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Novedades en la categoría Literatura

Cada uno tiene sus manías. Todas las mañanas observa a un ejecutivo que viene a caminar sobre las letras del STOP que está en su calle. Apenas hay tráfico. Llega en su coche desde otra zona de la capital, se baja, rodea la palabra y se marcha. Solo deja de venir los fines de semana. También se ha fijado en una mujer que cada dos por tres, cuando camina, sube las piernas como si fuera un caballo trotón. Se conoce que ni ella misma se da cuenta de lo que hace y que intenta evitar el trote cuando ya es demasiado tarde.
Pero donde de verdad aparecen todas las manías de la gente es en la playa. Parece como si al desnudarse tuvieran que improvisar algún automatismo para no sentirse vulnerables. Los ve llegar a la pared cuando se echan a caminar para bajar el colesterol o generar endorfinas que les salven de la selva urbana. Unos la tocan con las manos, otros con los dedos de los pies o con el talón, los hay que ponen la cabeza, algunos rezan, e incluso hay uno que se frota la espalda como si fuera un oso. La gente aparentemente está cuerda, pero quizá porque nadie se fija en lo que hace el otro. Hacemos cosas raras. Ese mismo hombre que se pone a mirar lo que hacen los otros cuando llegan al final de la playa escoge cada día una palabra y no para de repetirla todo el rato. Esa palabra aparece en un libro, en el periódico, en una publicidad que ve por la calle o cuando escucha la radio o ve la tele. No importa el idioma, lo que le vale es que suene para agarrarse a ella como a un mantra que le salve.
La repite sin que nadie se dé cuenta, y si hay gente delante se limita solo a pensarla. Hoy le ha tocado a la palabra ashtray. Se la escuchó esta mañana a unos turistas que salían de uno de los cruceros que ya empiezan a arribar al puerto de la isla. No sabe qué significa pero le gusta cómo suena. Las calles están llenas de colillas por todas partes, y los días extraños él se siente ceniza desde que sale de la cama. No sabe inglés. Tampoco sabe lo que realmente le pasa. Siempre tuvo manías, como casi todo el mundo; pero ahora están siendo cada vez más raras. Repite ashtray y se siente como el tabaco que se quema en el fuego de una calada. También pide un cenicero y deja que sea el tiempo el que termine de consumir su cigarro.

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Hay palabras que se oxidan cuando uno trata de mantenerlas intactas. Algunas incluso se desmigajan como si hubieran sido devoradas por termitas. Él era parco en palabras, pero cuando uno lo escuchaba, sabía que lo que decía estaba lleno de cordura y de inteligencia. Prefería observar. Cada día elegía dos o tres palabras y jugaba con ellas hasta devolverlas a la vida si estaban muertas, llenas de herrumbre o carcomidas por esas polillas de los modismos que tantas veces dejan olvidadas las palabras que dibujan en la mente el objeto o el pensamiento que llevábamos buscando hacía mucho tiempo.

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Solo conocía la sombra de los pasos. Llevaba diez años sin salir de su casa. Se sentaba delante de la puerta y veía la sombra veloz de quienes pasaban junto a ella. Poco a poco fue reconociendo a cada uno de aquellos vecinos, y su oído también era capaz de saber quiénes eran por el sonido de sus pasos desde que empezaban a caminar al principio del pasillo. Había unas oficinas y cada día llegaba alguien nuevo, pero a los empleados de esa Notaría y a los inquilinos de los otros tres pisos de su planta los tenía totalmente controlados. Ella tenía cincuenta años y había decidido encerrarse desde los cuarenta. Le traían la compra y ella misma se cortaba el pelo y limpiaba su casa. No había precisado de cuidados médicos en todo ese tiempo. Uno de los que pasaba todos los días había sido su primer novio cuando tenía dieciséis años. Nunca se fijó en la sombra de sus pasos ni en el sonido de sus pisadas cuando pasearon juntos por las calles de la ciudad en la que se dieron los primeros besos. Él tampoco sabe que aquel gran amor de juventud reconoce cada día la sombra de sus pasos cansados. Vive solo y sueña con encontrar un amor como aquel de los dieciséis años.

