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Novedades en la categoría Galdós

Cuando era pequeño, una de mis tías vivía en la calle Doña Perfecta. A mí me resultaba curioso aquel nombre, y quizá por eso fue de las pocas calles que guardé desde entonces en mi memoria. Cuando correteaba con mis primos detrás de un balón por aquellas pendientes no sabía nada de Galdós ni de sus personajes. El otro día volví a Schamann y fui recorriendo la obra de Galdós a través de sus personajes. Estaban Máximo Manso, Mariucha, Pío Coronado o la misma Doña Perfecta, que aún seguía conservando intactas algunas de aquellas casas terreras de principios de los setenta. Me llamó la atención el mestizaje del barrio, la convivencia de razas y de culturas, las músicas que salían de los portales y esa sensación de que, por más que nos cuenten, los humanos nos terminamos entendiendo aunque los políticos se empeñen en enfrentarse a diario.
En los años en que Pérez Galdós anduvo por la isla, esas calles serían fincas cultivadas con acequias y riegos, y él vería esas lomas desde el barco que le llevó a estudiar el Bachillerato a Tenerife o cuando regresaba desde Cádiz. Hoy 10 de mayo sería su cumpleaños. En 1843 nació el que para mí es el canario más universal y más importante, el espejo en el que trato de mirarme para no perder el norte y para saber que hubo alguien que sin ordenadores, casi ciego y arruinado, no paró de escribir nunca. En las novelas de Galdós se aprende mundología y nos acercamos a esa psicología humana que va repitiendo papeles por mucho que pasen los siglos. Supo asomarse a la vida y aprender de las voces de la calle, viajó todo lo que pudo y leyó hasta perder la mirada siguiendo el rastro de los personajes de Cervantes, de Dickens o de Balzac. Decía que la literatura era un trabajo de galeotes que nunca pueden dejar de remar si quieren llegar a alguna parte. Fue maltratado por los mezquinos de su época y por todos esos que buscaron el poder político cuando vieron que el talento no les alcanzaba para llegar a la altura de genio. Le robaron el premio Nobel y le dejaron morir ciego y arruinado, pero su cortejo fúnebre sacó a miles de madrileños a las calles y sus libros siguen teniendo miles de lectores en todos los puntos cardinales del planeta. Esos personajes cuyos nombres se van cruzando con nosotros por las calles de Schamann también están más vivos que todos los que quisieron silenciar a su autor desde los despachos, o desde esas covachuelas en las que siempre se han reunido los mediocres para matar al que sobresale. Leamos a Galdós para seguir aprendiendo. En su día, sus propios paisanos lo vejaron y lo traicionaron, y muchos años después de su muerte intentaron rematarlo con mentiras y con maldades como aquella de los zapatos. No se crean nunca a los malvados. Cualquier personaje galdosiano los vuelve ridículos solo con las armas del abecedario.

Uno aprende de los escritores que lee. No hay otro camino en el aprendizaje de la literatura. Yo he aprendido mucho con Ignacio Martínez de Pisón. Me acerqué a su obra de la mano de Anagrama antes de que pudiera comenzar a publicar lo que escribo. En aquellos días leí los relatos de El fin de los buenos tiempos y novelas como María Bonita o Carreteras Secundarias. En esos libros encontré la frescura del lenguaje cotidiano junto a la urdimbre de unas tramas bien armadas.
Luego fueron llegando los otros libros. No se puede dejar de leer Enterrar a los muertos, una biografía literaria que cuenta el asesinato de Ignacio Robles, intelectual de izquierdas y traductor de John Dos Passos, por parte de los soviéticos en los años finales de la Guerra Civil. Pero para entender la España que va desde la posguerra hasta nuestros días, hay que acudir a las peripecias de Justo Gil que se cuentan en El día de mañana, a lo que se narra en El tiempo de las mujeres y, sobre todo, a La buena reputación, la novela de Pisón que, en mi opinión, mejor retrata los años del desarrollismo y todo el proceso que nos llevó desde el blanco y negro al color sin pasar por ningún tono intermedio que nos fuera acostumbrando a una nueva mirada. Esta, además, es su novela más galdosiana y más documentada. La vida de los judíos en Melilla, sus salidas clandestinas desde Melilla hacia Gibraltar huyendo de Marruecos o el empeño de muchos de ellos por seguir las tradiciones en pleno franquismo, conforman las primeras páginas de la obra que ha sido premiada con el Nacional de Narrativa. Luego la historia va cambiando de escenarios y se traslada a Málaga y a Zaragoza, que es donde se desarrolla casi toda la trama. En medio aparecen algunos escenarios que juegan un papel determinante en la novela, entre otros Las Palmas, que es el lugar al que se viene a trabajar Ramiro, el marido de una de las protagonistas, después de un desfalco en la capital maña y previo paso por Logroño.
Pisón es, sobre todo, un gran creador de personajes que escribe con lenguaje preciso, sin florituras, un autor que va logrando, con esa sencillez siempre tan difícil de conseguir, hilvanar historias que nos emocionan y que nos atrapan desde los primeros renglones. En este libro las grandes protagonistas son las mujeres, con Mercedes, Sara y Miriam a la cabeza. Llevo varias semanas disfrutando de esta historia que nos reconcilia con la novela, con ese espejo en el camino del que hablaba Stendhal. Me queda la parte final, y leo despacio para demorar la salida de ese mundo en el que me encierro desde que me acerco a las primeras palabras cada noche. Busquen La buena reputación y encontrarán un tiempo en el que situarse, ese tiempo que creíamos olvidado o que no entendemos hasta que nos lo presentan a través de unos personajes que se nos parezcan.

