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Escribía Antonio Machado que la gloria de la virtud hizo a Caín criminal, y luego glorificaba al hijo de Adán porque cuando él escribía era el vicio lo que se envidiaba más, y la vanidad, y el dinero, y todas esas martingalas que Machado no sabía que solo estaban empezando, y que aún no habían llegado ni la televisión ni las redes sociales. Sí intuiría el poeta, porque era un hombre sabio, que el ser humano seguiría repitiéndose desde aquel golpe de Caín con una quijada de burro, matándose una y otra vez con armas o con palabras, con maledicencias o con mentiras, sin recordar lo que escribía el poeta de Moguer cuando contaba que nosotros nos iremos y que, por suerte, seguirán los pájaros cantando.
Una amiga me recordaba que su abuela decía que había que esconder la felicidad, que ser feliz provoca envidia y que hace que se conjuren los mismos necios que acabaron con Kennedy Toole y con todos los que quisieron sembrar belleza en el planeta. Siempre fue así. Se ocultaba el cuerpo bello, y las casas castellanas, y muchas de Vegueta y de algunos pueblos de la isla, aparecían sin alardes hacia afuera y como palacios en los adentros. Todo lo contrario que en la cultura calvinista, en donde se enseñan las fachadas y se acristalan las casas porque se entiende que no se tiene ocultar lo que se gana honradamente. Cuando paseas por Amsterdam parece como si la vida de los otros formara parte de tu propia mirada, con las lámparas y los cuadros a la vista como cuando uno enciende la tele de su propia casa.
Tengo un amigo que también sigue la estela de la abuela de esa amiga que decía que había que esconder todo lo bello para no despertar la envidia de los que solo quieren lo que no tienen: produce tristeza comprobar cómo muchos, en lugar de mejorar o de aprovechar la única vida que tienen, se dedican a incordiar y a intentar echar abajo lo que los otros consiguen después de mucho esfuerzo. Eso también forma parte de la condición humana desde mucho antes que escribiera Machado: están los que construyen y los que destruyen, el ying y el yang de los humanos, el blanco y el negro de los tableros del juego de la existencia. Ese amigo del que les hablaba estaba todo el día inventándose enfermedades para que no lo molestaran. Antes de contar algo bueno, se inventaba un dolor extraño en el estómago o una cita crucial con algún galeno. Él nos decía a los más cercanos que haciendo eso lo habían dejado en paz en todos estos años. La verdad es que si siguiéramos los consejos de la abuela de mi amiga y los de ese amigo que dejaba en evidencia al más hipocondríaco, apenas podríamos esbozar una sonrisa o aplaudirle al destino por todos los buenos momentos que nos regala. Yo, francamente, prefiero el resquemor de los caínes antes que ocultar que la vida, como decía el poeta, siempre es bella a pesar de los pesares y de los mezquinos.

Como un espejismo, los años, los recuerdos, la vida que uno vive. De repente todo el pasado se asemeja a una película desgastada por el tiempo, cada imagen es un fotograma que se aleja, o a veces sucede todo lo contrario, ni siquiera recuerdas y lo que crees que viviste no ha llegado todavía, fue solo un sueño, un deseo, una especie de dejá vù perdido en algún espacio ignoto del universo.
