los blogs de Canarias7

Novedades en la categoría Literatura

Nunca te acostumbras. La derrota es terca y nunca se parece a la anterior. La victoria te vuelve a confundir pensando que eres importante. Ni la una ni la otra detendrán al sol mañana. Y cuando tú no estés, cuando ni siquiera esté nadie que te conozca, ese fracaso o esa desbordante exaltación de la alegría serán como ese viento que hoy ha roto tu paraguas, un aire que pasa donde una y otra vez el ser humano se confunde y se cree eterno en medio de la nada, así de liviana es la existencia, un viento que quizá algún día rozará una cara para volver a sentir el calor de la piel humana, la caricia del tiempo que tantas veces olvidamos.

| | Comentarios (0)

Cuando rasparon la pared apareció aquel dibujo extraño. No representaba nada conocido; pero se notaba que no eran trazos azarosos, ni formas creadas por la humedad o el tiempo. Quien trazó aquellos símbolos no era una persona muy alta. Las formas quedaban a la altura de mi estómago. Yo era arqueólogo y tenía que inventarme una procedencia y relacionarla con algún pasado más o menos conocido. No me atreví a decir que allí alguien había creado algo distinto con tres rayones y unas cuantas formas improvisadas. Le atribuí un origen fenicio y todos quedaron contentos; pero desde que lo vi no se me borra de la cabeza. Parecían los trazos de una vida que hubiera vivido hace cientos de años, y me llegué a ver en sueños dibujando aquellos frescos. Era un niño, pero ya entonces sabía que iba a ser el que soy ahora y que acabaría redescubriéndome delante de esos dibujos que todos creen que son fenicios. Había pintado para avisarme mucho siglos más tarde, para saber que venía de muy lejos y que necesito seguir pintando para reconocerme en otro tiempo.

| | Comentarios (0)

Ella solo recuerda que había pompas de jabón por todas partes cuando él le hablaba. Salieron durante siete años y había sido el primer amor de su vida. No lo había vuelto a ver desde aquel día. Hoy se lo ha tropezado con una chica mucho más joven. Parecía enamorado. Esa chica era la niña que hacía pompas en el otro lado de la plaza la tarde en que lo dejaron. La había conocido hacía seis meses en un curso de verano al que él había acudido como profesor invitado. Ninguno de ellos relaciona las pompas con sus romances. Ella sí cruza los dedos cada vez que pasea por Triana y se tropieza a un clown enseñando a los niños a hacer pompas gigantes. Se imagina siempre grandes amores que acaban muriendo inexplicablemente.

| | Comentarios (0)

Encontró aquella varita plateada el día que cumplió setenta años. De niña decía que era mágica. Había resistido al destrozo del tiempo. Al limpiarla, toda la purpurina se mezcló con el polvo y dejó un halo luminoso en el cuarto. Ella la acercó al espejo y la puso junto al reflejo de su cara. Sintió el golpe contra el cristal, como si alguien la llamara desde lejos, o como si un pájaro perdido en el tiempo picoteara la hondura de su piel arrugada.

| | Comentarios (0)

Se levantaba de su silla y se encerraba unos minutos en el baño. Sus compañeros de Assicurazioni Generali no soportaban sus silencios. Él ordenaba los papeles y rellenaba los impresos. Nunca dejó ningún trabajo a medias. Ellos decían que era un tipo raro y que lo veían con una raqueta de tenis por las calles de Praga. En el baño se miraba al espejo manchado de vaho y se tocaba la mejilla suavemente. Sabía que serían solo unas horas. Cuando se tocaba la mejilla le parecía que acariciaba una sombra. A veces escribía su nombre en el cristal y luego lo borraba para que no lo encontraran.

| | Comentarios (0)

