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Archivos Mayo 2018

Me lo contó una vez un hombre que decía que había ido al colegio con John Lennon. Llevaba muchas copas encima y era un poco fanfarrón. Había venido al sur de la isla con todo incluido y quería vivir en una especie de paraíso etílico irreal antes de regresar a Liverpool para ver pasar la vida con su mísera pensión de jubilado. Aquel viaje se lo había pagado una de sus hijas. Recordaba la primera vez que John y él visitaron Londres. Tenían nueve años. Me contó que John se paró en el puente de Waterloo, más o menos donde esperó Vivian Leigh a Robert Taylor en la película que rodaron en ese puente, y que le dijo que algún día conquistaría esa ciudad. No sabía cómo. Entonces todavía no cantaba y solo era un niño rebelde y soñador que había sido abandonado por su padre.

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Se despertó de madrugada y escuchó de fondo el avión que unos segundos antes acababa de sobrevolar su casa. Fue ese ruido el que le despertó. Él creía que se había sobresaltado por un mal sueño, pero había sido el vuelo demasiado bajo de aquel avión el que le había desvelado. En el aeroplano iba la mujer que más había amado en su vida. Volaba de un continente a otro y en ese momento pensó en él sin saber que hacía diez años que se había encerrado en aquel pueblo del norte de África que ni siquiera aparecía iluminado cuando lo mirabas desde tan alto.

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La empresa me pagaba para que llamara por teléfono y ofreciera el catálogo de ofertas de sus productos. Casi todos me insultaban. Nos obligaban a llamar a la hora de la siesta. Los jefes sabían que después de las comidas es cuando más se entristecen los solitarios, y muchos sí es verdad que compraban los productos para poder hablar un rato con nosotras. Nos sabíamos la ley de memoria. Cuando alguien nos decía que quién nos había dado su teléfono le espetábamos esa ley y le invitábamos a que evitara la publicidad de sus datos en el lugar correspondiente. Sabíamos el nombre de la persona a la que llamábamos. Podía haber dos personas que se llamaran igual en la isla; pero era imposible que tuvieran el mismo número de teléfono. No reconoció mi voz. Me insultó y me dijo que me iba a perseguir hasta el infierno por haberlo despertado. Yo me mantuve en silencio. Hace veinte años llamaba a ese número y escuchaba las palabras más hermosas que jamás me hayan dicho. Él soñaba entonces con ser poeta y estaba enamorado de mí como no se ha vuelto a enamorar nadie en todos estos años. Colgué y les dije a los de la agencia que el usuario de ese teléfono era un indeseable al que deberían borrar de la lista.



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Él paseaba con las manos en los bolsillos. Miraba hacia las copas de los árboles. Siempre andaba rastreando entre las ramas más altas. Por eso le gustaban las ciudades con muchos árboles. Se mudaba cada dos por tres buscando esas calles arboladas. Escuchaba más cerca a los pájaros que anidaban en esos árboles que a los coches que pasaban a su lado. Nadie lo echó de menos. Si acaso esos pájaros se extrañarían los primeros días que no lo vieron aparecer. Pasó a su lado aquel camión y él desapareció para siempre entre el humo denso que salía del tubo de escape. Cuando se disipó ese humo ya no estaba y los pájaros, como en el poema juanramoniano, seguían cantando entre los árboles de la calle. Aquel camión que circulaba siempre despacio nunca sabía a quién acabaría borrando de las calles. Ese día le había tocado a él. Yo sí lo vi todo desde mi ventana. Hace tiempo que no salgo a la calle. Siempre respondo a mis amigos que es por el humo de los camiones, pero ellos no lo entienden porque no saben nada.

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Se quedaba parada delante del espejo, en silencio, como si necesitara saber quién era después del sueño. Solo se movía cuando lograba descifrar el significado de las rayas que se habían grabado en su cara mientras dormía. Había días de marcas profundas y otros con muchas pequeñas estrías que se borraban rápidamente. En esas observaciones había reconocido amores, desamores, alegrías, pequeñas tragedias y hasta algún olvido imperdonable. Alguien le contó una vez que un espejo no es más que un reflejo de nuestro propio destino.

