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Archivos Diciembre 2018

Estábamos en clase y nadie fue capaz de asomarse a la ventana. La mujer que estaba hablando a gritos en la calle por teléfono no sabía que justo encima estábamos nosotros. También estaba su mejor amiga. Repitió su nombre y su apellido varias veces y fue contando muchas intimidades zahirientes de su vida. Supuestamente estaba de viaje, eso es lo que le decía a las personas más cercanas para evitar los compromisos y poder asistir a aquel taller de pintura en una de las calles más silenciosas del casco viejo. Luego hubo un silencio y sonó el teléfono de esa misma alumna que había escuchado cómo la despellejaban a lo lejos. Aceptó la llamada, saludó y guardó silencio. En la calle sí escuchábamos a la otra decirle una y otra vez que era su mejor amiga. Le dijo que la estaba llamando desde la avenida de la playa y le empezó a contar cómo estaba el mar que tenía delante. El mar quedaba lejos de aquella zona de la ciudad en la que aprendíamos a pintar todos los sábados por la mañana. Nuestra compañera guardó silencio y comenzó a pintar ese mar que la otra se estaba inventando. Cuando le escuchaba la palabra azul, ella coloreaba con los tonos grises con los que Turner pintaba las tempestades. De la defensa contra la hipocresía humana salen a veces las mejores obras de arte.

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Subió al coche y se sentó a su lado. Le dijo que la quería. Hacía cincuenta años su madre había sido su primera novia, pero ella no lo conocía de nada. La hija de ese señor le pidió disculpas y le contó que hacía tres años que había perdido la noción de la realidad y la memoria. Él la miraba como miró a su madre justo antes de que los dos se dieran su primer beso.

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Hay un falso mito de los escritores que hace que muchos que sueñan con ser escritores se queden por el camino. Les cuentan que se escribe desde el embrujo de la inspiración y que el trabajo es para otras profesiones y para otras ocupaciones más o menos vocacionales. No leen y no escriben. Solo persiguen una fama de calderilla y alamares, toda esa quincalla que ahora se busca para lucir durante unas pocas horas en las redes sociales o en un sarao de fin de semana.
En mis talleres de escritura siempre comienzo diciendo que no existen los milagros sino el trabajo, la voluntad y el deseo inquebrantable de aprender, de perseverar y de escribir como un galeote, que era como decía Galdós que tenían que escribir los novelistas. Pero sobre todo hay que leer. Cuando comienzo a explicar el cuento, por ejemplo, les remito a las lecturas de Chéjov o de Henry James, y casi les invito a que abandonen las clases y se adentren en la obra de alguno de esos maestros con los que hemos ido aprendiendo quienes escribimos desde hace mucho tiempo. En esos talleres nunca falta Steinbeck, ni la recomendación de su obra, ni sus consejos, sobre todo su primer consejo: "día a día, página a página". Así escribió Las uvas de la ira, La perla o Al este del Edén, mirando a su alrededor, leyendo, aposentando lo mirado, y luego escribiendo, día a día, no pensando en las doscientas o trescientas páginas que tenía por delante sino en la siguiente palabra o en el renglón que iba justo debajo del que trazaba. Y no siempre sale, pero si no lo intentas, si no desfalleces, sí que no saldrá nunca nada, o por lo menos no saldrá una novela, esa carrera de fondo con muchos desfallecimientos, con demasiados abandonos, pero con una recompensa impagable cuando uno llega a la meta del punto y final que, lejos de cerrar, deja casi todas las historias abiertas.
A Steinbeck, como a otros muchos escritores del siglo veinte, no se le entendería sin el periodismo y sin el cine. Muchos decían que se le no-taba la sombra de Hemingway, y hasta Harold Bloom lo dejó fuera de ese supuesto canon que hay que tener siempre en mente si uno quiere presumir de fondo y de sapiencia literaria. No pudieron con Steinbeck porque él sabía perfectamente lo que quería y hacia dónde encaminar su literatura. Fue tremendamente crítico con el sistema capitalista, pero además sus novelas ponían el acento en lo pequeño, en la aldea lejana más que en la gran urbe en donde es más fácil contar para que te entiendan.
No buscaba la fama. Ese era otro de sus consejos, que no había que escribir nunca para el gran público. Siempre es más fácil llegar a más lectores contando los oropeles o siendo un romántico almibarado que poniendo el acento en la frustración y en la miseria: al paso de los años lo único que queda es la literatura, sea cual sea el tema, pero si encima el tema nos ayuda a entender un tiempo lejano esos libros casi se convierten en indispensables. En muchos casos, además, hemos llegado a las novelas de Steinbeck después de ver las películas de sus obras, y no era fácil borrar la imagen de Henry Fonda en Las uvas de la ira o de James Dean (el que tiraba piedras a una casa blanca en la canción de Aute) como aquel chico rebelde en Al este del Edén. Sin embargo, desde que empiezas a leer, esos personajes cambian de cara y de presencia y se hacen a nuestra imagen y semejanza siguiendo el rastro de las palabras del gran escritor norteamericano. Ya hace cincuenta años que dejó de latir el corazón de John Steinbeck, pero sus libros se siguen reeditando y su mirada hacia el mundo que veía y contaba sigue estando aún más vigente en un siglo que continúa orillando a millones de personas que se siguen negando a ver la vida desde el otro lado de una alambrada. Steinbeck escribía de un tirón, página a página, y luego regresaba a ese texto y lo iba puliendo poco a poco, quitando lo que sobraba y buscando los puntos de vista que casi siempre se esconden debajo de las gran-des cifras, de las alfombras y a veces también de las propias palabras.

