los blogs de Canarias7

Archivos Septiembre 2018

Bajó las persianas y se encerró en su despacho. Llegó mucho antes que nosotros. No nos extrañó porque era habitual que llegara primero que nadie y que se encerrara a trabajar aprovechando el silencio de las primeras horas. Pero aquel día no salió en toda la mañana y cuando lo llamábamos por línea interna no descolgaba el teléfono. Cuando nos íbamos a marchar a casa todavía seguía encerrado. El jefe tocó en la puerta. Quiso abrir, pero estaba cerrada con llave. Vinieron los de mantenimiento y lograron abrirla en unos pocos minutos. Todos estábamos expectantes. Solo vimos una gran mancha de agua y una iguana gigante. Él no estaba por ninguna parte. Nadie hizo preguntas. Los de mantenimiento se llevaron la iguana y la señora de la limpieza secó el charco. Mañana me tocará a mí trabajar en ese despacho. Me han ascendido; pero en casa no he comentado nada. Mi mujer me ha dicho que he llegado con cara de sapo. He querido contarle lo de la iguana; pero tenía miedo a que se diera cuenta de que mi cara no era realmente la de un batracio.

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La conquistó gracias a aquel lumbago que le duró casi un mes. Durante ese tiempo tuvo que ponerse una crema que olía a menta. Ella se sintió inmediatamente atraída cuando se lo tropezó en la salida del metro. Él nunca había amado a una mujer tan bella. Miento: sí las había amado toda la vida, pero ellas se mostraban siempre distantes y jamás le hicieron caso. Al paso del mes, cuando se curó por completo el lumbago (los últimos días ya solo tenía pequeños ramalazos), ella se alejó de repente. No se atrevió a decirle que lo que le atraía era el aroma que dejaba la menta de aquella crema en su espalda. Si él lo hubiera sabido aún se estaría untando antes de salir de casa; pero ella no quiso herir su amor propio y regresó a su país sin dejarle ningún teléfono ni ninguna dirección donde poder localizarla.

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Las dos torres no han envejecido de la misma manera. Una tiene la piedra más oscura y la otra más desgastada por el viento, la lluvia y ese solajero intenso que ilumina la ciudad cuando se marcha el alisio. Las tienes que mirar desde lejos, desde la calle Terrero, por ejemplo, o bajando desde el Risco de San Nicolás. Yo creo que también nosotros, si nos observáramos a una cierta distancia, veríamos que nuestro brazo derecho es diferente al izquierdo, o que incluso cada uno de nuestros ojos ha guardado vivencias diferentes. Y también cada hueso, cada músculo que no vemos y cada uno de esos poros que han ido sintiendo caricias, escalofríos inesperados o emociones que a veces nos convierten en privilegiados dioses pasajeros.
La vida pasa cerca de nuestro cuerpo, como ese viento que no se ve y que revuelve nuestros cabellos o nos espabila cuando caminamos con la mirada perdida por las aceras. Esas torres de la catedral de Santa Ana también han visto pasar la vida de mucha gente durante años. Ahora se puede subir a una de ellas para ver lo pequeña que se ve la ciudad cuando la observamos desde tan alto o desde tan lejos. Sucede lo mismo cuando te alejas en un velero y ves cómo se pierden los contornos en donde los ambiciosos y los trepas se siguen creyendo estúpidamente eternos. No sé qué piedras se pusieron primero, ni cuál de las dos torres se encaramó antes en lo más alto de una ciudad con barrancos por los que corría el agua camino del océano. La primera vez que percibí ese envejecimiento diferente pensé que a lo mejor solo era una percepción de mi propia mirada o un efecto producido por la posición del sol o por alguna nube que en ese momento se había empeñado en ensombrecer una de las torres centenarias. Pero luego me he dado cuenta de que cada piedra envejece de forma diferente, que da lo mismo que datemos una construcción en un siglo determinado, o que nos empeñemos en emparentar lo que el tiempo siempre separa a su conveniencia. No tiene nada que ver que alguien naciera en nuestro mismo año. Cada cual envejece o se conserva joven a su manera, o ve cómo se arruga su piel mientras su espíritu sigue manteniendo intactas las ilusiones de los veinte años. También cada uno suele tener la mirada que se ha ido trabajando con el tiempo. Somos como esas piedras que reciben el azote de los alisios o los rayos del sol que hacen olvidar el frío del invierno en nuestro propio cuerpo. Y si miramos todavía más cerca esas torres de la Catedral de Santa Ana, subiendo Obispo Codina o rodeándolas por Espíritu Santo, San Marcial o el Pilar Nuevo, veremos que en la torre más desgastada se empeña en crecer una planta que sueña con ser árbol y que algunas veces tiembla cuando repican las campanas o cuando azota ese viento que baja de la cumbre desde hace miles de años.


