día y regresa la noche nuevamente. Y no tendría que pasar nada, o si acaso tendríamos que vivir con intensidad ese estado de consciencia que nos lleva de una luz a otra luz, como si nos llevara de una certeza a otra certeza, aun sabiendo que luego vuelve el enigma, o esa luz lejana de la que vinimos un día para amar y para tratar de ser felices sobre la tierra. También nos parecemos a la luz de las pantallas antes de que se enciendan, cuando aparece un ligero parpadeo, casi inapreciable, y luego ya se ven las imágenes y las letras igual que nos sucede a nosotros con nuestros cuerpos o con nuestros recuerdos más lejanos. Y la pantalla, y la primera luz del día y nuestra propia existencia también se asemejan a aquellas habitaciones de techos altos de las casas de nuestras abuelas en las que de repente alumbraba un bombillo de bajo voltaje que iba iluminando poco a poco las paredes y los muebles. También entonces asistíamos estupefactos a aquel primer fogonazo que borraba la oscuridad de repente. Así aparecemos y así saldremos de la escena, y entretanto creo que no queda más remedio que entendernos. Todo lo demás son tinieblas, noches oscuras en las que nos extraviamos muchas veces.

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Nunca pierde la calma ni la sonrisa. Lo he visto en momentos muy difíciles mantener ese temple y ese saber estar del que hablas. No es fácil encontrarte con gente así. Jamás le he oído una mala palabra de nadie, y cuando hablan de sus logros cambia inmediatamente de conversación y se sonroja como un adolescente al que le descubren un amor que no le había contado a nadie. Siempre que estás a su lado, parece como si se serenara el tiempo. No es fácil encontrar personas así en un mundo cada vez más cainita y más dado a las poses y a las insolencias.
Vive lejos y regresa algunos veranos. Da clases en una universidad y cuando te recibe en esa ciudad lejana te enseña museos, plazas y pequeños cafés en donde uno querría estar toda la vida viendo pasar a la gente desde la cristalera. Su vida personal no ha sido fácil, pero jamás le he escuchado una sola queja. Lo perdió todo de un día para otro y prefirió el duro camino de la soledad antes que estar buscando fuera lo que él ya sabía que solo iba a hallar en sus adentros. Lee todo lo que puede, y escucha música como si escuchara al oráculo de algún Dios que le estuviera descubriendo el secreto de la existencia. Una tarde de sobremesa, después de haber almorzado y de haber disfrutado de uno de esos vinos que a veces abren puertas secretas del alma, le pregunté que cómo conseguía mantener siempre ese semblante risueño de quien parece que acaba de encontrar al amor de su vida en el cruce de alguna calle. Me contestó que se sumergía. Yo pensé que bromeaba, pero luego añadió que siempre que puede se recuerda en agosto, en los veranos del norte de la isla de Gran Canaria, metiéndose con las gafas y el tubo debajo de las aguas del océano. Recrea entonces ese silencio abisal de los fondos marinos y recupera el paso veloz de un cardumen de lebranchos, la luminosidad de las viejas, las fulas y los gueldes, y aquellas estrellas de mar que miraba moverse entre las rocas de los fondos oceánicos. Me miraba a los ojos mientras hablaba y yo llegué a vislumbrar en aquella ciudad continental y alejada de la costa ese mar que recreaba con la sonrisa del niño que está a punto de entrar en el agua. Me dijo que a veces, cuando regresa en verano, se sumerge en esos mismos fondos, pero que ya no encuentra los peces de entonces. Por eso prefiere sumergirse con los ojos abiertos cuando todos piensan que está viviendo el presente. Si se le derrumba el mundo, o le anuncian una muerte cercana, se sumerge sobre la marcha escuchando a lo lejos ese sonido como de cristales rotos que nos llega cuando estamos en el fondo del agua. Cuando me contaba todo eso nevaba sobre uno de esos parques con lagos y con árboles deshojados por el viento del otoño. Hacía mucho frío afuera y todo estaba nublado, pero cuando él hablaba les aseguro que yo veía esos rayos de sol que se cuelan en el océano como halos de esperanza.