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Miraba hacia el horizonte desde una calle de Lisboa. Pensó de repente que estaba en Vegueta, en alguna de aquellas calles de la infancia que también acababan en un azul intenso. Recordó el día en que un barco fue pasando lentamente al final de una de aquellas calles lejanas. Rememoró las letras que se apreciaban a medida que aquel barco seguía rumbo hacia el Puerto de La Luz: Lisboa. Con el tiempo terminó viviendo en la capital portuguesa de una manera azarosa. Ahora ese barco que ve desde uno de los miradores del Chiado también tiene letras, pero a sus años no alcanza a leer el destino que se sigue escribiendo en los cascos desgastados que no dejan nunca de trazar historias en las ciudades portuarias. Imagina que ese barco lejano lleva escrito el nombre de su isla con letras manchadas de nostalgia.

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El limón se había vuelto ceniza. Cuando lo encontró escondido entre los kiwis no quedaba nada del fulgor amarillo de hacía unos días. Lo cogió delicadamente y lo tiró en el cubo de la basura. Luego fue al lavabo y se lavó las manos para quitarse esa pátina tan parecida al polvo que van dejando las pajaritas cuando alguien intenta atraparlas en el aire. No logró que la mancha se borrara de sus dedos. Salió a la calle como si acabara de revolver las brasas de una hoguera apagada hacía mucho tiempo. Luego comprobó que esa estela grisácea y brillante también aparecía en sus mejillas y en las raíces de unos cabellos que encanecieron como si por ellos hubieran transitado cien años de repente. Nadie le creía cuando decía que esa misma mañana tenía solo veinticinco años. La gente no la reconocía por las calles y su casa parecía un museo de algún pasado lejano. Ni siquiera podía decir que era un fantasma. Los niños se apartaban cuando la veían aparecer con ropajes extraños en medio de la calle. Decían que olía siempre como esos limones que se pudren en los fruteros o que acaban picoteados por los pájaros en las fincas abandonadas.

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Toda su infancia miraba a aquella mujer con el traje verde y el pelo ondulado y rubio. No la conoció. Ese cuadro había sido pintado veinte años antes de que ella naciera. Hoy se miró en el espejo y se reconoció idéntica a aquella mujer. Era una tía abuela suya, pero en ese momento casi podría jurar que era ella misma la que miraba aquella niña durante horas como si presintiera que terminaría siendo idéntica a la modelo de la pintura. Acaba de llegar de la entrega de orlas de una de sus hijas. Viste un traje verde, como aquella señora del cuadro, y tiene el pelo rubio y ondulado.

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Los dos niños iban de la mano. Uno llevaba al padre y el otro a su madre. Sus padres eran ciegos. Los niños iban camino del colegio. Tenían menos de diez años. Les contaban a los padres todo lo que iban viendo por la calle. Ocupaban siempre toda la acera. Caminaban despacio. Los niños también repasaban en alto algunas mañanas los mapas que tenían que dibujar en el colegio. Los dos dibujaban esos mapas en las palmas de las manos de sus padres con sus pequeños dedos. Los padres recorrían los países y las ciudades siguiendo el rastro de los dibujos de sus hijos pequeños. A veces los engañaban y no hacían más que copiar las formas de las nubes que veían en el cielo. Esos días sus padres viajaban todavía más lejos.

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Ni siquiera ella sabía que tenía esa pequeña mancha de espuma en su espalda. Estaba siempre en el mismo sitio, entre la nuca y el omóplato, como una pequeña peca casi inapreciable. Era la misma que llevaban arrastrando todas las mujeres de su familia desde hacía cientos años. Yo la amaba, es cierto, y nadie entendía por qué la había elegido a ella entre todas las mujeres de la Tierra. Nunca se lo dije; pero cuando la acariciaba sentía el latido de los océanos debajo de su piel erizada.

