los blogs de Canarias7

Archivos Agosto 2018

Se extravió en un sueño. Lo supo cuando abrió los ojos y no sabía dónde estaba. En ese sueño caminaba entre calles que no conocía, como si de repente le hubieran cambiado la vida entera. Ahora se da cuenta de que era uno de esos sueños premonitorios de los que tanto se escribían en las tragedias griegas. Escucha lo que le explican a su hijo, el nombre de una enfermedad extraña, pero tampoco sabe que ese hombre es su hijo, ni que ese médico jugaba en su casa de pequeño cuando era él quien llegaba de la consulta y se tiraba en el suelo a jugar con ellos. Quizá en el próximo sueño termine encontrando la casa y las calles que han desaparecido de repente.

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El viejo te contaba que no eran nombres raros. Lo que sucedía es que tú no habías vivido los días del cine. Era el acontecimiento de cada semana. Cuando eran niños y no había televisión les parecían increíbles aquellos indios y aquellos vaqueros que siempre estaban a punto de caer de los caballos o de salir de la pantalla. Todos los domingos por la tarde tocaba soñar un rato. Se apagaba la luz y en aquel pueblo alejado del mundo aparecían Nueva York, las brumas de Londres o palacios centroeuropeos con reinas que parecían diosas. También participaban piratas o cómicos que hacían reír con una simple mueca. Ellos salían luego imitando todo lo que veían entre las calles de adoquines o en unas plataneras que muchas veces se terminaron convirtiendo en los bosques de Nottingham.
Más tarde, en la adolescencia, iban al cine con las novias, y allí encontraban la única oscuridad que les permitía dar los primeros besos como si fueran unos héroes enamorados que cambiarían el mundo con unos abrazos. Ya casados con aquellas primeras novias, seguían soñando en las sesiones de la noche que había otro mundo lejos de aquel pueblo y que, en cualquier momento, ellos podrían ser protagonistas de un drama o de una comedia como las que acontecían en Filadelfia o en Los Ángeles. Durante dos horas cada semana eran felices y soñaban mucho más allá de la pantalla. De eso hace mucho tiempo. Ya no hay cine en el pueblo, y no hay ninguna televisión que se pueda comparar con aquel acontecimiento. Se apagaban las luces y comenzaban los sueños. Ese viejo te está contando un mundo que ya queda lejos. Yo viví los últimos años, con el cine como el gran centro de atención de cada semana. Por eso no te suenan de nada los nombres. Todos los viejos terminaban siendo alguno de aquellos actores. También sus mujeres eran Rita Hayworth, Katherine Hepburn o Greta Garbo. Luego esos nombres se iban encogiendo y alguien dejaba de ser María para ser Greta o en lugar de Nieves pasaban a llamarse Katherine o Marilyn. Ellos también fueron John Wayne, Montogorie Clift o Gregory Peck. No había actor o actriz de entonces que no encontrara su semejanza en el pueblo. Yo crecí escuchando aquellos ecos del celuloide cuando me mandaban a comprar a la tienda de Chaplin o a la mercería de Lana Turner. Él no se está inventando nada. Conoció a toda esa gente que nombra, primero en el cine y luego en las calles. Tendrías que haber visto la cara de quien todos llamaban Gary Cooper cuando repusieron Solo ante el peligro en el cine del pueblo. Nosotros, cuando éramos pequeños, también salíamos de las sesiones de los domingos siendo un personaje para siempre. Y aún hoy recuerdo a muchos amigos por el nombre de algunos de aquellos vaqueros de las películas de John Ford o con el apelativo de un pirata que todavía debe seguir navegando por mares de ensueño.

