los blogs de Canarias7

Archivos Junio 2018

Cuando alguien muere de repente nunca tiene tiempo de contarle a nadie los detalles de su vida cotidiana. Si acaso ha acudido a un notario para legar sus bienes o deja dicho que quiere ser incinerado o enterrado en un determinado cementerio; pero casi nadie deja escrito lo que guarda en el congelador de su casa. Ella tenía dos pulpos enormes que habían congelado vivos en alta mar. Su casa llevaba cerrada ocho años después de su muerte y nadie se había preocupado de rastrear los fondos del congelador antes de echar el cierre. Llegó un momento en que falló la nevera y se descongelaron los filetes de pescado, los cubitos de hielo y también esos dos pulpos que después de tanto tiempo han conseguido sobrevivir fuera del agua. Todas las paredes están manchadas por las ventosas y por el vaho de sus respiraciones. Los vecinos no sospechan nunca de los cefalópodos. Sus rejos se enredan por toda la casa y ellos se abrazan en cualquier habitación como dos enamorados.

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El cerebro es un gran tablero con el que jugamos a diario. No siempre mueve las fichas como queremos, ni nos deja ver el bosque de nuestras propias vivencias. Muchos lo comparan con una especie de mono loco que va de árbol en árbol y que nunca detiene el pensamiento. Ni siquiera en sueños logramos que descanse, aunque creo que si descansara nos acabaríamos muriendo de aburrimiento o hasta es posible que se olvidara de ordenarle al corazón que tiene que seguir latiendo.
Hace años que trato de jugar con todas las combinaciones cuando parece que solo hay un camino de salida. Basta un cambio de posición para observar lo que tenemos delante de otra manera. También es posible cambiarlo todo si jugamos con las neuronas como quien juega con los dados sobre una mesa de juegos. Por eso tienen razón esos mayores que dicen que los problemas hay que dormirlos para verlos con otros ojos al día siguiente. Se recoloca lo caótico y encontramos las soluciones que antes no atisbábamos por ninguna parte. Sucede como con esos objetos que no encontramos estando delante de nuestros ojos o como en los huecos de los crucigramas, que por más que lo intentas no aparece la letra que te permita dar con la pista de la palabra que estás buscando. Basta con alejarse un poco, o con salir a dar un paseo, para que ese mismo cerebro obcecado encuentre las llaves que casi dábamos por perdidas o para que resuelva el arcano que estábamos buscando en el crucigrama.
La mayoría de las veces somos nosotros mismos los que nos creamos los problemas. Supongo que eso tiene mucho que ver con nuestra imperfección humana o con el poco partido que le sacamos al cerebro. No hay pócimas milagrosas para evitar un duelo o para que no nos extraviemos de vez en cuando; pero creo que ya va siendo hora de que aprendamos a mirar con otros ojos. No hablo de negar el compromiso: esto tiene que ver más con la lucha personal de cada uno. No conozco ningún Ganges sanador, a no ser que me digan que el océano revitaliza, que en eso sí es verdad que creo, en Famara, en Guayedra o en Roque Prieto. A lo mejor si esto lo leen dentro de cientos de años se partirán de la risa con las conjeturas y con este tanteo entre sombras que es siempre el acercamiento a nuestro propio cerebro. Esa maquinaria perfecta que nos gobierna la conocemos menos que a nuestro ordenador o que al vecino que nos tropezamos por la calle. Nunca nos paramos a pensar en su grandeza y en todo lo que tuvo que suceder para que llegara a movilizar el cuerpo. También depende de ese órgano lleno de conexiones la música, la poesía o el sentido del olfato que nos orienta entre la panoplia confusa de los recuerdos. Incluso esa percepción de que la vida no es más que un sueño acontece en el cerebro. Y a lo mejor lo es. Un sueño lejano, extraño y cada día más complejo y más sorprendente.

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La madre y el hijo iban hacia Vegueta. Calle de Triana. 1975. Las Palmas de Gran Canaria. La madre y la hija venían hacia San Telmo por la misma calle. Las dos madres habían estudiado juntas en las Dominicas. Se paran a tomar un café. El niño y la niña juegan. Los dos tienen cuatro años. La madre de la niña muere al año siguiente y el padre se la lleva a vivir a Madrid. El niño, ya con treinta años, se cruza con la mirada de una mujer en la Gran Vía. Se enamoran y viven juntos. Ella le dice que vivió en Canarias pero que no recuerda nada. La madre de él murió el año que se trasladó a Madrid a estudiar la carrera. Ahora están por Triana. Ninguno de los dos recuerda que se habían mirado y que habían jugado en esa calle hacía treinta y cinco años.