Mientras escribo escucho de fondo la banda sonora de unos Dibujos Animados. La vida es siempre bella cuando se traza con colores luminosos o cuando se narra como un cuento para que los niños sueñen. Me recuerdo niño viendo Dibujos Animados sin saber aún lo que la vida me tendría deparado cuando esos dibujos se convirtieran en vivencias y en días que pasan, en memoria, en padres que envejecen, en amigos que no he vuelto a ver desde el colegio, en amores que aguardaban todavía lejos o en esa hija que te devuelve la mirada como si te reconociera mucho más allá de tus adentros. No me gusta el mundo que le estamos dejando a esos niños que llegan. Ningún mundo ha sido nunca perfecto, pero este que se está creando es soez y pendenciero. Están ganando cada vez más los insolentes, los arrogantes y los que solo son felices tachando vidas rotas en sus agendas. No me gusta este mundo que pisotea a diario los Derechos Humanos y que asiste pasivo al latrocinio legal o ilegal, privatizando o robando, de todo lo que era nuestro. No me gustan los fundamentalismos, las mafias que dejamos que se extiendan por todas partes o el feudalismo de esos países que niegan todas las libertades y que casi aplaudimos por la necesidad de sus recursos naturales. En ese espejismo efímero que contaba al principio se nos están quebrando todos los asideros casi sin darnos cuenta. Hace tiempo que no creo en grandes revoluciones ni en los demagogos que aprovechan las crisis para alimentar su ego. Esto será una anécdota a los ojos de la eternidad, un fondo oscuro, lejano y olvidado, como esos hormigueros en los que también transitan existencias acarreando migas de pan de un lado para otro todo el tiempo. Es cierto que hubo épocas peores, que hubo esclavitud, que se justificaba la muerte del que pensaba diferente y que estuvo Auswitch: pero uno quería creer que habíamos aprendido de todo aquello y que acabaríamos entendiendo ese ligero tránsito en el que respiramos o soñamos unos pocos decenios. No era así, y nos toca comenzar otra vez de nuevo. Los Dibujos Animados siguen sonando a lo lejos, y escucho risas de niños. No todo está perdido. La evolución de las especies, Darwin, el triunfo de lo bello, los días que comienzan para que podamos reconstruir todo nuevamente. El azar que nos deja atónitos siempre. El milagro de poder escribir para luego darnos cuenta. Todas esas palabras que sí mueven montañas y cambian los tiempos.

Me lo reencontré hace unos días. Yo estaba firmando en la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria. No lo veía desde hacía muchos años, pero ese señor me salvó la vida. La verdad es que yo estoy aquí de puro milagro. Primero me sacó Nico de las aguas de Agaete cuando tenía seis o siete años y un remolino me llevó al fondo del océano sin que pudiera hacer nada por evitar el ahogamiento. De aquella primera casi muerte me acuerdo poco. Solo rememoro la asfixia y el desfallecimiento. La segunda sí la mantengo siempre viva en mi memoria. Fue un accidente de bicicleta a los quince años en la Cuesta de Silva. Perdí el conocimiento y no perdí la vida de puro milagro. Si estoy aquí ahora es porque aquel hombre que vivía en El Hormiguero sabía de primeros auxilios, mantuvo la calma y evitó que me desangrara. Luego ya llegué al hospital, me estuvieron dando puntos por toda la cara durante horas y me hicieron toda clase de pruebas. Cuando me preguntan que por qué digo siempre que la vida es azar me remito a ese accidente, aunque es cierto que fui yo el que eligió bajar como un loco por una carretera con curvas peligrosas.
Ese hombre que me salvó la vida se jubiló como guardia municipal en Guía hace menos de un año. Se llama Carmelo, y el otro día, mientras le dedicaba una de mis novelas, veía pasar cada fotograma de aquel momento que a veces olvido y que, otras veces, es la tabla de salvación a la que me agarro en todos los naufragios, en las ferias de las vanidades en las que uno cae como casi todos los humanos y ante esos ataques que nunca entendemos de los malvados, pero que se repiten, desgraciadamente, desde el patio del colegio.
Las veces que he cambiado el rumbo de mi vida me he acordado de aquel momento, de lo poco que vale realmente nuestra existencia, y de cómo en un segundo puedes desaparecer para siempre. Intuí el famoso túnel, ese viaje a velocidad de vértigo que solo recuerdo como un trayecto placentero y relajado hacia la luz. Ni Carmelo ni yo somos los mismos de entonces. Han pasado casi cuarenta años, pero su presencia me serenó como aquel día en que solo con esa misma serenidad y con su bonhomía logró calmar a un moribundo. La vida te va cruzando con personas para que aprendas de ellas, de las generosas y también de esos malvados de los que hablaba hace un momento. Todo es un camino de aprendizajes y experiencias. La existencia es un soplo, un parpadeo. Lo digo siempre. Lo descubrí en aquel momento y trato de no olvidarlo nunca para no perder el norte. Me equivoco muchas veces, y lo seguiré haciendo, pero siempre mantengo la certeza de que todo importa poco, de que hay que tratar de ser siempre honesto y generoso y de que la vida, al fin y al cabo, es el gran milagro que podemos disfrutar los que aún no hemos terminado de atravesar ese largo túnel que nos llevará al otro lado del tiempo.

