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Novedades en la categoría Literatura

No lo he comentado con nadie, pero ayer estuve junto a una de las fachadas de la calle Triana reconociendo el olor de una higuera. Ese olor te detiene donde quiera que lo huelas, pero en aquel edificio o en los colindantes era imposible que hubiera higueras. Me fui a buscar imágenes antiguas de la calle y justo donde está ese edificio había un gran jardín. Reconocí dos higueras que sobresalían por encima del muro que asomaba a la calle. Los árboles dejan el rastro de sus olores no solo en el recuerdo o en las imágenes. Cuando pasas por donde estuvieron siguen oliendo más allá del tiempo. Solo hay que detenerse para reconocer su fragancia en medio del trasiego de las calles.

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En aquellos años no hacían falta transfusiones para vivir otras historias. La gente leía o se contaba cuentos cuando se sentaba en una terraza o delante del fuego de una hoguera. Poco a poco se fue perdiendo el hábito de leer y de contar. Lo cambiaron por películas en las que ya aparecían las caras de los personajes o por virtualidades que les ahorraban mucho tiempo a la hora de imaginar un lugar desconocido. Se volvieron cómodos e indolentes. En los colegios fueron desechando cada vez más los libros y las operaciones matemáticas. Nadie valoraba a quien escribía. Se dejaron de vender sus libros o se pirateaban impunemente. Llegó un momento en el que ya nadie leía. Los escritores pasaban tantas necesidades que no tuvieron más remedio que vender la sangre cuando se la pidieron. Unos investigadores de una universidad de Melbourne habían descubierto que las historias no son más que células que corren por nuestra propia sangre hacia el cerebro hasta crear una ficción que las hacen parecer ciertas. Pagaban muy bien la sangre, a mucho mejor precio que los libros y las conferencias, y casi todos los escritores de aquella época fueron dejando bolsas de sueños en los congeladores de las universidades. Ahora solo tienes que pedir una transfusión de Paul Auster, de Murakami o de Coetzee para vivir en primera persona cualquiera de los argumentos que escribieron. Si te doy un libro, incluso un viejo libro electrónico, no sabrías qué hacer con él porque no serías capaz de interpretar ninguna de sus letras. Yo era muy niño entonces, pero recuerdo ver a mis padres y a mis abuelos leyendo a todas horas. Ya luego su propia sangre era la que terminaba reinventando los cuentos. Sus venas todavía eran abstractas.

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Fue un día de octubre de hace tres años. Paseaba por el cementerio de una pequeña ciudad centroeuropea. Llovía mansamente cuando vio aquella tumba y comenzó a llorar. Leyó el nombre de una mujer que había nacido en 1875 y que había muerto en 1898. Se llamaba Anna Stepova. Recordó su cara frente al espejo, sus ojos azules y aquella tristeza que se le posó en la mirada cuando aquel novio murió en un duelo. Lo mató el hijo pendenciero de un general austrohúngaro. Su novio era poeta. Fue entonces cuando ella rompió el hielo del lago y se dejó hundir en el agua. Lo fue recordando todo mientras miraba aquella lápida desgastada en la que nadie colocaba flores hacía muchos años. Compró un gran ramo de rosas blancas en la entrada del cementerio. Desde entonces, cada primer día de mes, ingresa un dinero en una cuenta para que nunca falten rosas blancas ni en su tumba ni en la de su amado. Averiguó el nombre de aquel novio. Se llamaba Alexei Vlador. Y estaba enterrado justo al lado de Anna Stepova.

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Cada mañana llegaba antes del alba y sacaba las sillas de todas las terrazas de la plaza. No las había contado, pero eran más de cien mesas y más de cuatrocientas sillas. Las sillas las sacaba de cuatro en cuatro. Después regresaba a la pensión y pintaba todo el día. Sobre las once de la noche regresaba y volvía a meter las sillas y las mesas en los cafés y en los restaurantes. Vino a Venecia a pintar hacía treinta años siguiendo las huellas de Tiziano, Veronese o Canaletto. No volvió nunca a su pueblo en Colombia. Allí lo dan por muerto. A veces se han quedado todas las sillas y las mesas flotando en el agua. Esos días corre de un lado para otro para que no se hundan y las limpia rápidamente para que no se acaben oxidando. Luego llega a la pensión y pinta todo el frío que siente dentro y también fuera de su cuerpo mojado.

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Me paró y me preguntó por mi hijo. Me dio las gracias por todas las veces que le compré globos en el parque. No lo reconocí. Me dijo que era el payaso. Mi hijo tiene hoy 30 años y este hombre debe estar rondando los sesenta. Me habló de aquellos años como si narrara un viaje lejano. Ahora sí recuerdo que siempre olía a alcohol. También me acuerdo de su mirada. Era limpia. Me contó que estuvo casi tres años tirado en la calle, pero que luego la vida le había dado nuevas oportunidades. Da clases en un instituto cercano. Me agradecía las monedas de aquellos días. Le conté que mi hijo es ahora payaso en un circo y que es feliz porque hace lo que le gusta. Siempre me dijo que quería ser como aquel hombre que nos alegraba las mañanas de domingo en el parque.