Supo que había vuelto antes que nadie. Lo notaba en el aire que respiraba, en el color del cielo y en el temblor de sus propios pasos cuando tenía que decidir su destino entre dos calles. Sabía que él estaba cerca. Podía estar encerrado en una cafetería o en una habitación de algún hotel cercano; pero estaba en la ciudad, eso lo sabían sus poros y su repentina melancolía, y también los abrazos que estaba deseando darle. Nunca se lo podría decir a nadie. No podían saber que ella sabía que había regresado ni tampoco que deseaba abrazarlo con toda su alma.
Caminaba hacia la guardería para recoger al más pequeño de sus nietos. No había parado de llorar los primeros días. Con sus hijos llevó mejor ese robo diario de la inocencia que tiene lugar en las aulas. En aquellos momentos ni siquiera había periodos de transición. Los dejaba llorando en un zaguán y venía a buscarlos muchas horas más tarde. A su nieto lo iban dejando cada día un rato más, y era ella la que se encargaba de ir a liberarlo de ese encierro que el pequeño ya casi presentía que iba a durar muchos años. De alguna forma, todo lo que vivimos no es más que un presentimiento. No importa que luego no recordemos. Ella sabía que él estaba cerca. Se habían separado hacía treinta y cinco años; pero no había día en que no lo recordara. Le acompañó al aeropuerto aquella mañana. Quería ser pintor y vivir en París. Le prometió que vendría a buscarla cuando triunfara. Nunca ha leído su nombre en ninguna parte. Algunos lo daban por muerto. Solo escribió cuatro cartas el primer año. Conoció al que ahora es su marido tres años después de aquella partida. Se estrenaba como juez en su ciudad, y aquí se ha quedado desde entonces subiendo cada año un poco más en el escalafón judicial. Nunca le ha comentado nada de aquel hombre que se fue un día buscando la gloria artística a París. No sabría qué hacer si lo reconociera por la calle. Él está en la ventana de uno de los pisos altos del hotel más céntrico de la ciudad. La ve caminando con su nieto entre cientos de personas. Ella sabe que le está mirando. Se suelta el pelo y deja que el flequillo se mueva como a él le gustaba pintarlo. No pinta hace muchísimos años; pero logra trazar en el aire una pincelada que atrape ese movimiento de sus cabellos alborotados por el viento del océano cercano. Una mujer extranjera, más o menos de su misma edad, le pide que cierre la ventana. Ella levanta la cabeza un momento y mira hacia el cielo mientras su nieto le repite una y otra vez el nombre de la primera amiga que ha conocido en el parvulario.

| | Comentarios (0)

Había preparado un montaje con imágenes que debían ir apareciendo en la conferencia, pero desde que proyectó la primera se dio cuenta de que no tenía nada que ver con lo que había ordenado. Fue improvisando, explicando lo que veía e inventando lo que no sabía de esas imágenes que todos miraban como si no lo estuvieran escuchando. Entonces fue cuando apareció su retrato. Era él vestido con ropajes de hacía cuatro siglos. Miró la imagen y se inventó que era un fantasma. Los demás ni siquiera se inmutaron y al final lo aplaudieron y lo felicitaron por la lección magistral que había impartido. El fantasma recogió sus cosas (también el pendrive con las imágenes) y regresó caminando al hotel en el que hospedaba. Al llegar no había nadie que se hubiera registrado con su nombre. No insistió y se sentó resignado en un banco del parque esperando a que llegara la noche.

| | Comentarios (1)

El niño apenas tenía espacio para seguir por la acera. Una furgoneta ocupaba el pequeño callejón por el que pasaba a diario. Se pegó tanto a la pared que se raspó el codo y sangró. Fue a llorar, pero antes de que lo hiciera su madre ya le estaba diciendo que era un desastre y que solo servía para comer. He visto a esa madre con ese niño muchas mañanas. Casi siempre va humillándolo por la calle. Un día le iba dando gritos porque el niño se había inventado en el colegio un padre que no estaba en la cárcel.

| | Comentarios (0)