No sé cuántas personas se habrán visto afectadas por la gripe en estos días. A mí me tocó la semana pasada. Me sentía como aquellos personajes de Paul Bowles que enferman en medio del desierto y que ya no saben si lo que ven sus ojos son realidades o espejismos. Apenas tuve fiebre, pero el cuerpo me pesaba como un lastre que no podía arrastrar a ninguna parte y, entre los sudores y las pesadillas, me despertaba cada mañana como si me acabaran de apalear en medio de una selva. Fui al médico y me dijo que tenía que tener paciencia y tomar paracetamol y mucha agua. Durante esos días iba a la cafetería y quien me servía el desayuno estaba peor que yo, lo mismo que si subía a un taxi o me encontraba con alguien en Triana. La mayoría de la gente iba por la calle como aquellos condenados a galeras que arrastraban grilletes. Un humano agripado se parece mucho a aquel ángel con grandes alas de cadena que escribía Blas de Otero. Ya sé que no es muy metafísico, ni tampoco muy poético, pero en ese estado, o cuando uno está enfermo, es cuando realmente toma conciencia de su importancia y deja lo metafísico para las noches estrelladas de verano.
En esos días me imaginaba la gripe de quienes duermen en la calle, la de los yonquis que se acurrucan entre cuatro cartones o la de quienes están completamente solos en sus casas. Y luego veía las fotografías de los servicios de Urgencias colapsados, ancianos con ojos de miedo aparcados en los pasillos sin poder valerse por sí mismos y sin saber si saldrían de ese trance, de una simple gripe, que no es tan simple si se va complicando y si coincide con otras patologías. Esos días de febrícula y temblores me gusta leer novelas o ver películas antiguas. Mis amigos se burlan a veces de mis ataques de hipocondríaco. Reconozco que lo paso fatal. También se burlan cuando empiezo con la matraquilla de la vulnerabilidad. Yo estaba feliz y tranquilo, aunque una amiga me dijo que pensara muy bien todo lo que había hecho esos días o si tenía miedo a algo que sabía que podía llegar. Analicé lo que había hecho y no creo que me mereciera ninguna plaga bíblica, ni tampoco una gripe tonta como esa, y los miedos siguen siendo los mismos que tengo casi siempre. Pero esa amiga estaba empeñada en que algo estaba fallando en mi mente y que ese fallo afectaba luego a todo el organismo. Ella no lo sabe, pero yo tiendo a sentirme culpable de cualquier cosa, y bastó que me dijera eso para que también empezara a sentirme culpable de esas jodidas décimas que apenas me dejaban moverme. No he llamado más a esa amiga, pero escribo esto para que mi cuerpo sepa que en ningún momento he tenido intención de hacerle daño. Casi todo lo que escribo me lo invento. No esa gripe. Esa gripe la curé con agua, paracetamol y paciencia; pero hay otros malestares que solo curan cuando se escriben. Y si no curan por lo menos se hacen más llevaderos.

Se enteró mucho tiempo después de que ya no frecuentara aquel barrio. Se sentaba cada mañana en un banco de la plaza. Le daba lo mismo el frío del invierno que la canícula del verano. Miraba las palomas y los gorriones y de vez en cuando les traía migas de pan. A veces coincidían desayunando en un café cercano. Aquel joven habló alguna vez con el viejo en inglés. Hablaban sobre las ciudades que el joven soñaba y que el viejo describía con la naturalidad de los viajeros que solo anotan en la memoria los pequeños detalles cotidianos. No se refería nunca a los grandes monumentos, ni a los paisajes que solemos encontrar en las postales. Le contaba cómo era la luz de la mañana en cada una de esas ciudades o cómo cantaban los pájaros que en esos años escuchaba en las plazas de aquel barrio en el que coincidieron sus biografías durante un tiempo.