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Alguien me dijo una vez que todo lo que sucede tiene sentido y que no hay ningún hallazgo azaroso. Hace unos meses, rebuscando en el trastero de la casa de mis padres, me encontré una ficha para subir al tiovivo que había justo a la entrada de Central Park a la altura del Metropolitan. Estuvo varios años instalado en ese lugar y a mí me gustaba estar subido en los caballitos de colores todo el rato. Cerraba en otoño y en invierno. Salí con esa ficha en el bolsillo. Llevaba más de treinta años en un cajón del trastero. Sabía que había un tiovivo en la avenida Lexington con la Cincuenta y cuatro. Me acerqué y miré a los caballitos que subían y bajaban. No me atreví a montarme en ninguno de ellos. Allí fue donde la conocí. Seguía con la mirada a su hijo. Cuando hablamos me contó que ella también se subía todas las tardes en el mismo tiovivo de mi infancia.

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No le daba importancia. A veces disparaba fotos que no salían luego en ningún lado. Lo volvía a intentar de nuevo o le fastidiaba el fallo de la tecnología de la máquina. No sabía que las fotos que no aparecían nunca en la pantalla estaban mostrando su vida en otra parte. Alguien miraba aquellas imágenes y se inventaba nuevas biografías y nuevos argumentos para seguir escribiendo. No se lo conté nunca. No lo habría entendido. Yo siempre encuentro imágenes que no me pertenecen en mi pantalla y sé que las que yo pierdo también las está viendo alguien en otro lugar del tiempo.

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Se levanta temprano para que el amanecer no le sorprenda nunca con los ojos cerrados. Sale de la cama, se lava la cara y se dirige a la calle. No tiene un rumbo fijo y ni siquiera sabe hasta dónde le llevarán sus pasos. Le gusta mirar con detenimiento todo lo que se va encontrando. Reconoce los olores del café, del océano cercano o del pan recién horneado. A veces lleva unos cascos y va escuchando música clásica. Los domingos por la mañana se cruza con esos noctámbulos que salen de fiesta pensando que jamás llegará la mañana. Los ve medio sonámbulos huyendo de la luz, pálidos y desaliñados, cuando se encuentran con los mendigos que a esas horas comienzan a desperezarse en medio de los cartones de algunos portales. Entre semana sale un poco antes de que los niños comiencen a ir al colegio. También él se recuerda yendo a la escuela y le parece que fue ayer mismo cuando iba memorizando fórmulas o recitando poemas que tenía que leer en voz alta delante de todo el mundo.
Le gustan los meses en que se despierta escuchando el trino de los mirlos. También le atraen los barcos cuando parten del muelle justo antes del alba. Todos los días se detiene en la misma cafetería a desayunar. Da lo mismo que sus pasos le hayan llevado más lejos de lo previsto o que se extravíe entre los barrios recién construidos. Le gusta leer el periódico de papel. Siempre de atrás hacia delante. Esa costumbre la tiene desde que era niño y cogía el periódico de su padre para mirar los resultados del fútbol y la cartelera de los muchos cines que entonces había por todas partes. Estos días comienza otro Mundial de fútbol. Es capaz de ordenar su existencia según los distintos Mundiales que ha ido viviendo. Podríamos decir que son asideros en su memoria cada día más olvidadiza. Recuerda una vieja radio de galena hablando de Pelé en los años cincuenta, los meses del cuartel durante el Mundial de Inglaterra, el nacimiento de su primer hijo justo dos días después de que Alemania ganara el campeonato del 74, los goles de Kempes en Argentina o el fracaso de España en el 82. Del Mundial de Estados Unidos no le queda un buen recuerdo. Por esas fechas murió su esposa, aunque luego en el de Corea y Japón vio nacer a la primera de sus nietas. También gritó como un loco cuando Iniesta marcó el gol en la prórroga del Mundial de Suráfrica. Después de tantos fracasos nunca pensó que vería a España levantando la Copa del Mundo. En el periódico también aparecen noticias que se olvidarán en un par de días, debates políticos, dimisiones, detenciones, sucesiones o fiestas patronales. Aún no sabe qué acontecer de su vida cotidiana quedará unido en el futuro con estos Mundiales. Regresa a casa cuando todos empiezan a salir a la calle. Estos días su soledad será un poco más llevadera. Siempre viene uno de sus nietos a ver con él los partidos de España.

