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El salvavidas

Lo vi durmiendo en un banco al final de la calle de Triana. Estaba amaneciendo. Debía tener más o menos mi edad. Lo recuerdo agarrado a las primeras litronas hace años por las plazas de Vegueta. Iba siempre con un libro y se empezaba a juntar con los borrachos habituales de la zona. No conozco nada de su vida, y sin embargo, a rachas, he sido testigo de su caída. Alguna vez me pide un euro y se lo doy, pero casi siempre nos saludamos con esa confianza que da el cruce diario por las mismas rutas de las ciudades que habitamos. Cada vez está más desaliñado. Hasta ahora no lo había visto durmiendo en la calle, pero supongo que en su entorno lo habrán dado por imposible, o que él mismo, como esos animales heridos que se internan en el bosque cuando saben que están acabados, ha ido buscando acomodo lejos de sus afectos y de todos aquellos que habrán agotado su paciencia tratando de ayudarlo.
Me gusta caminar por la ciudad muy temprano. A veces corro por la Avenida Marítima cuando el mar solo es un reclamo sonoro que uno tiene que imaginar entre las luces de los barcos que ya empiezan a improvisar singladuras por las aguas. Otras veces, sobre todo los fines de semana, camino por las calles casi sin coches y sin gentes como si fuera reconociendo los rastros de las sombras de quienes fueron transitando mucho antes que yo por estos laberintos cotidianos que a veces nos desorientan delante de un semáforo. Él dormía plácidamente, como me imagino que dormiría de niño en su cama; pero entonces no habría una botella de vino peleón a su lado, ni estaría emboscado entre cartones que solo dejan a la vista su cara cada vez más avejentada e irreconocible. Cuando camino suelo ir pensando en mis cosas y apenas reparo en quienes me voy encontrando por las calles. Reconozco que cada día soy más despistado y más misántropo; pero a él lo hubiera visto todo el mundo esa mañana porque nadie pasa de largo ante un salvavidas de colores en medio de la calle de Triana. Lo tenía apoyado en su cabeza, como si quisiera salvarse de todas las corrientes que le estaban ahogando. Lo imaginé en las playas de su infancia con un salvavidas semejante, descubriendo esa sensación inolvidable que es flotar entre las aguas y que, quizá, solo se parece a la primera vez que volamos sobre una bicicleta ya sin el apoyo de los ruedines que iban refrenando nuestras ansias de correr más allá de nuestra propia mirada. Apenas se movía. No era como esos durmientes de Machado que viven en paz con los hombres y en guerra con sus entrañas. Él parecía un niño flotando en medio de la nada cotidiana. Quizá, al despertar, ese salvavidas se termine convirtiendo en una metáfora que le ayude a nadar entre las turbias aguas del morapio peleón que, día tras día, va ahogando cada una de sus pocas esperanzas.

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