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Novedades en la categoría Literatura

Todos desaparecen en ese cuarto de baño. Yo nunca miro al espejo cuando entro. Estoy seguro de que desaparecen tras ese cristal engañoso. Luego llegan otros. Dicen que se han ido porque se terminan los contratos temporales, pero yo los veo cuando se acercan al baño y nunca más regresan a su mesa. Soy el único que lleva más de dos años trabajando aquí. No quiero dejar el trabajo. Muchos mueren o desaparecen cuando ya no trabajan. A veces siento como que no tengo ojos y que solo veo desde un vacío infinito que se abre en mis cuencas cuando miro fijamente. Pero aquí no nos miramos nunca los unos a los otros. Solo se miran en los espejos y desaparecen. Todos los muertos. Los que van y vienen a lo largo del tiempo. Alguna vez me llega la lejana brisa del Leteo, ese río de aguas tan cristalinas que se terminan confundiendo con los espejos.

Arrancaba los botones de todas las camisas que ya no le servían. Luego compraba unas nuevas y cambiaba sus botones por esos otros ya manchados por el color del tiempo. Necesita su tacto en las camisas que va eligiendo. Las siete camisas que tiene llevan botones de más de veinte años. Se siente seguro cerrando sus ojales con esos botones que reconocen sus dedos mejor que la piel de cualquier amante. Las amantes nunca se han dado cuenta de ese detalle. Nadie se fija nunca en los botones que llevamos puestos. Él sí, es lo primero en lo que se fija. También sabe que habrá alguien en el mundo con su misma manía. Solo espera que esos botones se reconozcan algún día. Mientras tanto los sigue tocando como si palpara un talismán cada mañana.

Reconoció aquella mancha en el espejo. Era casi inapreciable y la pudo ocultar con el pelo. La misma mancha que había condenado a toda su familia hacía dos mil años junto a la ribera del Éufrates. Una espina casi inapreciable a la altura de la sien. Hoy ha salido a la calle y se ha dado cuenta de que miran su frente algunos transeúntes que no conoce de nada. Ella es de las que piensan que no solo los amores se van reencarnando. También los enemigos la acompañan, vida tras vida, para intentar matarla siguiendo los rastros que va dejando el tiempo en su rostro milenario.

Ese bocadillo no lo había preparado él. El suyo era de mortadela, pero el que ahora estaba en la bolsa del desayuno que había llevado al trabajo era de salchichón. Se lo comió como si lo hubiera preparado él mismo. Le fue sucediendo algo parecido durante muchos días. Ponía chorizo en el pan antes de salir de casa y al llegar a la oficina se encontraba jamón serrano. Pero después de más de un mes con bocadillos cambiados se encontró aquel fósil dentro de la platina. Lo miró, lo acercó a la ventana y luego abrió la camisa y se lo introdujo en el pecho. Notó cómo empezó a palpitar y a sentir de otra manera. Leyó que era imposible que un corazón fuera un fósil, pero también era inexplicable lo de los bocadillos que mutan los embutidos por las calles.

"Y quieres viajar con ella, y quieres viajar a ciegas". Los dos escuchaban música a través de los auriculares. Caminaban por una calle peatonal. El cielo estaba azul y era verano. Los dos iban relajados y felices. No se conocían. Ella visitaba por vez primera aquella ciudad. Venía de otro país a pasar sus vacaciones lejos del ruido y del agobio de la gran ciudad en la que vivía todo el año. Ella se llamaba Ingrid y él Arturo. Tenían la misma edad y habían nacido el mismo mes y el mismo año. Los dos eran del signo Libra, unos románticos empedernidos, que vieron las primeras luces de la vida el mes de octubre de 1977.
"Todos los hombres serán navegantes hasta que el mar los libere". El entrecomillado es parte de la letra de la canción que iban escuchando. Él era abogado y venía de su despacho. Tenía un mes de vacaciones por delante. No había hecho planes. Se había divorciado hacía dos años y no tenía hijos. Quería improvisar un viaje y perderse en cualquier ciudad de Europa. Ella venía de Berlín. Era violinista y antes de regresar a Londres a estar con sus padres una semana necesitaba el mar y el cielo azul tras muchos meses de nubes bajas y largos ensayos. Él terminaría viajando a Berlín ese verano, pero en ese momento en que escuchaba una canción de Leonard Cohen seguía sin planes. Ella también escuchaba Suzanne. Los dos habían seleccionado esa canción al mismo tiempo. Sonaba sincronizada en ambos aparatos, bajo el mismo cielo azul y en medio de la misma gente que estaba realizando las últimas compras antes de salir de vacaciones. Había muchos niños con baldes de colores, con pequeños hatos con palas y rastrillos de plástico y con bolsas en las que llevaban los bañadores que acabarían desgastados en los últimos días de agosto. Sus padres llevaban bolsas con toallas, pareos y camisetas sueltas para los días de playa. Se cruzaron en mitad de la calle y se miraron un instante. Luego los dos irían recordando esos ojos en los siguientes pasos, pero no se dieron la vuelta, no se buscaron de nuevo, y sus vidas han seguido sin que variara nada desde ese encuentro en mitad de una calle cualquiera un día de verano. Como buenos Libras eran indecisos y soñadores. Ella no olvidó sus ojos marrones y él guardó el verde intenso de su mirada para siempre. Cuando se vieron, ninguno sabía que estaba escuchando la misma canción en el mismo momento, el mismo verso, el que habla de que todo está bien "mientras Suzanne sostenga el espejo". Ha pasado un año y esa canción suena de nuevo en esa misma calle. La escucha una adolescente que está empezando a conocer la música de Leonard Cohen. También es Libra. Como lo eran Ingrid y Arturo. Regidos por Venus. La diosa del amor y de la belleza. Algún día puede que venga alguien en la otra dirección escuchando la misma música con la misma letra.