Cada ciudad tiene calles por las que transita la vida como si fuera su propio reflejo. Uno sabe que está en París si camina por los Campos Elíseos, en Nueva York si alza la mirada en la Quinta Avenida o en la calle Preciados si deambula por Madrid como tantas veces deambuló Galdós reescribiéndola más allá de lo que asoma a sus portales o a sus escaparates. Triana es la calle en la que se asoma la vida diaria de Las Palmas de Gran Canaria, su gran rompeolas urbano.
Benito Pérez Galdós contaba siempre que antes de sentarse a escribir le gustaba salir a la calle a escuchar el rumor de la ciudad y las conversaciones de la gente; pero también le gustaba a mirar con ojos de poeta a los solitarios, a los que están todo el día aguardando amores en los bancos o a esos viejos que se sientan a recordar los brillos de lejanas miradas.
Uno imagina al niño Galdós corriendo por esta calle o admirando algunas de las mismas fachadas que hoy seguimos viendo nosotros. De aquellos paseos queda el eco de muchos de los personajes que soñó mucho antes de que se adentraran en sus novelas. Aquí también alimentaría sus sueños de escritor en la adolescencia, viendo pasar a la gente, imaginando lo que encontraría cuando tuviera que irse lejos y, sobre todo, aprendiendo a escuchar ese eco de palabras del que luego se nutren casi todos los sueños literarios.

2c4cf0dca62a395e21ea7337d738b0cc.jpg A veces la vida te permite agradecer lo que te dieron. Hace un rato, en un encuentro con Andrés Trapiello en la Casa-Museo Pérez Galdós, con dos salas a resobar, alguien me preguntó sobre la influencia de mis profesoras en el acercamiento a la obra de Don Benito. Cité a Eduardo Perdomo de la Guardia, a María Teresa Ojeda y a María Teresa Arias. Esta última fue la que me prestó mis primeros libros de Galdós cuando tenía 16 años. Al salir del acto, recibí un mensaje de mi amiga Ana Delgado agradeciendo que citara esos nombres de profesoras comunes e informándome de que hacía solo unos días que había muerto María Teresa Arias. No lo sabía. Qué decir cuando la vida te permite agradecer públicamente, cuando tienes ocasión, a quienes, con sus pequeños gestos, cambiaron por completo a aquel adolescente que solo soñaba con jugar al fútbol o buscar novias de las que enamorarse.

