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Te van contando la vida a través de la música. La vida de Ernesto Lecuona y la de cualquiera de nosotros, la vida en las ciudades, en las teclas de los pianos, en las miradas de la gente y en ese silencio que va quedando entre dos planos como se queda siempre el silencio entre dos sueños. Hacía tiempo que no me llevaban al séptimo cielo, a ese lugar en donde las emociones se van encadenando mágicamente detrás de cada acorde y de cada plano. Las imágenes de Nueva York, La Habana, Sevilla o La Laguna son prodigiosas, de una poética y de una intensidad tremenda. El director de fotografía, Santiago Torres, ha hecho poesía con cada uno de sus planos, y el final, que no desvelo para que se sorprendan cuando la vean, con Michel Camilo caminando en medio de una tormenta, es de las escenas más emocionantes que haya visto jamás en la gran pantalla. Pero luego está la mano de los directores, y del codirector y productor, Juanma Villar, que tenía ese documental en la cabeza mucho antes de ser rodado y que ha logrado grabar lo que contaba antes de que fuera cierto, siempre y cuando el cine, como la vida, sea algo real y no un sueño necesario para seguir sobreviviendo. Y luego está todo el duende y todo el aprendizaje del arte, ese trabajo diario de quienes parece que improvisan y no hacen más que rebuscar entre las miles de horas que han estado delante del piano. Y qué grande Lecuona interpretado por todos los músicos y cantantes que aparecen en el documental, a la altura de Gershwin, o como dicen en la película un Gershwin con ecos hispanos y afrocubanos que es capaz de fusionar a Bach con el tambor del guaguancó, con los ritmos que escuchaba en su infancia habanera, o con los ecos canarios y andaluces que tarareaban en su casa. Vayan a ver Playing Lecuona. Cada ciudad, como dice ese genio llamado Gonzalo Rubalcaba, tiene su propio sonido en las calles, y solo hay que saber buscarlo y escucharlo. Eso fue lo que hizo Lecuona y lo que han hecho los intérpretes de su música y quienes la cuentan en las imágenes. Y estoy con Michel Camilo: Lecuona debe estar sonriendo contento, escuchando y mirando desde ese séptimo cielo al que a veces nos invita el arte.

Al final la vida se parece más a una serie que a una película. Antes decíamos que nuestra existencia se asemejaba a una novela, y es cierto porque las novelas no son más que invenciones con personajes que a veces alcanzan los sueños que a nosotros nos roban los años. Sin embargo en estos tiempos de redes sociales, decenas de canales de televisión y ataduras a tantos aparatos que, al paso que vamos, acabarán por robarnos el alma, la duración de las series se ajusta mejor a nuestros ritmos y a nuestras necesidades de asimilar ficciones e imágenes. Y todos tenemos nuestra serie de culto, o nuestros personajes más cercanos. Yo soy de Mad Men. Hace años que la recomiendo, tal vez porque en esa serie se entremezclan el cine, la literatura y el mundo de la publicidad y del periodismo. Y porque en el fondo todos nos acabábamos pareciendo un poco a Don Draper.
En un mundo en el que todo se vende y todo se termina comprando si viene acompañado de eslóganes y de campañas publicitarias, esta serie nos ayuda a entender de dónde venimos y hacia dónde podemos encaminarnos. Y es que ese origen de todo lo que vivimos tiene su comienzo en los años cincuenta y sesenta que retrata la serie. No bebemos ni fumamos como ellos, pero nuestras relaciones de pareja, nuestras ambiciones, los golpes de la vida o el humor que ayuda a saltar todas las barreras están presentes todo el tiempo. En los últimos premios Emmy, solo se alzó con el máximo galardón el actor protagonista, Jon Hamm. Es cierto que la serie se sostiene casi siempre con sus interpretaciones, pero lo bueno de esa sociedad que recrea es la multiplicidad de personajes y, sobre todo, ese acierto de convertir cada capítulo en una historia cerrada que, a su vez, se va complementando con el devenir de la propia serie. Hace unas semanas pude ver la séptima y última temporada y, evidentemente, no les voy a desvelar el final; pero se ajusta a lo que uno espera de los finales, que es precisamente lo más inesperado. Y ya decía que se parecía mucho a la vida, porque también la protagonizamos con capítulos diarios que forman parte de la novela que decía Galdós que lleva el hombre por doquiera que vaya. Al fin y al cabo, Mad Men parte de una novela titulada El hombre del traje gris, que escribió Sloan Wilson en los años cincuenta. Las canciones, los grandes sucesos de hace unas décadas, la moda o los anuncios nos ayudan a entender un poco mejor este mundo que estamos inventando sin saber si queremos ser virtuales o reales, o si finalmente solo deseamos vivir con la conciencia de que estamos andando por un planeta que no creo que nos fuera dado para complicarnos tanto con las fronteras, las religiones y las razas. Aquí las tramas las tenemos que cerrar cada uno de nosotros. Y nuestro capítulo diario. Y también esa vida que a veces parece que alguien está viendo desde una pantalla lejana.