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Los bucios, cuando se escuchan en la lejanía, viajan hacia un pasado remoto, mucho más allá de la historia que está escrita y de la que intuimos antes de que trazáramos con letras y números las grandes gestas o la memoria de los humanos que buscaron eternizarse en estatuas, en batallas o en laureadas glosas. El eco de los bucios viene desde la noche de los tiempos y atraviesa paisajes ahora sumergidos en los océanos del olvido. Nos devuelve a lo atávico y a lo que estuvo antes de que llegáramos nosotros con los automóviles y las pantallas. El bucio sigue sonando en las cumbres cubiertas de neblina, entre la bruma de los barrancos y en cualquiera de esas playas de arena negra, roca y callaos que mueve el agua como si fueran dados en el azar del tiempo.
Hace muchos años, en mi pueblo, una plaga de langostas arrasó todas las cosechas y no dejaba que creciera nada nuevo en los campos. Había hambre y miseria, sueños rotos y esa sensación de fragilidad que encuentra el hombre cuando se enfrenta a los desastres de la naturaleza. Una plaga de langostas era en la biblia una de las puertas de entrada al apocalipsis, un final inevitable, el ser humano como un frágil animal a merced del siroco y de ese mal fario que reaviva las desgracias y las catástrofes.
En aquel momento, los agricultores salían a las fincas haciendo sonar sus bucios y golpeando cajas de guerra, esos tambores que también resuenan en nuestro estómago con el estruendo lejano de la selva. En la oscuridad de los campos, el eco de los bucios era lo único que podía espantar a las langostas que aparecían en grandes nubes que nublaban de repente el cielo y angustiaban a quienes dependían de aquellas cosechas para alimentar a sus hijos y a sus sueños. Muchos años después, los descendientes de aquellos agricultores siguen saliendo a los campos y a las calles de mi pueblo cada tercer domingo de septiembre. Ayer fue la Bajada desde Vergara y hoy se celebrará la romería que renueva una promesa a la Virgen de Guía que pasa de padres a hijos. En esa romería, y ayer en la bajada camino de Ingenio Blanco y de San Roque, el sonido regresa al pasado de aquellos mayordomos que hacían sonar esos mismos bucios entre las langostas. Pero ese pretérito es todavía más lejano y nos devuelve el eco de quienes estaban antes de que llegaran los conquistadores. Bucio viene del portugués Búzio, una palabra bella que cuando suena atraviesa siglos y océanos. Uno imagina a Tenesor Semidán en Guayedra, después de haber perdido la batalla y el paraíso, escuchando el lamento de esos bucios procedentes de Tamadaba o de Faneque. Si hoy acuden a Guía viajen lejos cuando escuchen el sonido de esas caracolas que un día estaban entre las rocas golpeadas por olas que aún siguen empeñadas en horadar las orillas de estas ínsulas remotas.

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Siempre dejaba en blanco una casilla de los crucigramas. Nunca acabó ninguno. Sabía las letras que iban en cada una de esas casillas, pero jamás se atrevió a escribirlas. Nadie le pidió nunca una explicación porque esos crucigramas los resolvía siempre en su habitación, con la puerta cerrada. Él decía que se sentaba a escribir novelas, pero lo único que hacía era dejar esos crucigramas siempre a medias. Luego los doblaba y los rompía en decenas de pedazos. Si alguien le hubiera preguntado no habría sabido qué responder. Temía lo perfecto, lo que supuestamente ya estaba terminado. Prefería siempre los finales abiertos cuando leía novelas. Esa casilla en blanco la veía como una especie de ventana que uno abre hacia un espacio infinito que jamás se sabe donde termina.