Cerraba los ojos y se dejaba llevar por el ruido del tráfico. Era lo más cercano al mar que conocía. Aquella autopista por la que nunca dejaban de circular los vehículos se asemejaba al océano que escuchaba en las madrugadas cuando vivía en la casa de su abuela y las olas golpeaban contra la fachada de la vivienda. Aquí no ve nunca la luna, pero el ruido de los coches también varía igual que el de las mareas, como si los conductores aceleraran o redujeran la velocidad según las fases de la luna que se oculta más allá de la polución y de la niebla. Llegó a esa ciudad casi apocalíptica cuando aún soñaba con encontrar nuevos sueños más allá del horizonte. Trabaja diez horas cada día y vive en un rascacielos que se pierde entre la niebla. Ella también se siente niebla. A veces se toca las mejillas y solo reconoce la frialdad de una piel que ha ido olvidando la luz de todos los veranos.

Quería ser una sirena. Nosotros le dijimos que ya tenía la semilla mágica de las sirenas en su cuerpo y que cuando creía que dormía no hacía más que navegar por océanos tan interminables como la noche. Hoy cumple veinte años. Ha vuelto a cerrar los ojos para pedir un deseo. Fue lo mismo que hizo cuando cumplió cuatro y nos pidió como regalo esa transformación que lleva soñando todos estos años. Me miró cuando abrió los ojos. Su novio le dio un beso y luego dijo de broma que se le había quedado un gusto a sal en la boca. Ella me volvió a mirar. Un poco más tarde me comentó al oído que en aquel lejano cumpleaños yo le había prometido que a los veinte años también se convertiría en sirena cuando estuviera despierta. La he visto caminar hacia la playa. Todos la están buscando.

Sube la marea. Ella lo sabe porque siente la espuma en su cuerpo, todo ese vaivén de las olas que siempre se remueve en sus adentros. Mira a los que se reúnen alrededor de la mesa. Todos están serios y anotan cifras mientras miran los gráficos que alguien traza en una pizarra magnética. Ella también toma notas y hace que atiende a las explicaciones macroeconómicas, pero nunca deja de sumergirse dentro de sí misma y de navegar más allá de la orilla que se dibuja en su garganta siempre que sube la marea y necesita escapar lejos para sentirse a salvo.

Vivía en San Juan y era muy bueno jugando al fútbol. La cojera con la que a veces amanece le viene de aquellos años. Le rompieron la tibia y el peroné de una patada. Todos decían que si no lo hubieran lesionado hubiera llegado lejos. Le llamaban Garrincha. Los días de mucho frío apenas puede dar un paso cuando se levanta. Alguna vez le pregunté que cómo se llamaba el jugador que le había lesionado. Siempre decía que no se acordaba, pero es imposible que alguien olvide el nombre de quien le destroza todos sus sueños de una patada. En aquellos años jugaba en los juveniles de la Unión Deportiva Las Palmas. También tuvo mala suerte con los médicos. Le dijeron que podía estar agradecido por no haberse quedado cojo de por vida. No podría seguir jugando al fútbol pero sí hacer una vida normal. Por eso pudo trabajar de camarero. Solo le duele cuando cambia el tiempo. Hoy en día, con una lesión como la que tuvo, cualquier jugador vuelve a los terrenos de juego.

Vi la esquela en el periódico. Fuimos novios durante algunos meses hace muchísimo tiempo. Me acerqué al tanatorio. No conocí nunca a su familia. Entré en la sala después de mirar el número en el panel de entrada. Todos se quedaron mirando para mí. Me acerqué a una señora y le di el pésame. Me dijo que no tenía ninguna hija. El que estaba muerto era su hijo. Me había equivocado de sala. Ya no fui a la sala de aquella chica que había sido mi novia hacía treinta años. Volví a mirar el panel cuando salía. En la sala en la que había estado velaban el cadáver del chico que estaba enamorado de aquella mujer que fue mi novia. Nunca me lo perdonó. Ahora el azar los había colocado casi juntos en el tanatorio. Mis pasos me llevaron a despedir a aquel chico que había sido mi amigo antes de que se cruzara aquella mujer bella. Espero que me haya perdonado.

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