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Andrés vive en el vuelo de los pájaros. Tiene dos perros pequeños y abúlicos, un transistor asmático, una silla plegable desfondada y unos prismáticos. Lo veo venir todas las mañanas y sentarse durante horas en el límite del acantilado. Yo a veces paso corriendo junto a él. Los perros me ladran mientras respiro atento a los números del pulsómetro. El corazón es una víscera delicada que hay que controlar a partir de los cuarenta años.
No hace falta observarlo mucho rato para darse cuenta de que ese hombre no está bien de la cabeza. Habla solo mientras sigue el vuelo de los pájaros. Casi todos hablamos solos o fingimos que lo hacemos por un teléfono móvil. Esa ya no es una razón para etiquetar locuras. He dicho loco como podría haber dicho superviviente. No sé qué hace cuando recoge su silla y camina cojeando con sus perros hasta perderse en la carretera que conduce a la ciudad. Allí dentro supongo que será objeto de burlas o que pasará tan desapercibido como pasamos todos en las grandes ciudades. Trato de pasar muchas veces a su lado durante mi recorrido deportivo diario. Intento escuchar lo que va diciendo mientras está concentrado en el vuelo de un cernícalo, de un mirlo o de una de esas abubillas nerviosas que siempre parece que se van a deshacer en el aire en cualquier momento. Incluso a las mariposas que a veces vuelan junto a él las mira a través de los prismáticos.
Habla como si volara junto a los pájaros. No se dirige a los perros ni al viento. Se debe sentir aliviado volando tan lejos. La mitad del tiempo lo pasa con una sonrisa de oreja a oreja dibujada en su rostro. Se conoce que es feliz siendo otro y volando tan alto.

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-Teníamos que haber caminado más despacio. Casi no he tenido tiempo de asimilar nada de lo que fuimos viendo.
-Yo ni siquiera he mirado.
-No entiendo por qué teníamos que correr de esa manera.
-Veníamos huyendo.
-¿De quién?
-Yo qué sé, a lo mejor de nosotros mismos. Tampoco me culpes. Si fuiste rápido fue porque te dio la gana.
-La condición era que no se podía regresar.
- No hacía falta que te lo dijera nadie. Tú ya sabías que jamás se puede regresar a ninguna parte.
-¿Y qué hacemos ahora?
-Supongo que esperar.
-¿A qué?
-No sé, a que aparezcan otros a hacernos compañía, o a que al abrir los ojos nos encontremos un nuevo camino para seguir andando.
-¿Qué crees que habrá detrás de ese muro de sombras que no nos deja ver nada?
-No pienses en eso ahora. Olvídate de que tienes ese muro delante. Trata de dormir. Mañana a lo mejor ni siquiera te acuerdas de que ya habíamos llegado.

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Aquella niña te llamaba desde una fuente de una ciudad vieja. Estabas de paso. El eco de sus palabras aún te despierta algunas madrugadas. Te recuerda a tu voz cuando en la escuela declamabas poemas o repetías las tablas de multiplicar del siete o del nueve. La voz de aquella niña se quedó en la fuente apagada. No fuiste capaz de asomarte a ver quién era. Tuviste miedo de que hubiera agua en el fondo. Sabías que podías encontrarte con el reflejo de tu propia cara en otro tiempo y en otra ciudad lejana. A veces te sueñas con tirabuzones y con un vestido del siglo diecinueve. Y sabes que no eres más que la misma niña que te llamaba aquella tarde desde una fuente de piedra desgastada por el tiempo.


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Reconocía a la gente por la ropa que llevaba. Las chaquetas, los pantalones, los trajes y las faldas habían pasado por sus manos. Estaba doce horas diarias encerrado al fondo de aquella lavandería que ofrecía los mejores precios del vecindario. A él le pagaban una miseria, pero no podía quejarse. No tenía papeles y no hablaba el idioma que se escuchaba por las calles. Miraba siempre desorientado hacia todos los lados, sin conocer las letras que aparecían en los restaurantes o en los escaparates. Dormía en un piso compartido con doce personas. De vez en cuando le regalaban unos pantalones o una camisa de alguien que había muerto o que había desaparecido sin ir a recoger su ropa. Siempre quedan prendas olvidadas en alguna parte cuando nos marchamos. Sabía dónde solía mancharse el traje de aquella señora que comía en una terraza o reconocía el olor a sudor del ejecutivo que pasaba a su lado sin mirarle. La ciudad solo era una sucesión de prendas de ropa que él planchaba como un autómata durante doce horas diarias.