El viejo te contaba que no eran nombres raros. Lo que sucedía es que tú no habías vivido los días del cine. Era el acontecimiento de cada semana. Cuando eran niños y no había televisión les parecían increíbles aquellos indios y aquellos vaqueros que siempre estaban a punto de caer de los caballos o de salir de la pantalla. Todos los domingos por la tarde tocaba soñar un rato. Se apagaba la luz y en aquel pueblo alejado del mundo aparecían Nueva York, las brumas de Londres o palacios centroeuropeos con reinas que parecían diosas. También participaban piratas o cómicos que hacían reír con una simple mueca. Ellos salían luego imitando todo lo que veían entre las calles de adoquines o en unas plataneras que muchas veces se terminaron convirtiendo en los bosques de Nottingham.
Más tarde, en la adolescencia, iban al cine con las novias, y allí encontraban la única oscuridad que les permitía dar los primeros besos como si fueran unos héroes enamorados que cambiarían el mundo con unos abrazos. Ya casados con aquellas primeras novias, seguían soñando en las sesiones de la noche que había otro mundo lejos de aquel pueblo y que, en cualquier momento, ellos podrían ser protagonistas de un drama o de una comedia como las que acontecían en Filadelfia o en Los Ángeles. Durante dos horas cada semana eran felices y soñaban mucho más allá de la pantalla. De eso hace mucho tiempo. Ya no hay cine en el pueblo, y no hay ninguna televisión que se pueda comparar con aquel acontecimiento. Se apagaban las luces y comenzaban los sueños. Ese viejo te está contando un mundo que ya queda lejos. Yo viví los últimos años, con el cine como el gran centro de atención de cada semana. Por eso no te suenan de nada los nombres. Todos los viejos terminaban siendo alguno de aquellos actores. También sus mujeres eran Rita Hayworth, Katherine Hepburn o Greta Garbo. Luego esos nombres se iban encogiendo y dejaban de ser María para ser Greta o en lugar de Nieves pasaban a llamarse Katherine. Ellos también fueron John Wayne, Montogorie Clift o Gregory Peck. No había actor o actriz de entonces que no encontrara su semejanza en el pueblo. Yo crecí escuchando aquellos ecos del celuloide cuando me mandaban a comprar a la tienda de Chaplin o a la mercería de Lana Turner. Él no se está inventando nada. Conoció a toda esa gente que nombra, primero en el cine y luego en las calles. Tendrías que haber visto la cara de quien todos llamaban Gary Cooper cuando repusieron Solo ante el peligro en el cine del pueblo. Nosotros, cuando éramos pequeños, también salíamos de las sesiones de los domingos siendo un personaje para siempre. Y aún hoy recuerdo a muchos amigos por el nombre de algunos de aquellos vaqueros de John Ford o con el apelativo de un pirata que todavía debe seguir navegando por mares de ensueño.