Aquel hombre era un pintor reconocido y admirado, pero él no lo supo hasta mucho tiempo después, cuando ya no transitaba por aquel barrio y había dejado el piso de estudiantes en el que escribió algunos bosquejos de novelas que, como las vidas de muchas personas que conoció entonces, no llegaron a ninguna parte. Aquel viejo solo quería pasar desapercibido y buscar el cielo velazqueño con unos ojos azules que parecía que llevaban siempre las brumas invernales de su país. Pintó oscuro, sombrío, muchos dicen que tremendamente triste, lo que veía bello; pero aquel hombre sonreía todo el tiempo con la mirada de los supervivientes. Otros buscan la fama y aparecer en todas partes. El pintor se había encerrado en aquel barrio durante años sin que nadie supiera quién era. Para los que lo veían cada día era un extranjero que vivía pendiente de las palomas y de los pájaros, algo dipsómano, callado, observador, que iba muchas veces cargado de maderas, carpetas y toda clase de objetos que recogía por las calles buscando la belleza donde los otros pasan de largo o no habían sabido encontrar nada. Muchos años después, ese joven sigue soñando novelas, y observa a los viejos que llegan a las costas de su isla solo para seguir el vuelo de las gaviotas o para sentarse durante horas mirando hacia el azul interminable del océano Atlántico. Les inventa biografías y los imagina viviendo una existencia como la de aquel otro viejo que, después de muerto, multiplicó todavía más su fama. Jaime Gil de Biedma escribió en el poema Vida Beata la historia de alguien que solo soñaba con un pueblo junto al mar, una casa y poca hacienda en donde vivir como un noble arruinado entre las ruinas de su inteligencia. De esas ruinas creo que salen también los más bellos cuadros y los más emocionantes poemas. También la sabiduría que lleva a la mirada a seguir el vuelo de las gaviotas o a observar el azul del mar plácidamente cuando ya no hay respuestas.

Quizá un día como hoy de hace más de cuarenta años estaba abriendo una caja marrón de la que sacaba figuras que iba colocando sobre un mueble después de haber creado con papel de estraza, platina, piedras y algunos hierbajos arrancados azarosamente entre los primeros verdes de diciembre un paisaje inventado que se llamaba Belén. Recuerdo un castillo con luces de colores que colocaba en la zona de Oriente y aquellos Reyes Magos que avanzaban poco a poco a medida que pasaban los días. Hace años que no sé nada de aquella caja ni de las figuras que solo se asomaban a la vida hasta el día de Reyes. Cuando las recogíamos sí quedaba la melancolía de ese tiempo navideño de asueto y de regalos que ya formaba parte del pasado. La vuelta al colegio, con los juguetes casi intactos, era casi peor que el regreso después del verano.
Con el paso del tiempo sí me gusta asomarme a los belenes que me encuentro en las plazas, en las casas de amigos o en los centros comerciales. El otro día, la eterna espera del semáforo de Bravo Murillo me llevó a detenerme delante del Nacimiento que cada año colocan delante de la Casa Palacio del Cabildo de Gran Canaria. En esta ocasión se representa la zona de Agüimes. Ingenio y Santa Lucía, con la Fortaleza de Ansite como gran protagonista de las escenas navideñas más reconocibles. No me hizo falta preguntar quién había creado ese Belén. Por los diseños de las figuras, por el cuidado de las casas y de las calles, y por todo el arte que uno notaba en la iluminación o en los pequeños detalles intuí que detrás de esa obra de arte efímero estaba la mano de Fernando Benítez Henríquez. No me equivoqué. Fernando lleva muchísimos años creando algunos de los belenes más reconocibles y admirados de Gran Canaria. Y yo sé que su pasión belenista viene de muy lejos. Estudiamos juntos en el Instituto de Guía. En aquellos años, muchos de los alumnos de ese centro escolar que nos cambió la vida a varias generaciones procedían de Moya, y desde entonces recuerdo a Fernando dibujando esbozos de figuras navideñas, viajando a Murcia para visitar a artesanos y recreando en su casa, y luego en otros lugares de Moya, belenes que ya empezaban a dar que hablar en toda la isla. Luego volvimos a coincidir estudiando la carrera de Derecho, y allí seguía Fernando aferrado a sus sueños y a sus creaciones entre clase y clase o matando el tiempo cuando los latinajos y los artículos aburrían hasta a los que tenían más inclinaciones leguleyas. Fernando y yo andábamos lejos de aquellas ambiciones fiscales o procesales, y con el paso del tiempo nos reconocimos haciendo cada uno lo que entonces deseábamos. Nos hemos visto solo un par de veces en los últimos treinta años, pero siempre nos reconocemos con esa mirada limpia que mantienen quienes compartieron sueños en un pasado lejano.