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Nunca quería cerrar los ojos cuando se sentía feliz. Según él, bastaba un parpadeo para que todo cambiara de repente. Decía que la realidad no existía y que solo era real lo que veíamos cuando abríamos los ojos, como si todo estuviera desarmado previamente o como si no tuviéramos nombres o caras. Estaba empeñado en que no éramos más que materia o energía en medio de un universo que de vez en cuando nos deja asomarnos a nuestros propios espejos través de las palabras o de las pantallas. Quería ser eterno en la dicha y efímero en las desgracias. Por eso, cuando venían mal dadas, lo primero que hacía era esconderse en su propia oscuridad para ver si así pasaba de largo la tristeza.

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Henri-Marie Bayle charla animadamente con Julien Sorel y con Fabrizio del Dongo. Son jóvenes y soñadores. Inventan historias para intentar comprender lo que no entienden de la existencia. Henri-Marie firmará esos libros con el nombre de Stendhal. Inventará una biografía para Julien y otra para Fabrizio. Siempre hace falta alguien que invente nuevas biografías que perduren en el tiempo. Los tres saben que el único motor que mueve al mundo es el amor, aunque luego queden atrapados en ese laberinto de vanidades en el que tantas veces se extravían los seres humanos y los literarios.
Brindan con vino blanco debajo de unas parras que se asoman al mar de La Toscana. Muchos años después, alguien está terminando de leer un libro en la misma terraza en la que estaban ellos. Alcanzo a ver la portada de un ejemplar de Rojo y Negro traducido al italiano. Sobre la mesa le espera La Cartuja de Parma. En la otra escena Stendhal cierra los ojos un momento e imagina que ama a una mujer hermosa que está leyendo lo que él escribió para inventarse otras vidas que compensaran la lamentable parquedad del amor y de los años. Ella también entorna sus ojos después de leer la última página del libro. Sabe que está despierta al mismo tiempo que habita un sueño lejano.

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Te puedes acostar siendo madre de dos conocidos abogados y levantarte al día siguiente convertida en Yevguéniya. Nadie sabía al principio quién era Yevguéniya; ni siquiera entendían el idioma que hablaba aquella mujer que siempre había sido una señora remilgada y prejuiciosa. Jamás la vieron leyendo y mucho menos aprendiendo idiomas. Le había bastado con ser guapa y con haber nacido en una familia con mucho dinero para ir haciendo su vida en la pequeña provincia en la que de joven llegó a ser reina de los Juegos Florales que se celebraban en el casino. Ese había sido su único contacto con las letras. Tuvo que compartir la mesa que estaba en el escenario con el poeta que había ganado aquella edición dedicada a la exaltación de las flores autóctonas. Le fue contando a las amigas que el escritor olía fatal y que intentó meterle mano un par de veces por debajo de la mesa. Desde ese día detestaba todo lo que tuviera que ver con la literatura.
Logró que sus hijos no leyeran, pero que sí estuvieran todo el día estudiando. Su marido era fiscal y los fue encaminando poco a poco al mundo de las leyes. Se avergonzaba de una de sus hermanas. Casi no hablaba con ella, o lo hacía solo cuando no le quedaba más remedio, desde que uno de sus hijos empezó a salir en los periódicos escribiendo relatos en donde contaba, cambiando algunos hechos, muchas vivencias de su familia. Esa mañana, sin embargo, iba diciendo en ruso que casi todo lo que había escrito su hijo Antón se lo había contado ella cuando era niño. Costó mucho entenderla. Fueron pasando traductores de distintas lenguas hasta que la escuchó una chica cubana que venía a planchar casi todos los días. Esa chica había estudiado Matemáticas en Rusia. Fue la primera que dijo que era la madre de Chéjov. El traductor, cuando ya estuvo hablando largo rato con ella, les contó a los hijos que su madre había sido poseída por el espíritu de Yevguéniya. Uno de los dos abogados casi le da una patada; pero el otro, un poco más tranquilo, logró controlarlo. El más pendenciero y levantisco había sacado el carácter del padre. Probablemente si el fiscal no hubiera muerto hacía cinco años habría encerrado a aquel ruso medio estrambótico que hablaba de fantasmas como mismo podría estar hablando del último partido del Locomotiv o del precio del petróleo. La conversión rusa de la madre de los abogados fue la que centró la conversación de todos los mentideros pijos de la ciudad durante varias semanas. No la dejaban salir a la calle ni para ir a misa. Cuando vino el cura a visitarla les dijo que no era cosa de exorcismos. Le compraron libros en ruso que leía vorazmente memorizando pasajes que luego declamaba por toda la casa. A los nietos les habían dicho que la abuela se había marchado de viaje. Yevguéniya estaba obsesionada con el traslado de los restos de su hijo hasta Moscú en 1904. Lo habían metido en un tren lleno de ostras. Les hacía jurar a los dos abogados que jamás harían algo parecido con su cadáver. También quería que la enterraran en Moscú. Siete semanas más tarde, Carlota, a la que todos conocían como Chonchi, se despertó de madrugada rodeada de libros escritos en ruso por todas partes. Nunca se creyó que había sido la madre de Antón Chéjov.