Hacía muchísimos años que no se ponía gotas en los oídos. El olor alcanforado era el mismo que tenían las gotas cuando era niña. La última vez que se había puesto gotas coincidió con la primera cita del que luego fue su esposo durante quince años. Recuerda que llevaba un tapón de algodón y que le quitó perfume a su madre porque era mucho más penetrante que los que ella utilizaba entonces. Cuando él la besó estuvo todo el tiempo pendiente de que no le saliera aquel líquido del oído. Hoy, cuando se ha tapado nuevamente, recordó aquel detalle de la primera cita. Fueron al cine, a ver una película de Coppola que protagonizaba Kathleen Turner. A él siempre le gustó mucho esa actriz rubia norteamericana. Se parece mucho a la mujer con la que se ha ido a vivir hace dos meses.

Salí a la calle y unos obreros pulían ladrillos delante de la catedral. Tuve que atravesar una gran nube de polvo. Cerré los ojos cuando estaba en medio de la polvareda. Al abrirlos volví a encontrarme con una de esas rubias que seguían siendo rubias incluso en las películas en blanco y negro. Me pidió fuego. Yo dejé de fumar hace quince años, pero en los sueños llevo siempre un mechero por si me pide fuego Lauren Bacall. Aquel encuentro duró lo que dura un cigarro. Yo miraba cómo fumaba y seguía el rastro de sus manos entre el humo azul que se acaba confundiendo siempre con la pantalla. Quise besarla, pero me perdí en un fundido en negro que me devolvió al lugar en el que estaba cuando venía caminando por la calle.

La vida tiene truco; pero casi nunca nos llegamos a dar cuenta. Preferimos que nos engañen. Aparecemos y desaparecemos sin dejar más rastro que la belleza que logramos ver, crear o acariciar cuando se cruza ese milagro que es el amor en cualquier otra mirada. Hace unos días estuve viendo la película La gran belleza, del director italiano Paolo Sorrentino. Lo primero que a uno le apetece hacer según sale del cine es regresar a Roma cuanto antes para no perder ni un segundo lejos de los palacios, de las fachadas y de las plazas que te sorprenden en cualquiera de sus recorridos más o menos improvisados. Pero no solo de Roma vive el hombre, ni tampoco hay que buscar esa ciudad tan sorprendente al final de todos los caminos. Cada uno lleva su Roma consigo, aunque la mayoría de las veces pasamos de largo ante ella y también ante nosotros mismos.
Justo antes de ir a ver la película, recomendada una y otra vez por muchos amigos, acababa de terminar la lectura de un cómic japonés que les recomiendo vivamente. Se titula El almanaque de mi padre y lo escribe Jiro Taniguchi. También tiene que ver con la belleza de las emociones y sobre todo con ese mundo tan extraño que son siempre los recuerdos. La película y el cómic, y no juzguen esta última manifestación literaria como un género menor porque les aseguro que se equivocarían de medio a medio, se plantea la desorientación de quienes renuncian a sus propias raíces. A veces no hacemos más que escapar de nuestros pueblos y de nuestros ancestros sin darnos cuenta de que así nos alejamos cada día más de nuestra propia esencia. No se plantean miradas almibaradas a ese pasado que es verdad que tampoco fue nunca perfecto, pero se hace hincapié, en este caso en la obra de Taniguchi, en los recuerdos imborrables de la infancia y en cómo a veces nos equivocamos juzgando a nuestros padres o a nuestro entorno sin profundizar en por qué eran como eran cuando solo trataban de que saliéramos adelante y de que contáramos con todas las oportunidades que ellos nunca tuvieron. Sorrentino, por su parte, recrea una y otra vez un lejano amor adolescente y ese mar que para los isleños también es una especie de patria en la que reconocernos desde que cerramos los ojos y dejamos que suenen las mareas. En el presente nos movemos creyéndonos cada día más los trucos que permiten que la vida merezca la pena. Hablo del amor, de la literatura, del cine, de la música o de los propios recuerdos. Si rompemos el caballo de cartón acabamos sobre la marcha con el juego. Mejor nos creemos, como cuando éramos niños, que el caballo lleva dentro lo mismo que los otros caballos que veíamos correr en las películas del Oeste. Somos nosotros los únicos capaces de argumentar nuestros propios sueños. Y no concibo mejor coartada que la belleza.