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Onetti puede ser nuestro Kafka más cercano. No se parece a ninguno de los otros escritores que conozco en castellano. Realmente no se parece a nadie. Con quien primero lo relacioné cuando lo leí fue con Kafka. O a lo mejor leí a Onetti antes que a Kafka. Las letras siempre terminan confundiéndose. Los dos son escritores que se adentran por recovecos extraños. Luego escribes sin saber que mucho de lo que narras no es más que el eco de lo que ya escribieron otros. Onetti, además, es hipnótico, como si sus palabras dejaran al desnudo tu propia conciencia. O te rindes o dejas de leer. Yo siempre me rindo ante sus argumentos. Quizá porque cuenta como pocos el fracaso y la derrota; pero lo hace sin estridencias, sin excesivos alardes y sin grandes fuegos de artificio literario.
Se vale de la ironía y de la música del lenguaje para esquivar cualquier tentación maniquea o lastimera. Si te adentras en Santa María y miras a los ojos del alma de sus personajes nunca podrás dejar de amar la literatura. A Onetti lo escuchas todo el tiempo, como si su voz se quedara improvisando acordes más allá de cada uno de sus verbos. Se parece mucho a la música de Stravinsky o a las improvisaciones de los grandes del jazz. No se termina nunca y queda resonando en tu recuerdo como esos acordes lejanos de Charlie Parker que te acompañan aunque lleves años sin escuchar el sonido de su saxo.
Escribía cuando quería o cuando lo necesitaba para seguir sobreviviendo. Los que lo visitaban en su piso de la Avenida de América de Madrid te hablan de sus silencios o de su conversación entrecortada por interminables miradas o por largas pausas confundidas entre el humo azul de los cigarros. Un buen día decidió convertirse en un encamado. Digamos que cumplió aquel sueño de cuando éramos niños y no queríamos volver nunca más al colegio. Se quedó en la cama rodeado de libros, con un viejo transistor y con un bloc para tomar notas. Dicen que solo se entendía divinamente con los niños y con su perra; aunque luego dijera, para justificar ese encierro, que no salía de la cama porque La Biche, una fox terrier con la que aparece en numerosas fotos, le mordía siempre las zapatillas.
Vivió en un permanente exilio interior, como si intuyera que solo podemos regresar al paraíso a través de las palabras que se sueñan; aun sabiendo que los paraísos siempre serán una utopía inalcanzable que se escapa tras el horizonte de un último renglón o de un último verso. Por eso seguimos leyendo y escribiendo, para que no acaben nunca los renglones que nos salvan. Ahora me doy cuenta de que todo eso lo aprendí con Juan Carlos Onetti cuando no sabía que estaba aprendiendo tanto. Nunca será un bestseller. Y si algún día lo fuera este mundo sería mucho más habitable. Lo que jamás dejará de tener Onetti serán lectores nuevos que entenderán un poco mejor que la vida se puede reinventar cada segundo con unas cuantas palabras. Solo hay que saber mirar para luego escribir sin prisas y sin más intención que la de seguir sobreviviendo. Lean a Onetti. Los que lo han leído saben que nunca se aleja de tu lado. No serás ni más rico ni más sabio; pero aprenderás que la vida, aun con sus sombras y sus fracasos, siempre tendrá algún sentido literario.