La vida que no se cuenta se acaba un poco antes. Galdós ya escribió en Fortunata y Jacinta que por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela. La ficción no deja de ser más que un juego de espejos de nuestra conciencia, una defensa propia ante el inevitable olvido. Cuando alguien escribe recuerdos está salvando náufragos que se quedaron en otro tiempo, con otra gente y a otras edades que en la distancia parecen tan lejanas como irreales. Estos días he tenido la suerte de leer el adelanto de las memorias de Juancho Armas Marcelo. El texto bucea, siguiendo esa búsqueda entre sombras de la que hablaba Kafka, en la vida del escritor grancanario desde su infancia hasta 1980. Es el primer tomo de los dos que integrarán su vida contada. En casi cuatrocientas páginas uno no para de disfrutar de una literatura envidiable que te va llevando en volandas a medida que avanzas páginas.
Ese libro lo tiene todo para quedarse una vez salga a la luz en 2015: divertimentos, grandes escritores, emociones, historias, olores, islas, continentes, francachelas, amores, familias, patrias, infancias y, por supuesto, fútbol y literatura. Es valiente a la hora de contar y de ir desgranando vivencias. Están los días aciagos, los momentos en que la biografía que hoy conocemos se pudo quedar en un mero intento, y también aparecen los pasos valientes ante los cambios de escenarios y la inquebrantable vocación de alguien que quiso ser escritor por encima de todas las cosas y al margen de todos los consejos. Para dar con Juancho estos días necesitaríamos algunas de aquellas palomas mensajeras que criaba en su casa de Vegueta cuando era un adolescente que soñaba con ser futbolista. En las últimas semanas, los amigos hemos recibido correos suyos desde Tokio, Cartagena de Indias, Lima o Panamá, en donde se le ha nombrado miembro de la Academia de la Lengua. Esta última semana ha estado en Oxford, ahí es nada, impartiendo una conferencia y participando en una charla organizada por el Instituto Cervantes. Pero entre viaje y viaje trata de no estar mucho tiempo sin aparecer por Las Canteras, su lugar en el mundo junto con ese Madrid que ha contado con la misma pasión y los mismos ojos de asombro con que lo hizo su paisano Galdós.
En este tomo de memorias salen todos los que formaron parte de su vida en los años que cuenta, y no se anda con medias tintas a la hora de declarar sus filias y sus fobias personales. Pero sobre todo, el libro nos ofrece distintas miradas de unos tiempos en los que Armas Marcelo estuvo en contacto con un mundo literario, periodístico y político que luego acabó escribiendo la vida que encontramos los que fuimos llegando un poco más tarde. No dejen de acercarse a este libro cuando lo vean en los escaparates. Se cuenta un escritor. Sin censuras, sin medias tintas. Con palabras.

Los poetas llevan años tratando de matar la poesía que ellos mismos escriben y los novelistas escriben novelas declarando todo el rato que están a punto de darle matarile y que no es un género apropiado para contar lo que nos pasa. Anoche, en una brillante intervención en el congreso galdosiano que se celebra en Las Palmas de Gran Canaria, Juan Jesús Armas Marcelo disertó sobre la persistencia de la novela y sobre un escritor (Galdós) al que, como a la propia novela, muchos han querido ir enterrando sin saber que tras cada palada de olvido lo iban ayudando a que siguiera más vivo que casi todos sus contemporáneos y que esos ninguneadores a los que el tiempo sí que ha ido sepultando en la inconsistencia de sus malvadas teorías.
Juancho hablaba, además, de la novela realista, entendida esta como la que cuenta la vida y los sueños de los hombres. Y para la disertación escogió un título proustiano: Por el camino de Galdós. Citó a los grandes, desde Balzac, Stendhal o Flaubert hasta Philip Roth, Muñoz Molina o Mario Vargas Llosa, y defendió a carta cabal un género que seguirá contándonos cómo somos o cómo querríamos ser si no fuéramos tan mortales y previsibles. Lo escribía Galdós en Fortunata y Jacinta: "Por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela". Mientras no nos roboticen y nos dejen las palabras para que podamos salvarnos con ellas de los mediocres naufragios de la realidad habrá mujeres y hombres que seguirán viviendo historias de novela por todas partes. Algunas acabarán en el papel y otras se irán quedando en esbozos. Unas serán leídas casi de inmediato y otras aguardarán su momento en cajones o en archivos olvidados en el fondo de las pantallas. Como contó Juancho Armas Marcelo, los mismos que anuncian la muerte de la novela se presentan con una novedad novelada casi cada año. No se vive para escribir; pero si no se escribe la vida es mucho menos vida, o por lo menos no nos parecería tan increíble como cuando nos terminamos leyendo en ella.