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La infancia era como una playa que no acababa en ninguna parte. Las obligaciones llegaban en otoño con las clases, los horarios y los días más cortos y alejados de esa orilla en la que se confundía la brisa del mar con el griterío de amigos improvisados que se soñaban robinsones de un tiempo inventado entre las olas. Pero posiblemente lo único idílico sea el recuerdo que mantenemos de esa niñez que creemos siempre que era un paraíso.
Ahora regresamos al mar y nos bañamos en las mismas playas, y a veces revivimos esa sensación de paraíso que queda después de sentir el contraste frío de las aguas y ese rumor de los fondos marinos que termina adentrándose en nuestros propios sueños como pecios que quedaron olvidados en un océano sin nombre y sin pasado. Con el paso de los años vamos cambiando lo prioritario por lo rutinario, y lo que era una exaltación diaria de la vida por ese dejar que sean otros los que conduzcan nuestro destino sin decirles jamás lo que realmente deseamos. Estos días de agosto están siendo extraños, me acerco al mar con una niña que me recuerda cómo era yo cuando aún no tenía memoria, ni escribía, ni había empezado siquiera a ir al colegio. Todo en su mirada es alegría y la playa no es más que un Edén interminable en donde nunca quiere salir del agua. Por otro lado, estos días a un amigo le han diagnosticado una de esas enfermedades que siempre pensamos que les tocan a los otros, sin saber que esos otros también eran como nosotros hasta que alguien les cuenta que han de pasar por un quirófano y por sesiones de quimioterapia. Ese amigo entonces te cuenta que se arrepiente de todo el tiempo que ha perdido haciendo cosas que no le interesaban. Después de un derrumbe inicial está dispuesto a luchar para tener una nueva oportunidad de ser feliz y de regresar a la playa todo el tiempo. Uno asiste desde la distancia a esos contrastes diarios que nos regalan los días, y aprende que al final solo se trata de apostar al número que nosotros queramos, aun a sabiendas de que nos podemos estar equivocando. Solo aprenderemos de nuestros propios intentos, como esa niña que da las primeras brazadas ante un océano inabarcable mientras sonríe con la sonrisa más limpia y más feliz que uno pueda imaginarse, seguro que tan parecida a la que nosotros tuvimos a su misma edad en otros veranos perdidos entre la espesura del tiempo. Mi amigo me dice que si sale de esta vivirá la vida sin volver a ponerle nombre a los días en el almanaque. Está leyendo a Séneca. Me cita algunos párrafos. Cuántas veces olvidamos a Séneca o a Marco Aurelio. Despreciamos a los clásicos por cuatro aparatos informáticos; pero cuando has de verte cara a cara ante tu propio espejo, solo te quedan los sabios para recuperar esa alegría que una vez vivimos delante de una playa en la que creíamos que nunca terminaba la infancia.

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La encontramos en mitad de aquella carretera que conducía a la cumbre una madrugada de verano. Quedó cegada por las luces del coche. Nos miramos unos segundos después del frenazo. Toda la eternidad que no alcanzamos a entender estaba escrita en el fondo de aquellos ojos negros de la coruja.

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Francis Scott Fitzgerald le escribió una vez a su hija un verso de Shakespeare para que entendiera la vida y sobre todo el derroche del talento y de la belleza, o quizá la dejación de la virtud, esa tentación de dejar que todo se venga abajo y de derrochar el propio talento como hizo Fitzgerald tantas veces a lo largo de su vida. El verso de Shakespeare te detiene en ese límite casi imposible al que a veces llegan algunas palabras: "El lirio que se pudre huele peor que la maleza".
No se vive eternamente; quizá el único camino para alcanzar la felicidad sea el que acepte nuestra condición efímera sin apocalipsis y sin dramatismos que la destruyan antes de tiempo. Una vez asentado ese final inevitable, lo único que daría sentido a la existencia sería la búsqueda de la belleza y del amor. Si dejamos que esa flor que era única y casi sagrada se pudra, estaremos muriendo antes de tiempo, y cada cual decide ser flor o ser maleza. La podredumbre no solo tiene que ver con el tiempo.

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Nos perdemos, nos enredamos, nos entretenemos y nos confundimos de orilla muchas veces. Si regresas en busca del tiempo perdido recordarás que no se mojaba la magdalena en el té sino que se diluía en una cucharilla, y que lo que importa casi siempre es solo el sabor que deja lo vivido, esa sensación que revivimos una y otra vez cuando esa vivencia es realmente intensa y ha merecido la pena. Hay que leer a Marcel Proust para disfrutar de esa bendita menudencia de lo cotidiano, de lo que nunca parece literario hasta que no se traza y se mira con ojos nuevos o con ojos que sepan que todo lo vivido es milagroso y necesario si cuando lo contamos nos alejamos del lenguaje de las actas notariales.
Volvamos a Combray como si regresáramos a casa. Estoy con Rodrigo Fresán cuando dice que su patria es solo su biblioteca, esas referencias literarias que a veces han calado en nuestra alma más que nuestras propias vivencias, y por supuesto mucho más que los horarios, las horas muertas y casi toda esa morralla que se asoma últimamente a las pantallas. Lean despacio y con todo el tiempo del mundo, con el recobrado y, aunque parezca un contrasentido, también con el perdido y con el que va más allá de los tiempos verbales y de las evidencias.
Cuanto más minucioso y detallado se ha grabado un recuerdo más intensa es la vuelta al pasado. Por eso regresamos a unos recuerdos más que a otros, y muchas veces nos sorprendemos porque esos regresos suelen llevarnos a vivencias que no creímos que fueran importantes: el color de un atardecer reflejado en los cristales de nuestra casa, la brisa del mar en una playa en la que estuvimos unos pocos minutos reconociendo charcos, la voz de alguien que nos llama desde la lejanía o aquel olor del humo que dejaban las hogueras en las noches de junio. También cuando leemos y volvemos a los libros por los que una vez pasamos experimentamos ese regreso tan parecido a lo vivido, sobre todo cuando esos libros también han contado minuciosamente hasta el último detalle de lo que veían sus protagonistas, de lo que pensaban y de lo que soñaban escuchando la música de un piano, mirando un cuadro en un museo o atisbando toda esa vida que se va escribiendo a diario por las calles y que se pierde para siempre si alguien no la guarda en la memoria o la recoge en unas páginas. Todos esos retazos servirán luego para entender por qué los humanos somos como somos y seguimos ilusionándonos a pesar de aquellos pesares que cantaba el poeta y que son tan parecidos a los pesares y a las alegrías de quienes salen en las novelas. Volver a Proust es como regresar a casa, como sentarte cualquier tarde a recordar o a inventar la vida que no viviste pero que querrías haber protagonizado. Al fin y al cabo somos dioses en nuestros recuerdos y en cada una de nuestras palabras.

