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Novedades en la categoría Atavismos

Los bucios, cuando se escuchan en la lejanía, viajan hacia un pasado remoto, mucho más allá de la historia que está escrita y de la que intuimos antes de que trazáramos con letras y números las grandes gestas o la memoria de los humanos que buscaron eternizarse en estatuas, en batallas o en laureadas glosas. El eco de los bucios viene desde la noche de los tiempos y atraviesa paisajes ahora sumergidos en los océanos del olvido. Nos devuelve a lo atávico y a lo que estuvo antes de que llegáramos nosotros con los automóviles y las pantallas. El bucio sigue sonando en las cumbres cubiertas de neblina, entre la bruma de los barrancos y en cualquiera de esas playas de arena negra, roca y callaos que mueve el agua como si fueran dados en el azar del tiempo.
Hace muchos años, en mi pueblo, una plaga de langostas arrasó todas las cosechas y no dejaba que creciera nada nuevo en los campos. Había hambre y miseria, sueños rotos y esa sensación de fragilidad que encuentra el hombre cuando se enfrenta a los desastres de la naturaleza. Una plaga de langostas era en la biblia una de las puertas de entrada al apocalipsis, un final inevitable, el ser humano como un frágil animal a merced del siroco y de ese mal fario que reaviva las desgracias y las catástrofes.
En aquel momento, los agricultores salían a las fincas haciendo sonar sus bucios y golpeando cajas de guerra, esos tambores que también resuenan en nuestro estómago con el estruendo lejano de la selva. En la oscuridad de los campos, el eco de los bucios era lo único que podía espantar a las langostas que aparecían en grandes nubes que nublaban de repente el cielo y angustiaban a quienes dependían de aquellas cosechas para alimentar a sus hijos y a sus sueños. Muchos años después, los descendientes de aquellos agricultores siguen saliendo a los campos y a las calles de mi pueblo cada tercer domingo de septiembre. Ayer fue la Bajada desde Vergara y hoy se celebrará la romería que renueva una promesa a la Virgen de Guía que pasa de padres a hijos. En esa romería, y ayer en la bajada camino de Ingenio Blanco y de San Roque, el sonido regresa al pasado de aquellos mayordomos que hacían sonar esos mismos bucios entre las langostas. Pero ese pretérito es todavía más lejano y nos devuelve el eco de quienes estaban antes de que llegaran los conquistadores. Bucio viene del portugués Búzio, una palabra bella que cuando suena atraviesa siglos y océanos. Uno imagina a Tenesor Semidán en Guayedra, después de haber perdido la batalla y el paraíso, escuchando el lamento de esos bucios procedentes de Tamadaba o de Faneque. Si hoy acuden a Guía viajen lejos cuando escuchen el sonido de esas caracolas que un día estaban entre las rocas golpeadas por olas que aún siguen empeñadas en horadar las orillas de estas ínsulas remotas.

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Francis Scott Fitzgerald le escribió una vez a su hija un verso de Shakespeare para que entendiera la vida y sobre todo el derroche del talento y de la belleza, o quizá la dejación de la virtud, esa tentación de dejar que todo se venga abajo y de derrochar el propio talento como hizo Fitzgerald tantas veces a lo largo de su vida. El verso de Shakespeare te detiene en ese límite casi imposible al que a veces llegan algunas palabras: "El lirio que se pudre huele peor que la maleza".
No se vive eternamente; quizá el único camino para alcanzar la felicidad sea el que acepte nuestra condición efímera sin apocalipsis y sin dramatismos que la destruyan antes de tiempo. Una vez asentado ese final inevitable, lo único que daría sentido a la existencia sería la búsqueda de la belleza y del amor. Si dejamos que esa flor que era única y casi sagrada se pudra, estaremos muriendo antes de tiempo, y cada cual decide ser flor o ser maleza. La podredumbre no solo tiene que ver con el tiempo.

