los blogs de Canarias7

Novedades en la categoría Escritura

En aquellos años no hacían falta transfusiones para vivir otras historias. La gente leía o se contaba cuentos cuando se sentaba en una terraza o delante del fuego de una hoguera. Poco a poco se fue perdiendo el hábito de leer y de contar. Lo cambiaron por películas en las que ya aparecían las caras de los personajes o por virtualidades que les ahorraban mucho tiempo a la hora de imaginar un lugar desconocido. Se volvieron cómodos e indolentes. En los colegios fueron desechando cada vez más los libros y las operaciones matemáticas. Nadie valoraba a quien escribía. Se dejaron de vender sus libros o se pirateaban impunemente. Llegó un momento en el que ya nadie leía. Los escritores pasaban tantas necesidades que no tuvieron más remedio que vender la sangre cuando se la pidieron. Unos investigadores de una universidad de Melbourne habían descubierto que las historias no son más que células que corren por nuestra propia sangre hacia el cerebro hasta crear una ficción que las hacen parecer ciertas. Pagaban muy bien la sangre, a mucho mejor precio que los libros y las conferencias, y casi todos los escritores de aquella época fueron dejando bolsas de sueños en los congeladores de las universidades. Ahora solo tienes que pedir una transfusión de Paul Auster, de Murakami o de Coetzee para vivir en primera persona cualquiera de los argumentos que escribieron. Si te doy un libro, incluso un viejo libro electrónico, no sabrías qué hacer con él porque no serías capaz de interpretar ninguna de sus letras. Yo era muy niño entonces, pero recuerdo ver a mis padres y a mis abuelos leyendo a todas horas. Ya luego su propia sangre era la que terminaba reinventando los cuentos. Sus venas todavía eran abstractas.

| | Comentarios (0)

Henri-Marie Bayle charla animadamente con Julien Sorel y con Fabrizio del Dongo. Son jóvenes y soñadores. Inventan historias para intentar comprender lo que no entienden de la existencia. Henri-Marie firmará esos libros con el nombre de Stendhal. Inventará una biografía para Julien y otra para Fabrizio. Siempre hace falta alguien que invente nuevas biografías que perduren en el tiempo. Los tres saben que el único motor que mueve al mundo es el amor, aunque luego queden atrapados en ese laberinto de vanidades en el que tantas veces se extravían los seres humanos y los literarios.
Brindan con vino blanco debajo de unas parras que se asoman al mar de La Toscana. Muchos años después, alguien está terminando de leer un libro en la misma terraza en la que estaban ellos. Alcanzo a ver la portada de un ejemplar de Rojo y Negro traducido al italiano. Sobre la mesa le espera La Cartuja de Parma. En la otra escena Stendhal cierra los ojos un momento e imagina que ama a una mujer hermosa que está leyendo lo que él escribió para inventarse otras vidas que compensaran la lamentable parquedad del amor y de los años. Ella también entorna sus ojos después de leer la última página del libro. Sabe que está despierta al mismo tiempo que habita un sueño lejano.

| | Comentarios (0)

Cada vez que se levantaba a desayunar, las palabras se le movían de sitio y cambiaban las frases. A veces trataba de defenderse de esos juegos buscando palíndromos como anilina o kayak que se leyeran igual desde la izquierda y desde la derecha; pero incluso esas palabras alteraban sus letras y pasaban a contar otras historias. Al principio se desesperaba a todas horas. Llamó a un par de informáticos para que miraran el ordenador e incluso probó con unos conjuros aztecas por si era cosa de espíritus burlones. No hubo nada que hacer. Eso sí, cuando venían los informáticos o trataba de hacer una prueba delante de sus amigas más cercanas nunca pasaba nada. Escribía, se alejaba un rato del ordenador y al volver estaba todo exactamente igual. Decidió no seguir contando a nadie esas alteraciones textuales al ver la cara que estaban empezando a poner sus conocidas.
Ya últimamente ni siquiera se esforzaba en buscar metáforas o historias más o menos sorprendentes. Se levantaba de la cama, tecleaba al azar durante un rato y luego se iba a desayunar a un bar cercano sin agobios y sin pensar, como había hecho durante años, en los argumentos que estaban en marcha. Cuando llegaba ya tenía escrito el relato, el capítulo de una novela o el artículo que debía entregar esa misma mañana. Probó a escribir a mano alguna vez y le sucedía lo mismo. Todos destacan el salto de calidad de su prosa. Nada que ver con la aburrida y plúmbea escritora de estos últimos años. Mientras desayuna recuerda aquellas historias que siempre había soñado escribir. De vez en cuando encuentra alguna de ellas cuando regresa y lee lo que el azar ha querido hacer con sus letras. Se llama Ana Medem. Su nombre y sus apellidos suenan igual se lean por donde se lean. Es una palíndroma que cuando desayuna sigue escribiendo.