A veces no hace falta viajar lejos para llegar a los paraísos. Con el paso de los años, uno descubre que esos edenes que aquietan nuestras aguas están realmente dentro de cada uno de nosotros, o rondando los paisajes o los afectos más cercanos. Me gusta mucho viajar, y de hecho cada año de mi vida se queda grabado en el almanaque con algún viaje más o menos lejano. Y cuando vamos lejos, paradójicamente también nos sigue sorprendiendo lo más sencillo y lo más cotidiano. A lo mejor lo que queda de Nueva York es solo una hoja seca que movía el viento entre los rascacielos de unas avenidas interminables.
Cuando estamos en otro lugar, lejos de nuestros trabajos y de nuestras preocupaciones, nos fijamos en esos detalles que requieren la calma y la mirada serena que no encontramos cuando vamos corriendo al trabajo o a recoger a los niños a la salida del colegio. Realmente estamos viajando hacia nosotros mismos en todas partes. También en Las Palmas de Gran Canaria yo viajo algunos domingos muy lejos alejándome apenas unos metros de mi casa. Me acerco al barrio marinero de San Cristóbal y parece como si de repente me alejara de la ciudad en la que habito entre semana. El castillo, las casas de colores, el sonido incesante de los cascajos en la orilla y esa brisa que hace que viaje casi tan lejos como los barcos que tengo delante convierten cualquier fin de semana en una fiesta inolvidable. La costa de San Cristóbal no se parece nada al resto de la ciudad. A veces uno tiene la impresión de que cuando la quisieron enterrar con la autopista no hicieron más que salvarla de la especulación y de la mirada rápida que dedicamos a lo que se ve desde las carreteras. Allí tienes que bajar unos metros y recuperar la costa tal como era antes de que levantaran la Avenida Marítima y le ganaran terreno al océano. Desde ese castillo se ha visto la vida que pasa lejana, los barcos que van y vienen cargados de sueños y esos mariscadores que siguen buscando pulpos y lapas entre las grutas de las grandes piedras de la costa. Hay una playa pequeña de arena negra que cuando baja la marea me recuerda a todas las playas de mi infancia en el norte de Gran Canaria. Una amiga brasileña me dijo un día que la fila de casas de colores de la costa de San Cristóbal se parecía a cualquier pueblo costero de Brasil cercano a Salvador de Bahía. Entre sus callejones uno reconoce ese surrealismo que Julio Viera lleva a sus cuadros, la sombra que dejan las rocas cuando cae la tarde y con la bajamar parece que el Atlántico duerme como un lagarto gigante. Las Palmas de Gran Canaria es una ciudad con muchas ciudades dentro, una costa con muchos horizontes en los que inventar nuestros propios viajes. Lo saben todas esas gaviotas que sobrevuelan a diario su silueta alargada y siempre mojada por las aguas.