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Henri-Marie Bayle charla animadamente con Julien Sorel y con Fabrizio del Dongo. Son jóvenes y soñadores. Inventan historias para intentar comprender lo que no entienden de la existencia. Henri-Marie firmará esos libros con el nombre de Stendhal. Inventará una biografía para Julien y otra para Fabrizio. Siempre hace falta alguien que invente nuevas biografías que perduren en el tiempo. Los tres saben que el único motor que mueve al mundo es el amor, aunque luego queden atrapados en ese laberinto de vanidades en el que tantas veces se extravían los seres humanos y los literarios.
Brindan con vino blanco debajo de unas parras que se asoman al mar de La Toscana. Muchos años después, alguien está terminando de leer un libro en la misma terraza en la que estaban ellos. Alcanzo a ver la portada de un ejemplar de Rojo y Negro traducido al italiano. Sobre la mesa le espera La Cartuja de Parma. En la otra escena Stendhal cierra los ojos un momento e imagina que ama a una mujer hermosa que está leyendo lo que él escribió para inventarse otras vidas que compensaran la lamentable parquedad del amor y de los años. Ella también entorna sus ojos después de leer la última página del libro. Sabe que está despierta al mismo tiempo que habita un sueño lejano.

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Ni siquiera ella sabía que tenía esa pequeña mancha de espuma en su espalda. Estaba siempre en el mismo sitio, entre la nuca y el omóplato, como una pequeña peca casi inapreciable. Era la misma que llevaban arrastrando todas las mujeres de su familia desde hacía cientos años. Yo la amaba, es cierto, y nadie entendía por qué la había elegido a ella entre todas las mujeres de la Tierra. Nunca se lo dije; pero cuando la acariciaba sentía el latido de los océanos debajo de su piel erizada.

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-Teníamos que haber caminado más despacio. Casi no he tenido tiempo de asimilar nada de lo que fuimos viendo.
-Yo ni siquiera he mirado.
-No entiendo por qué teníamos que correr de esa manera.
-Veníamos huyendo.
-¿De quién?
-Yo qué sé, a lo mejor de nosotros mismos. Tampoco me culpes. Si fuiste rápido fue porque te dio la gana.
-La condición era que no se podía regresar.
- No hacía falta que te lo dijera nadie. Tú ya sabías que jamás se puede regresar a ninguna parte.
-¿Y qué hacemos ahora?
-Supongo que esperar.
-¿A qué?
-No sé, a que aparezcan otros a hacernos compañía, o a que al abrir los ojos nos encontremos un nuevo camino para seguir andando.
-¿Qué crees que habrá detrás de ese muro de sombras que no nos deja ver nada?
-No pienses en eso ahora. Olvídate de que tienes ese muro delante. Trata de dormir. Mañana a lo mejor ni siquiera te acuerdas de que ya habíamos llegado.

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En todas partes siempre hay alguien que sube y que luego bajará, o que estaba arriba y ya está enfilando el camino de bajada. Los males de altura no solo afectan cuando se llega al Machu Pichu: una vez arriba hay gente que cambia de la noche a la mañana y que olvida por completo su mortalidad: luego lo pasan fatal cuando comienza ese inevitable regreso al estado natural que comentábamos al principio: se han creído inmortales o han terminado pensando que lo de la manzana de Newton era un camelo. Y encima, aun sin que terminen de llegar abajo, les aparecerán los que quedaron a mitad de camino esperando su regreso, o aquéllos que aguardan a que el cadáver de su enemigo pase delante de su puerta (siempre me ha parecido una estúpida estrategia ese rencor acumulado esperando al otro y renunciando a todo lo que se ganaría con el olvido). Quizá la clave de esas subidas y bajadas esté en las formas. No recuerdo quién me dijo un día que a lo más alto se puede llegar arrastrándose como una serpiente o volando majestuosamente como un águila. Si has aprendido a volar supongo que podrás evitar la caída. A los otros les espera un duro y vergonzante camino de vuelta. Pero eso solo lo descubren luego, cuando cae la manzana de Newton y la ley de la gravedad los arrastra también en la caída.

