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Los perros aúllan cuando barruntan la muerte. También anticipan lo que nosotros ni siquiera somos capaces de intuir. Nos creemos los seres más evolucionados del planeta y no nos damos cuenta de que cada ser vivo tiene un proceso tan milagroso como el nuestro. Ya quisiera yo encontrar en las personas la lealtad que he encontrado en los perros que me han ido acompañando a lo largo de mi vida. Desconocemos el cerebro de los animales y solo estamos empezando a conocer el nuestro. Con el tiempo, según esos estudiosos, seremos capaces de presentir como los perros, y lo que espero es que entonces también aprendamos a ser más leales y menos complicados y belicosos.
Hace unos días, unos investigadores de la universidad de Nueva York, descubrieron que nuestros cerebros también cuentan con un etiquetado del comportamiento, y que todo lo que vivimos, por intrascendente que nos parezca, se queda grabado hasta que otra vivencia semejante lo recupera de ese olvido pasajero. Por eso los enfermos de Alzhéimer rememoran con todo lujo de detalles cada momento que vivieron en su infancia. Recuerdan nombres, cuadros que estaban en las paredes de sus casas y esos olores que nos guían siempre que emprendemos cualquier viaje en el tiempo. En el cerebro sí te puedes bañar varias veces en el río de Heráclito de Efeso. Cuando escribes te nutres de todas esas vivencias que ni siquiera sabías que habías conservado en esos recovecos que se manejan solos y que luego te sorprenden en cualquier calle, o escuchando alguna canción que aviva todos los recuerdos. Yo creo que también influye ese etiquetado tan parecido a los sistemas informáticos en el brillo de las miradas de quienes nos encontramos por la calle. Algunos creen que los demás los vemos como ellos quieren, y sin embargo es la suma de vivencias lo que hace que unos ojos resplandezcan y que otros nos parezcan tan opacos y tan hueros que casi evitamos tropezarnos directamente con ellos. La emoción se retroalimenta de lo que nosotros mismos le vayamos enseñando. Yo creo que el triunfo de los buenos tiene mucho que ver con esos compartimentos del cerebro. Las maldades se juntan con otras maldades y cuando se recuerdan acaban convirtiendo la vida de quien las llevó a cabo en un infierno. En la otra orilla, quienes han tratado de sembrar concordia terminan con esas miradas que nos devuelven los viejos que han sabido vivir sin ir pisando cadáveres por ninguna parte. Yo supongo que los perros intuyen todo eso desde hace siglos, lo mismo que otros seres vivos que no se matan entre ellos por maldad, creencias o parecidos físicos. Tranquiliza saber que todo lo vivido está a salvo en algún lugar del cerebro. Al fin y al cabo, las metáforas o los acordes no son más que pistas para que lleguemos a esas emociones que hibernan en nuestros propios universos.

Lo que queda después de millones de años no es más que una mancha un poco más oscura en las montañas. En el acantilado del Rincón está trazado el tiempo con toda su relatividad y con toda su trascendencia. Hace unos días Canarias 7 publicaba un trabajo elaborado en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria en el que se explicaba que las tonalidades que se aprecian en la pared volcánica corresponden a las distintas etapas de formación de Gran Canaria. La parte superior sería la más cercana, pero su paradójica proximidad nos aleja de ella tres millones de años. Si miramos hacia abajo, hacia la zona más próxima a la carretera, estamos hablando de una distancia temporal de trece millones de años. En medio estuvo el mar. Por tanto nosotros también habitamos fondos submarinos en los que un día burbujearon los delfines y las ballenas.
Estuve toda mi infancia pasando junto a ese acantilado. Su presencia anunciaba la llegada a la capital para los que veníamos del Norte. Según caían tres gotas de agua se desprendían piedras que entonces no vislumbrábamos tan atávicas. Nuestra mirada también se perdía hacia la costa. En la peña de La gaviota había una casa de madera a la que se llegaba a través de una escalera colgante que a veces quedaba oculta entre las olas. Según los días soñabas con las aventuras del océano o con los colores de la montaña. A partir de ahora miraremos con otros ojos ese espacio transitado siempre en coche: hay paisajes que solo reconocemos a mucha más velocidad que nuestros pasos, y por eso quizá pasamos junto a ellos sin darle ninguna importancia.
Uno imagina lo que pudo ver ese acantilado y los vientos y las lluvias que han golpeado sus entrañas a lo largo de millones de años. Estaba mucho antes de que lo viera el primer humano y seguirá estando cuando no quede nadie que nos cuente o que cuente ese tiempo que tan poco importa en la vida de una montaña. Nos viene bien esa cura de humildad diaria, sobre todo cuando asoman las vanidades con toda su faramalla y sus oropeles falsos. Nosotros ni siquiera llegamos a pintar la estela de nuestros propios sueños. La naturaleza nos enseña a asomarnos a nuestro destino sin estridencias, sin gorigoris y sin tener que lamentar nada de lo que vamos perdiendo. Somos lo que somos y lo que nos deja el tiempo. Todo lo demás no es más que una falacia que nos hemos inventado para soñarnos eternos. A partir de ahora, cuando mire hacia ese acantilado y hacia las otras rocas de la costa que aún no están datadas geológicamente, le haré un guiño cómplice a la vida por cada uno de los días que me ha regalado el tiempo. Solo hay que aspirar a ser felices todo lo que nos dejen. Lo que quedará de estos años ni siquiera será apreciable en ninguno de esos estratos que van oscureciendo las piedras lentamente.

No le hacía falta salir a la calle para reconocer los eclipses. De noche su perro había estado gimiendo como un niño pequeño y ahora no se separaba de él en ningún momento. Hace cientos de años los eclipses que no se veían solo eran sensaciones que se confundían con algunos sueños en las madrugadas. Ahora nos avisan muchos meses antes; pero seguimos sin saber lo que sucede en el resto del universo. Muchas veces no depende de nosotros nuestro estado de ánimo. En cualquier lugar lejano un choque de estrellas puede cambiar por completo la química del tiempo que vamos respirando.

A veces basta con que nos cambien el color de la pintura de una pared o la ubicación de una barra para que todo nos parezca extraño. También somos los lugares que habitamos, esa sencilla tienda de barrio, los puestos de fruta de la plaza del mercado, los bancos de un parque o hasta la sala de espera de un médico al que llevamos yendo desde hace muchos años. Cuando desaparece cualquiera de esos lugares nos quedamos un poco huérfanos. Nos da lo mismo que nos digan que cambian un restaurante por otro mejor, o que la librería que viene tiene más libros y mejores precios. En veinte o treinta años desaparecen casi por completo las tiendas, los bares, las ferreterías o los bancos de los parques. Se renuevan las caras, los paisajes y los decorados; pero uno, cuando pasa cerca de cualquiera de esos locales, les sigue poniendo las mismas caras de entonces. También recuperamos sobre la marcha los olores y hasta las voces de quienes nos fueron atendiendo. Me pasa sobre todo con las farmacias, ahora tan asépticas y tan impersonales como los supermercados. No puedo olvidar los grandes tarros con nombres en latín, ni aquel olor a medicinas y a compuestos químicos que elaboraban en aquellas reboticas siempre en penumbra. Entonces no lo sabía, pero cuando me asomaba casi puedo jurar que veía a unos hombres siempre concentrados en buscar la alquimia de todas las cosas. Yo era un niño. La alquimia siga siendo una utopía.

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