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Tienes que fijarte mucho en las fotografías para verlo. Él nunca sabe que está siendo retratado. Se sienta en las terrazas del centro a ver pasar la vida siguiendo el rastro de las palomas o los pasos apresurados de los ejecutivos. Lo puedes ver en muchas fotos que promocionan la ciudad y en las que publican en los periódicos o sacan los turistas en las redes sociales. Él cree que está escondido en esa ciudad lejana. No trates de localizarlo. Hay quienes eligen estar siempre a salvo en ese segundo plano de las fotos de quienes se creen importantes.

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Escribía Samuel Butler (el novelista) que "la vida es como dar un concierto de violín al tiempo que se aprende a tocar el instrumento". Pocas veces me he encontrado una definición más certera de nuestra existencia. Uno es siempre el único solista en el escenario, y tenemos que fingir, como el poeta de Pessoa, que sabemos tocar y que dominamos el instrumento. Pero cada uno de nosotros sabe que no tenemos ni idea de la próxima nota ni del siguiente movimiento de ese concierto. Los demás nos miran atentos, y nosotros también nos asomamos a nuestros espejos con cara de saber lo que estamos haciendo. Movemos los dedos y el arco se desliza entre las cuerdas. Suena la música y respiramos, y amamos, y salimos a comprar el pan o a bañarnos en el océano. A veces nos atenaza el miedo escénico, y de vez en cuando, como en aquella canción de Serrat, "la vida se despliega como un atlas y nos sentimos en buenas manos."

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Pisó una galleta en mitad de la calle y notó como si se quebrara una infancia lejana.

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Se mantuvo callado, mirándonos fijamente. Ya había escrito en otro tiempo. Intuía miles de palabras que habían quedado en el otro lado del espejo. No tenía nada que decir. Sabía que alguien le estaba escuchando en otra parte, leyendo en silencio, dejando ecos en algunos de esos extraños y fascinantes universos que acontecen siempre en lo más ignoto del cerebro humano.

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Septiembre era el mes en el que amainaba el viento y se apuraban los amores de verano. El otoño aún parecía una estación lejana, y los días no sabían si agarrarse a la mano de octubre o seguir sesteando entre los rescoldos de agosto. Ella paseaba por la orilla a primera hora de la mañana. Cumplía un sueño. A veces los sueños se cumplen cerca de la playa.

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Ni siquiera la tienen mis padres. Me pagaron toda la carrera con la ilusión de ver colgada la foto de la orla en la pared del salón de su casa. Cuando voy a comer con la familia me encuentro las orlas de mis dos hermanos y las de mis padres. Todos son médicos. Yo también soy médico. Ellos no entendieron que yo no quisiera colgar mi fotografía en ninguna parte. Estamos todos. También está ella. Le dio un ictus mientras tendía la ropa en la solana del piso que compartía con dos compañeras de la universidad. No era Remedios la Bella. Ella se quedó tendida en el suelo con las trabas sembradas a su alrededor. Su madre quiso que el fotógrafo se acercara a la morgue y la sacara con los ojos abiertos. Esa misma tarde habíamos quedado todos para hacernos la foto. Su imagen estaba justo a mi lado. El orden alfabético también se había aliado con nosotros. Cuando alguien miraba la fotografía de la orla reconocía inmediatamente los ojos inexpresivos de la muerta. Era la única que no sonreía. Salimos juntos los tres últimos años de la carrera.

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Escuchaba siempre el aullido de un fauno entre el tercer y el cuarto movimiento de la Quinta Sinfonía de Beethoven. Daba lo mismo el teatro, la orquesta o el aparato del que saliera la música. Siempre aparecía el mismo aullido lejano. No era un lobo, era un fauno, pero nunca se lo dijo a nadie. Le hubieran dicho que los faunos no existen. Él fue fauno en un tiempo lejano y en un lugar al que solo llegaba el sonido de la música que traía el viento desde más allá de las montañas.

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