los blogs de Canarias7

Archivos Abril 2018

Cuando se mojaba, el suelo de baldosas rojas se convertía en una gran pista de patinaje. La ropa se empapaba y la lluvia caía sobre nuestros cabellos. Nos reíamos si alguien resbalaba. Así estuvimos hasta que crecimos y empezamos a mirar la lluvia desde la ventana. De vez en cuando reaparece un niño y lo vemos chapotear en los charcos del patio de baldosas rojas. Y entonces sentimos un frío parecido al de los zapatos mojados.

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Fue a cargar el móvil y le dio calambre. Luego se acercó a nosotros y nos empezó a hablar en un idioma extraño. Su teléfono también recibe llamadas de gente que habla en ese mismo idioma. Tienen nombres raros, algunos con una sola letra. Él los escucha, se ríe con ellos y lo he visto besar la pantalla con ojos enamorados. Hasta ese calambrazo era un hombre corriente, trabajador incansable, padre de familia y un hijo del que presumían sus padres. Ahora todos se alejan de su lado. Dicen que si te acercas mucho te termina dando calambre. A él le da lo mismo. Habla con esa gente por teléfono y de vez en cuando se enciende como un rayo en las tormentas de verano.

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Se levantó de la cama y se acercó al violín que estaba encima de la mesa del comedor. Improvisó unos acordes y seguidamente salió a la calle con el instrumento. No sabía dónde colocarlo en el coche y finalmente lo puso en el asiento del copiloto. Iba dentro de la funda. Luego llegó al despacho y empezó a interpretar el solo de violín del concierto en Re Mayor Op.3 de Tchaikovsky. Nunca antes había tocado el violín ni tampoco había hablado ruso. Sus compañeros se acercaron intrigados, pero él no los entendía cuando le hablaban. Se había acostado siendo abogado y se había levantado convertido en un violinista ruso. Físicamente solo había cambiado el pelo. Lo tenía un poco más largo y algo desaliñado. A esa misma hora, en San Petersburgo, otro hombre estaba en medio de una orquesta sin instrumento y sin entender lo que le decía un director cada vez más enfadado por su indolencia.

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Hace un momento soñaba con sellos. Supongo que un freudiano diría que hoy he estado durmiendo con alma volandera, o que se avecinan viajes o noticias importantes que pueden cambiar mi vida. Yo coleccioné sellos entre los doce y los dieciséis años. Es verdad que compraba series recién salidas en Correos o pequeñas colecciones en aquellas filatelias que casi han desaparecido del paisaje de todas las ciudades; pero lo que más le gustaba a aquel niño soñador eran los sobres que le dejaban los familiares y los vecinos más cosmopolitas. Cuando tenías entre las manos un sobre matasellado en Cuba, en Inglaterra o en Argentina ponías en marcha toda tu capacidad creativa tratando de imaginar el recorrido paisajístico de aquellas cartas. El sello no era más que el medio que despertaba los sueños viajeros, el papel luminoso que daba fe de aquellas aventuras por océanos, cielos o países lejanos. Ahora un adolescente soñador no creo que guarde los correos electrónicos en ninguna parte, y si los guarda no cuenta con destellos brillantes que lo acerquen a los sueños. Hace años que no regreso a mis colecciones filatélicas. No tienen ningún valor económico, pero es que entonces no pensábamos en valores económicos o revalorizaciones. Nos gustaban los sellos más exóticos y más lejanos, y nos sentábamos delante de ellos con una lupa que no hacía más que agrandar nuestros deseos de viajar fuera de nosotros mismos: el mundo no era más que un espacio que recorrías siguiendo el rastro de un pequeño sello coloreado de sueños.

