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Archivos Julio 2018

Nadie se ha dado cuenta ni yo lo he contado jamás; pero si vieran mis películas con detenimiento lo verían siempre en algún plano. Como ya sé que su presencia es inevitable, en cada película hay una escena con grandes multitudes. A veces es un concierto y otras un plano a alguna calle de una gran ciudad o un acontecimiento deportivo. Él siempre aprovecha esos planos largos para mostrarse. No es un ególatra ni tiene ansias de protagonismo. No sé quién es, ni por qué necesita aparecer en la pantalla. A veces pienso que solo ruedo películas para que él pueda seguir existiendo.

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Ayer el dermatólogo le dijo que no le gustaba nada uno de los lunares que tenía en su espalda. Le mandó a hacer una biopsia y le comentó que tenía mucho sol acumulado en su piel. Cuando era niña, hace cuarenta años, no usaba cremas cuando bajaba a la playa de Sardina y se tostaba saltando entre las olas o subiéndose a las rocas. Nadie le advirtió de los efectos nocivos de aquellos rayos solares que identifica con la felicidad más sublime que recuerda. Tiene miedo; pero se niega a maldecir al sol que le regaló los veranos más bellos de su existencia. Piensa en la paradoja de la vida y en la cara de aquel médico que hablaba de ese mismo sol como si hubiera consumido a sabiendas alguna droga prohibida y peligrosa.

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Cuando llegó el momento final y el fuego los rodeaba solo quedó un gran abrazo en el que refugiarse. Una taberna griega. Un azul intenso en el horizonte del Egeo, un incendio descontrolado y veinte personas fundidas en un gran abrazo. Todo lo que escribamos no llegará nunca a contar la emoción de esa escena tan parecida a lo que aconteció en Pompeya dos mil años antes. A nosotros solo nos queda la paradoja de un escalofrío en el alma ante el fuego que va quemando vidas a su paso.

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Había un sembradero de sueños y el viento alborotaba sus cabellos. Siempre recuerda el olor de los pinos de aquel último verano. Ahora recoge los papeles y los ordena. A veces se cuenta en historias que se cree que está inventando. Esos personajes somos todos nosotros. También está él, con otro nombre, con otra edad y con una cara diferente.

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Estudiaba las caras desde el otro lado de la cristalera. Día tras día, desde hacía cinco años, sabía del estado de ánimo de su ciudad viendo pasar a la gente, y hasta él mismo se veía afectado por lo que miraba. No sabía quién era el primero en aparecer sonriente o cabizbajo. Los que repetían los paseos eran tan proteicos como los no habituales. Un día descubrió que aquellos cambios de humor dependían de una ventana situada en una casona antigua de una de las calles peatonales más transitadas. Era la única que quedaba en la ciudad. Cada día cambiaban el color de las cortinas y últimamente no hacían más que elegir tonos oscuros, lóbregos, que entristecían la mirada. Hoy, sin embargo, han colocado unas cortinas luminosas de colores cálidos. Él pasó justamente cuando se detuvo el coche oficial delante de la casa y vio a un hombre subir con esa tela luminosa. Alguien determinaba el estado de ánimo de la gente sin que nadie se diera cuenta. Fueron muchos años mirando pantallas. Ahora solo queda esa ventana, y hacia ella miran los nietos de quienes hacían depender su humor de otros cristales sin cortinas llenos de imágenes y de falsas realidades.

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Vio la puerta abierta y entró. Le dieron una acreditación y se sentó en medio de la sala. Alguien repitió un nombre y el que estaba a su lado le dijo que era el suyo, el que aparecía en la acreditación que colgaba de su cuello. Subió al estrado, improvisó un discurso incoherente y lo eligieron candidato. Luego ganó las elecciones y hoy decide el futuro de mucha gente. Es alcalde de una ciudad en la que estaba de paso, con otro nombre, con decisiones que toma al tuntún y con una sonrisa que no se le borra nunca de la cara. No quiere preguntarse de dónde venía aquel día que entró en aquel teatro, ni tampoco quién era realmente la persona a la que le ha robado el nombre. Ya se habla de él como futuro ministro. Siempre sonríe y le da besos a la gente en los mercados y en los mítines que le organizan cada sábado. Es fotogénico y tiene un currículo con muchos másteres y muchos cursos en el extranjero.