| | Comentarios (0)

Quien no lee corre el peligro de quedarse inédito. No hace falta que te cuentes. Uno se cuenta a sí mismo en la vida de los otros, en las ciudades que sueña y detrás de cada una de las palabras que va leyendo. No imagino la vida sin letras. Lo que no se puede nombrar ni trazar en ninguna parte está condenado al olvido inmediato. Cuando lees o escribes logras que tus argumentos vayan mucho más lejos que la sombra que proyecto tu cuerpo, o que la estela que dejará tu propio recuerdo. También soy Alonso Quijano, Emma Bovary, Julián Sorel, Isidora Rufete, Gregorio Samsa, Maqrol el Gaviero, Aureliano Buendía, Zuckerman, Herzog, Santiago Zavala o Elizabeth Costello. No sería el mismo si me faltara alguno de ellos. No solo estamos nosotros y nuestras circunstancias, también están todos los demás argumentos que han ido formando parte de nuestra vida diaria. Seguiremos buscando en las pantallas o en los papeles. Da lo mismo. Lo único que cuenta es que podamos seguir leyendo.



| | Comentarios (1)

Aprovecho el título de un libro de V.S. Naipaul altamente recomendable para adentrarme en las llegadas y en las muchas idas y venidas que vamos protagonizando a lo largo de nuestra vida. Realmente llegamos cada día a un paisaje distinto que nunca se parece al de ayer aunque nos parezca siempre el mismo. Nos sorprenderíamos si repasásemos las muchas llegadas acontecidas en los años que llevamos habitando este mundo. La más enigmática es la que nos trajo a la vida, ese momento clave de cada uno de nosotros que nunca valoramos como deberíamos. Sin esa llegada no hubiera sucedido nada más, y si llegamos aquí debe ser para que hagamos algo que merezca la pena. Se entiende que vinimos para amar y para disfrutar intensamente cada segundo. Todo lo que no se viva intensamente es tiempo perdido, por eso no podemos renunciar nunca a nuestras vocaciones, a nuestras querencias y a lo que nos apetecería hacer para que nuestra vida fuera intensa y plena. No habrá segundas oportunidades. O vivimos, o nos dejamos llevar como autómatas productivos hasta que volvamos al mismo enigma del que partimos.

| | Comentarios (6)

Aquel escritor exitoso decía siempre que le había cambiado la vida una cáscara de plátano. Se había resbalado cuando tenía quince años bajando las escaleras de la estación Victoria de Londres. Hasta ese momento apenas leía, pero el encierro de casi año y medio por la caída lo convirtió en un lector voraz, y de aquellas lecturas vinieron sus escritos y el cambio de rumbo de su vida. Aquel plátano había salido de una finca de Arucas. El racimo lo había cortado Maestro Pancho y lo habían empaquetado para que saliera en barco para el Canary Wharf cuando todavía estaba verde. Maestro Pancho no sabe que ese escritor que sale a todas horas en la tele y en las revistas le debe buena parte de lo que ha sido. Él se sienta en un banco de la plaza de Arucas a ver pasar las horas o camina hasta el parque o hasta la subida Visvique para hacerle caso el médico y bajar un poco el colesterol que le tiene las venas obstruidas.

