los blogs de Canarias7

Novedades en la categoría Miscelánea

Estudiaba las caras desde el otro lado de la cristalera. Día tras día, desde hacía cinco años, sabía del estado de ánimo de su ciudad viendo pasar a la gente, y hasta él mismo se veía afectado por lo que miraba. No sabía quién era el primero en aparecer sonriente o cabizbajo. Los que repetían los paseos eran tan proteicos como los no habituales. Un día descubrió que aquellos cambios de humor dependían de una ventana situada en una casona antigua de una de las calles peatonales más transitadas. Era la única que quedaba en la ciudad. Cada día cambiaban el color de las cortinas y últimamente no hacían más que elegir tonos oscuros, lóbregos, que entristecían la mirada. Hoy, sin embargo, han colocado unas cortinas luminosas de colores cálidos. Él pasó justamente cuando se detuvo el coche oficial delante de la casa y vio a un hombre subir con esa tela luminosa. Alguien determinaba el estado de ánimo de la gente sin que nadie se diera cuenta. Fueron muchos años mirando pantallas. Ahora solo queda esa ventana, y hacia ella miran los nietos de quienes hacían depender su humor de otros cristales sin cortinas llenos de imágenes y de falsas realidades.

| | Comentarios (0)

Vio la puerta abierta y entró. Le dieron una acreditación y se sentó en medio de la sala. Alguien repitió un nombre y el que estaba a su lado le dijo que era el suyo, el que aparecía en la acreditación que colgaba de su cuello. Subió al estrado, improvisó un discurso incoherente y lo eligieron candidato. Luego ganó las elecciones y hoy decide el futuro de mucha gente. Es alcalde de una ciudad en la que estaba de paso, con otro nombre, con decisiones que toma al tuntún y con una sonrisa que no se le borra nunca de la cara. No quiere preguntarse de dónde venía aquel día que entró en aquel teatro, ni tampoco quién era realmente la persona a la que le ha robado el nombre. Ya se habla de él como futuro ministro. Siempre sonríe y le da besos a la gente en los mercados y en los mítines que le organizan cada sábado. Es fotogénico y tiene un currículo con muchos másteres y muchos cursos en el extranjero.

| | Comentarios (0)

A veces no hace falta viajar lejos para llegar a los paraísos. Con el paso de los años, uno descubre que esos edenes que aquietan nuestras aguas están realmente dentro de cada uno de nosotros, o rondando los paisajes o los afectos más cercanos. Me gusta mucho viajar, y de hecho cada año de mi vida se queda grabado en el almanaque con algún viaje más o menos lejano. Y cuando vamos lejos, paradójicamente también nos sigue sorprendiendo lo más sencillo y lo más cotidiano. A lo mejor lo que queda de Nueva York es solo una hoja seca que movía el viento entre los rascacielos de unas avenidas interminables.
Cuando estamos en otro lugar, lejos de nuestros trabajos y de nuestras preocupaciones, nos fijamos en esos detalles que requieren la calma y la mirada serena que no encontramos cuando vamos corriendo al trabajo o a recoger a los niños a la salida del colegio. Realmente estamos viajando hacia nosotros mismos en todas partes. También en Las Palmas de Gran Canaria yo viajo algunos domingos muy lejos alejándome apenas unos metros de mi casa. Me acerco al barrio marinero de San Cristóbal y parece como si de repente me alejara de la ciudad en la que habito entre semana. El castillo, las casas de colores, el sonido incesante de los cascajos en la orilla y esa brisa que hace que viaje casi tan lejos como los barcos que tengo delante convierten cualquier fin de semana en una fiesta inolvidable. La costa de San Cristóbal no se parece nada al resto de la ciudad. A veces uno tiene la impresión de que cuando la quisieron enterrar con la autopista no hicieron más que salvarla de la especulación y de la mirada rápida que dedicamos a lo que se ve desde las carreteras. Allí tienes que bajar unos metros y recuperar la costa tal como era antes de que levantaran la Avenida Marítima y le ganaran terreno al océano. Desde ese castillo se ha visto la vida que pasa lejana, los barcos que van y vienen cargados de sueños y esos mariscadores que siguen buscando pulpos y lapas entre las grutas de las grandes piedras de la costa. Hay una playa pequeña de arena negra que cuando baja la marea me recuerda a todas las playas de mi infancia en el norte de Gran Canaria. Una amiga brasileña me dijo un día que la fila de casas de colores de la costa de San Cristóbal se parecía a cualquier pueblo costero de Brasil cercano a Salvador de Bahía. Entre sus callejones uno reconoce ese surrealismo que Julio Viera lleva a sus cuadros, la sombra que dejan las rocas cuando cae la tarde y con la bajamar parece que el Atlántico duerme como un lagarto gigante. Las Palmas de Gran Canaria es una ciudad con muchas ciudades dentro, una costa con muchos horizontes en los que inventar nuestros propios viajes. Lo saben todas esas gaviotas que sobrevuelan a diario su silueta alargada y siempre mojada por las aguas.

