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Novedades en la categoría Atavismos

Alguien me explicó hace años lo que era la elegancia. Fue una mujer bella, algo mayor que yo, en un país lejano. Yo le pregunté que cómo se las arreglaba para estar siempre tan guapa. Ella miró al cielo y señaló hacia unas gaviotas que en esos momentos volaban en dirección a la costa. Recuerdo perfectamente su respuesta: "las gaviotas cuando vuelan nunca saben si las están mirando". Me costó entenderla entonces, pero con el tiempo me he repetido cientos de veces esa frase. Hay que ser pájaro que vuela sin que sepa que le están mirando también cuando se escribe, cuando se ama o cuando se quiere mantener a salvo esa ética y esa dignidad que cada vez cuesta más encontrar entre los humanos. Sé que aquella mujer murió hace años, pero estoy seguro de que partió como mismo volaban aquellas gaviotas ajenas a nuestras miradas.

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Se reconoció en un documental rodado en Budapest en 1930. Debía tener la misma edad que tiene ahora. No sabía el color que tenía la ropa; pero parecía que vestía un traje negro y una camisa blanca. Llevaba corbata y un sombrero que en ese momento tenía agarrado con la mano. Siempre ha querido viajar a Budapest. Todas las noches sueña con los puentes que atraviesan el Danubio. También se le aparecen nombres que reconoce en la penumbra de esos sueños: la avenida Andrássy, la estación de Nyugati, el parque de Várolsiget o la calle Király. En la imagen aparece junto a una hermosa mujer que lleva soñando todas las noches desde hace años. No sabe su nombre, pero sí recuerda que la amaba con locura y que planeaba fugarse con ella a Viena para empezar una nueva vida. Se parece mucho a una turista que acaba de mirarle fijamente mientras paseaba por la avenida de Las Canteras. Cuando se dio la vuelta, ella todavía le estaba mirando como si lo reconociera de otra vida muy lejana. No recuerda el título del documental. Lo encontró azarosamente mientras pasaba los canales de la tele. En aquella imagen reconoció el abismo que a veces intuye en sus propios ojos cuando se mira fijamente al espejo.



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La acariciaba como si no la fuera a ver nunca más. Ella también le amaba con esa vulnerabilidad que sienten a veces los humanos cuando dejan de pensar e intuyen levemente su extraño tránsito. Se veían casi a diario y los dos habían amado a otros cuerpos antes. Habían aprendido que la muerte también es la repetida ausencia de quien se ama. Ella le esperaba con la misma ilusión con que aguardaba a su primer amor de adolescencia. Todo el placer era siempre poco para sentirse eternos mientras se acariciaban. Hace menos de sesenta años ni siquiera llegaban a ser las sombras que también se confunden cada vez que se aman.

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Aprovecho el título de un libro de V.S. Naipaul altamente recomendable para adentrarme en las llegadas y en las muchas idas y venidas que vamos protagonizando a lo largo de nuestra vida. Realmente llegamos cada día a un paisaje distinto que nunca se parece al de ayer aunque nos parezca siempre el mismo. Nos sorprenderíamos si repasásemos las muchas llegadas acontecidas en los años que llevamos habitando este mundo. La más enigmática es la que nos trajo a la vida, ese momento clave de cada uno de nosotros que nunca valoramos como deberíamos. Sin esa llegada no hubiera sucedido nada más, y si llegamos aquí debe ser para que hagamos algo que merezca la pena. Se entiende que vinimos para amar y para disfrutar intensamente cada segundo. Todo lo que no se viva intensamente es tiempo perdido, por eso no podemos renunciar nunca a nuestras vocaciones, a nuestras querencias y a lo que nos apetecería hacer para que nuestra vida fuera intensa y plena. No habrá segundas oportunidades. O vivimos, o nos dejamos llevar como autómatas productivos hasta que volvamos al mismo enigma del que partimos.

