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La ropa diaria

Reconocía a la gente por la ropa que llevaba. Las chaquetas, los pantalones, los trajes y las faldas habían pasado por sus manos. Estaba doce horas diarias encerrado al fondo de aquella lavandería que ofrecía los mejores precios del vecindario. A él le pagaban una miseria, pero no podía quejarse. No tenía papeles y no hablaba el idioma que se escuchaba por las calles. Miraba siempre desorientado hacia todos los lados, sin conocer las letras que aparecían en los restaurantes o en los escaparates. Dormía en un piso compartido con doce personas. De vez en cuando le regalaban unos pantalones o una camisa de alguien que había muerto o que había desaparecido sin ir a recoger su ropa. Siempre quedan prendas olvidadas en alguna parte cuando nos marchamos. Sabía dónde solía mancharse el traje de aquella señora que comía en una terraza o reconocía el olor a sudor del ejecutivo que pasaba a su lado sin mirarle. La ciudad solo era una sucesión de prendas de ropa que él planchaba como un autómata durante doce horas diarias.

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