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Novedades en la categoría Literatura

La conquistó gracias a aquel lumbago que le duró casi un mes. Durante ese tiempo tuvo que ponerse una crema que olía a menta. Ella se sintió inmediatamente atraída cuando se lo tropezó en la salida del metro. Él nunca había amado a una mujer tan bella. Miento: sí las había amado toda la vida, pero ellas se mostraban siempre distantes y jamás le hicieron caso. Al paso del mes, cuando se curó por completo el lumbago (los últimos días ya solo tenía pequeños ramalazos), ella se alejó de repente. No se atrevió a decirle que lo que le atraía era el aroma que dejaba la menta de aquella crema en su espalda. Si él lo hubiera sabido aún se estaría untando antes de salir de casa; pero ella no quiso herir su amor propio y regresó a su país sin dejarle ningún teléfono ni ninguna dirección donde poder localizarla.

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Las dos torres no han envejecido de la misma manera. Una tiene la piedra más oscura y la otra más desgastada por el viento, la lluvia y ese solajero intenso que ilumina la ciudad cuando se marcha el alisio. Las tienes que mirar desde lejos, desde la calle Terrero, por ejemplo, o bajando desde el Risco de San Nicolás. Yo creo que también nosotros, si nos observáramos a una cierta distancia, veríamos que nuestro brazo derecho es diferente al izquierdo, o que incluso cada uno de nuestros ojos ha guardado vivencias diferentes. Y también cada hueso, cada músculo que no vemos y cada uno de esos poros que han ido sintiendo caricias, escalofríos inesperados o emociones que a veces nos convierten en privilegiados dioses pasajeros.
La vida pasa cerca de nuestro cuerpo, como ese viento que no se ve y que revuelve nuestros cabellos o nos espabila cuando caminamos con la mirada perdida por las aceras. Esas torres de la catedral de Santa Ana también han visto pasar la vida de mucha gente durante años. Ahora se puede subir a una de ellas para ver lo pequeña que se ve la ciudad cuando la observamos desde tan alto o desde tan lejos. Sucede lo mismo cuando te alejas en un velero y ves cómo se pierden los contornos en donde los ambiciosos y los trepas se siguen creyendo estúpidamente eternos. No sé qué piedras se pusieron primero, ni cuál de las dos torres se encaramó antes en lo más alto de una ciudad con barrancos por los que corría el agua camino del océano. La primera vez que percibí ese envejecimiento diferente pensé que a lo mejor solo era una percepción de mi propia mirada o un efecto producido por la posición del sol o por alguna nube que en ese momento se había empeñado en ensombrecer una de las torres centenarias. Pero luego me he dado cuenta de que cada piedra envejece de forma diferente, que da lo mismo que datemos una construcción en un siglo determinado, o que nos empeñemos en emparentar lo que el tiempo siempre separa a su conveniencia. No tiene nada que ver que alguien naciera en nuestro mismo año. Cada cual envejece o se conserva joven a su manera, o ve cómo se arruga su piel mientras su espíritu sigue manteniendo intactas las ilusiones de los veinte años. También cada uno suele tener la mirada que se ha ido trabajando con el tiempo. Somos como esas piedras que reciben el azote de los alisios o los rayos del sol que hacen olvidar el frío del invierno en nuestro propio cuerpo. Y si miramos todavía más cerca esas torres de la Catedral de Santa Ana, subiendo Obispo Codina o rodeándolas por Espíritu Santo, San Marcial o el Pilar Nuevo, veremos que en la torre más desgastada se empeña en crecer una planta que sueña con ser árbol y que algunas veces tiembla cuando repican las campanas o cuando azota ese viento que baja de la cumbre desde hace miles de años.


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Siempre dejaba en blanco una casilla de los crucigramas. Nunca acabó ninguno. Sabía las letras que iban en cada una de esas casillas, pero jamás se atrevió a escribirlas. Nadie le pidió nunca una explicación porque esos crucigramas los resolvía siempre en su habitación, con la puerta cerrada. Él decía que se sentaba a escribir novelas, pero lo único que hacía era dejar esos crucigramas siempre a medias. Luego los doblaba y los rompía en decenas de pedazos. Si alguien le hubiera preguntado no habría sabido qué responder. Temía lo perfecto, lo que supuestamente ya estaba terminado. Prefería siempre los finales abiertos cuando leía novelas. Esa casilla en blanco la veía como una especie de ventana que uno abre hacia un espacio infinito que jamás se sabe donde termina.

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Tienes que fijarte mucho en las fotografías para verlo. Él nunca sabe que está siendo retratado. Se sienta en las terrazas del centro a ver pasar la vida siguiendo el rastro de las palomas o los pasos apresurados de los ejecutivos. Lo puedes ver en muchas fotos que promocionan la ciudad y en las que publican en los periódicos o sacan los turistas en las redes sociales. Él cree que está escondido en esa ciudad lejana. No trates de localizarlo. Hay quienes eligen estar siempre a salvo en ese segundo plano de las fotos de quienes se creen importantes.

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Pisó una galleta en mitad de la calle y notó como si se quebrara una infancia lejana.