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No hacía más que gastar bromas a todas horas. Nosotros nos reíamos con sus ocurrencias. Hay que reconocer que tenía gracia y que era capaz de encontrar el lado cómico de todo lo que veía. Yo lo miraba de lejos, desde el otro lado de la barra. Nunca hablé con él, pero se dio cuenta muchas veces de que lo estaba observando. Me gusta mirar a los demás sin que sepan que los están mirando. Él sabía que yo había reconocido su infinita tristeza. Por eso no se acercaba. Se reía a mandíbula batiente y con estruendosas carcajadas, pero sus ojos nunca le reían sus gracias. Averigüé quién era y dónde vivía. No quiero contar su vida por si alguien la reconoce, pero sí les digo que tiene motivos para ser el hombre más desgraciado del planeta. Supongo que por eso necesita esas bromas diarias. Los otros creen que es un vivalavirgen o un caricato que jamás se toma nada en serio. A mí me ha mirado con esos ojos de infinita tristeza, y me da una pena enorme cada vez que lo veo haciéndose el gracioso como uno de esos payasos que siempre llevan la procesión por dentro.

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La puerta del ropero se abre cada noche mientras duerme. Ella no la ve. Entran y salen los sueños que después se quedan entre su ropa. Cuando se viste y se mira en el espejo se ve siempre distinta con cada una de esas camisas o de esos trajes que ella cree que elige al azar. Su manera de pensar, su estado de ánimo y hasta sus miedos cambian con cada una de esas prendas. Ella no lo sabe porque siempre duerme cuando sus sueños están despiertos.

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Lo vio aparecer en medio de la arena, llevaba desiertos y dunas interminables en su mirada, un continente atravesado de abajo arriba, un viaje en patera, la llegada a la costa en la madrugada fría. Apareció de repente y los dos se miraron fijamente. Él también llevaba desiertos en sus ojos, las atávicas sombras de las dunas que habían visto sus antepasados hacía más de cuatrocientos años. La ciudad todavía dormía cuando se cruzaron las dos miradas, él desde la avenida de la playa y aquel hombre desorientado caminando sobre la arena, posiblemente tras estar toda la noche en vela tratando de situarse en la vida y en el planeta. El océano resonaba con fuerza. Esas olas sí saben de todos esos viajes y de todas esas búsquedas atravesando los mapas de la noche y de los tiempos.

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Le gustaba el café amargo y los besos que no tenían prisa por llegar a ninguna parte. Afuera continuaba la rutina y se seguían despellejando todos los gregarios que no besaban hacía mucho tiempo. Eran jóvenes y felices. Recuerda la torre de San Francisco el Grande y la tarde enrojeciendo más allá de Las Vistillas. Los dos fumaban entonces. Él ya lo ha dejado hace muchos años. No sabe si ella seguirá fumando. No la ha vuelto a ver desde hace más de treinta años. Aquel ático de La Latina tenía un patio con girasoles y geranios, y también un molinillo rojo que siempre giraba enloquecido anticipando las tormentas de mayo.

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En todas partes siempre hay alguien que sube y que luego bajará, o que estaba arriba y ya está enfilando el camino de bajada. Los males de altura no solo afectan cuando se llega al Machu Pichu: una vez arriba hay gente que cambia de la noche a la mañana y que olvida por completo su mortalidad: luego lo pasan fatal cuando comienza ese inevitable regreso al estado natural que comentábamos al principio: se han creído inmortales o han terminado pensando que lo de la manzana de Newton era un camelo. Y encima, aun sin que terminen de llegar abajo, les aparecerán los que quedaron a mitad de camino esperando su regreso, o aquéllos que aguardan a que el cadáver de su enemigo pase delante de su puerta (siempre me ha parecido una estúpida estrategia ese rencor acumulado esperando al otro y renunciando a todo lo que se ganaría con el olvido). Quizá la clave de esas subidas y bajadas esté en las formas. No recuerdo quién me dijo un día que a lo más alto se puede llegar arrastrándose como una serpiente o volando majestuosamente como un águila. Si has aprendido a volar supongo que podrás evitar la caída. A los otros les espera un duro y vergonzante camino de vuelta. Pero eso solo lo descubren luego, cuando cae la manzana de Newton y la ley de la gravedad los arrastra también en la caída.