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Solo era locuaz en sus silencios. Cada vez que hablaba su timidez le terminaba enredando las ideas y las palabras. Recuerda lo mal que lo pasaba en el colegio. Sabía todas las respuestas, pero se bloqueaba cuando tenía que repetirlas en medio de la clase. Si quería nombrar a Newton terminaba citando a Galileo, a los turcos los podía llamar rusos y a los habitantes de Rusia japoneses. Los profesores pensaban que les estaba tomando el pelo y lo fueron dejando por imposible. No pasó del instituto. Entendía todo lo que explicaban, pero luego nunca era capaz de contarlo. Con los amores le ha ido todavía peor. A Julieta la llamaba Carlota y a Beatriz la podía terminar llamando Alejandra. Ellas tampoco le perdonaban esas confusiones. Prefirió callar para siempre, cambiar de país y no volver a hablar jamás delante de nadie. Con los años sí descubrió que podía escribir lo que ni siquiera había pensado. No había vuelto a coger papel y bolígrafo desde el colegio. En aquellos años, los nervios y la impotencia de no poder demostrar lo que sabía también terminaron confundiendo el trazo de las letras y de las formas. Dibujaba círculos en lugar de cuadrados y en Literatura no había verso que no acabara confundido en un interminable párrafo. Ahora, sin embargo, era capaz de escribir. Firmaba con seudónimo y había logrado un cierto éxito literario. No sabía por qué había elegido el nombre de Salinger. Había escrito aquel libro sin pensar en nada. No concedía nunca entrevistas ni daba conferencias en las universidades. Muchos dicen que ha muerto. Yo me lo imagino caminando siempre en silencio por cualquier parque. Veo sus ojos en cada uno de esos solitarios que a veces se te quedan mirando en las grandes ciudades. No creo que escriba nunca más. Ya no le hace falta.


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Solo lloro cuando me coloco las gafas y estoy a punto de saltar al vacío. A los diez años sí lloraba desesperadamente cada vez que me colocaban en las rampas. Todo lo que está ante mis ojos es abismo. Los espectadores parecen pequeñas manchas casi irreales en medio de la nieve. Mi abuelo y mi padre habían sido campeones de saltos de esquí alpino y a mí nadie me permitió elegir. Era hijo único. De niño me daba miedo ver volar a mi padre por encima de todo el mundo. Solo cayó mal un par de veces. El peligro está siempre en las caídas o en el viento que pueda haber cuando estás volando con el cuerpo estirado hacia delante como una de aquellas flechas que lanzaban los tártaros cuando trataban de conquistar estas montañas.
Solo abandonaba Garmisch-Partenkirchen para pasar unos días en Gran Canaria después de los saltos de fin de año. Mi padre salía borracho del avión y regresaba igual de beodo al aparato. No había quien lo sacara del bar del hotel. Probablemente tenía más miedo que yo pero se lo callaba. Yo también me lo callo. Escribo esto como si estuviera allá arriba, en aquella caseta de madera desde la que solo te queda un camino que termina en ninguna parte. Algún día tendré una mala caída. He visto morir o quedarse parapléjicos a varios rivales. Si naces aquí tu destino está escrito en el vértigo de esas rampas. Solo se salvó mi tío abuelo Michael. Se negó a saltar y se marchó lejos de Baviera desde que cumplió los dieciocho años. Escribió Momo y La historia interminable. En esta última también volaba, pero lo hizo a su manera y siempre acompañado. Yo le dije a mi abuelo una tarde que quería ser como el tío Ende. Fue aquel día, a los diez años, cuando me tiró de las orejas y me colocó en la rampa. Recuerdo el frío congelando mis lágrimas cuando me vi por vez primera a merced del aire.

