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Transfusiones

En aquellos años no hacían falta transfusiones para vivir otras historias. La gente leía o se contaba cuentos cuando se sentaba en una terraza o delante del fuego de una hoguera. Poco a poco se fue perdiendo el hábito de leer y de contar. Lo cambiaron por películas en las que ya aparecían las caras de los personajes o por virtualidades que les ahorraban mucho tiempo a la hora de imaginar un lugar desconocido. Se volvieron cómodos e indolentes. En los colegios fueron desechando cada vez más los libros y las operaciones matemáticas. Nadie valoraba a quien escribía. Se dejaron de vender sus libros o se pirateaban impunemente. Llegó un momento en el que ya nadie leía. Los escritores pasaban tantas necesidades que no tuvieron más remedio que vender la sangre cuando se la pidieron. Unos investigadores de una universidad de Melbourne habían descubierto que las historias no son más que células que corren por nuestra propia sangre hacia el cerebro hasta crear una ficción que las hacen parecer ciertas. Pagaban muy bien la sangre, a mucho mejor precio que los libros y las conferencias, y casi todos los escritores de aquella época fueron dejando bolsas de sueños en los congeladores de las universidades. Ahora solo tienes que pedir una transfusión de Paul Auster, de Murakami o de Coetzee para vivir en primera persona cualquiera de los argumentos que escribieron. Si te doy un libro, incluso un viejo libro electrónico, no sabrías qué hacer con él porque no serías capaz de interpretar ninguna de sus letras. Yo era muy niño entonces, pero recuerdo ver a mis padres y a mis abuelos leyendo a todas horas. Ya luego su propia sangre era la que terminaba reinventando los cuentos. Sus venas todavía eran abstractas.

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