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Estuve en la inauguración de la exposición retrospectiva del escultor Plácido Fleitas en el antiguo Hospital San Martín de Las Palmas de Gran Canaria. Fleitas murió en 1972, pero las formas que dejó en sus piedras perduran mucho más allá que su presencia. La curadora de Arte Moderno, Inés de Durán, comentaba el detalle de los ojos vacíos. Todos sus rostros humanos tenían los ojos huecos, como si miraran a la nada. Pero lo más que me llamó la atención de Fleitas fue lo que comentó Augusto Vives cuando recordó que trabajaba directamente en los barrancos. Luego apareció una fotografía del escultor cincelando una de esas piedras en el fondo de un barranco. Sus manos tanteaban la piedra rebuscando más allá de lo que tenía delante. El artista ve lo que ni siquiera reflejan las sombras. Por eso, cuando contemplas las obras de Fleitas, parece como si miraras en el interior del alma de las rocas. Casi siempre hay cavidades y huecos, como en el alma de cualquiera de nosotros.

Corto el mármol y lo coloco pieza a pieza sobre el suelo. Él está siempre colgado en el vacío. Desde el primer momento sabe que lo que traza será bello. Uno atisba siempre la belleza mucho antes de que llegue. También los malos farios, y hasta esos amores que luego duran lo que dura el deseo. Sé que casi nadie mirará hacia abajo. Entrarán con la vista puesta en el techo y saldrán extasiados con esas imágenes que no puedo dejar de mirar durante horas cuando termino mi trabajo. Él admira lo que hago casi más que lo va pintando. He estado toda la vida trabajando el mármol. Lo toco y sobre la marcha ya me doy cuenta por qué lado se podría tallar y por cuál no vale la pena ni tocarlo. Me pregunta muchas veces antes de crear sus esculturas y le ayudo a seleccionar la mejor pieza y a utilizar las herramientas que necesita para dar forma a los brazos o a los escorzos. Mi arte solo se concibe desde la perfección. Y para llegar hasta aquí he necesitado miles y miles de horas de trabajo. No quiero reconocimientos ni aplausos. Nadie sabe la inmensa satisfacción que puedo llegar a sentir cada vez que encajan las baldosas como si hubieran sido creadas para estar juntas toda la vida. No hago más que cumplir el destino de las propias piedras. Pasarán los siglos y seguirán pisando sobre ellas sin darse cuenta. Arriba está representado el Juicio Final y hay ángeles y santos por todas partes. Él pinta como poseído. También es una suerte inmensa poder ver primero que nadie lo que crea. Ninguno de los dos morirá para siempre.

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