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Guiniguadas

El cauce del barranco Guiniguada que separaba Vegueta de Triana se niega a desaparecer. Estuvo miles de años donde ahora el asfalto no llega ni siquiera al medio siglo. Está empezando a recuperar el terreno perdido por los márgenes de la carretera del Centro. Si miras hacia el suelo de la calle Mesa de León verás cómo ha empezado a brotar la hierba entre los adoquines. Si la vida fuera un parpadeo de unos cuantos siglos, cada vez que abriéramos los ojos veríamos un mundo totalmente diferente en el mismo sitio. Ahora se escuchan coches donde antes corría el agua, y los puentes solo los podemos ver en la imaginación o en esas fotos antiguas que colocan en muchos locales para que nos entretengamos recordando lo que vieron otros mucho antes.
Siempre me han fascinado las historias de los pueblos hundidos en los pantanos o en las presas. Cuando era niño y me escapaba a la presa de Las Garzas de Guía mi abuela nos contaba cómo era el paisaje que estaba debajo del agua. Para ella no había cambiado nada, y me imagino que dentro de dos mil años aquellos árboles que ella vio volverán a rebrotar sobre la tierra. La ciudad que caminamos a diario también tuvo dunas donde ahora solo hay edificios y asfalto. Siempre que llega alguien de fuera y le explicas cómo era el istmo que separaba Las Canteras del Puerto te mira como si le estuvieras contando el argumento de algún libro de Julio Verne. Tampoco se creen que la arena estuviera hace apenas veinte años junto a Mesa y López o en la zona de La Minilla. Son muchos los Guiniguadas que quedaron sepultados bajo el asfalto de la especulación y de ese crecimiento demencial y caótico de una ciudad que no supo conservar algunos de sus paisajes más emblemáticos. La vida también está llena de Guiniguadas por todas partes. A veces nos confundimos y nos empeñamos en esconder lo que realmente merece la pena. Dentro de cada uno de nosotros hay querencias que anegó el olvido y que llevan sumergidas muchísimos años. Un día te levantas y recuerdas una cara o te aparece el olor de un perfume que relacionas con alguien de quien estuviste enamorado. De alguna manera la hierba que se empeña en rebrotar se asemeja a esos fogonazos que te ponen delante todo tu pasado. No se olvida nada de lo que se vive. Si acaso se anega como esos pueblos de los pantanos o se cubre de un asfalto metafórico. La naturaleza siempre encuentra el camino de vuelta. Me gusta mirar esa hierba que mi perro huele como si estuviera rastreando las sombras del barranco que está debajo de la calle. Viene de muy abajo, atravesando alcantarillas y abriéndole heridas al hormigón armado. Lo bello nunca muere para siempre y, tarde o temprano, encuentra la manera de volver a asomarse. Nuestros recuerdos también se abren paso por esas grietas que a veces deja el tiempo para que nos alonguemos al pasado.

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