1333535500_395133_1333554603_noticia_normal.jpgLa única patria de un escritor es la página en blanco que tiene delante de sus ojos. Y también, como decía Heidegger, es el lenguaje, cada una de esas palabras que nombramos y que nos nombran desde que empezamos a reconocer el mundo. Benito Pérez Galdós es universal y canario, o canario y de todas partes. Lo de menos es dónde se sitúen las historias. Es isleño por el fondo de su mirada y por la sutileza con la que traza casi todos sus personajes. Cuando lo leo reconozco el habla de mis abuelas o de los viejos que escuchaba en mi pueblo de infancia. Uno es el idioma que lleva a todas partes, el lenguaje que resuena con todos los recuerdos, con los viajes y con el eco de todas las voces que fueron dejando aquellos que nos acompañaron. De Galdós me quedo también con su compromiso con la literatura, algo que le llevó a perderlo todo, a vivir en soledad y a terminar medio ciego tratando de orientarse solo con las luces que iban proyectando sus personajes.
Se escribe para eternizar la infancia y para no perder nunca la curiosidad por donde vamos pasando. Galdós fue niño entre las mismas calles que ahora recorremos nosotros a diario, y aquí aprendió sus primeras palabras, soñó escribiendo los textos que publicaría luego y descubrió que el mar lo relativiza absolutamente todo. Por eso cuando llegó a Madrid supo ver más allá de lo que tenía delante. Venía de contemplar horizontes oceánicos y barcos cargados de sueños con hombres de distintas razas y relatos en los que se entremezclaban las culturas de lejanas orillas. Y venía de un lugar con una influencia cosmopolita y portuaria, y con esos ingleses que mezclaron su fina ironía con la mordaz socarronería canaria. Todo eso conforma luego el lenguaje de Galdós y su capacidad para recrear situaciones y escenarios tan distintos al de otros escritores castellanos. Manejaba prodigiosamente la ironía y la sutileza, supo contar a la mujer como ningún otro de sus contemporáneos y en sus Episodios Nacionales logró que entendiéramos lo que estaba pasando a través del alma cada uno de sus protagonistas.
De Galdós admiro su disciplina diaria, ese tesón que le llevó escribir titánicamente sin desfallecer jamás, sabiendo que lo que no se escribe se lo lleva el olvido para siempre. Me conmueve su imagen final en la famosa fotografía que le sacó Alfonso en su casa de la calle Hilarión Eslava de Madrid. Aparece casi ciego, viejo, solitario, con un abrigo que uno adivina ajado y con una gran bufanda enredada en su cuello. Acaricia un perro enorme como los perros que aparecen en una foto de unos años antes en la finca que su familia poseía en la zona de Los Hoyos, en Gran Canaria. Estoy seguro de que entonces, cuando casi no veía, escuchaba el rumor de los callaos que de niño vería rodar muchas tardes en la trasera de calle Triana. Uno casi llega a oler el mar que parece estar vislumbrando mucho más allá de los espejuelos de sus gafas. Y cuando un isleño hace resonar el mar que lleva dentro siempre está recreando su propia infancia. Luego se sentaría y trataría de atrapar esa nostalgia de sebas y de mareas bajas en esos otros trasmallos de sueños que son siempre las palabras.

(Este artículo fue publicado ayer en el suplemento cultural Pleamar de Canarias 7)

Cuando nos despertamos una mañana Internet ya estaba aquí. Qué hubieran hecho Cervantes, Galdós, Stendhal o James Joyce si una mañana se hubieran levantado y hubieran encontrado, como nosotros, que Internet ya estaba aquí, y que había nuevas formas de contar, nuevos formatos, y todo el público del planeta al alcance de las pantallas.
Kafka decía que se escribía entre sombras, rebuscando, tratando de dar con los argumentos y con la mejor manera de contarlos. Creo que siempre escribiremos entre esas sombras, y que Internet es esa habitación en la que nos adentramos tratando de orientarnos para seguir haciendo lo que más nos gusta, que es escribir y leer, solo eso, escribir y leer aquello que nos emocione y que nos engrandezca.
La periodista Davinia Suárez contaba que Cortázar, de haberse despertado como nosotros y haberse encontrado Internet como se encontró el dinosaurio el durmiente de Monterroso, hubiera escrito Rayuela aprovechando todas las ventajas digitales, los saltos aleatorios de capítulos, o los recorridos virtuales a través de enlaces; y no digamos, por seguir con escritores argentinos, lo que hubiera hecho Borges si hubiera contado con esta inabarcable biblioteca para poder contar historias.
Ni Galdós escribía como Cervantes, ni Baroja como Galdós, ni Delibes como Baroja, ni Vila-Matas como Delibes: cada escritura es hija de su tiempo y de sus influencias, de la tecnología que tenga a mano el escritor, de los riesgos que asuma y del idioma que se encuentre. Lo que sí que no cambiará nunca es nuestro deseo de que nos cuenten historias para entretener a nuestros propios sueños.

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