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Lee su propio diario sentado en un banco de la calle Triana. Escribió durante años solo para entretenerse cuando se jubilara. Nuestra vida, dice siempre, es el mejor entretenimiento cuando se lee como si fuera la biografía de un extraño.

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La gente no le hace caso, pero a mí me gusta que me pare por la calle. Es verdad que cada día desvaría un poco más. Al principio empezó contando mentiras que podían ser creíbles, aunque poco a poco nos dimos cuenta de que era imposible que le tocara ser el protagonista de todos los acontecimientos. Lo mismo se tropezaba con el futbolista Pelé saliendo de una cafetería que con Bob Dylan en la puerta del supermercado. Si todavía estuviéramos en Londres, en París o en Nueva York a lo mejor podría resultar creíble, pero aquí no es fácil que uno tenga esos encuentros. Empezó con Pelé y luego acabó trayendo hasta personajes que ya habían muerto. Recuerdo cuando dijo que había estado con Napoleón en la playa o que había besado a Ava Gardner en una plaza del barrio viejo. No lo rechazo porque logra que la vida no aburra nunca. Los otros se burlan de sus trolas. Es cierto que ahora le ha dado por contar apariciones de fantasmas o por jugar a la metamorfosis como si fuese Ovidio o Kafka. No escribe. Ni siquiera aprendió a leer en la escuela. Se escapaba de clase y lo metieron a trabajar en una panadería cuando tenía ocho años. Jamás inventa el presente. Solo cambia el pasado, lo que fue ayer, o lo que uno imagina que quedó de todo lo que realmente pudo estar sucediendo. Un día me preguntó que qué diferencia había entre el pasado inventado y el que supuestamente fue cierto. No supe qué contestarle.

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Al final lo único que vale la pena es la manera en que uno encare los días que está por el mundo. Yo hace tiempo que dejé de preocuparme por lo que carece de importancia. Busco la poesía de la mirada, del mar, de las casas coloreadas de las ciudades portuarias y de las mujeres de ojos grandes. Debía tener veinte años cuando empecé a leer a Álvaro Mutis, y desde entonces me daría inmediatamente la vuelta si escuchara el nombre de Maqroll. Me convertí en gaviero.
La literatura es una forma de ser y de estar en el mundo, la épica de los perdedores que acaban ganando la partida a la grisura de los días laborables y a las horteras luces de neón de los escaparates. Ser un gaviero es no tener patria, ni ataduras, ni más melancolía que la de la felicidad de poder reconocer la lentitud de todos los pasos. No he dejado nunca de buscar los ojos de Ilona cuando aparece la lluvia.
Mutis se marchó una mañana de otoño. Desde entonces los gavieros lanzamos cenizas de palabras tristes al mar de las nostalgias. También buscamos puertos escondidos al final de la tarde para tomar algún trago en una taberna acogedora y cálida. Y al día siguiente seguimos oteando el horizonte primero que nadie. Se confundirán con nuestro aspecto decadente y nostálgico. Pero nos da lo mismo lo que piensen los otros. Los gavieros solo estamos a salvo navegando.

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Fue noticia cuando nació. Había sido el primer bebé del año. En los periódicos detallaban que había pesado 4,200 kilogramos y que medía 54 centímetros. Aparecía en los brazos de su madre. Su padre estaba detrás con la mirada perdida, como si deseara estar en otra parte. La madre tampoco sonreía. En el periódico decían que se llamaría Esteban: pero luego lo bautizaron con el nombre de Yeray. Han pasado veinticinco años. Los padres lo abandonaron unos meses después de que apareciera en aquella fotografía. Vivió en centros de acogida hasta los dieciocho. Desde entonces deambula por las calles buscándose la vida como puede. Duerme en una furgoneta. En su cartera lleva siempre, como hacen los poetas viejos con sus versos, el recorte de prensa en el que se anunciaba su venida al mundo como si fuera un gran acontecimiento.

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