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Se mantuvo callado, mirándonos fijamente. Ya había escrito en otro tiempo. Intuía miles de palabras que habían quedado en el otro lado del espejo. No tenía nada que decir. Sabía que alguien le estaba escuchando en otra parte, leyendo en silencio, dejando ecos en algunos de esos extraños y fascinantes universos que acontecen siempre en lo más ignoto del cerebro humano.

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Septiembre era el mes en el que amainaba el viento y se apuraban los amores de verano. El otoño aún parecía una estación lejana, y los días no sabían si agarrarse a la mano de octubre o seguir sesteando entre los rescoldos de agosto. Ella paseaba por la orilla a primera hora de la mañana. Cumplía un sueño. A veces los sueños se cumplen cerca de la playa.

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Ni siquiera la tienen mis padres. Me pagaron toda la carrera con la ilusión de ver colgada la foto de la orla en la pared del salón de su casa. Cuando voy a comer con la familia me encuentro las orlas de mis dos hermanos y las de mis padres. Todos son médicos. Yo también soy médico. Ellos no entendieron que yo no quisiera colgar mi fotografía en ninguna parte. Estamos todos. También está ella. Le dio un ictus mientras tendía la ropa en la solana del piso que compartía con dos compañeras de la universidad. No era Remedios la Bella. Ella se quedó tendida en el suelo con las trabas sembradas a su alrededor. Su madre quiso que el fotógrafo se acercara a la morgue y la sacara con los ojos abiertos. Esa misma tarde habíamos quedado todos para hacernos la foto. Su imagen estaba justo a mi lado. El orden alfabético también se había aliado con nosotros. Cuando alguien miraba la fotografía de la orla reconocía inmediatamente los ojos inexpresivos de la muerta. Era la única que no sonreía. Salimos juntos los tres últimos años de la carrera.

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Escuchaba siempre el aullido de un fauno entre el tercer y el cuarto movimiento de la Quinta Sinfonía de Beethoven. Daba lo mismo el teatro, la orquesta o el aparato del que saliera la música. Siempre aparecía el mismo aullido lejano. No era un lobo, era un fauno, pero nunca se lo dijo a nadie. Le hubieran dicho que los faunos no existen. Él fue fauno en un tiempo lejano y en un lugar al que solo llegaba el sonido de la música que traía el viento desde más allá de las montañas.

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El viejo te contaba que no eran nombres raros. Lo que sucedía es que tú no habías vivido los días del cine. Era el acontecimiento de cada semana. Cuando eran niños y no había televisión les parecían increíbles aquellos indios y aquellos vaqueros que siempre estaban a punto de caer de los caballos o de salir de la pantalla. Todos los domingos por la tarde tocaba soñar un rato. Se apagaba la luz y en aquel pueblo alejado del mundo aparecían Nueva York, las brumas de Londres o palacios centroeuropeos con reinas que parecían diosas. También participaban piratas o cómicos que hacían reír con una simple mueca. Ellos salían luego imitando todo lo que veían entre las calles de adoquines o en unas plataneras que muchas veces se terminaron convirtiendo en los bosques de Nottingham.
Más tarde, en la adolescencia, iban al cine con las novias, y allí encontraban la única oscuridad que les permitía dar los primeros besos como si fueran unos héroes enamorados que cambiarían el mundo con unos abrazos. Ya casados con aquellas primeras novias, seguían soñando en las sesiones de la noche que había otro mundo lejos de aquel pueblo y que, en cualquier momento, ellos podrían ser protagonistas de un drama o de una comedia como las que acontecían en Filadelfia o en Los Ángeles. Durante dos horas cada semana eran felices y soñaban mucho más allá de la pantalla. De eso hace mucho tiempo. Ya no hay cine en el pueblo, y no hay ninguna televisión que se pueda comparar con aquel acontecimiento. Se apagaban las luces y comenzaban los sueños. Ese viejo te está contando un mundo que ya queda lejos. Yo viví los últimos años, con el cine como el gran centro de atención de cada semana. Por eso no te suenan de nada los nombres. Todos los viejos terminaban siendo alguno de aquellos actores. También sus mujeres eran Rita Hayworth, Katherine Hepburn o Greta Garbo. Luego esos nombres se iban encogiendo y alguien dejaba de ser María para ser Greta o en lugar de Nieves pasaban a llamarse Katherine o Marilyn. Ellos también fueron John Wayne, Montogorie Clift o Gregory Peck. No había actor o actriz de entonces que no encontrara su semejanza en el pueblo. Yo crecí escuchando aquellos ecos del celuloide cuando me mandaban a comprar a la tienda de Chaplin o a la mercería de Lana Turner. Él no se está inventando nada. Conoció a toda esa gente que nombra, primero en el cine y luego en las calles. Tendrías que haber visto la cara de quien todos llamaban Gary Cooper cuando repusieron Solo ante el peligro en el cine del pueblo. Nosotros, cuando éramos pequeños, también salíamos de las sesiones de los domingos siendo un personaje para siempre. Y aún hoy recuerdo a muchos amigos por el nombre de algunos de aquellos vaqueros de las películas de John Ford o con el apelativo de un pirata que todavía debe seguir navegando por mares de ensueño.

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