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Nadie se daba cuenta. Todos miraban hacia el cielo buscando estrellas fugaces. Solo aquel joven nos observaba intrigado todo el tiempo. Luego se fue con sus amigos, abrió una cerveza y se unió a la fiesta que habían organizado para mirar esas estrellas de mediados de agosto. Nosotros también seguimos mirando al cielo. Si te fijas en las montañas y en algunos macizos rocosos descubrirás nuestras caras milenarias.

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Se pierde todo aquello que tenía que perderse y luego solo aparece lo que tenía que aparecer, a veces lo perdido, casi siempre lo inesperado, y de vez en cuando lo que ya dábamos por imposible. Todo ese proceso, casi alquímico, sucede con el amor, con la amistad, con las llaves de la casa o con los papeles manuscritos que un día dejamos en alguna parte. Realmente todo lo que tenemos lo deberíamos valorar como si lo acabáramos de descubrir hace un momento. La costumbre nos termina convirtiendo en seres inconformes que no valoran ningún acontecimiento cotidiano. Ya el cuerpo, con todos sus millones de neuronas trabajando para que podamos seguir respirando, es un milagro ante el que deberíamos brindar cada mañana. Lo que tanto buscas a lo mejor lo tienes ahora mismo delante de tus propios ojos, o está llegando cada vez que tú caminas sabiendo de antemano que nada permanece eternamente en el mismo espacio.

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Me entregaron un cartel antiguo con el nombre de alguien que se llamaba como yo en otro tiempo y que interpretaba sueños imposibles en los escenarios. La obra que anunciaban se titulaba Alcasabán. He buscado el significado de esa palabra y no existe. Tal vez no sea más que un nombre inventado por alguien que ya está muerto hace mucho tiempo. El que tenía mi nombre era el protagonista de Alcasabán, el único actor de aquella extraña obra que representaban en un teatro inexistente.

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La belleza ya estaba antes de que llegáramos nosotros. Y seguirá estando cuando nos marchemos o evolucionemos hacia otra especie. La quietud de las playas cuando atardece debería servirnos para ser más humildes y agradecidos y menos prepotentes. Nos creemos dueños de la Tierra, pero la Tierra, junto con esos millones de planetas que ni siquiera conocemos, seguirá armonizando los espacios que nos empeñamos en destrozar como bárbaros codiciosos que solo saben sembrar cemento.

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No salía a la calle y, sin embargo, notaba la molestia de esas pequeñas piedras que se metían entre sus dedos. Se quitaba las zapatillas y las tiraba a la basura. Esas piedras salían de su propia piel. Le sucedía cíclicamente cada cinco años. Caminaba, hablaba y se reía a carcajadas de vez en cuando, pero nunca había dejado de ser una estatua. Aquel hombre la besó una madrugada y luego la trajo a su casa. Hasta entonces, ella había estado en la plaza principal de la capital. Él miraba sus labios cada mañana y creía, como en los cuentos que leía de niño, que si la besaba se volvería humana. Ahora es humana, pero aún conserva reminiscencias de mármol en su metatarso.

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Esa noche había soñado que tenía un pájaro en una jaula y que se había olvidado de él desde hacía años. Se acercó y el pájaro aún parpadeaba aterido de frío y casi desplumado. Recordó la canción que le silbaba cada mañana justo antes de salir para el colegio. Los dos se miraban entonces compartiendo una pena solidaria, el niño por el encierro de todas aquellas horas en el aula y el pájaro por el ansia de una libertad que jamás conoció fuera de aquellos barrotes de la jaula. Él tiene ahora cincuenta años,pero en los sueños nunca se mueren los pájaros.

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