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Las costas de la ciudad eran golpeadas con saña por el océano. Casi todos dormían. Él paseaba por la avenida de la playa o por la otra más larga que iba recorriendo el trazado del puerto. El viento viraba las proas de los barcos. Veía las luces de algunos de esos taxis que recorren las calles solitarias o escuchaba los gritos beodos de algún grupo de chonis desnortados por la madrugada. Casi no dormía. Le bastaba con tres horas de sueño para recuperar su cuerpo y para borrar los pasos de los días que iban pasando. Hace años escribía con tiza en las aceras. La ciudad amanecía llena de poemas anónimos. No hacía falta que los borrara nadie. Se iban difuminando poco a poco hasta no dejar ningún rastro. Estaba empeñado en que todos los versos deberían escribirse siempre con tiza porque la poesía te va dejando en evidencia a medida que envejeces. Ya casi no escribe, y cuando lo hace se conforma con trazar algunas palabras sueltas que va dejando en la arena antes de que suba la marea. Su cuerpo se altera al mismo tiempo que el océano. Hace años no sabía por qué se levantaba convulso o sereno algunas mañanas. Pensaba que eran resquicios de alguna pesadilla. Todos los que ahora duermen no saben que dentro de un rato se despertarán tan inquietos como esas olas que ahora acunan sus sueños. Tampoco reconocen que los días en que abren los ojos serenos y contentos es porque el mar es ese piélago inmenso que casi no se mueve alrededor de las rocas. Los días de mareas revueltas intenta quedarse en su casa. Todos salen atropellando sombras a las calles. No hay oráculo que supere la predicción de una marea. Siempre explica que nosotros también somos agua a merced de la luna y de todas las corrientes. Si te acercas a la orilla justo antes de que amanezca lo verás volver como si viniera siempre de muy lejos. El salitre también se parece a la tiza que escribe con manchas blancas lo que ya no tenemos.

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El cauce del barranco Guiniguada que separaba Vegueta de Triana se niega a desaparecer. Estuvo miles de años donde ahora el asfalto no llega ni siquiera al medio siglo. Está empezando a recuperar el terreno perdido por los márgenes de la carretera del Centro. Si miras hacia el suelo de la calle Mesa de León verás cómo ha empezado a brotar la hierba entre los adoquines. Si la vida fuera un parpadeo de unos cuantos siglos, cada vez que abriéramos los ojos veríamos un mundo totalmente diferente en el mismo sitio. Ahora se escuchan coches donde antes corría el agua, y los puentes solo los podemos ver en la imaginación o en esas fotos antiguas que colocan en muchos locales para que nos entretengamos recordando lo que vieron otros mucho antes.
Siempre me han fascinado las historias de los pueblos hundidos en los pantanos o en las presas. Cuando era niño y me escapaba a la presa de Las Garzas de Guía mi abuela nos contaba cómo era el paisaje que estaba debajo del agua. Para ella no había cambiado nada, y me imagino que dentro de dos mil años aquellos árboles que ella vio volverán a rebrotar sobre la tierra. La ciudad que caminamos a diario también tuvo dunas donde ahora solo hay edificios y asfalto. Siempre que llega alguien de fuera y le explicas cómo era el istmo que separaba Las Canteras del Puerto te mira como si le estuvieras contando el argumento de algún libro de Julio Verne. Tampoco se creen que la arena estuviera hace apenas veinte años junto a Mesa y López o en la zona de La Minilla. Son muchos los Guiniguadas que quedaron sepultados bajo el asfalto de la especulación y de ese crecimiento demencial y caótico de una ciudad que no supo conservar algunos de sus paisajes más emblemáticos. La vida también está llena de Guiniguadas por todas partes. A veces nos confundimos y nos empeñamos en esconder lo que realmente merece la pena. Dentro de cada uno de nosotros hay querencias que anegó el olvido y que llevan sumergidas muchísimos años. Un día te levantas y recuerdas una cara o te aparece el olor de un perfume que relacionas con alguien de quien estuviste enamorado. De alguna manera la hierba que se empeña en rebrotar se asemeja a esos fogonazos que te ponen delante todo tu pasado. No se olvida nada de lo que se vive. Si acaso se anega como esos pueblos de los pantanos o se cubre de un asfalto metafórico. La naturaleza siempre encuentra el camino de vuelta. Me gusta mirar esa hierba que mi perro huele como si estuviera rastreando las sombras del barranco que está debajo de la calle. Viene de muy abajo, atravesando alcantarillas y abriéndole heridas al hormigón armado. Lo bello nunca muere para siempre y, tarde o temprano, encuentra la manera de volver a asomarse. Nuestros recuerdos también se abren paso por esas grietas que a veces deja el tiempo para que nos alonguemos al pasado.

