los blogs de Canarias7

« La conferencia del fantasma |Inicio| Franz »

Reencuentros lejanos

Supo que había vuelto antes que nadie. Lo notaba en el aire que respiraba, en el color del cielo y en el temblor de sus propios pasos cuando tenía que decidir su destino entre dos calles. Sabía que él estaba cerca. Podía estar encerrado en una cafetería o en una habitación de algún hotel cercano; pero estaba en la ciudad, eso lo sabían sus poros y su repentina melancolía, y también los abrazos que estaba deseando darle. Nunca se lo podría decir a nadie. No podían saber que ella sabía que había regresado ni tampoco que deseaba abrazarlo con toda su alma.
Caminaba hacia la guardería para recoger al más pequeño de sus nietos. No había parado de llorar los primeros días. Con sus hijos llevó mejor ese robo diario de la inocencia que tiene lugar en las aulas. En aquellos momentos ni siquiera había periodos de transición. Los dejaba llorando en un zaguán y venía a buscarlos muchas horas más tarde. A su nieto lo iban dejando cada día un rato más, y era ella la que se encargaba de ir a liberarlo de ese encierro que el pequeño ya casi presentía que iba a durar muchos años. De alguna forma, todo lo que vivimos no es más que un presentimiento. No importa que luego no recordemos. Ella sabía que él estaba cerca. Se habían separado hacía treinta y cinco años; pero no había día en que no lo recordara. Le acompañó al aeropuerto aquella mañana. Quería ser pintor y vivir en París. Le prometió que vendría a buscarla cuando triunfara. Nunca ha leído su nombre en ninguna parte. Algunos lo daban por muerto. Solo escribió cuatro cartas el primer año. Conoció al que ahora es su marido tres años después de aquella partida. Se estrenaba como juez en su ciudad, y aquí se ha quedado desde entonces subiendo cada año un poco más en el escalafón judicial. Nunca le ha comentado nada de aquel hombre que se fue un día buscando la gloria artística a París. No sabría qué hacer si lo reconociera por la calle. Él está en la ventana de uno de los pisos altos del hotel más céntrico de la ciudad. La ve caminando con su nieto entre cientos de personas. Ella sabe que le está mirando. Se suelta el pelo y deja que el flequillo se mueva como a él le gustaba pintarlo. No pinta hace muchísimos años; pero logra trazar en el aire una pincelada que atrape ese movimiento de sus cabellos alborotados por el viento del océano cercano. Una mujer extranjera, más o menos de su misma edad, le pide que cierre la ventana. Ella levanta la cabeza un momento y mira hacia el cielo mientras su nieto le repite una y otra vez el nombre de la primera amiga que ha conocido en el parvulario.

| | Comentarios (0)

Escribir un comentario

Páginas

  • Carrete