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Remedios la Bella

Alguien decía en la radio que había muerto aquel escritor que era hijo de un telegrafista de Aracataca. A ella se le acababa de derramar la leche mientras preparaba el desayuno de sus nietos en un piso de Queens. Tenían un pequeño establecimiento en el que servían almojábanas colombianas, empanadas tolimenses y zumos de guanábana. Uno de los hijos de su prima era conductor en una de las guaguas que hacían el recorrido por los barrios que rodean Manhattan y venía varias veces al día cargado de turistas. Con lo que venden a esos viajeros y con los consumos de los compatriotas pueden ir tirando. Aquel escritor la había hecho subir al cielo cuando tendía la ropa en Macondo (Macondo era un pueblo inventado, como el pueblo de esa vecina mexicana que dice que vivió en Comala rodeada de muertos). Nadie entendió que aquella imagen no era más que un recurso literario. Ella se casó, tuvo dos niños y se vino a vivir a Nueva York hace muchos años. Ahora cría a sus nietos y sigue preparando cada mañana las empanadas tolimenses y las almojábanas que vende su marido en la calle más colombiana del barrio.

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