| | Comentarios (0)

Hay principios de novela que impiden que nos detengamos hasta no llegar al final de lo que se cuenta. Y ese final no tiene que ser el desenlace de ningún nudo argumental. A veces leemos a partir de la música de esa primera frase o siguiendo la estela de todas las pistas que van descubriendo las palabras. Recuerdo el principio de Ana Karenina: "Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su manera". Tolstoi sabía que con esa frase no había lector que no quisiera saber un poco más de los Karenin y de todos los que tenían que ver con ellos. La familia siempre ha sido uno de los grandes argumentos de la novela, un manantial inagotable en el que siempre encontramos personajes, contradicciones, amores extraños, olvidos y esos recuerdos que luego vestimos de ficciones para que no nos reconozcan.
Uno de los grandes escritores actuales en español es el mexicano Gonzalo Celorio. Hablar de su extensa obra y de su repercusión me llevaría varias columnas como esta. Si quieren saber más de él se pueden acercar el próximo martes, 12 de enero, a la Casa Galdós, en un acto organizado por la Cátedra Vargas Llosa. Allí estaremos Emilio González Déniz, José Luis Correa y un servidor charlando y aprendiendo de un escritor que en sus dos últimas novelas bucea por sus familias con esa perspectiva que solo da el tiempo y la experiencia literaria. Disfruté enormemente leyendo Tres lindas cubanas, una aproximación a la familia materna que conecta con Gran Canaria, y que cuenta esos viajes de ida y vuelta de nuestros antepasados más cercanos. En ese libro, y en toda su obra, aparece la influencia oral de su madre canaria en la forma de contar, en el humor y, sobre todo, en la música con la que va narrando sus historias. Recomiendo vivamente esa novela, como también recomiendo la que me estoy leyendo ahora, El metal y la escoria, en donde Celorio rastrea en la familia paterna, de origen asturiano, también integrada por personas que acaban siendo personajes que fueron a la búsqueda de un futuro que no sabían que alguna vez terminaría escribiendo alguien de su propia sangre. Esta novela nace cuando el escritor descubre que uno de sus hermanos padece Alzhéimer y teme que el olvido se lleve alguna vez toda la memoria de esas raíces paternas y de su propia biografía, o por lo menos de todo ese pasado que se acaba colando en nuestros gestos, en nuestro carácter y hasta en nuestra manera de asomarnos a los espejos. Gonzalo Celorio se asoma a esos espejos tratando de que la ficción le ayude a entender todas las zonas oscuras que se enmarañan con las falsas leyendas o con recuerdos que uno cree que fueron de otra manera. La literatura, al fin y al cabo, no es más que un cabo suelto con nombres de mujeres y hombres que se escribieron como si fueran otros para tratar de entenderse o para entender a aquellos que les precedieron.


| | Comentarios (2)