También los días festivos mantenemos rutinas que nos acaban hermanando con otros paseantes o con quienes salen a comprar el pan o el periódico. A la misma hora, por la misma zona, nos tropezamos a quienes vienen de una iglesia o de una cafetería y a los que llegan sudorosos después de recorrer trotando las calles vacías de los domingos. Casi conozco hasta el eco de los pasos de esa pareja que veo venir a lo lejos mientras leo el periódico en una terraza. Son muchos años saludándonos por las aceras. Uno no se da cuenta de que envejece hasta que no se ve reflejado en las caras de los otros. Los recuerdo mucho más jóvenes. Llegaban con sus hijos y eran mucho más ágiles y más alegres. Ahora siguen manteniendo esos gestos serenos de quienes han vivido los años intensamente; pero caminan más lentos, apoyándose el uno en el otro, y parándose a respirar de vez en cuando. Él lleva un bastón y ella le ayuda siempre a bajar la acera.
Cada domingo acuden a la dulcería. Ya no queda casi ninguna de aquellas dulcerías que conocíamos de memoria con la especialidad de cada una de ellas, las milhojas de unas y las palmeras de la otra. Sabíamos dónde ir a buscar las mejores truchas de batata o el pastel de carne más crujiente cuando llegaba navidad. Ahora la mayoría de las dulcerías son más impersonales y los dulces apenas se diferencian de unas a otras. Ellos siguen con el mismo rito de cuando estaban recién casados. En aquellos años, llegaban a la dulcería para comprar la bandeja que llevaban a casa de sus suegros. Esa bandeja fue teniendo cada vez más dulces a medida que nacían sus hijos y los hijos de sus hermanos. Ahora siguen viniendo cada domingo a buscar la misma bandeja, pero los dulces ya no son para sus padres sino para sus nietos. Saben lo que le gusta a cada uno de ellos y van llenando cuidadosamente la bandeja con la que luego yo los veo pasar nuevamente delante de la terraza en la que leo el periódico. Nos sonreímos y nos saludamos con la tranquilidad de que nuestro pequeño mundo de domingo sigue intacto. Cambian las modelos de los coches, las modas, las necesidades tecnológicas y hasta nuestro propio humor diario. También son otras nuestras caras y nuestros cabellos enseñan las canas del paso del tiempo; pero sonreímos sin decirnos nada porque cada domingo asumimos nuestra condición de supervivientes. No sé qué pensarán ellos de mí después de tantos años. Ni siquiera conocemos nuestros nombres, ni sabemos nada de nuestras respectivas vidas cotidianas. Algunas mañanas se acercan con sus nietos como llegaban con sus hijos hace años. Esos domingos salen con muchos más dulces en la bandeja que se llevan a su casa. Cuando se alejan recorro con ellos la sombra del tiempo que todos vamos dejando por las calles.

Los objetos que pierden su función en nuestras vidas suelen desaparecer de nuestro entorno sin estridencias y sin que casi nos demos cuenta de ese abandono. Los coches de hace treinta años, las primeras batidoras, los ventiladores enormes que veíamos en todas partes o aquellas primeras computadoras que nos parecían de ciencia ficción se borraron de repente de nuestros paisajes cotidianos. Siempre hay alguien con un espíritu de Diógenes que se niega a tirar esos artefactos, pero sus casas se llenan de polvo o se quedan habitadas solo por esos mecanismos a los que la bulimia tecnológica va dejando fuera de todos los usos.