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No lo he comentado con nadie, pero ayer estuve junto a una de las fachadas de la calle Triana reconociendo el olor de una higuera. Ese olor te detiene donde quiera que lo huelas, pero en aquel edificio o en los colindantes era imposible que hubiera higueras. Me fui a buscar imágenes antiguas de la calle y justo donde está ese edificio había un gran jardín. Reconocí dos higueras que sobresalían por encima del muro que asomaba a la calle. Los árboles dejan el rastro de sus olores no solo en el recuerdo o en las imágenes. Cuando pasas por donde estuvieron siguen oliendo más allá del tiempo. Solo hay que detenerse para reconocer su fragancia en medio del trasiego de las calles.

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En aquellos años no hacían falta transfusiones para vivir otras historias. La gente leía o se contaba cuentos cuando se sentaba en una terraza o delante del fuego de una hoguera. Poco a poco se fue perdiendo el hábito de leer y de contar. Lo cambiaron por películas en las que ya aparecían las caras de los personajes o por virtualidades que les ahorraban mucho tiempo a la hora de imaginar un lugar desconocido. Se volvieron cómodos e indolentes. En los colegios fueron desechando cada vez más los libros y las operaciones matemáticas. Nadie valoraba a quien escribía. Se dejaron de vender sus libros o se pirateaban impunemente. Llegó un momento en el que ya nadie leía. Los escritores pasaban tantas necesidades que no tuvieron más remedio que vender la sangre cuando se la pidieron. Unos investigadores de una universidad de Melbourne habían descubierto que las historias no son más que células que corren por nuestra propia sangre hacia el cerebro hasta crear una ficción que las hacen parecer ciertas. Pagaban muy bien la sangre, a mucho mejor precio que los libros y las conferencias, y casi todos los escritores de aquella época fueron dejando bolsas de sueños en los congeladores de las universidades. Ahora solo tienes que pedir una transfusión de Paul Auster, de Murakami o de Coetzee para vivir en primera persona cualquiera de los argumentos que escribieron. Si te doy un libro, incluso un viejo libro electrónico, no sabrías qué hacer con él porque no serías capaz de interpretar ninguna de sus letras. Yo era muy niño entonces, pero recuerdo ver a mis padres y a mis abuelos leyendo a todas horas. Ya luego su propia sangre era la que terminaba reinventando los cuentos. Sus venas todavía eran abstractas.

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Fue un día de octubre de hace tres años. Paseaba por el cementerio de una pequeña ciudad centroeuropea. Llovía mansamente cuando vio aquella tumba y comenzó a llorar. Leyó el nombre de una mujer que había nacido en 1875 y que había muerto en 1898. Se llamaba Anna Stepova. Recordó su cara frente al espejo, sus ojos azules y aquella tristeza que se le posó en la mirada cuando aquel novio murió en un duelo. Lo mató el hijo pendenciero de un general austrohúngaro. Su novio era poeta. Fue entonces cuando ella rompió el hielo del lago y se dejó hundir en el agua. Lo fue recordando todo mientras miraba aquella lápida desgastada en la que nadie colocaba flores hacía muchos años. Compró un gran ramo de rosas blancas en la entrada del cementerio. Desde entonces, cada primer día de mes, ingresa un dinero en una cuenta para que nunca falten rosas blancas ni en su tumba ni en la de su amado. Averiguó el nombre de aquel novio. Se llamaba Alexei Vlador. Y estaba enterrado justo al lado de Anna Stepova.

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Cada mañana llegaba antes del alba y sacaba las sillas de todas las terrazas de la plaza. No las había contado, pero eran más de cien mesas y más de cuatrocientas sillas. Las sillas las sacaba de cuatro en cuatro. Después regresaba a la pensión y pintaba todo el día. Sobre las once de la noche regresaba y volvía a meter las sillas y las mesas en los cafés y en los restaurantes. Vino a Venecia a pintar hacía treinta años siguiendo las huellas de Tiziano, Veronese o Canaletto. No volvió nunca a su pueblo en Colombia. Allí lo dan por muerto. A veces se han quedado todas las sillas y las mesas flotando en el agua. Esos días corre de un lado para otro para que no se hundan y las limpia rápidamente para que no se acaben oxidando. Luego llega a la pensión y pinta todo el frío que siente dentro y también fuera de su cuerpo mojado.