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Lo vi durmiendo en un banco al final de la calle de Triana. Estaba amaneciendo. Debía tener más o menos mi edad. Lo recuerdo agarrado a las primeras litronas hace años por las plazas de Vegueta. Iba siempre con un libro y se empezaba a juntar con los borrachos habituales de la zona. No conozco nada de su vida, y sin embargo, a rachas, he sido testigo de su caída. Alguna vez me pide un euro y se lo doy, pero casi siempre nos saludamos con esa confianza que da el cruce diario por las mismas rutas de las ciudades que habitamos. Cada vez está más desaliñado. Hasta ahora no lo había visto durmiendo en la calle, pero supongo que en su entorno lo habrán dado por imposible, o que él mismo, como esos animales heridos que se internan en el bosque cuando saben que están acabados, ha ido buscando acomodo lejos de sus afectos y de todos aquellos que habrán agotado su paciencia tratando de ayudarlo.
Me gusta caminar por la ciudad muy temprano. A veces corro por la Avenida Marítima cuando el mar solo es un reclamo sonoro que uno tiene que imaginar entre las luces de los barcos que ya empiezan a improvisar singladuras por las aguas. Otras veces, sobre todo los fines de semana, camino por las calles casi sin coches y sin gentes como si fuera reconociendo los rastros de las sombras de quienes fueron transitando mucho antes que yo por estos laberintos cotidianos que a veces nos desorientan delante de un semáforo. Él dormía plácidamente, como me imagino que dormiría de niño en su cama; pero entonces no habría una botella de vino peleón a su lado, ni estaría emboscado entre cartones que solo dejan a la vista su cara cada vez más avejentada e irreconocible. Cuando camino suelo ir pensando en mis cosas y apenas reparo en quienes me voy encontrando por las calles. Reconozco que cada día soy más despistado y más misántropo; pero a él lo hubiera visto todo el mundo esa mañana porque nadie pasa de largo ante un salvavidas de colores en medio de la calle de Triana. Lo tenía apoyado en su cabeza, como si quisiera salvarse de todas las corrientes que le estaban ahogando. Lo imaginé en las playas de su infancia con un salvavidas semejante, descubriendo esa sensación inolvidable que es flotar entre las aguas y que, quizá, solo se parece a la primera vez que volamos sobre una bicicleta ya sin el apoyo de los ruedines que iban refrenando nuestras ansias de correr más allá de nuestra propia mirada. Apenas se movía. No era como esos durmientes de Machado que viven en paz con los hombres y en guerra con sus entrañas. Él parecía un niño flotando en medio de la nada cotidiana. Quizá, al despertar, ese salvavidas se termine convirtiendo en una metáfora que le ayude a nadar entre las turbias aguas del morapio peleón que, día tras día, va ahogando cada una de sus pocas esperanzas.

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Escribía siempre a mano y luego dejaba reposar los textos. No para corregirlos con perspectiva. Tampoco para saber si, ya lejos de la euforia inmediata, valían realmente para algo. Él esperaba encontrar el olor de cada texto, el aroma que dicen que dejan las palabras que realmente sirven para algo. Siempre nos decía que los textos que realmente valen la pena son aquellos que terminan oliendo como olería un día de primavera en medio de un páramo helado de Siberia.

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