Se van demasiado pronto, y sin embargo parece que lo intuían desde hacía mucho tiempo. Maduran antes, o por lo menos aprenden prematuramente lo que a casi todos nos lleva muchos años de esfuerzo y repetición diaria. Casi siempre mantengo que los artistas, sobre todo los escritores, se van gestando con el paso del tiempo: algunos prometen mucho y luego se quedan en nada, y otros parecía que no iban a llegar y de repente empiezan a dar los mejores frutos. Pero de vez en cuando aparecen esas excepciones luminosas que nos sorprenden en medio de una sala de exposiciones o en un libro clarividente y mágico.
Si hablamos de literatura ahí están Rimbaud o Félix Francisco Casanova, entre otros muchos. Y en pintura nombraría a Jorge Oramas y su capacidad para crear belleza en la antesala de la muerte. Oramas miraba la vida desde el hospital de San Martín o desde El Sabinal y no le hicieron falta perspectivas más lejanas ni tampoco viajes. Coloreó todo lo que le rodeaba y con solo veinticuatro años dejó una de las obras pictóricas más admiradas del siglo XX. Estos días he leído el último libro de David Foenkinos. Se titula Charlotte, y cuenta la desgraciada historia de la pintora alemana Charlote Salomon, que fue asesinada en Auschwitz cuando estaba embarazada con veintiséis años. Siempre que puedo recomiendo a Foenkinos. Busquen Los recuerdos o La delicadeza, y traten de acercarse también a la biografía de esa pintora a la que el escritor francés le pone un alma robada por la barbarie de los nazis y por la mala suerte que a veces aguarda en cualquier cruce de caminos. También Charlotte se aferró al color y a la belleza como si intuyera los desastres que le aguardaban. Pero los libros nunca vienen solos. Y la pasada semana, la poeta Mercedes Arocha me regaló un ejemplar del poemario Pulsaciones del viento, que ha editado Naka. Lo escribe Germán López Fuster, un joven que murió ahogado con veintinueve años en La Puntilla. Falleció hace cuatro años, estaba diagnosticado de Asperger, y escribía poemas que antes memorizaba febrilmente letra a letra. En sus versos también parece como si el autor presintiera su destino inevitable y quisiera dejar unas cuantas palabras como recuerdo de su paso por este tramo ínfimo de la historia. Escribió poemas y aforismos. Nos recuerda que "La vida es un manojo de sueños pendientes", o que "sus ojos bucean por la germinación continua de los libros". No conocí a Germán López Fuster personalmente, pero sí he conocido el alma y las reflexiones que dejó en sus versos. No llegó a cumplir los treinta años, como tampoco los cumplieron Jorge Oramas o Charlotte Salomon; pero en todos ellos uno se asombra de la madurez clarividente de su obra y recuerda aquel diálogo de Blade Runner en el que un replicante decía que la luz que brillaba con doble intensidad duraba la mitad de tiempo.

| | Comentarios (0)

Hay poetas que solo son niñas que se salvaron a tiempo. Y quien tiene niños cerca sabe que la infancia no es solo una bendita inocencia. Hay mucho más, un acercamiento constante a todo lo que les rodea, un sinfín de preguntas sin respuestas y una búsqueda que va mucho más allá de lo que se tiene delante. Luego crecemos, estudiamos, nos hipotecamos y cuando nos damos cuenta ya hemos perdido esa magia que nos salvaba del tedio. Jugar era cerrar los ojos e imaginar un mundo nuevo. Cuando uno escribe cree que trasciende, pero realmente lo único que hace es regresar a la mirada limpia de los cinco años.
De todo lo que acabo escribir sabe mucho la poeta María José Vidal Prado, una gallega que lleva muchos años recorriendo las calles de Vegueta. María José presentará en los próximos días su primer libro de poemas. Lo publica la editorial madrileña Vitruvio y se titula Historia de un jardín muerto y de un pájaro rojo. Toda su poesía parece escrita por alguien que ve mucho más allá de lo que tenemos delante. Si fuéramos al tópico hablaríamos de magias o de meigas gallegas; pero esta poeta es más Alicia que gallega, más hija de Lewis Carrol que canaria, y no hace otra cosa que adentrarse en el espejo desde que no la están mirando. Su poesía está llena de imágenes que te hacen levantar los ojos del libro sobre la marcha; pero al mismo tiempo es sentenciosa y precisa, a veces casi visionaria, otras oscura, y siempre sorprendente y profunda. Y no hay verso que no lleve un mundo debajo de cada una de sus letras. Te acerca al humor y a la ironía valleinclanesca o se adentra entre las sombras de Leopoldo María Panero, tiene un poco de Silvia Plath y de Pizarnik y hubiera querido ser la hermana que no tuvo Hamlet cuando salió del castillo de Elsinor. La voz de MJ Vidal Prado resuena en cada uno de los versos que escribe, como si en ellos hubiera dejado grabados para siempre los ecos de sus propias palabras. Y escribe que "dentro de esa caja/que no abro/mi futuro es pretérito." También estas palabras serán pretérito antes de terminar el párrafo. Pero lo que se cuenta, aun siendo pasado lejano, siempre se queda a salvo de la quema del tiempo. Este es su primer publicado, pero lleva muchos años tratando de entender la vida detrás de cada una de las palabras que escribe para no extraviarse en ninguna de las noches oscuras del alma. La llegada de una poeta debería ser celebrada con vítores y fanfarrias, pero este mundo tiene sus propias metáforas y la emoción y las heroicidades las deja solo para los que golpean balones entre tres palos. Ya luego, cuando no estemos ninguno de nosotros, solo dejaremos palabras para que los que vengan más adelante traten de seguir buscando pistas en medio de la nada. Lo escribe también María José Vidal Prado en uno de sus poemas: "La brisa de la tarde/ nos fue borrando a todos./ La misma/ que nos acariciaba."