| | Comentarios (1)

El cerebro es un gran tablero con el que jugamos a diario. No siempre mueve las fichas como queremos, ni nos deja ver el bosque de nuestras propias vivencias. Muchos lo comparan con una especie de mono loco que va de árbol en árbol y que nunca detiene el pensamiento. Ni siquiera en sueños logramos que descanse, aunque creo que si descansara nos acabaríamos muriendo de aburrimiento o hasta es posible que se olvidara de ordenarle al corazón que tiene que seguir latiendo.
Hace años que trato de jugar con todas las combinaciones cuando parece que solo hay un camino de salida. Basta un cambio de posición para observar lo que tenemos delante de otra manera. También es posible cambiarlo todo si jugamos con las neuronas como quien juega con los dados sobre una mesa de juegos. Por eso tienen razón esos mayores que dicen que los problemas hay que dormirlos para verlos con otros ojos al día siguiente. Se recoloca lo caótico y encontramos las soluciones que antes no atisbábamos por ninguna parte. Sucede como con esos objetos que no encontramos estando delante de nuestros ojos o como en los huecos de los crucigramas, que por más que lo intentas no aparece la letra que te permita dar con la pista de la palabra que estás buscando. Basta con alejarse un poco, o con salir a dar un paseo, para que ese mismo cerebro obcecado encuentre las llaves que casi dábamos por perdidas o para que resuelva el arcano que estábamos buscando en el crucigrama.
La mayoría de las veces somos nosotros mismos los que nos creamos los problemas. Supongo que eso tiene mucho que ver con nuestra imperfección humana o con el poco partido que le sacamos al cerebro. No hay pócimas milagrosas para evitar un duelo o para que no nos extraviemos de vez en cuando; pero creo que ya va siendo hora de que aprendamos a mirar con otros ojos. No hablo de negar el compromiso: esto tiene que ver más con la lucha personal de cada uno. No conozco ningún Ganges sanador, a no ser que me digan que el océano revitaliza, que en eso sí es verdad que creo, en Famara, en Guayedra o en Roque Prieto. A lo mejor si esto lo leen dentro de cientos de años se partirán de la risa con las conjeturas y con este tanteo entre sombras que es siempre el acercamiento a nuestro propio cerebro. Esa maquinaria perfecta que nos gobierna la conocemos menos que a nuestro ordenador o que al vecino que nos tropezamos por la calle. Nunca nos paramos a pensar en su grandeza y en todo lo que tuvo que suceder para que llegara a movilizar el cuerpo. También depende de ese órgano lleno de conexiones la música, la poesía o el sentido del olfato que nos orienta entre la panoplia confusa de los recuerdos. Incluso esa percepción de que la vida no es más que un sueño acontece en el cerebro. Y a lo mejor lo es. Un sueño lejano, extraño y cada día más complejo y más sorprendente.

| | Comentarios (0)

Creó un estado independiente dentro de su casa. Aprobó una Constitución, colocó un ejército con los muñecos de su infancia en la puerta y en todas las ventanas, y se subió encima de una silla para pronunciar su discurso de investidura. Juró lealtad a su bandera, una toalla de playa con palmeras, y se sintió un hombre importante sabiendo que tenía en sus manos el destino de aquellas cuatro paredes del planeta.

| | Comentarios (0)

En todas partes siempre hay alguien que sube y que luego bajará, o que estaba arriba y ya está enfilando el camino de bajada. Los males de altura no solo afectan cuando se llega al Machu Pichu: una vez arriba hay gente que cambia de la noche a la mañana y que olvida por completo su mortalidad: luego lo pasan fatal cuando comienza ese inevitable regreso al estado natural que comentábamos al principio: se han creído inmortales o han terminado pensando que lo de la manzana de Newton era un camelo. Y encima, aun sin que terminen de llegar abajo, les aparecerán los que quedaron a mitad de camino esperando su regreso, o aquéllos que aguardan a que el cadáver de su enemigo pase delante de su puerta (siempre me ha parecido una estúpida estrategia ese rencor acumulado esperando al otro y renunciando a todo lo que se ganaría con el olvido). Quizá la clave de esas subidas y bajadas esté en las formas. No recuerdo quién me dijo un día que a lo más alto se puede llegar arrastrándose como una serpiente o volando majestuosamente como un águila. Si has aprendido a volar supongo que podrás evitar la caída. A los otros les espera un duro y vergonzante camino de vuelta. Pero eso solo lo descubren luego, cuando cae la manzana de Newton y la ley de la gravedad los arrastra también en la caída.

