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Las dos torres

Las dos torres no han envejecido de la misma manera. Una tiene la piedra más oscura y la otra más desgastada por el viento, la lluvia y ese solajero intenso que ilumina la ciudad cuando se marcha el alisio. Las tienes que mirar desde lejos, desde la calle Terrero, por ejemplo, o bajando desde el Risco de San Nicolás. Yo creo que también nosotros, si nos observáramos a una cierta distancia, veríamos que nuestro brazo derecho es diferente al izquierdo, o que incluso cada uno de nuestros ojos ha guardado vivencias diferentes. Y también cada hueso, cada músculo que no vemos y cada uno de esos poros que han ido sintiendo caricias, escalofríos inesperados o emociones que a veces nos convierten en privilegiados dioses pasajeros.
La vida pasa cerca de nuestro cuerpo, como ese viento que no se ve y que revuelve nuestros cabellos o nos espabila cuando caminamos con la mirada perdida por las aceras. Esas torres de la catedral de Santa Ana también han visto pasar la vida de mucha gente durante años. Ahora se puede subir a una de ellas para ver lo pequeña que se ve la ciudad cuando la observamos desde tan alto o desde tan lejos. Sucede lo mismo cuando te alejas en un velero y ves cómo se pierden los contornos en donde los ambiciosos y los trepas se siguen creyendo estúpidamente eternos. No sé qué piedras se pusieron primero, ni cuál de las dos torres se encaramó antes en lo más alto de una ciudad con barrancos por los que corría el agua camino del océano. La primera vez que percibí ese envejecimiento diferente pensé que a lo mejor solo era una percepción de mi propia mirada o un efecto producido por la posición del sol o por alguna nube que en ese momento se había empeñado en ensombrecer una de las torres centenarias. Pero luego me he dado cuenta de que cada piedra envejece de forma diferente, que da lo mismo que datemos una construcción en un siglo determinado, o que nos empeñemos en emparentar lo que el tiempo siempre separa a su conveniencia. No tiene nada que ver que alguien naciera en nuestro mismo año. Cada cual envejece o se conserva joven a su manera, o ve cómo se arruga su piel mientras su espíritu sigue manteniendo intactas las ilusiones de los veinte años. También cada uno suele tener la mirada que se ha ido trabajando con el tiempo. Somos como esas piedras que reciben el azote de los alisios o los rayos del sol que hacen olvidar el frío del invierno en nuestro propio cuerpo. Y si miramos todavía más cerca esas torres de la Catedral de Santa Ana, subiendo Obispo Codina o rodeándolas por Espíritu Santo, San Marcial o el Pilar Nuevo, veremos que en la torre más desgastada se empeña en crecer una planta que sueña con ser árbol y que algunas veces tiembla cuando repican las campanas o cuando azota ese viento que baja de la cumbre desde hace miles de años.


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