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Novedades en la categoría Literatura

Los coches vienen con las roturas programadas desde que salen de la cadena de montaje. A ella se le rompió el manguito un día de lluvia camino del trabajo. A la misma hora, con el mismo modelo de coche, y a más de dos mil kilómetros de distancia, a él se le rompió la misma pieza pero en un día soleado y cuando regresaba a su casa. Habían recorrido los mismos kilómetros por paisajes diferentes. Los dos se habían divorciado hacía tres meses después de estar casados diez años. Aún les quedaban cinco meses para coincidir poniendo gasolina en la misma estación. Él cambiaba de trabajo y de ciudad. Viviría a dos manzanas de ella, la conocería en la gasolinera y se daría cuenta de que era la mujer que llevaba buscando toda la vida. Los dos coches estarían estacionados frente a frente, con las luces encendidas, como cuando los probaron al mismo tiempo recién salidos de la cadena de montaje. Compartirían plazas contiguas en el garaje y estarían juntos los mismos años que ellos se amaran.

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Su padre le decía cuando era pequeño que la música sonaba mejor con los ojos cerrados. Le despertaba con Yehudi Menuhin tocando en el violín las sonatas de Bach. Él se quedaba en la cama y recuerda que casi volaba detrás de todos aquellos acordes. Su padre venía a veces y le daba la mano. Hace años que no ve a su padre. Vivieron juntos toda la vida. La madre murió cuando él tenía tres años. Estudió música en el conservatorio. Su padre soñaba con verlo alguna vez sobre el escenario del teatro en el que trabajaba como acomodador desde que había cumplido los veinte años. Él toca en una esquina de una ciudad lejana. Siente el sudor de muchos días en su camisa cada vez que levanta el arco o cuando tensa las cuerdas del violín en un escorzo casi imposible. Su padre cierra los ojos cuando tocan los violines de la orquesta cada sábado. Su hijo solo está pendiente del sonido de las pocas monedas que le van echando en el plato los transeúntes de esa ciudad lejana.

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La vida siempre escribe mucho más deprisa que nosotros. No sé si improvisa o si parte de una trama ya pensada antes de que aparecieran nuestros nombres. Hay días para luchar y días para dejarse llevar hasta descubrir hacia dónde nos lleva la corriente incontenible de esos acontecimientos que se nos escapan de las manos como si fueran azucarillos del tiempo. Todo lo que andamos lo desanda el destino en unas horas, sin aspavientos, aprovechando que dormimos, o que estamos despistados en otras cosas. De repente te das cuenta de que mientras tú escribías, esa vida de la que hablo fue escribiendo en una libreta paralela otros argumentos muy distintos a los que esperabas. Y nunca está mal la incertidumbre, sobre todo si somos capaces de asumirla con esa deportividad que se espera siempre de los buenos jugadores.

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Se reconoció en un documental rodado en Budapest en 1930. Debía tener la misma edad que tiene ahora. No sabía el color que tenía la ropa; pero parecía que vestía un traje negro y una camisa blanca. Llevaba corbata y un sombrero que en ese momento tenía agarrado con la mano. Siempre ha querido viajar a Budapest. Todas las noches sueña con los puentes que atraviesan el Danubio. También se le aparecen nombres que reconoce en la penumbra de esos sueños: la avenida Andrássy, la estación de Nyugati, el parque de Várolsiget o la calle Király. En la imagen aparece junto a una hermosa mujer que lleva soñando todas las noches desde hace años. No sabe su nombre, pero sí recuerda que la amaba con locura y que planeaba fugarse con ella a Viena para empezar una nueva vida. Se parece mucho a una turista que acaba de mirarle fijamente mientras paseaba por la avenida de Las Canteras. Cuando se dio la vuelta, ella todavía le estaba mirando como si lo reconociera de otra vida muy lejana. No recuerda el título del documental. Lo encontró azarosamente mientras pasaba los canales de la tele. En aquella imagen reconoció el abismo que a veces intuye en sus propios ojos cuando se mira fijamente al espejo.



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Eran ellos. De eso estaba seguro. Los años cambian a la gente, pero siempre dejamos pistas para que nos reconozcan incluso los que apenas nos vieron unos segundos. Nuestra mirada, un pequeño gesto del que casi no somos conscientes, el movimiento de las manos al caminar, siempre nos vamos delatando aunque creamos que somos distintos y que no nos parecemos al del pasado, a aquel otro que vestía con modas más horteras y que se equivocaba tantas veces tratando de encontrar su lugar en el mundo. El hombre seguía teniendo aquel aire de superioridad que a él le llamó la atención la noche que los encontró en la plaza, y ella conservaba el rictus inalterable de quien sabe lo que quiere y también de quien ha aprendido a ocultar los rastros que dejan los sentimientos en algunas miradas y en algunos gestos. Eran seres calculadores, ambiciosos, que entonces no tendrían más de veinte años.
Él paseaba a su perro aquella noche por la plaza. Tenía treinta y cinco años y vivía en una encrucijada de caminos en la que sabía que cualquier elección casi conllevaba una renuncia al resto de las posibles rutas vitales que tenía delante. Ellos hablaban del futuro. En alguna casa cercana sonaban los acordes de La flauta mágica de Mozart. No hacía frío. Pasó al lado de la pareja y le llamó la atención lo que dijo ella. "Si alguna vez tenemos hijos quisiera bautizarlos con nombres de metales". El novio le dijo que le parecía una buena idea. Los dos estudiaban algo de Ingeniería. Lo supo en las dos o tres vueltas que dio con el perro. Hablaban de un examen de Circuitos y Sistemas. Los vio alguna que otra noche más por la plaza, pero se conoce que luego ya no tuvieron más tiempo que perder juntos o que cambiaron de escenarios para sus cuitas y sus confidencias de futuros padres de niños metálicos. Él al final siguió viviendo en la misma plaza. No cogió otros caminos y se fue quedando atrás, o por lo menos no llegó adonde había querido llegar cuando soñaba con veinte años. Tenía un buen trabajo, estaba casado y ahora paseaba a otro perro por la plaza. Era sábado por la tarde y se celebraba una boda. Los vio venir a lo lejos y los reconoció sobre la marcha. A su lado venían tres jóvenes casi robóticos que apenas sonreían. Se acercaron a otra familia y se presentaron. La madre estaba justo en el mismo banco en el que veinte años antes había decidido tener a esos hijos con esos nombres. Se llamaban Cadmio, Estroncio y Cesio y tenían más o menos la edad que tenían los padres cuando él paseaba a otro perro y aún creía que tendría años para cambiar su suerte. Los jóvenes no levantaban las miradas de sus máquinas. Realmente parecían metales, seres fríos y lejanos que hacían honor a los sueños minerales de su madre.