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Alguien me explicó hace años lo que era la elegancia. Fue una mujer bella, algo mayor que yo, en un país lejano. Yo le pregunté que cómo se las arreglaba para estar siempre tan guapa. Ella miró al cielo y señaló hacia unas gaviotas que en esos momentos volaban en dirección a la costa. Recuerdo perfectamente su respuesta: "las gaviotas cuando vuelan nunca saben si las están mirando". Me costó entenderla entonces, pero con el tiempo me he repetido cientos de veces esa frase. Hay que ser pájaro que vuela sin que sepa que le están mirando también cuando se escribe, cuando se ama o cuando se quiere mantener a salvo esa ética y esa dignidad que cada vez cuesta más encontrar entre los humanos. Sé que aquella mujer murió hace años, pero estoy seguro de que partió como mismo volaban aquellas gaviotas ajenas a nuestras miradas.

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Se reconoció en un documental rodado en Budapest en 1930. Debía tener la misma edad que tiene ahora. No sabía el color que tenía la ropa; pero parecía que vestía un traje negro y una camisa blanca. Llevaba corbata y un sombrero que en ese momento tenía agarrado con la mano. Siempre ha querido viajar a Budapest. Todas las noches sueña con los puentes que atraviesan el Danubio. También se le aparecen nombres que reconoce en la penumbra de esos sueños: la avenida Andrássy, la estación de Nyugati, el parque de Várolsiget o la calle Király. En la imagen aparece junto a una hermosa mujer que lleva soñando todas las noches desde hace años. No sabe su nombre, pero sí recuerda que la amaba con locura y que planeaba fugarse con ella a Viena para empezar una nueva vida. Se parece mucho a una turista que acaba de mirarle fijamente mientras paseaba por la avenida de Las Canteras. Cuando se dio la vuelta, ella todavía le estaba mirando como si lo reconociera de otra vida muy lejana. No recuerda el título del documental. Lo encontró azarosamente mientras pasaba los canales de la tele. En aquella imagen reconoció el abismo que a veces intuye en sus propios ojos cuando se mira fijamente al espejo.



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La acariciaba como si no la fuera a ver nunca más. Ella también le amaba con esa vulnerabilidad que sienten a veces los humanos cuando dejan de pensar e intuyen levemente su extraño tránsito. Se veían casi a diario y los dos habían amado a otros cuerpos antes. Habían aprendido que la muerte también es la repetida ausencia de quien se ama. Ella le esperaba con la misma ilusión con que aguardaba a su primer amor de adolescencia. Todo el placer era siempre poco para sentirse eternos mientras se acariciaban. Hace menos de sesenta años ni siquiera llegaban a ser las sombras que también se confunden cada vez que se aman.

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Aprovecho el título de un libro de V.S. Naipaul altamente recomendable para adentrarme en las llegadas y en las muchas idas y venidas que vamos protagonizando a lo largo de nuestra vida. Realmente llegamos cada día a un paisaje distinto que nunca se parece al de ayer aunque nos parezca siempre el mismo. Nos sorprenderíamos si repasásemos las muchas llegadas acontecidas en los años que llevamos habitando este mundo. La más enigmática es la que nos trajo a la vida, ese momento clave de cada uno de nosotros que nunca valoramos como deberíamos. Sin esa llegada no hubiera sucedido nada más, y si llegamos aquí debe ser para que hagamos algo que merezca la pena. Se entiende que vinimos para amar y para disfrutar intensamente cada segundo. Todo lo que no se viva intensamente es tiempo perdido, por eso no podemos renunciar nunca a nuestras vocaciones, a nuestras querencias y a lo que nos apetecería hacer para que nuestra vida fuera intensa y plena. No habrá segundas oportunidades. O vivimos, o nos dejamos llevar como autómatas productivos hasta que volvamos al mismo enigma del que partimos.

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