Chillida decía que se obligaba a pintar muchas veces con la mano izquierda (era diestro) para que lo que creaba no le saliera sin esfuerzo. Todos tendemos a repetirnos y a acomodarnos. Por eso es bueno desandar de vez en cuando nuestro camino y empezar otro como si no supiéramos nada. Buscamos lo sencillo, y ya sabemos que la sencillez te obliga a ir dejando atrás todo lo que no vale.
Últimamente entras en muchas librerías y descubres que los libros de autoayuda van robando el espacio de la literatura. Resisten las novelas, muchas veces gracias a esas etiquetas que se inventan para venderlas como marcas de ropa, pero apenas encuentras poesía o filosofía. La gente quiere que le curen con frases fáciles, con ejemplos pueriles y con esa combinación de cuatro religiones, tres refranes y dos o tres referencias a culturas milenarias. Igual se sienten mejor cuando van leyendo, pero pocos de esos libros se convierten en el equipaje que necesitamos para atravesar los páramos del alma. La verdadera autoayuda la pueden encontrar en los grandes autores literarios. Cuesta algo más de esfuerzo, pero sin esfuerzo no hay ni felicidad, ni evolución personal, ni ningún Nirvana que nos salve. Por eso los que buscan en esos falsos cantos de sirena van saltando de unos gurús a otros sin que ninguna de sus heridas cicatrice. Casi todos esos libros prometen la curación, el equilibrio emocional, la apertura de los chacras o las sanaciones de las almas, y no saben que si no atraviesas esos caminos tortuosos no terminarás llegando a ningún sitio que valga la pena. A mí me ayudó, cuando era un adolescente desorientado, algún verso de César Vallejo o de Juan Ramón Jiménez, aquellas teorías sobre la brevedad de la vida de Séneca, o lo que nos contaba Goethe sobre el joven Werther. De amor lo aprendí casi todo con Stendhal, las pasiones humanas las contó Flaubert, con Virginia Woolf supe de la relatividad de las personas y los personajes, García Márquez puso la magia entre dos párrafos, Alejandra Pizarnik me enseñó a exorcizar las tristezas, Galdós contaba historias que hacían que los días se fueran haciendo más largos, Kafka me enseñó a encerrarme en un cuarto cuando no entendiera nada y Antonio Machado fue dejando muchas estelas en aquellos mares que uno no sabía hacia dónde nos terminarían llevando. Me fueron ayudando cientos de escritores que se asomaron a su alma para luego contarnos un poco más allá de las palabras. Ahora los sacan de las librerías para colocar a cuatro juntaletras con una sucesión de tópicos que solo sirven para recordarnos lo que ya sabemos todos los supervivientes que en el mundo estamos. Los otros libros te ofrecen historias, metáforas o reflexiones que atraviesan zonas del cerebro a las que solo se puede llegar con el sortilegio de las palabras. Y esas ayudas son al final las únicas que nos quedan cuando parece que se cierran todas las puertas. Todo lo demás es falso.

| | Comentarios (0)

Bajó las persianas y se encerró en su despacho. Llegó mucho antes que nosotros. No nos extrañó porque era habitual que llegara primero que nadie y que se encerrara a trabajar aprovechando el silencio de las primeras horas. Pero aquel día no salió en toda la mañana y cuando lo llamábamos por línea interna no descolgaba el teléfono. Cuando nos íbamos a marchar a casa todavía seguía encerrado. El jefe tocó en la puerta. Quiso abrir, pero estaba cerrada con llave. Vinieron los de mantenimiento y lograron abrirla en unos pocos minutos. Todos estábamos expectantes. Solo vimos una gran mancha de agua y una iguana gigante. Él no estaba por ninguna parte. Nadie hizo preguntas. Los de mantenimiento se llevaron la iguana y la señora de la limpieza secó el charco. Mañana me tocará a mí trabajar en ese despacho. Me han ascendido; pero en casa no he comentado nada. Mi mujer me ha dicho que he llegado con cara de sapo. He querido contarle lo de la iguana; pero tenía miedo a que se diera cuenta de que mi cara no era realmente la de un batracio.

| | Comentarios (0)

Blogs de Canarias7

Ciclotimias

Páginas

  • Carrete