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Onetti

Onetti puede ser nuestro Kafka más cercano. No se parece a ninguno de los otros escritores que conozco en castellano. Realmente no se parece a nadie. Con quien primero lo relacioné cuando lo leí fue con Kafka. O a lo mejor leí a Onetti antes que a Kafka. Las letras siempre terminan confundiéndose. Los dos son escritores que se adentran por recovecos extraños. Luego escribes sin saber que mucho de lo que narras no es más que el eco de lo que ya escribieron otros. Onetti, además, es hipnótico, como si sus palabras dejaran al desnudo tu propia conciencia. O te rindes o dejas de leer. Yo siempre me rindo ante sus argumentos. Quizá porque cuenta como pocos el fracaso y la derrota; pero lo hace sin estridencias, sin excesivos alardes y sin grandes fuegos de artificio literario.
Se vale de la ironía y de la música del lenguaje para esquivar cualquier tentación maniquea o lastimera. Si te adentras en Santa María y miras a los ojos del alma de sus personajes nunca podrás dejar de amar la literatura. A Onetti lo escuchas todo el tiempo, como si su voz se quedara improvisando acordes más allá de cada uno de sus verbos. Se parece mucho a la música de Stravinsky o a las improvisaciones de los grandes del jazz. No se termina nunca y queda resonando en tu recuerdo como esos acordes lejanos de Charlie Parker que te acompañan aunque lleves años sin escuchar el sonido de su saxo.
Escribía cuando quería o cuando lo necesitaba para seguir sobreviviendo. Los que lo visitaban en su piso de la Avenida de América de Madrid te hablan de sus silencios o de su conversación entrecortada por interminables miradas o por largas pausas confundidas entre el humo azul de los cigarros. Un buen día decidió convertirse en un encamado. Digamos que cumplió aquel sueño de cuando éramos niños y no queríamos volver nunca más al colegio. Se quedó en la cama rodeado de libros, con un viejo transistor y con un bloc para tomar notas. Dicen que solo se entendía divinamente con los niños y con su perra; aunque luego dijera, para justificar ese encierro, que no salía de la cama porque La Biche, una fox terrier con la que aparece en numerosas fotos, le mordía siempre las zapatillas.
Vivió en un permanente exilio interior, como si intuyera que solo podemos regresar al paraíso a través de las palabras que se sueñan; aun sabiendo que los paraísos siempre serán una utopía inalcanzable que se escapa tras el horizonte de un último renglón o de un último verso. Por eso seguimos leyendo y escribiendo, para que no acaben nunca los renglones que nos salvan. Ahora me doy cuenta de que todo eso lo aprendí con Juan Carlos Onetti cuando no sabía que estaba aprendiendo tanto. Nunca será un bestseller. Y si algún día lo fuera este mundo sería mucho más habitable. Lo que jamás dejará de tener Onetti serán lectores nuevos que entenderán un poco mejor que la vida se puede reinventar cada segundo con unas cuantas palabras. Solo hay que saber mirar para luego escribir sin prisas y sin más intención que la de seguir sobreviviendo. Lean a Onetti. Los que lo han leído saben que nunca se aleja de tu lado. No serás ni más rico ni más sabio; pero aprenderás que la vida, aun con sus sombras y sus fracasos, siempre tendrá algún sentido literario.

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