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Esa niña de la foto eres tú, el mismo gesto, los ojos igual de achinados, y una idéntica mirada inquieta. No sabes lo que tenías delante. Las fotos solo conservan un lado de la vida que viviste, justo lo que estaba detrás y no veías. Lo otro se queda en el misterio del silencio y del olvido. También aquel fotógrafo que no recuerdas. Durante un segundo se convirtió en un dios que inmortalizó tu presencia.

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Reconocía el olor de los árboles lejanos. Sabía si el aire olía a abetos, a pinos o a robles. Decía que era capaz de oler los árboles a muchos kilómetros de distancia, incluso con mares de por medio. No le creíamos. También aseguraba que olía los árboles que habían estado hacía cientos de años en esta misma ciudad. Murió hace dos años. Siempre repetía que la calle en la que vivimos, llena de rascacielos y de humo de coches, le olía siempre a eucaliptos blancos. Hoy he visto una fotografía de hace más de cien años. Todo esto era una gran finca llena de eucaliptos blancos. También nos decía que había sido pájaro en otra vida lejana. Hoy se posó un mirlo en mi balcón, en medio del humo, del ruido y de la polución que mancha las paredes de este rascacielos en el que los dos fuimos vecinos algunos años.

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Había una mujer mirando Budas en un escaparate. En ese mismo local había una funeraria hasta hace unas semanas. Nadie se detenía a ver los ataúdes. Esa mujer sonreía como los Budas de Oriente, y luego siguió caminando por la calle, mirando todo con ojos nuevos. Incluso el mundo le parecía perfecto.

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Se ponían la mano delante de la boca como los futbolistas cuando hablan dentro del campo o como los ministros en el Congreso de los diputados. Hablaban entre ellos en la terraza de una calle peatonal muy concurrida. Los contertulios se tapaban sus labios como si alguien los estuviera grabando con una cámara. La escena era curiosa. Yo nunca he sabido leer los labios, pero imagino que los que estaban embozados temían por el secreto de sus palabras. Si te acercabas, te dabas cuenta de que hablaban de temas triviales y de lo que habían visto por la tele un rato antes. Tantas horas delante de la pantalla los había convertido en una especie de clones a merced de unos gestos que volvían ridículas las conversaciones en mitad de la calle.

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Estábamos en clase y nadie fue capaz de asomarse a la ventana. La mujer que estaba hablando a gritos en la calle por teléfono no sabía que justo encima estábamos nosotros. También estaba su mejor amiga. Repitió su nombre y su apellido varias veces y fue contando muchas intimidades zahirientes de su vida. Supuestamente estaba de viaje, eso es lo que le decía a las personas más cercanas para evitar los compromisos y poder asistir a aquel taller de pintura en una de las calles más silenciosas del casco viejo. Luego hubo un silencio y sonó el teléfono de esa misma alumna que había escuchado cómo la despellejaban a lo lejos. Aceptó la llamada, saludó y guardó silencio. En la calle sí escuchábamos a la otra decirle una y otra vez que era su mejor amiga. Le dijo que la estaba llamando desde la avenida de la playa y le empezó a contar cómo estaba el mar que tenía delante. El mar quedaba lejos de aquella zona de la ciudad en la que aprendíamos a pintar todos los sábados por la mañana. Nuestra compañera guardó silencio y comenzó a pintar ese mar que la otra se estaba inventando. Cuando le escuchaba la palabra azul, ella coloreaba con los tonos grises con los que Turner pintaba las tempestades. De la defensa contra la hipocresía humana salen a veces las mejores obras de arte.

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Subió al coche y se sentó a su lado. Le dijo que la quería. Hacía cincuenta años su madre había sido su primera novia, pero ella no lo conocía de nada. La hija de ese señor le pidió disculpas y le contó que hacía tres años que había perdido la noción de la realidad y la memoria. Él la miraba como miró a su madre justo antes de que los dos se dieran su primer beso.