Pasaba varias veces cada día debajo de aquella ventana. A cualquier hora escuchaba diálogos o melodías de las grandes películas en blanco y negro. Es cierto que la pintura de la fachada estaba cada día más desconchada y que nunca vi entrar o salir a nadie. No había vecinos. Me gusta esa zona porque puedo soltar a mi perro y dejar que corra sin problemas. Nunca había una luz encendida. De noche solo veías el reflejo de las imágenes a través de los cristales casi opacos de tanto polvo que habían ido acumulando. Hoy estaban tirando la casa abajo. Pregunté por los que vivían en ella y me contestaron que llevaba más de veinte años deshabitada. No quise decir nada de las películas que yo llevaba escuchando desde hacía meses. El perro entendió mi silencio. Quizá algún día, cuando ya no quede nadie, solo perdure el sonido y la imagen de todas las películas que nos fuimos inventando. A última hora de la tarde me contaron en la plaza que acababan de ver pasar a un viejo que era clavado a Clark Gable. Cargaba dos grandes bolsas. Ellos decían que en ellas llevaba lo poco que tenía. Yo estaba seguro de que en esas bolsas solo había sueños de celuloide y que buscaba otra casa para seguir engañando a su propia vida. Espero que tenga suerte y que pueda seguir viendo películas.

Su padre era un optimista incorregible que cada principio de año no hacía más que abrir puertas por donde quiera que pasaba. Había enviudado joven y la vida nunca le regaló la misma suerte que a sus hermanos y amigos. Trabajó hasta deslomarse y ni siquiera ahorró para cumplir su sueño de ir a visitar alguna vez la Torre Eifell. Murió hace años, pero su hijo se acuerda cada día de él en el otro extremo del mundo. Se vino a Los Ángeles tratando de ser guionista de series de televisión. Entre una cosa y otra han ido pasando los años y solo ha conseguido escribir los textos de una sesión benéfica que se representó en un teatro de barrio para recaudar fondos cuando el terremoto de Haití. Su padre decía que si se cerraba una puerta era porque ya se estaba abriendo la siguiente. Es cierto que no dejaba nunca de sonreír y que era capaz de buscar el lado menos malo de todos los desastres. Él también sonríe, pero con levita, entorchados y gorra de plato. Abre y cierra la puerta de todos los que entran y salen al hotel Hilton de Los Ángeles. Ha estado a punto de parar a alguno de los productores que vienen de vez en cuando a cerrar los acuerdos con actores y actrices que otros solo logran ver en la pantalla. Cada vez que cierra la puerta del hotel se acuerda de su padre, como si su sueño estuviera a punto de cumplirse en cualquier momento. También lo recuerda cada primer día de cada nuevo año.