Ya desde el punto de vista literario sí quiero recomendar El enigma de la llegada de Naipaul porque, por lo menos para los canarios, es un viaje hacia nosotros mismos. Naipaul nació y creció hasta los 18 años en la isla de Trinidad, justo al lado de Venezuela, y lo que cuenta en el libro es su primera salida de la isla con destino a Londres, los pasos que determinaron su carrera de escritor y todos los paralelismos que va encontrando con su pasado insular y caribeño cada vez que se asoma a sus propios recuerdos y a lo que va encontrando en Inglaterra. En todo ese camino está la isla casi edénica a la que el turismo y el petróleo convierten en un desordenado caos urbanístico, las culturas que han convivido durante siglos ( Naipaul es de origen hindú, como tantos canarios que llevan varias generaciones poblando estas islas y formando uno de sus grupos más representativos), el exterminio de los aborígenes y también esa rara sensación isleña de no pertenecer del todo a ningún lugar alejado de nuestra propia orilla.

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Un día caminas por la calle y ya no va a tu lado. Parece como si se hubiera extraviado en cualquier esquina o como si en un despiste se lo hubiera tragado la tierra. Yo sigo paseando por las mismas calles. Recorríamos estas aceras casi a diario desde adolescentes, cuando nos enamoramos. En sesenta años no dejamos de vernos más de dos días seguidos. Ahora cierro el puño cuando camino entre la gente. Nadie se da cuenta. Muchas veces también juego con mis dedos en el bolsillo del abrigo como mismo jugaba con los suyos antes de que se fuera. En la piel de la mano nos queda una memoria de anfibio. No es como el resto de la piel que recubre nuestro cuerpo. Cuando la tocas parece como si las ausencias encallaran para siempre entre el atavismo de sus asperezas.

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Si miras hacia el cielo verás pasar bandadas de aves sin nombre que siempre andan persiguiendo al verano. Los pájaros saben que la vida es un vuelo y que una jaula es un engañabobos con el que a veces tratan de engatusarnos. Me gusta verlos junto a las charcas que encuentran cada año en las mismas costas o revoloteando cerca de los acantilados. Ni siquiera conocemos sus nombres. Nos llaman la atención el color de sus plumajes o los trinos con los que celebran la llegada de la mañana. A veces es el mar el único que sabe que detienen sus vuelos oceánicos. Sus sombras, como las nuestras, también navegan la inmensidad de las aguas.

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Los gatos son los primeros que ven amanecer en Las Palmas de Gran Canaria. También escuchan el sonido de las olas antes que nadie y saben de la quietud o de las revolturas con que se presentan las mareas. Todo el litoral de la Avenida Marítima está circundado de gatos. Habitan entre los tetrápodos y te los encuentras desde que sale el sol oteando el horizonte. No sé el tiempo que llevarán perpetuándose cerca de la orilla. Los ves tirados a la bartola recibiendo los primeros rayos solares o moviéndose con acompasada lentitud felina. Más allá de ellos solo están los barcos que parecen fondeados en medio de la nada. Me gusta su anónimo transitar cerca de donde nosotros perdemos el sueño con absurdas vanidades. Para que llegaran hasta ese lugar también fue preciso que pasaran millones de años de evolución y de decisiones azarosas. Supongo que el día que ya no haya muros conteniendo el océano seguirán transitando lentamente entre las rocas o las piedras de la orilla. Siempre ha habido gatos en todas las costas. Cuando era niño los recuerdo aguardando primero que nadie la llegada de los pescadores al Puerto de Las Nieves. Se adelantaban incluso al vuelo de las gaviotas que revoloteaban entre las falúas cuando sabían que había habido buena pesca. Los gatos guardan en sus ojos reflejos de tiempos y de mares lejanos. Por eso nos resultan tan enigmáticos y tan fascinantes. Cuando te observan siempre parece como si te estuvieran atravesando con su mirada. Yo creo que nos ven mucho más allá de donde se proyectan nuestras propias sombras.