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Se levantó de la cama repitiendo la palabra caleidoscopio. Era lo único que le quedaba del último sueño. Hacía años era capaz de recordar todo lo que soñaba durante la madrugada, pero la memoria no solo juega malas pasadas cuando abrimos los ojos: también olvida lo que sueña, incluso lo que tantas veces soñamos despiertos. Sabía lo que era un caleidoscopio, pero se fue a Google a buscar imágenes para ver si de esa manera podía recuperar los fotogramas que deambulaban por su inconsciente. Vives una vida y el cerebro luego inventa otra cuando duermes. No era un tipo raro. Y además ahora podíamos decir que era un hombre feliz porque estaba perdidamente enamorado. Ella le preguntó qué estaba repitiendo cuando lo escuchó en el cuarto de baño tratando de mantener viva en su memoria la palabra recién soñada. Él entonces descubrió que a veces los sueños se reflejan en los ojos de quien nos ama. No sabría identificar los colores que vio en su mirada. Ella le contó que había llorado mucho durante años. Aquel hombre, aliado con su familia, había tratado de volverla loca. No pararon hasta robarle todas las ilusiones. Había sido valiente al separarse, pero lo había perdido todo. Cuando él la encontró era una mujer a la deriva. Lo que no saben esos que intentaron aniquilarla es que su mirada se volvió bella con todas aquellas lágrimas. Por eso es caleidoscópica y brillante. Desde que está en su vida los sueños se fueron haciendo cada día más reales. No se cansaba nunca de mirarla.

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En este pueblo hay mucha gente rara. No se sorprenda si al salir a la calle nadie le mira a los ojos. Ni siquiera se miran unos a otros. Hay mucho rencor acumulado en casi todas las miradas. Los lugares pequeños solo son idílicos para la gente que está de paso.
Tengo esta pensión porque la heredé de mi abuelo y de mi padre. Yo de joven quería vivir lejos, pero luego me fueron enredando con los miedos y los compromisos hasta que terminé quedándome. No es un buen negocio porque todo el que llega desea marcharse sobre la marcha. No debería contarle esto. Mi esposa dice que así solo espanto a los cuatro despistados que aparecen por aquí.
No hay nada que ver ni nada que buscar, y usted habrá comprobado cómo está la carretera. Apenas se puede circular y uno se la juega en cualquiera de esas ciento veinte curvas que van serpenteando alrededor del acantilado. Cuando yo era niño la carretera estaba mucho mejor y nos entreteníamos enumerando cada una de esas curvas. No tenemos fiestas. Dejamos de celebrarlas cuando se nos quemó la iglesia con todos los santos. Todos sabemos quién fue el que provocó el incendio. Aquí nos castigamos dejando de mirarnos. No hay mayor condena que no ser observado. Hablamos poco, pero siempre a una cierta distancia y virando la cara hacia otro lado. Yo era más de dejar de dirigir la palabra, pero me quedé tan solo en mi silencio que preferí que no me miraran.
En el fondo soy un tipo con suerte porque puedo conversar con las pocas personas que van llegando. Ya sé que usted no me ha hecho nada; pero con el paso del tiempo me veo incapaz de mirar a alguien mientras hablo. Al principio resulta extraño, pero luego te acostumbras. Uno se acostumbra siempre a todo, es cuestión de días o de meses, y si no lo haces tienes que huir o asumir tu locura. Yo lo que sí mantengo a salvo siempre es mi pensamiento. Me lo enseñó mi padre. Puedo hablar con usted pensando en otra cosa. Trato de concentrarme en bellas imágenes porque nunca sabe uno cuando la terminará palmando. Mi padre decía que al morir solo seremos lo último que estemos pensando. No sé si tenía razón. No me debe nada. Se puede marchar. Me da pena la cara de asustado de su hijo. Nunca debería haber llegado a un pueblo como este. Aquí dejamos de tener niños desde que dejamos de mirarnos. El último de nosotros que logró marcharse lejos nos dijo que éramos un pueblo muerto. Era uno que estaba todo el día leyendo. La última noche se emborrachó y fue gritando por todas partes la palabra Comala. Nunca ha regresado. Se apellidaba Rulfo. Lo recuerdo siempre como un niño solitario.

