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Limones

El limón se había vuelto ceniza. Cuando lo encontró escondido entre los kiwis no quedaba nada del fulgor amarillo de hacía unos días. Lo cogió delicadamente y lo tiró en el cubo de la basura. Luego fue al lavabo y se lavó las manos para quitarse esa pátina tan parecida al polvo que van dejando las pajaritas cuando alguien intenta atraparlas en el aire. No logró que la mancha se borrara de sus dedos. Salió a la calle como si acabara de revolver las brasas de una hoguera apagada hacía mucho tiempo. Luego comprobó que esa estela grisácea y brillante también aparecía en sus mejillas y en las raíces de unos cabellos que encanecieron como si por ellos hubieran transitado cien años de repente. Nadie le creía cuando decía que esa misma mañana tenía solo veinticinco años. La gente no la reconocía por las calles y su casa parecía un museo de algún pasado lejano. Ni siquiera podía decir que era un fantasma. Los niños se apartaban cuando la veían aparecer con ropajes extraños en medio de la calle. Decían que olía siempre como esos limones que se pudren en los fruteros o que acaban picoteados por los pájaros en las fincas abandonadas.

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