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Trenzaban los juncos para enredar el tiempo. Las cuevas no solo ayudaban a que no desaparecieran los restos de los muertos. También quedaban las sombras de sus almas entre las rocas que fue labrando la memoria volcánica de la propia piedra. Hay lugares en esta isla en donde el tiempo tiene un sentido diferente. Desde que te adentras por la puerta de ese museo hay una magia que he encontrado en muy pocos lugares del planeta. Quizá es la presencia de todos los esqueletos y las calaveras que te miran en la sala Verneau, quizá la sombra de las momias, o tal vez la piel curtida de animales que recorrieron nuestras cumbres, o esas pintaderas que alguien dibujó para eternizar su paso por esta existencia.
Habría que visitar El Museo Canario por lo menos una vez cada año para no perder el norte de la vida y para saber de dónde venimos y cómo eran los que habitaban hace cientos de años estos mismos paisajes. A veces hablo con amigos que pasan de largo delante de su puerta o que jamás han entrado. Se están perdiendo una de esas aventuras que les acompañará para siempre. He ido con visitantes extranjeros que aún me siguen escribiendo de vez en cuando para agradecerme la visita a ese espacio de Vegueta en donde la historia se recrea casi como si pudieras saltar en unos segundos a otra dimensión del tiempo. Y todo ese milagro nació de la mano de Gregorio Chil y Naranjo y de otros humanos que entendieron que solo desde la cultura y el conocimiento se podría edificar el futuro de estas islas. Y ahí siguen, regalando cultura desde ese bello edificio en el que todo parece encajar como encajan a veces las piezas de nuestra propia vida cuando pasa el tiempo y todo se mira con esa necesaria perspectiva que ahuyente la ceguera, casi siempre mendaz, de lo inmediato. Vayan al Museo y déjense llevar por todo lo que van a ir encontrando en las distintas salas. No solo es un espejo en el que deberíamos mirarnos cada día para evitar las vanidades y para relativizar los infortunios. Hay mucho más. Cada hueso y cada trozo de vasija que uno mira en sus vitrinas conserva las huellas o la propia sombra de otros humanos que también soñaron mirando hacia los mismos horizontes. Porque hubo alguien que dibujó formas en las rocas o trazó líneas en una playa de arena negra. También había mujeres que contaban historias ancestrales. Cuando hablaban dibujaban los rostros de los muertos que aparecían entre sus palabras. Si te fijas, verás una punta astillada que lleva la arruga de alguno de esos muertos que se siguen contando cada vez que alguien escucha el viento en esas playas de arena negra que se aferran a los acantilados. Lo que queda es la belleza, la imagen y esos símbolos que, aunque no entiendas, ya sabes que fueron trazados para conmoverte. Solo vamos dejando una anónima presencia.

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A veces ni siquiera la historia termina sabiendo la verdad. Las mentiras y las maledicencias repetidas mil veces terminan convirtiéndose en certezas. Los canarios sabemos mucho de eso. Lo hicimos con Galdós durante muchos años, y todavía hay algunos que se aferran a ese falso tópico de que se sacudió los zapatos al llegar a la Península. No lo leen, pero lo insultan, con esos exabruptos chusqueros de barra de bar. Han tenido que pasar casi cien años para que Galdós haya sido reconocido en su tierra como lo que realmente es: uno de los mejores escritores universales. Los canarios presumimos de nobleza de carácter, pero en ese infierno grande de los sitios pequeños se despelleja muchas veces a todo aquel que destaca por sus valores, por su trabajo o por la búsqueda de un sueño.
Algo parecido a lo que sufrió Galdós, le pasó antes a Tenesor Semidán, cristianizado luego como Fernando Guanarteme. Lejos de acudir a los libros y a los archivos, había un chascarrillo malévolamente extendido en el que palabras como traidor y cobarde se repetían una y mil veces. Han tenido que pasar más de quinientos años desde que murió pobre y "traicionado" por todos en La Laguna para que muchos autores empiecen a destacar la grandeza de sus actos y la importancia estratégica de sus decisiones. Sabiéndose derrotado y sin ninguna posibilidad de vencer a los conquistadores, logró pactar para evitar la aniquilación de su pueblo, se bautizó para que los que habitaban la isla no fueran tratados como esclavos y consiguió unos derechos fiscales que luego, entre la indolencia, la ignorancia, y esa maledicencia de la que hablaba hace un momento, fuimos olvidando los canarios. Estos días ha llegado a mis manos un magnífico libro escrito por el abogado Normando Moreno Santana. Se titula "Los derechos históricos de los canarios. Crónica inconclusa de un conflicto". No es fácil conseguir que un libro en el que se profundiza en los fundamentos fiscales se convierta en una lectura interesante, casi hipnótica, que no puedes dejar de leer en ningún momento. Lo consigue por la calidad narrativa y por los numerosos datos que va aportando sobre la conquista de Gran Canaria y sobre Tenesor Semidán. Los políticos que negocian el REF deberían leer este libro de inmediato. Tenesor pactó hace cinco siglos una fiscalidad para su isla que se ha incumplido con el paso del tiempo. Volver a la historia es regresar a la verdad, y eso es lo que hace Normando Moreno en este libro. Fernando Guanarteme se quedó con Guayedra y desde allí asumió derrotas y traiciones. En esa playa uno siente la presencia de alguien que solo quiso vivir en paz con su conciencia y con su gente. No olvidemos y no confundamos. Leamos para tener presente a los que fueron grandes. Lean este libro. Lean también a Galdós antes de denostarlo.