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Cada mañana le sonreían los patos de la cortina del baño. Ella se desnudaba delante de ellos antes de entrar en la ducha. Yo era uno de esos patos. Ya sé que no me creen. Nadie cree a quien dice que fue pato de cortina de bañera antes que humano. Pero ella sí me creyó cuando la paré la primera vez en la calle. Le dije el número exacto de lunares que tenía en su cuerpo. Y le conté que había renunciado a ser un pato sonriente de cortina solo para saber qué se sentía tocando aquella piel que yo veía erizarse cada vez que el agua fría mojaba su espalda.

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Creó un estado independiente dentro de su casa. Aprobó una Constitución, colocó un ejército con los muñecos de su infancia en la puerta y en todas las ventanas, y se subió encima de una silla para pronunciar su discurso de investidura. Juró lealtad a su bandera, una toalla de playa con palmeras, y se sintió un hombre importante sabiendo que tenía en sus manos el destino de aquellas cuatro paredes del planeta.

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Encontró una pila de expedientes tirados junto al contenedor de la basura. En uno de ellos vio su foto con unos datos que no le correspondían. Aparecía como abogado y había nacido un año antes de lo que siempre había creído. Él era profesor en una ciudad lejana; pero fue a la zona de los Juzgados de esa ciudad de paso y se encontró a sí mismo con una toga debajo del brazo. Luego regresó a su hotel, pidió la cuenta y se subió en el primer avión que salía del aeropuerto. Mientras volaba pensó en todos los iguales que podía tener sobre la tierra sin que ninguno de ellos lo supiera. Fue al baño del avión y se miró un rato en el espejo. Tocaron en la puerta del baño y la azafata le llevó a la zona de la cabina. Allí le saludó el piloto y le dijo que cogiera los mandos del aparato. Para el piloto era un honor compartir vuelo con quien le había enseñado a volar hacía veinte años. Él se dejó llevar, cogió los mandos y fue pasando entre las nubes como quien atraviesa biografías a lo largo del tiempo. Al día siguiente tenía que dar clase de griego en la universidad, pero estaba seguro de que si no llegaba a tiempo aparecería otro igual que él para que todo siguiera pareciendo igual que siempre.

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Escribía Esopo que la rueda más estropeada del carro era la que hacía más ruido. Hace años, los que no sabíamos o estábamos lejos, o aprendíamos de los que llevaban más tiempo analizando la actualidad, sabiendo lo que había más allá de la sonrisa o de la cara triunfante, leíamos y escuchábamos antes de opinar. Nos acercábamos a los periódicos, escuchábamos la radio y luego leíamos libros que analizaran todos esos momentos históricos con rigor y perspectiva.
Hoy casi todo el mundo hace ruido y agita las aguas antes de saber siquiera lo que está pasando. La caída de Rajoy es un triunfo de la democracia, como lo fue la sentencia del caso Gürtel hace unos días, pero no fueron esos ruidosos los que consiguieron ese saneamiento necesario para la convivencia. Todo eso viene de más lejos, de quienes pensaban, analizaban y buscaban soluciones: Montesquieu, Rousseau, Voltaire y tantos otros que fueron incluyendo nuevas fórmulas para que nos entendiéramos. El ruido y el grito confunden siempre, aunque se tenga razón en los planteamientos.

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Iba con su hijo al colegio. Lo llevaba de la mano. Tenía siete años. Cuando llegó a la puerta su hijo desapareció y fue a él a quien cogieron de la mano para que llegara a tiempo a clase. Ahora está sentado junto a una veintena de niños. Le dan un lápiz y una hoja para que escriba. Intenta escribir su nombre y cuando lo hace le sale la palabra destino. Llevaba navegando mucho tiempo por mares que ya no aparecen en los mapas de ese colegio. Se llama Ulises.

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Huía del frío, pero el invierno llegó de repente en los últimos días de septiembre. Sobrevolaba las montañas de los Cárpatos cuando sintió el peso de la escarcha en su plumaje. Fueron solo unos segundos. Perdió el control de su vuelo y comenzó a caer en picado hasta que esa escarcha se convirtió en agua a medida que bajaba. Al fondo había un gran lago y decenas de cisnes salvajes. Él logró remontar el vuelo y cruzar el Mediterráneo; pero nunca ha podido olvidar el abismo ni el peso del hielo sobre sus alas.

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