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No quería cambiar el exprimidor. Le decían que comprara uno eléctrico porque se ahorraría esfuerzos y trabajo, pero ella seguía empeñada en sacarle todo el jugo a las naranjas con las manos. Necesitaba esa sensación mañanera para luego enfrentarse a las rutinas y a las guerras diarias. Iba cortando las naranjas cuidadosamente y luego las apretaba sin dañar nunca la cáscara para obtener todo el jugo posible de lo que quedaba dentro. Cada naranja era un enigma. Como la propia vida. Pero ella sabía que si dejaba ese proceso en manos de una máquina acabaría olvidando.

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Le pedía un café para llevar. Ella ni siquiera miraba cuando lo preparaba. Pagaba y salía a la calle a caminar con el vaso. Sentía el calor entre sus dedos y soñaba que andaba con ella de la mano. Cuando se enfriaba lo dejaba en alguno de los bancos del parque. Nunca le gustó el café, pero era lo que ella preparaba en aquel establecimiento lleno de trabajadores apurados. Cuando sentía el calor del vaso soñaba que le decía lo que ensayaba cada día delante del espejo justo antes de salir de la pensión: "He venido para amarte, llegué a esta ciudad pensando que iba a estar unas horas y llevo diez años viviendo en ella solo para venir a verte cada mañana".

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Hablaba siempre con dos voces y no se daba cuenta. Decía que no al mismo tiempo que decía que sí simultáneamente. En la otra dimensión era mudo. La voz que le faltaba sonaba en este lado del tiempo confundiendo todo el rato sus ideas.

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La acariciaba como si no la fuera a ver nunca más. Ella también le amaba con esa vulnerabilidad que sienten a veces los humanos cuando dejan de pensar e intuyen levemente su extraño tránsito. Se veían casi a diario y los dos habían amado a otros cuerpos antes. Habían aprendido que la muerte también es la repetida ausencia de quien se ama. Ella le esperaba con la misma ilusión con que aguardaba a su primer amor de adolescencia. Todo el placer era siempre poco para sentirse eternos mientras se acariciaban. Hace menos de sesenta años ni siquiera llegaban a ser las sombras que también se confunden cada vez que se aman.

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Aprovecho el título de un libro de V.S. Naipaul altamente recomendable para adentrarme en las llegadas y en las muchas idas y venidas que vamos protagonizando a lo largo de nuestra vida. Realmente llegamos cada día a un paisaje distinto que nunca se parece al de ayer aunque nos parezca siempre el mismo. Nos sorprenderíamos si repasásemos las muchas llegadas acontecidas en los años que llevamos habitando este mundo. La más enigmática es la que nos trajo a la vida, ese momento clave de cada uno de nosotros que nunca valoramos como deberíamos. Sin esa llegada no hubiera sucedido nada más, y si llegamos aquí debe ser para que hagamos algo que merezca la pena. Se entiende que vinimos para amar y para disfrutar intensamente cada segundo. Todo lo que no se viva intensamente es tiempo perdido, por eso no podemos renunciar nunca a nuestras vocaciones, a nuestras querencias y a lo que nos apetecería hacer para que nuestra vida fuera intensa y plena. No habrá segundas oportunidades. O vivimos, o nos dejamos llevar como autómatas productivos hasta que volvamos al mismo enigma del que partimos.

Ya desde el punto de vista literario sí quiero recomendar El enigma de la llegada de Naipaul porque, por lo menos para los canarios, es un viaje hacia nosotros mismos. Naipaul nació y creció hasta los 18 años en la isla de Trinidad, justo al lado de Venezuela, y lo que cuenta en el libro es su primera salida de la isla con destino a Londres, los pasos que determinaron su carrera de escritor y todos los paralelismos que va encontrando con su pasado insular y caribeño cada vez que se asoma a sus propios recuerdos y a lo que va encontrando en Inglaterra. En todo ese camino está la isla casi edénica a la que el turismo y el petróleo convierten en un desordenado caos urbanístico, las culturas que han convivido durante siglos ( Naipaul es de origen hindú, como tantos canarios que llevan varias generaciones poblando estas islas y formando uno de sus grupos más representativos), el exterminio de los aborígenes y también esa rara sensación isleña de no pertenecer del todo a ningún lugar alejado de nuestra propia orilla.

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