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Algunas mañanas paso junto a las ventanas de la hemeroteca del Museo Canario, en la calle Doctor Verneau de Vegueta. Las ventanas tienen esas celosías típicas de las casas canarias que hacen que uno no sepa nunca si están abiertas o cerradas. A través de esas celosías muchos han visto pasar la vida de los pueblos como quien se asoma a una pantalla. A veces caminas por las calles vacías de algunos pueblos que parecen abandonados y de repente escuchas un golpe de tos o un bisbiseo detrás de esos postigos que mantienen a salvo a los voyeurs y a los que quieren mirar sin ser vistos.
Pero cuando caminas junto al Museo Canario sí eres capaz de saber si las ventanas están abiertas o cerradas. Cuando se abren, te llega el olor de miles de periódicos viejos. En los días de invierno ese olor se parece al del pan recién horneado o al de las brasas que crepitan en una hoguera, casi podría decir que es un aroma que logra quitar el frío que uno siente a veces cuando camina por las aceras. Sin embargo en verano, o en los primeros días de ese otoño de estío que tenemos en las islas, ese olor caldea aún más la calle y la vuelve más señera, como si toda la realidad que se contó en esos papeles saliera a pasear un rato bajo el sol de la mañana. Hay muchas vidas en una hemeroteca, muchos divos olvidados que ya nadie recuerda. También se guardan sucesos que paraban a la gente por la calle, ganadores de loterías que se hicieron millonarios de la noche a la mañana, cantantes de otros tiempos o goles que ya no importan ni a quienes los marcaron. Hay portadas con grandes caracteres, hitos históricos, el final o el principio de una guerra, el hombre llegando a la luna, el asesinato de Lennon o aquel suceso de los niños que murieron cuando iban a buscar un balón en una tubería que se los llevó para siempre. Hay miles de nombres, periodistas que creían que sus exclusivas serían distintas a todas las noticias que ya nacen pasajeras desde que son escritas, políticos que ya nadie recuerda o que solo asociamos a una calle en la que está el colegio de nuestros hijos. Ese olor que a uno le llega cuando pasea al lado de ese museo también se parece al de la ceniza de aquellas hogueras en las que quemábamos todo lo que sobraba para celebrar un nuevo solsticio. Alguna vez he entrado a esa hemeroteca que deberíamos preservar incluso con más ahínco que nuestros propios recuerdos. Todos esos testimonios de otros tiempos necesitan de esos papeles para colocar cada cosa en su sitio, para recordarnos cómo éramos en esa tinta que amarillea como esos castaños que dejan el suelo sembrado de hojarasca. Ahora escaneamos los papeles viejos, pero nosotros hace tiempo que sabemos que un papel viejo necesita el tacto y el olor casi tanto como esa letras que se sueñan inmortales cuando nos cuentan.


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