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No sobrevivió ninguno de ellos. Ni siquiera aparecían entre las cifras estimadas de muertos. Viajaban en las bodegas del "Titanic español" que se hundió frente a las costas de Brasil en la madrugada del 5 de marzo de 1916. Habían subido a bordo en el Puerto de La Luz, en Las Palmas de Gran Canaria. Venían de Guía y de Gáldar. Llevaban meses juntándose para organizar todos los detalles del viaje. Uno de ellos tenía un conocido entre la tripulación del Príncipe de Asturias que, a cambio de unas pocas pesetas, les ayudaría a colarse en la bodega del barco. Querían llegar a Buenos Aires. Ya habían fondeado unas horas en Río de Janeiro. Durante todo el tiempo que estuvieron en la ciudad carioca no dejaron de escuchar los ecos festivos y bullangueros del carnaval. Les hubiera gustado asomarse como mismo lo hacían los pasajeros que iban en los camarotes. El barco chocó contra un arrecife en Punta Pirabura poco tiempo después de salir de Río de Janeiro. No sobrevivió ninguno de los pasajeros registrados que subieron en Las Palmas de Gran Canaria. De los que iban en las bodegas ni siquiera hubo noticias. Todos tenían menos de veinticinco años. Nunca le contaron a nadie que se iban a embarcar rumbo a Argentina. Se llamaban Anselmo Sosa, Baltasar Miranda, Rogelio Moreno, Miguel Díaz y Bernardo Quintana. Los pecios no son solo hierros que recubren los corales.

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Había viajado a una ciudad lejana y salía del hotel vestido con traje y corbata. Luego se paraba en una hamburguesería y en el baño se cambiaba para parecer un paria. Cada vez que llegaba alguien cargado con botellas, él se ofrecía sobre la marcha para tirarlas. Le fueron a dar dinero muchas veces, y si insistían lo cogía y luego se lo entregaba al primer mendigo que encontraba por la calle. Sentía un placer inmenso cada vez que las botellas se hacían añicos o cuando chocaban unas contra otras. Él se decía siempre que cada cual tenía derecho a sus manías y que no se metía con nadie rompiendo botellas. Luego volvía a la hamburguesería, se vestía otra vez con el traje y regresaba al hotel que siempre elegía lejos de los contenedores. Cuando regresaba a su trabajo y contaba sus días de vacaciones se inventaba tardes en la playa o recorridos por los barrios monumentales de grandes ciudades. Si se queda solo, siempre cierra los ojos y recuerda el estruendo de esos días de verano.

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Estaba allí, agazapado al fondo del cajón. Cuando abres un cajón para buscar unos calcetines y te encuentras algo así no sabes qué hacer. Hay que verse en esa situación, con prisas para salir al trabajo, haciendo todo como un autómata y escuchando a tus dos hijos mientras terminan de prepararse para ir al colegio. Los niños se molestaban y al rato se estaban riendo. Todas las mañanas hacían lo mismo. Mi mujer se estaba duchando en ese momento. Yo lo seguía viendo al fondo del cajón. Si hubiera estado solo habría tratado de cogerlo; pero llegó uno de mis hijos diciéndome que su hermano le había escondido el estuche con los lápices de colores y cerré de golpe el cajón para que no lo viera. Luego entró mi mujer y no me atreví a abrirlo de nuevo. Me puse los calcetines y los zapatos y llevé a mis hijos a la escuela. Ahora estoy en el trabajo, pero no puedo dejar de pensar en aquel ser extraño que estaba agazapado en el cajón esta mañana.

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Era el mejor. Lo dicen todos los que le vieron. Dejó de jugar con diecisiete años. Hasta esa edad le perdonaron lo de los goles, pero luego empezaron a silbarle y a insultarle. Una vez lo vi llorando dentro del campo. Sus padres lo pasaban fatal en las gradas. No había quien le quitara el balón. Jamás fallaba un pase y defendía como nadie, pero le condenaron con lo de los goles. No quería hacer fracasar a ningún portero. Por eso jamás chutaba a puerta y desde que se aproximaba al área contraria siempre jugaba hacia su propio campo. Ni siquiera llevaba bien que los goles los metieran otros compañeros. Lo llevaron a un psicólogo, y dicen que el presidente del equipo, totalmente desesperado, lo citó con un exorcista; pero nadie pudo hacer nada. No sé qué habrá sido de su vida. No lo he vuelto a ver desde hace veinte años. Jugaba como Maradona o como Messi, pero no llegó a ser como ellos por buena persona. No soportaba la cara de los porteros cuando encajaban goles. Cuando jugaban contra él los otros equipos siempre elegían porteros tristes para que se sintiera todavía más culpable.

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No era una manía. Desde que era niño contaba las baldosas de todas las habitaciones en las que estaba mucho tiempo. Nunca se lo dijo a nadie. Aparentemente jugaba con los amigos, o ya más grande atendía a conversaciones más o menos trascendentes. A veces detenía esa cuenta y proseguía cuando los demás creían que estaba pendiente de ellos. El número que más se había repetido era sesenta. Ahora, cuando se siente extraviado, cierra los ojos e imagina partidas interminables en suelos con baldosas blanquinegras. Recuerda los pisos brillantes de las casas de algunos de sus amigos de infancia y mueve fichas imaginarias como mismo se movía con esos amigos durante muchas tardes. Se arrastraban por aquellos tableros como si fueran reptiles del Cuaternario. Sesenta siempre ha sido su número de la suerte y la suma de las fechas de los grandes momentos de su vida. Todos jugamos entre baldosas imaginarias por las que se cuelan los días y las noches eternamente, desde que éramos reptiles y hasta que seamos otro sueño más o menos invertebrado.

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