| | Comentarios (0)

Fue noticia cuando nació. Había sido el primer bebé del año. En los periódicos detallaban que había pesado 4,200 kilogramos y que medía 54 centímetros. Aparecía en los brazos de su madre. Su padre estaba detrás con la mirada perdida, como si deseara estar en otra parte. La madre tampoco sonreía. En el periódico decían que se llamaría Esteban: pero luego lo bautizaron con el nombre de Yeray. Han pasado veinticinco años. Los padres lo abandonaron unos meses después de que apareciera en aquella fotografía. Vivió en centros de acogida hasta los dieciocho. Desde entonces deambula por las calles buscándose la vida como puede. Duerme en una furgoneta. En su cartera lleva siempre, como hacen los poetas viejos con sus versos, el recorte de prensa en el que se anunciaba su venida al mundo como si fuera un gran acontecimiento.

| | Comentarios (0)

Hace un momento soñaba con sellos. Supongo que un freudiano diría que hoy he estado durmiendo con alma volandera, o que se avecinan viajes o noticias importantes que pueden cambiar mi vida. Yo coleccioné sellos entre los doce y los dieciséis años. Es verdad que compraba series recién salidas en Correos o pequeñas colecciones en aquellas filatelias que casi han desaparecido del paisaje de todas las ciudades; pero lo que más le gustaba a aquel niño soñador eran los sobres que le dejaban los familiares y los vecinos más cosmopolitas. Cuando tenías entre las manos un sobre matasellado en Cuba, en Inglaterra o en Argentina ponías en marcha toda tu capacidad creativa tratando de imaginar el recorrido paisajístico de aquellas cartas. El sello no era más que el medio que despertaba los sueños viajeros, el papel luminoso que daba fe de aquellas aventuras por océanos, cielos o países lejanos. Ahora un adolescente soñador no creo que guarde los correos electrónicos en ninguna parte, y si los guarda no cuenta con destellos brillantes que lo acerquen a los sueños. Hace años que no regreso a mis colecciones filatélicas. No tienen ningún valor económico, pero es que entonces no pensábamos en valores económicos o revalorizaciones. Nos gustaban los sellos más exóticos y más lejanos, y nos sentábamos delante de ellos con una lupa que no hacía más que agrandar nuestros deseos de viajar fuera de nosotros mismos: el mundo no era más que un espacio que recorrías siguiendo el rastro de un pequeño sello coloreado de sueños.

| | Comentarios (0)

Los gestos se aprenden. Todos los que estábamos en aquella clase terminamos tocándonos la barbilla varias veces al día. Entonces no nos dábamos cuenta, pero ahora nos reconocemos cada vez que nos reencontramos en alguna parte. Los hermanos o los primos también suelen reconocerse por gestos parecidos que aprendieron de sus padres o de sus abuelos. Lo veo en la barra de la cafetería tocándose todo el rato la barbilla con el índice y el pulgar como mismo se la tocaba aquel maestro que nos dio clases durante cinco años. Lee el periódico y de vez en cuando acerca a sus labios una pequeña taza de café. Pide la cuenta y sale a la calle. No me llega a ver. Yo sí sigo sus pasos desde la cristalera. Espera a que el semáforo cambie de color para cruzar. Nuevamente se lleva los dedos a la barbilla. Lo hace siempre que está nervioso o cuando no sabe qué hacer con sus manos. Yo también tengo los dedos exactamente igual que él cuando lo miro. No nos veíamos desde hacía casi cuarenta años. Alguien me dijo una vez que estaba muerto. No sé si los muertos toman café en las barras de las cafeterías por la mañana, pero sí puedo jurar que siguen conservando los mismos gestos. Ya ha desaparecido al final de la calle. Cuando era niño siempre estaba leyendo libros sobre la cábala, el esoterismo y las reencarnaciones. Lo recuerdo en el recreo, siempre solo, sentado en un banco del patio, pasando las hojas con una mano mientras la otra no se separaba nunca de su cara.

| | Comentarios (0)

Si miras hacia el cielo verás pasar bandadas de aves sin nombre que siempre andan persiguiendo al verano. Los pájaros saben que la vida es un vuelo y que una jaula es un engañabobos con el que a veces tratan de engatusarnos. Me gusta verlos junto a las charcas que encuentran cada año en las mismas costas o revoloteando cerca de los acantilados. Ni siquiera conocemos sus nombres. Nos llaman la atención el color de sus plumajes o los trinos con los que celebran la llegada de la mañana. A veces es el mar el único que sabe que detienen sus vuelos oceánicos. Sus sombras, como las nuestras, también navegan la inmensidad de las aguas.

| | Comentarios (0)

Blogs de Canarias7

Ciclotimias

Páginas

  • Carrete