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Me paró y me preguntó por mi hijo. Me dio las gracias por todas las veces que le compré globos en el parque. No lo reconocí. Me dijo que era el payaso. Mi hijo tiene hoy 30 años y este hombre debe estar rondando los sesenta. Me habló de aquellos años como si narrara un viaje lejano. Ahora sí recuerdo que siempre olía a alcohol. También me acuerdo de su mirada. Era limpia. Me contó que estuvo casi tres años tirado en la calle, pero que luego la vida le había dado nuevas oportunidades. Da clases en un instituto cercano. Me agradecía las monedas de aquellos días. Le conté que mi hijo es ahora payaso en un circo y que es feliz porque hace lo que le gusta. Siempre me dijo que quería ser como aquel hombre que nos alegraba las mañanas de domingo en el parque.

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Pisaba el dibujo que una pintora extranjera había creado en el suelo de la calle de Triana. Era bello, pero eso le daba lo mismo. Lo borraba con su playera de marca como borraría una frase ofensiva que alguien hubiera trazado contra él en ese mismo suelo. Yo me hubiera arrodillado ante aquella imagen bella, pero él disfrutaba con el destrozo. Si la Venus de Milo no estuviera custodiada en el Louvre, cualquiera de esos desaprensivos vestidos como machangos de suburbio neoyorquino escupiría su cara o la destrozarían como mismo borraban aquella cara enigmática que estaba dibujada en el suelo. Si no logramos que se conmuevan ante la belleza entonces sí es verdad que está fallando el sistema educativo, y si la pisotean también falla esa sociedad que estamos creando cada vez más alejada del arte y del pensamiento.

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Se detuvo de repente. Los demás volvieron a sus cuevas y a las ranuras que había entre las piedras. Después de miles de años su piel se ha ido coloreando como las piedras de los barrancos. Se quedó quieto esperando que no lo descubriera en ese atavismo que cruzaba el destino de las piedras con el suyo. Nuestra trashumancia nos ha dejado al descubierto en medio de cualquier paisaje, pero los lagartos, que llevan muchos siglos escondiéndose de sus depredadores entre los mismos muros y las mismas piedras, sí se asemejan al terreno por el que transitan. Los extraños somos nosotros. Ellos estaban antes, y seguirán estando, mimetizados entre las rocas y los volcanes, cuando ya nos hayamos marchado todos del planeta.

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No sobrevivió ninguno de ellos. Ni siquiera aparecían entre las cifras estimadas de muertos. Viajaban en las bodegas del "Titanic español" que se hundió frente a las costas de Brasil en la madrugada del 5 de marzo de 1916. Habían subido a bordo en el Puerto de La Luz, en Las Palmas de Gran Canaria. Venían de Guía y de Gáldar. Llevaban meses juntándose para organizar todos los detalles del viaje. Uno de ellos tenía un conocido entre la tripulación del Príncipe de Asturias que, a cambio de unas pocas pesetas, les ayudaría a colarse en la bodega del barco. Querían llegar a Buenos Aires. Ya habían fondeado unas horas en Río de Janeiro. Durante todo el tiempo que estuvieron en la ciudad carioca no dejaron de escuchar los ecos festivos y bullangueros del carnaval. Les hubiera gustado asomarse como mismo lo hacían los pasajeros que iban en los camarotes. El barco chocó contra un arrecife en Punta Pirabura poco tiempo después de salir de Río de Janeiro. No sobrevivió ninguno de los pasajeros registrados que subieron en Las Palmas de Gran Canaria. De los que iban en las bodegas ni siquiera hubo noticias. Todos tenían menos de veinticinco años. Nunca le contaron a nadie que se iban a embarcar rumbo a Argentina. Se llamaban Anselmo Sosa, Baltasar Miranda, Rogelio Moreno, Miguel Díaz y Bernardo Quintana. Los pecios no son solo hierros que recubren los corales.