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Era el mismo que regalaba globos a los niños vestido de payaso. No pedía dinero y recibía lo que tenías en el bolsillo esbozando siempre la misma sonrisa. Hoy me paró en la calle. Hacía muchos meses que no lo veía. No lo reconocí. Nunca lo había visto sin que tuviera la cara pintada. Me pidió dinero desesperadamente. Sabía que me estaba contando una mentira y no dejaba de temblar mientras hablaba. Ya no lleva aquella ristra de globos luminosos que hacía que se detuvieran todos los niños cuando entraban o salían del colegio. Me decía todo el tiempo que era el payaso, pero ya era incapaz de esbozar una sonrisa.

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Julio llega como ese humo de las hogueras de San Juan que traza dibujos de cenizas y sombras en el azul de la tarde. Ningún Julio se parece a otro, y no porque tenga nombre de humano, sino porque los meses, cuando se repiten, vienen con distintas miradas y porque nosotros también miramos de otra manera, a veces con ojos de veranos de infancia y otras con ojos de no entender qué está pasando, como quienes se asoman a otro tiempo y tampoco entienden el lenguaje de la gente o las modas que pasean por las aceras. Salimos a la calle este primer martes de julio y nos sorprendemos por ese guion que nunca conocemos de antemano y que a veces tenemos que improvisar como esos pasos que bordean precipicios inesperados.
Julio era un mes con una perspectiva lejana del aburrimiento. El colegio quedaba lejos y, de repente, te veías extendiendo la toalla en la playa o medio enamorado por vez primera en esas noches de verbena que aún siguen resonando en tu memoria con música de boleros y sonidos de olas que golpeaban mansamente las rocas oscuras de la costa. Recuerdo un hombre que se quedó para siempre en un día de Julio. Cada vez que le preguntabas la fecha te repetía cualquier día de este mes que sigue al solsticio y que, de alguna manera, representa lo que nace después de haber quemado el tiempo pasado y todo lo que no servía para seguir andando por los caminos de la existencia. Aquel hombre vestía de Julio en Diciembre o en Enero. Apenas salía a la calle hasta que no llegaban los días de manga corta y sol radiante, esos azules que en la capital grancanaria se vuelven grises de alisios y de brumas veraniegas que los que vienen de fuera no logran entender porque no saben de saudades ni de maguas. De este Julio que comienza uno espera el desarrollo de una buena novela que nos regale emociones y motivos para no perder las ilusiones ni las sonrisas entre tanto sátrapa y tanto fundamentalista de la maldad y de la muerte. Londres en julio era el verano entre decenas de razas en un vagón de Metro o en una guagua de dos pisos en la que ya no había abrigos ni paraguas. Casi siempre asocio Julio con Londres. Fue el mes en que la visité por vez primera hace casi cuarenta años y ya fue para siempre una ciudad de convivencia y de urbanidad, un espacio en el que parecía que podría edificarse un mundo mejor a imagen y semejanza de su tolerancia. Ahora este Julio no se parece a los de entonces, y todos los canallas atacan a Londres porque quieren acabar con la civilización y la convivencia. Pero uno quiere seguir creyendo en que la vida comienza siempre cuando se asoma el estío, que es otra manera de llamar al verano o de creernos que, a lo mejor nombrando esta estación de otra manera, acabaremos por imitar el tránsito sereno de los animales que todavía se fían de la orientación del sol para no equivocar sus pasos en el planeta.

