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Había un piano desvencijado y descompuesto en muchas partes. Estaba al lado del contenedor de basura. Las teclas seguían intactas, pero al tocarlas no se movían ni salía ningún sonido. Él las tocó un momento, y hasta improvisó el principio de uno de sus conciertos preferidos. Ella caminaba por una avenida en el otro lado del planeta, iba estresada pensando en sus problemas cotidianos cuando de repente se serenó al escuchar en sus adentros una melodía de Beethoven que hace años sonaba a todas horas en el tocadiscos de su padre. Su padre era el señor mayor que se había detenido a acariciar aquellas teclas en el Paseo de San José, en Las Palmas de Gran Canaria. Ella paseaba en ese momento por la avenida Michigan de Chicago.

Ya no podía hacer nada. Me había ido al otro extremo de la ciudad a llevar aquellas camisas blancas con el cuello sucio a la lavandería. Últimamente, cada vez que me pongo una camisa blanca, se me queda manchada de marrón oscuro, como si mi pelo perdiera un tinte que nunca he utilizado. Tengo que vestir con camisas blancas porque trabajo de ujier en el Parlamento. Ya no pude salir corriendo. Esa mujer que llevo viendo en el Metro desde hacía casi dos años, y de la que estoy perdidamente enamorado, ya tiene mis cinco camisas con el cuello asquerosamente sucio entre sus manos. A partir de mañana variaré la ruta en el Metro. También doy por perdidas estas camisas para siempre.

Soñé con una mosca. En lugar de un pájaro, un perro o un gato tenía una mosca en mi casa desde hacía años. Fuimos al campo y la mosca se perdió entre miles de moscas que volaban sobre el agua empozada y sucia de un estanque. Me entristecí en el sueño y me desperté sobresaltado y ansioso; pero ahora soy yo el que vuela en esta casa que fue mía muchos años. Ese hombre que no conozco, y que acaba de salir de la cama, quiere matarme. Tiene la misma mirada que aquella mosca que se me escapó en el sueño hace un rato.

No puedo hacer nada, ni quejarme, ni cambiarme de lugar, ni llamar por teléfono para que alguien venga a buscarme. Siempre dije que no quería velatorios, pero mi familia me ha metido en esta caja y dentro de este espacio que huele a flores tristes y a productos de limpieza. Están ampliando el tanatorio con otra planta y trabajan todo el día. De fondo se escucha el martillo neumático. Quizá fuera el sonido que más detestaba cuando aún respiraba. Ahora no respiro pero sigo escuchando. Escucho los gemidos de mis familiares y ese ruido insoportable. Yo pensé que una vez muerto no podría volverme loco, pero aquí también acecha la locura.

Me he parado a tomar una cerveza en una terraza. Casi celebro la vida como un superviviente. No me atreví a decirle nada cuando lo veía acelerar y entrar en las curvas como si quisiera matarse. Aquel taxista escuchaba la retransmisión del rally en la radio y se creía que era el que llevaba el volante del coche de carreras. Me salvé porque empezó a nevar copiosamente y suspendieron la prueba. En ese momento se dio cuenta de que era taxista y de que llevaba a un pasajero. Yo le pedí que me dejara bajar según empezó a comportarse con normalidad. Y pedí esta cerveza, y doy gracias a la vida por esa nieve que suspendió el rally de Finlandia hace menos de media hora. Gracias a esa nieve puedo seguir viviendo.

No había pedido hora. Me llamaron de la peluquería. Pregunté que dónde estaba y me detallaron la dirección. Ahora estoy sentado aquí, mirando al espejo. El peluquero me pregunta si me corta el pelo como otras veces. Yo no digo nada y él se acerca a buscar las tijeras. Solo veo una sombra en el espejo, como una imagen de humo que parece que se mueve. Luego cierro los ojos y escucho las tijeras. De fondo suena un hilo musical y un secador lejano. Abro los ojos cuando el peluquero me dice que ha terminado. Lo veo a él. Ya no soy una sombra y salgo a la calle dejándome llevar por sus pasos. He tenido muchas caras. A esta le queda bien ese corte de pelo que le han dejado.

Esa mariposa es la misma de todos los años, pero esa señora no se da cuenta. Vuela siempre en su jardín, dibujando arabescos entre sus rosales mientras ella la mira como una mariposa monarca nueva. Es el alma de su hija muerta hace seis años. Siempre llega el mismo día de julio, cuando esa señora la recuerda más que nunca porque era el día de su cumpleaños.

Escuchaba los golpes sobre la piedra, certeros, monótonos, lejanos. Paseaba por una ciudad colombiana en 1999, pero al cerrar los ojos se descubrió cincelando la piedra de una catedral muchos siglos antes. Seguía estando en Burgos en 1378. Hacía frío. Se reconoció con los mismos gestos y la misma mirada concentrada. Alguien le llamó a lo lejos. Era un niño pequeño que salía de la playa. El niño tenía los mismos ojos que aquel maestro que le estaba enseñando a moldear la piedra de una catedral lejana.

Ella decía que solo se amaba en la adolescencia. Escuché la conversación cuando pasaba debajo de una ventana. Me sonaba su voz. Repetía que luego solo buscamos la repetición de aquel primer amor de forma baldía. Era ella, pero yo preferí seguir de largo. Hacía más de treinta años que los dos éramos unos adolescentes enamorados.

El taxista me dijo que habíamos envejecido, pero que él parecía mucho más viejo que yo. No lo reconocí. Habíamos estado juntos en el colegio. Eso es lo que me decía todo el rato, que había envejecido mucho antes. Yo no le conté que para seguir pareciendo joven borro cada mañana la bruma del pasado en el espejo

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