| | Comentarios (0)

Alba Sabina navega las noches rebuscando versos en las sombras olvidadas. Dice que es insomne para no decir que es poeta. Y en esas largas noches escribe lo que otros sueñan o lo que ella soñó cuando habitaba dentro de los libros que han ido dibujando sus paisajes. Alba Sabina Pérez nació en Santa Cruz de Tenerife en 1984, el mismo año en que Carl Lewis volaba sobre el tartán olímpico de Los Ángeles y cuando Bruce Springteen cantaba Dancing in the dark con voz desgarrada. Alba acaba de publicar Ya nadie lee a Penti Saaritsa, un poemario de los que se te quedan en la memoria aunque no hayas tenido intención de memorizar ni un solo poema, uno de esos libros que se adentran en tu recuerdo como todo lo que es bello o lo que emociona más allá del tiempo. El libro lo publica en Madrid Ediciones La Palma. Uno se quita el sombrero ante la labor editorial que está llevando a cabo Nicolás Melini en Ediciones La Palma, un oasis para lo poesía en medio de tanta nada y de tantas voces que confunden en las pantallas.
Penti Saaritsa es un poeta finlandés al que iremos a buscar después de leer a Alba y de seguir el rastro de todos los poetas que se asoman más allá de sus versos. Hay mucha madurez y muchas lecturas en Alba Sabina. La poesía se escribe realmente cuando no se está escribiendo, cuando las heridas no cicatrizan ni siquiera con el tiempo, y cuando la noche es larga y parece que navega hacia donde mismo se perderá nuestro destino cuando dejemos atrás los huesos que articulan nuestros movimientos, o las letras que trazamos como quien cava en la arena buscando salidas nuevas.
Por los versos de Alba Sabina se asoman Nabokov, Bukowski, Truffaut o Kandinsky, y también caminamos por las calles oscuras de Budapest ("Budapest negro nuevamente/ salpicado de sauces rusos/ que no sobrevivieron al invierno"), por un París con sombras de un gran cementerio lleno de poetas muertos, y también entre la luz velazqueña de un Madrid en donde el mar se acaba convirtiendo en un recuerdo de los veranos que nunca vuelven. "La adolescencia/ es una esquina de mi bolso/ donde amargan los sonetos/ de Elisabeth Barret Browning". Eso es lo que nos cuenta Alba cuando mira a esa edad en la que se forjan los poetas sin saber que están entrando en ese camino sin retorno de los versos. Esos versos subrayados una y otra vez que, como ella escribe, nunca desciframos dónde se encuentran. "Lolita ha muerto/Y un mendigo en una biblioteca/ Es el único que sigue/ Leyendo a Nabokov". Alba Sabina también escribe de un tahúr que consigue siempre lo que no se propone. Springsteen cantaba en 1984 que algo estaba pasando en algún sitio. Siempre pasa algo en todas partes. Solo hay que saber encontrarlo, o leerlo, o dar con el verso que termine escribiendo el oxímoron de nuestra propia eternidad tan efímera y tan pasajera.

| | Comentarios (0)

Blogs de Canarias7

Ciclotimias

Páginas

  • Carrete