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Escribía Antonio Machado que la gloria de la virtud hizo a Caín criminal, y luego glorificaba al hijo de Adán porque cuando él escribía era el vicio lo que se envidiaba más, y la vanidad, y el dinero, y todas esas martingalas que Machado no sabía que solo estaban empezando, y que aún no habían llegado ni la televisión ni las redes sociales. Sí intuiría el poeta, porque era un hombre sabio, que el ser humano seguiría repitiéndose desde aquel golpe de Caín con una quijada de burro, matándose una y otra vez con armas o con palabras, con maledicencias o con mentiras, sin recordar lo que escribía el poeta de Moguer cuando contaba que nosotros nos iremos y que, por suerte, seguirán los pájaros cantando.
Una amiga me recordaba que su abuela decía que había que esconder la felicidad, que ser feliz provoca envidia y que hace que se conjuren los mismos necios que acabaron con Kennedy Toole y con todos los que quisieron sembrar belleza en el planeta. Siempre fue así. Se ocultaba el cuerpo bello, y las casas castellanas, y muchas de Vegueta y de algunos pueblos de la isla, aparecían sin alardes hacia afuera y como palacios en los adentros. Todo lo contrario que en la cultura calvinista, en donde se enseñan las fachadas y se acristalan las casas porque se entiende que no se tiene ocultar lo que se gana honradamente. Cuando paseas por Amsterdam parece como si la vida de los otros formara parte de tu propia mirada, con las lámparas y los cuadros a la vista como cuando uno enciende la tele de su propia casa.
Tengo un amigo que también sigue la estela de la abuela de esa amiga que decía que había que esconder todo lo bello para no despertar la envidia de los que solo quieren lo que no tienen: produce tristeza comprobar cómo muchos, en lugar de mejorar o de aprovechar la única vida que tienen, se dedican a incordiar y a intentar echar abajo lo que los otros consiguen después de mucho esfuerzo. Eso también forma parte de la condición humana desde mucho antes que escribiera Machado: están los que construyen y los que destruyen, el ying y el yang de los humanos, el blanco y el negro de los tableros del juego de la existencia. Ese amigo del que les hablaba estaba todo el día inventándose enfermedades para que no lo molestaran. Antes de contar algo bueno, se inventaba un dolor extraño en el estómago o una cita crucial con algún galeno. Él nos decía a los más cercanos que haciendo eso lo habían dejado en paz en todos estos años. La verdad es que si siguiéramos los consejos de la abuela de mi amiga y los de ese amigo que dejaba en evidencia al más hipocondríaco, apenas podríamos esbozar una sonrisa o aplaudirle al destino por todos los buenos momentos que nos regala. Yo, francamente, prefiero el resquemor de los caínes antes que ocultar que la vida, como decía el poeta, siempre es bella a pesar de los pesares y de los mezquinos.

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Como un espejismo, los años, los recuerdos, la vida que uno vive. De repente todo el pasado se asemeja a una película desgastada por el tiempo, cada imagen es un fotograma que se aleja, o a veces sucede todo lo contrario, ni siquiera recuerdas y lo que crees que viviste no ha llegado todavía, fue solo un sueño, un deseo, una especie de dejá vù perdido en algún espacio ignoto del universo.
Mientras escribo escucho de fondo la banda sonora de unos Dibujos Animados. La vida es siempre bella cuando se traza con colores luminosos o cuando se narra como un cuento para que los niños sueñen. Me recuerdo niño viendo Dibujos Animados sin saber aún lo que la vida me tendría deparado cuando esos dibujos se convirtieran en vivencias y en días que pasan, en memoria, en padres que envejecen, en amigos que no he vuelto a ver desde el colegio, en amores que aguardaban todavía lejos o en esa hija que te devuelve la mirada como si te reconociera mucho más allá de tus adentros. No me gusta el mundo que le estamos dejando a esos niños que llegan. Ningún mundo ha sido nunca perfecto, pero este que se está creando es soez y pendenciero. Están ganando cada vez más los insolentes, los arrogantes y los que solo son felices tachando vidas rotas en sus agendas. No me gusta este mundo que pisotea a diario los Derechos Humanos y que asiste pasivo al latrocinio legal o ilegal, privatizando o robando, de todo lo que era nuestro. No me gustan los fundamentalismos, las mafias que dejamos que se extiendan por todas partes o el feudalismo de esos países que niegan todas las libertades y que casi aplaudimos por la necesidad de sus recursos naturales. En ese espejismo efímero que contaba al principio se nos están quebrando todos los asideros casi sin darnos cuenta. Hace tiempo que no creo en grandes revoluciones ni en los demagogos que aprovechan las crisis para alimentar su ego. Esto será una anécdota a los ojos de la eternidad, un fondo oscuro, lejano y olvidado, como esos hormigueros en los que también transitan existencias acarreando migas de pan de un lado para otro todo el tiempo. Es cierto que hubo épocas peores, que hubo esclavitud, que se justificaba la muerte del que pensaba diferente y que estuvo Auswitch: pero uno quería creer que habíamos aprendido de todo aquello y que acabaríamos entendiendo ese ligero tránsito en el que respiramos o soñamos unos pocos decenios. No era así, y nos toca comenzar otra vez de nuevo. Los Dibujos Animados siguen sonando a lo lejos, y escucho risas de niños. No todo está perdido. La evolución de las especies, Darwin, el triunfo de lo bello, los días que comienzan para que podamos reconstruir todo nuevamente. El azar que nos deja atónitos siempre. El milagro de poder escribir para luego darnos cuenta. Todas esas palabras que sí mueven montañas y cambian los tiempos.

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