Iba al cine solo para leer su nombre. Todos lo daban por muerto. Se había marchado hacía cuarenta años. Quería ser actor. A ella le dijo siempre que acabaría triunfando en Holywood. Le prometió que vendría a buscarla y que no se enamoraría de ninguna de aquellas actrices que los dos veían en las películas todos los domingos por la tarde. Se fugó cuando lo llamaron para ir al Cuartel. Ella le perdió la pista cuando estaba en París. Desde allí pensaba ir a Marsella para luego embarcarse camino de América. Nunca más le escribió. No le espera, hace años que sabe que no regresará a buscarla. Ella no se enamoró de ningún otro. Compró el cine del pueblo para que no lo cerraran. Era hija única y su padre le había dejado varias fincas en la zona más cara de la costa. Aquellos terrenos no valían nada hace años, pero ahora pujan por ellos las más lujosas cadenas hoteleras. Ya casi no quedan cines como el de este pueblo. Entra poca gente, pero ella no se pierde ni una sola película. Ha dado orden de que no enciendan las luces de la sala hasta que no terminen de salir todos los títulos de crédito. Lo busca en cada renglón que aparece en la pantalla. Lo ha encontrado dos veces como ayudante de transportista. Aparece el nombre que los dos idearon cuando él soñaba con ser Clark Gable. Tenía bigote y también era un hombre alto y muy apuesto.

No se acuerdan de mí, pero yo sí los recuerdo a casi todos ellos. Tuve que ver sus caras y escuchar sus voces durante muchos días seguidos. Buscaba trabajo y me apuntaba a cualquier proyecto en el que pudiera cobrar unas pesetas. Fue, por tanto, hace algunos años. Se rodaba una película en la isla y buscaban extras y algunos personajes secundarios. El productor había estudiado conmigo en Madrid y no conocía a nadie por aquí. Pusimos anuncios en los periódicos y convocamos a la gente un lunes por la tarde en uno de los hoteles de la playa. Tenían que decir su nombre y su edad antes de improvisar unas palabras que se les pasaba a medida que iban llegando. Luego se les dejaba treinta segundos para que se presentaran y contaran algunas de sus ilusiones. Todos soñaban con salir en una película.
Yo tenía que seleccionar, junto con el director, a los elegidos. Querían que tuvieran un acento marcado y que físicamente representaran a los habitantes de la isla. Tuve que visionar aquella grabación más de veinte veces. Al final solo pudimos seleccionar a dos personas de entre las más de cien que fueron grabadas con la cámara en uno de los salones del hotel.
La película fue un desastre. Ni siquiera recuerdo el título, pero a todos ellos me los he seguido encontrando por las calles durante todos estos años. Recordaba cómo contaban sus sueños. Había señoras que se negaban a envejecer y que aún no perdían la esperanza de ser alguna vez Audrey Hepburn, tipos duros que iban de Burt Lancaster, rebeldes a lo James Dean, voluptuosas adolescentes como Marilyn, flores de barrio teñidas de rubio platino para la ocasión, viejos que querían bailar como Fred Astaire y hasta algunos de los émulos entonces inevitables de Michael Jackson.
Viví obsesionado durante semanas con todos ellos y me prometí que jamás me embarcaría en nada semejante. Aprobé unas oposiciones y llevo quince años ordenando documentos en una oficina perdida en un gran edificio lleno de aburridos burócratas que solo sueñan con los puentes que miran en los almanaques desde que empieza el año. En la segunda planta trabaja de secretaria una de las Marilyn de aquel casting. No sabe que fui yo quien rechazó su acento y su pose sobreactuada, pero eso no cambiaría nada porque seguiría sin verme cuando nos tropezamos alguna vez en el ascensor. Yo sí los conozco a todos ellos. Tengo la copia de la grabación en casa y poco a poco he ido viendo la película de sus vidas a medida que me los he ido tropezando por las calles. Me imagino que alguien también estará viendo la mía en alguna parte, ese envejecer diario sin saber lo que me deparará cada nueva mañana, esos horarios inevitables para luego pagar un alquiler y poder comer varias veces cada día. Estoy casado y tengo tres hijos, pero ni ellos me ven ni yo los veo a ellos. Un día también tuvimos sueños, como aquellos actores improvisados del casting, como supongo que los tiene todo el mundo cuando le cuentan que la vida es esa película que llevaban toda la vida esperando. Uno de ellos, el que iba de James Dean, es ahora uno de los borrachos de la plaza.

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