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A veces no hace falta viajar lejos para llegar a los paraísos. Con el paso de los años, uno descubre que esos edenes que aquietan nuestras aguas están realmente dentro de cada uno de nosotros, o rondando los paisajes o los afectos más cercanos. Me gusta mucho viajar, y de hecho cada año de mi vida se queda grabado en el almanaque con algún viaje más o menos lejano. Y cuando vamos lejos, paradójicamente también nos sigue sorprendiendo lo más sencillo y lo más cotidiano. A lo mejor lo que queda de Nueva York es solo una hoja seca que movía el viento entre los rascacielos de unas avenidas interminables.
Cuando estamos en otro lugar, lejos de nuestros trabajos y de nuestras preocupaciones, nos fijamos en esos detalles que requieren la calma y la mirada serena que no encontramos cuando vamos corriendo al trabajo o a recoger a los niños a la salida del colegio. Realmente estamos viajando hacia nosotros mismos en todas partes. También en Las Palmas de Gran Canaria yo viajo algunos domingos muy lejos alejándome apenas unos metros de mi casa. Me acerco al barrio marinero de San Cristóbal y parece como si de repente me alejara de la ciudad en la que habito entre semana. El castillo, las casas de colores, el sonido incesante de los cascajos en la orilla y esa brisa que hace que viaje casi tan lejos como los barcos que tengo delante convierten cualquier fin de semana en una fiesta inolvidable. La costa de San Cristóbal no se parece nada al resto de la ciudad. A veces uno tiene la impresión de que cuando la quisieron enterrar con la autopista no hicieron más que salvarla de la especulación y de la mirada rápida que dedicamos a lo que se ve desde las carreteras. Allí tienes que bajar unos metros y recuperar la costa tal como era antes de que levantaran la Avenida Marítima y le ganaran terreno al océano. Desde ese castillo se ha visto la vida que pasa lejana, los barcos que van y vienen cargados de sueños y esos mariscadores que siguen buscando pulpos y lapas entre las grutas de las grandes piedras de la costa. Hay una playa pequeña de arena negra que cuando baja la marea me recuerda a todas las playas de mi infancia en el norte de Gran Canaria. Una amiga brasileña me dijo un día que la fila de casas de colores de la costa de San Cristóbal se parecía a cualquier pueblo costero de Brasil cercano a Salvador de Bahía. Entre sus callejones uno reconoce ese surrealismo que Julio Viera lleva a sus cuadros, la sombra que dejan las rocas cuando cae la tarde y con la bajamar parece que el Atlántico duerme como un lagarto gigante. Las Palmas de Gran Canaria es una ciudad con muchas ciudades dentro, una costa con muchos horizontes en los que inventar nuestros propios viajes. Lo saben todas esas gaviotas que sobrevuelan a diario su silueta alargada y siempre mojada por las aguas.

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Había viajado a una ciudad lejana y salía del hotel vestido con traje y corbata. Luego se paraba en una hamburguesería y en el baño se cambiaba para parecer un paria. Cada vez que llegaba alguien cargado con botellas, él se ofrecía sobre la marcha para tirarlas. Le fueron a dar dinero muchas veces, y si insistían lo cogía y luego se lo entregaba al primer mendigo que encontraba por la calle. Sentía un placer inmenso cada vez que las botellas se hacían añicos o cuando chocaban unas contra otras. Él se decía siempre que cada cual tenía derecho a sus manías y que no se metía con nadie rompiendo botellas. Luego volvía a la hamburguesería, se vestía otra vez con el traje y regresaba al hotel que siempre elegía lejos de los contenedores. Cuando regresaba a su trabajo y contaba sus días de vacaciones se inventaba tardes en la playa o recorridos por los barrios monumentales de grandes ciudades. Si se queda solo, siempre cierra los ojos y recuerda el estruendo de esos días de verano.

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Estaba allí, agazapado al fondo del cajón. Cuando abres un cajón para buscar unos calcetines y te encuentras algo así no sabes qué hacer. Hay que verse en esa situación, con prisas para salir al trabajo, haciendo todo como un autómata y escuchando a tus dos hijos mientras terminan de prepararse para ir al colegio. Los niños se molestaban y al rato se estaban riendo. Todas las mañanas hacían lo mismo. Mi mujer se estaba duchando en ese momento. Yo lo seguía viendo al fondo del cajón. Si hubiera estado solo habría tratado de cogerlo; pero llegó uno de mis hijos diciéndome que su hermano le había escondido el estuche con los lápices de colores y cerré de golpe el cajón para que no lo viera. Luego entró mi mujer y no me atreví a abrirlo de nuevo. Me puse los calcetines y los zapatos y llevé a mis hijos a la escuela. Ahora estoy en el trabajo, pero no puedo dejar de pensar en aquel ser extraño que estaba agazapado en el cajón esta mañana.