El otro día estábamos viendo el mediometraje de La cabina que dirigió Mercero. En aquella claustrofóbica y desastrosa historia que protagonizaba José Luis López Vázquez todos nos sentíamos protagonistas porque habíamos entrado a esas mismas cabinas infinidad de veces. En casa de esos amigos, el hijo pequeño, de ocho años, nos preguntó que qué eran esos aparatos y que dónde los podía encontrar. Nos miramos unos a otros y nos dimos cuenta de que casi no quedan cabinas, y que los pocos teléfonos públicos que encontramos ya están fuera de aquellos armatostes con los que Mercero nos agobió prodigiosamente. Aquel niño no entendía la razón de esas cabinas que en Londres forman parte del paisaje más reconocible aunque casi nadie llame a ninguna parte desde ellas. Las pocas que vemos están desvencijadas, pintadas por todas partes y saqueadas por quienes buscan monedas para sus dosis diarias. Quienes asistíamos a aquel asombro del pequeño teníamos entre cuarenta y cinco y cincuenta años, y todos, sin necesidad de decirnos nada, visualizamos decenas de cabinas en las que nos contaron muchas de las noticias que cambiaron nuestra vida. Dentro de esos aparatos juramos amor eterno, estuvimos pendientes de resultados de notas escolares o seguimos el destino de un familiar ingresado en un hospital. Los que hemos vivido en ciudades lejanas tenemos aún más complicidad con esas cabinas que ahora desconocen quienes se mueven en la pantalla táctil mejor que cualquiera de nosotros. Casi me sentí como el protagonista de Mercero cuando lo dejan en aquel lugar lleno de cabinas con hombres perdidos para siempre en sus adentros. Nosotros también seguimos marcando números en esos teléfonos, esperando a que alguien nos responda al otro lado y a que en la casa de nuestra novia adolescente no contesten nunca sus padres. Le explicamos al niño lo que era una cabina como nos explicaban a nosotros lo que era el cambullón o el estraperlo. Y él nos escuchó con la misma cara con la que nosotros escuchábamos aquellas explicaciones de nuestros abuelos. Como si le hablaran en chino o le cantaran canciones con músicas perdidas en el tiempo.


Uno tiene tantas vidas como días en el almanaque. A veces protagonizamos varias existencias en veinticuatro horas o en diez minutos. Si te detienes unos segundos y repasas tu biografía, enseguida te das cuenta de que has sido más de uno y de lo que cambian quienes te han acompañado todos estos años o se han ido sumando a esa vida cotidiana. Hace tiempo veía a un hombre que estaba extraviado, probablemente enganchado a la droga, solitario, mal vestido y siempre ojeroso y apesadumbrado. Nunca lo vi pedir dinero, pero no hacía falta que lo hiciera para saber que estaba pasando una mala racha.
Al cabo de los años, encontré a ese mismo hombre en un hogar de personas acogidas que está cerca de mi casa. Me quito el sombrero ante lo que están haciendo. No siempre logran que todos salgan adelante; pero he visto cómo han renacido muchos de los que hace años todos daban por perdidos sin saber que la vida ofrece milagros donde menos lo esperas, salidas que parecían imposibles, cambios de guion que no escribirían ni los más fantasiosos creadores de esas comedias que siempre terminan con un beso antes del fundido en negro.
Todos pudimos haber sido cualquiera de ellos, y todos tenemos el deber de ayudar a quienes se esfuerzan por salir adelante. Si ya es difícil tratar de mantenernos en equilibrio en una sociedad tan cainita y competitiva, imaginen la dificultad que tienen los que llevan años lejos de la realidad y quieren incorporarse buscando esa segunda o quinta oportunidad que les permita renacer de sus propias cenizas. Todos esos fénix caminan por las calles, estrenan trabajos y tratan de escribir nuevas páginas en su biografía y en la memoria de quienes los amaron. Casi siempre llegan dejando atrás familias destrozadas y amigos a los que traicionaron para buscar la dosis diaria o para encerrarse en el fondo de un cuarto a morir un rato cada noche. He visto cómo muchos de quienes llegan a esas casas de acogida logran comenzar una nueva vida. Para mí son héroes y les tiendo la mano siempre que puedo. Alguna vez cualquiera de nosotros puede estar en su lugar. Nadie quiere caer voluntariamente y, sin embargo, hay veces en que la vida te empuja y te arrastra por ese fango de la derrota y el abandono. Ese hombre de quien les hablaba tiene ahora un pequeño negocio en el que vende sus creaciones artesanas. Todo lo que hace contiene esa belleza que solo otorga la herida que llevan consigo todos los supervivientes. Nos sonreímos siempre que nos reencontramos. Y cada vez que lo encuentro me reafirmo en que el ser humano es tan cambiante y proteico como sorprendente y capaz de renacer cuando todos lo daban por muerto. No estamos en navidad sino en primavera, esa estación en que la naturaleza también nos enseña cada día cómo renacen las flores nuevas entre la maraña y la mala hierba.

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