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El arte es silencio, soledad, esfuerzo, constancia, algo de talento, búsqueda, desespero a veces, satisfacción otras, dudas, siempre dudas, aprendizaje, humildad, comenzar siempre de nuevo, esperanza, nuevas metas que tienen que ser inventadas en la victoria y en el fracaso, camino, pasos que a veces parecen que no conducen a ninguna parte, mirada al pasado de los que lo intentaron antes, y vuelta a empezar, cada día, cada hora de cada día, cada segundo que tengamos por delante.
Hace una semana estuve en el teatro Cuyás viendo a los alumnos de la Escuela de Danza de Natalia Medina. Los he visto ensayar día a día, en invierno, cuando aprieta el calor, siempre intentando pasos y movimientos, dándole forma a las coreografías, pero sin el esplendor del escenario y los focos, solos delante de un espejo o apoyados en una barra. Cada uno por separado, concentrados en la música y en el movimiento de cada músculo de su cuerpo, y al mismo tiempo cada uno sincronizado con quienes bailan a su lado, y con la propia melodía, con esa música que cuando se confunde con unas manos que se mueven o con un escorzo parece que fue compuesta para esos trazos desde que el compositor la empezó a escuchar dentro de su cabeza. Hay mucha gente generando belleza en muchas partes del planeta, desde lo pequeño, desde la responsabilidad con el arte y con el esfuerzo, muchos músicos que ensayan durante horas, muchos escritores que escriben y borran sin detenerse en su búsqueda, muchos pintores que trazan horizontes lejanos en sus cuadros. Así ha sido desde el principio de los tiempos. Necesitamos la belleza para seguir sobreviviendo y para saber que todo esto tiene sentido, que no venimos solo para morir y para seguir esos caminos que trazan los que pretenden siempre que nos alejemos de todos los sueños. Esas niñas y niños que han estado durante todo el año esforzándose semana tras semana han descubierto que solo desde esa constancia que a veces parece que no vale para nada surge lo bello. También lo saben los mayores que se preparan profesionalmente. No hay milagro en el arte. Si no está ese trabajo previo y silencioso se caen sobre la marcha los cuatro palos del sombrajo. Y no hay que buscar más gloria que esa satisfacción de haber subido otro peldaño con nuestro propio esfuerzo. El Cuyás se puso en pie al final del espectáculo. No era para menos. Estos días muchas escuelas de danza están viviendo momentos parecidos. No se trata de crear estrellas. Se trata de luchar contra la banalidad de esa fama que postula la televisión y contra todos esos valores que se alejan cada día más de la esencia. No hay satisfacción mayor que el trabajo bien hecho. Ganar o perder es lo de menos. En el arte y en la vida. Lo que vale es el intento. Todo eso que nos venden no es más que un cuento mendaz, grotesco y pasajero.

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