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Era el mejor. Lo dicen todos los que le vieron. Dejó de jugar con diecisiete años. Hasta esa edad le perdonaron lo de los goles, pero luego empezaron a silbarle y a insultarle. Una vez lo vi llorando dentro del campo. Sus padres lo pasaban fatal en las gradas. No había quien le quitara el balón. Jamás fallaba un pase y defendía como nadie, pero le condenaron con lo de los goles. No quería hacer fracasar a ningún portero. Por eso jamás chutaba a puerta y desde que se aproximaba al área contraria siempre jugaba hacia su propio campo. Ni siquiera llevaba bien que los goles los metieran otros compañeros. Lo llevaron a un psicólogo, y dicen que el presidente del equipo, totalmente desesperado, lo citó con un exorcista; pero nadie pudo hacer nada. No sé qué habrá sido de su vida. No lo he vuelto a ver desde hace veinte años. Jugaba como Maradona o como Messi, pero no llegó a ser como ellos por buena persona. No soportaba la cara de los porteros cuando encajaban goles. Cuando jugaban contra él los otros equipos siempre elegían porteros tristes para que se sintiera todavía más culpable.

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No era una manía. Desde que era niño contaba las baldosas de todas las habitaciones en las que estaba mucho tiempo. Nunca se lo dijo a nadie. Aparentemente jugaba con los amigos, o ya más grande atendía a conversaciones más o menos trascendentes. A veces detenía esa cuenta y proseguía cuando los demás creían que estaba pendiente de ellos. El número que más se había repetido era sesenta. Ahora, cuando se siente extraviado, cierra los ojos e imagina partidas interminables en suelos con baldosas blanquinegras. Recuerda los pisos brillantes de las casas de algunos de sus amigos de infancia y mueve fichas imaginarias como mismo se movía con esos amigos durante muchas tardes. Se arrastraban por aquellos tableros como si fueran reptiles del Cuaternario. Sesenta siempre ha sido su número de la suerte y la suma de las fechas de los grandes momentos de su vida. Todos jugamos entre baldosas imaginarias por las que se cuelan los días y las noches eternamente, desde que éramos reptiles y hasta que seamos otro sueño más o menos invertebrado.

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La reconocí inmediatamente. No sé nada de ella desde hace más de veinte años, pero sé que estuvo en el Carnegie Hall el 25 de abril de 2010. Fue el día que grabaron el concierto. Tosió entre el primer y el segundo movimiento de la sinfonía número 3 de Brahms. Era nuestra sinfonía favorita y la escuchamos muchas veces juntos en aquel piso que compartimos en Hammersmith a principios de los años noventa. Los dos fumábamos entonces y solíamos toser al levantarnos de la cama. La misma tos que hoy he escuchado en una grabación colgada en YouTube. Dirigía la orquesta Lorin Maazel.

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Estuvo sentado a su lado. Escribía en un cuaderno con manchas de café. Me lo contó muchas veces. Siempre estaba hablando de sus años de bohemia en París. Había terminado la carrera de Derecho y estuvo viviendo en los alrededores de Montmartre. Quería ser pintor, pero a los dos años regresó a su isla, empezó a trabajar en el bufete del padre, se casó y tuvo tres hijos. Solo pintó monigotes entre un dictamen y otro dictamen, o cuando tenía que estar muchas horas en juicios interminables. Aquel hombre que decía que estaba sentado a su lado era el poeta César Vallejo. Hoy he encontrado una foto. Aparece Vallejo en un banco de París. Al principio no vi a nadie junto a él; pero luego me encontré la misma sombra que me habla cuando me quedo solo en la sala de la residencia. Esa sombra es la que me cuenta historias de París. Yo también estuve en París antes de empezar a trabajar en el bufete.

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