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Hay un falso mito de los escritores que hace que muchos que sueñan con ser escritores se queden por el camino. Les cuentan que se escribe desde el embrujo de la inspiración y que el trabajo es para otras profesiones y para otras ocupaciones más o menos vocacionales. No leen y no escriben. Solo persiguen una fama de calderilla y alamares, toda esa quincalla que ahora se busca para lucir durante unas pocas horas en las redes sociales o en un sarao de fin de semana.
En mis talleres de escritura siempre comienzo diciendo que no existen los milagros sino el trabajo, la voluntad y el deseo inquebrantable de aprender, de perseverar y de escribir como un galeote, que era como decía Galdós que tenían que escribir los novelistas. Pero sobre todo hay que leer. Cuando comienzo a explicar el cuento, por ejemplo, les remito a las lecturas de Chéjov o de Henry James, y casi les invito a que abandonen las clases y se adentren en la obra de alguno de esos maestros con los que hemos ido aprendiendo quienes escribimos desde hace mucho tiempo. En esos talleres nunca falta Steinbeck, ni la recomendación de su obra, ni sus consejos, sobre todo su primer consejo: "día a día, página a página". Así escribió Las uvas de la ira, La perla o Al este del Edén, mirando a su alrededor, leyendo, aposentando lo mirado, y luego escribiendo, día a día, no pensando en las doscientas o trescientas páginas que tenía por delante sino en la siguiente palabra o en el renglón que iba justo debajo del que trazaba. Y no siempre sale, pero si no lo intentas, si no desfalleces, sí que no saldrá nunca nada, o por lo menos no saldrá una novela, esa carrera de fondo con muchos desfallecimientos, con demasiados abandonos, pero con una recompensa impagable cuando uno llega a la meta del punto y final que, lejos de cerrar, deja casi todas las historias abiertas.
A Steinbeck, como a otros muchos escritores del siglo veinte, no se le entendería sin el periodismo y sin el cine. Muchos decían que se le no-taba la sombra de Hemingway, y hasta Harold Bloom lo dejó fuera de ese supuesto canon que hay que tener siempre en mente si uno quiere presumir de fondo y de sapiencia literaria. No pudieron con Steinbeck porque él sabía perfectamente lo que quería y hacia dónde encaminar su literatura. Fue tremendamente crítico con el sistema capitalista, pero además sus novelas ponían el acento en lo pequeño, en la aldea lejana más que en la gran urbe en donde es más fácil contar para que te entiendan.
No buscaba la fama. Ese era otro de sus consejos, que no había que escribir nunca para el gran público. Siempre es más fácil llegar a más lectores contando los oropeles o siendo un romántico almibarado que poniendo el acento en la frustración y en la miseria: al paso de los años lo único que queda es la literatura, sea cual sea el tema, pero si encima el tema nos ayuda a entender un tiempo lejano esos libros casi se convierten en indispensables. En muchos casos, además, hemos llegado a las novelas de Steinbeck después de ver las películas de sus obras, y no era fácil borrar la imagen de Henry Fonda en Las uvas de la ira o de James Dean (el que tiraba piedras a una casa blanca en la canción de Aute) como aquel chico rebelde en Al este del Edén. Sin embargo, desde que empiezas a leer, esos personajes cambian de cara y de presencia y se hacen a nuestra imagen y semejanza siguiendo el rastro de las palabras del gran escritor norteamericano. Ya hace cincuenta años que dejó de latir el corazón de John Steinbeck, pero sus libros se siguen reeditando y su mirada hacia el mundo que veía y contaba sigue estando aún más vigente en un siglo que continúa orillando a millones de personas que se siguen negando a ver la vida desde el otro lado de una alambrada. Steinbeck escribía de un tirón, página a página, y luego regresaba a ese texto y lo iba puliendo poco a poco, quitando lo que sobraba y buscando los puntos de vista que casi siempre se esconden debajo de las gran-des cifras, de las alfombras y a veces también de las propias palabras.

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