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Su padre había llegado de Sevilla hacía treinta años. Se había casado con una alemana y había logrado abrir una pequeña tienda de comestibles en un barrio obrero de las afueras de Bremen. Desde que él era niño estuvo empeñado en que fuera futbolista. Le hablaba siempre de un tal Scotta, un argentino que jugó en el Sevilla que tenía un disparo potente y casi imparable. Siempre que tenía un rato libre lo llevaba al parque para que aprendiera a disparar como aquel argentino que había visto jugar en Nervión en los años setenta.
En el colegio se convirtió en el jugador más temido por su disparo, pero también contaba con un regate capaz de dejar sentados a varios rivales con un par de escorzos. Todos decían que llegaría lejos. Y así fue. A los diecinueve años su padre estaba en el palco del Weserstadion viendo cómo saltaba al campo con el número 7 del Werder Bremen a la espalda. Lo único que no llevaba bien es que su hijo vistiera los mismos colores que el Betis. Jugó dos temporadas prodigiosas en el equipo alemán. Ya se hablaba de que podía ser llamado a la selección y se decía que el Bayern Munich lo había incluido en la lista de sus futuros fichajes. Había marcado muchos goles de falta y de fuera del área gracias a su potente disparo hasta que empezó con sus obsesiones. No lo comentó con nadie, pero empezó a sentir pena por el balón. Se empeñó en que sufría con cada golpe y no hacía más que acariciarlo suavemente cuando pasaba a su lado. Perdió la titularidad y le terminaron dando la baja a mitad de la tercera temporada. Su padre no sabía dónde meterse. Hablaban con él, pero nunca le contó a nadie que había escuchado los lamentos quejumbrosos del balón después de uno de sus disparos despiadados. Ni siquiera es capaz de ver un partido de fútbol por la tele. Está todo el día encerrado en su cuarto. Tiene quince balones, cada uno con su propio nombre. Los acaricia, les dice frases cariñosas y les pide perdón todo el rato por sus errores del pasado. En su casa aún retumban los silbidos y los insultos de aquel último partido en que estando solo dentro de área cogió el balón con la mano y se marchó corriendo hacia el vestuario. A los periodistas les dijo luego que solo quería salvarlo. Odiaba el fútbol desde niño, pero nunca encontró la manera de decírselo a su padre.

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Cervantes tuvo una de las vidas más desgraciadas que conozco: prisionero varias veces, pobre casi hasta la miseria y masacrado por los escritores de éxito de su época. Pero jamás se rindió y buscó refugio en la literatura y en sus personajes. Hace unos años le escuché a Bono, el cantante de U2, que su madre murió cuando él tenía dieciséis años y que desde entonces lo dejó convertido en artista. Paul Auster escribe en Diario de invierno que un escritor busca en las palabras la curación de una herida. Miguel de Cervantes Saavedra compensó los agravios vitales y todas esas humillaciones de la vida escribiendo algunas de las obras más grandiosas de la historia de la literatura.
No hablo solo del Quijote. Ahí están otras obras maestras como Los trabajos de Persiles y Segismunda y las Novelas Ejemplares. Detrás de todos esos personajes hay alguien que quiso contar la vida y que quiso quedarse en cada una de sus palabras. Hace años escribí que no entendía cómo Cervantes había escrito una novela como el Quijote sin haber leído antes una novela como el Quijote. No es una boutade. Nosotros lo hemos tenido fácil. Ya encontramos a Alonso Quijano para orientarnos y para saber que todo puede ser creíble si nos asomamos al alma humana y si recreamos un paisaje mucho más allá de lo que tenemos delante. Cide Hamete Benengeli, ese morisco y manchego que supuestamente trazó parte de la historia de Sancho y de Alonso Quijano, también nos da muchas pistas sobre una novela que contiene la narración oral y ese encuentro de culturas que enriquece cualquier obra de arte. Lo judío, lo morisco y lo cristiano se confunden entre las páginas del Quijote, pero sobre todo aparece el idealismo de quien necesita inventar otros sueños para que la vida no sea un lodazal de quebrantos y de penas.
Cervantes no era aquel señor de gesto adusto que dibujábamos en el colegio siempre que llegaba el Día del Libro. Es la fiesta de la palabra, el aprendizaje imprescindible para cualquiera que aspire a contar historias, el camino trazado mucho antes, los juegos de espejos, los tiempos entremezclados y hasta el derecho a la incongruencia si el escritor consigue volver creíble lo que aparentemente es imposible. Sancho pierde el jumento en un capítulo y llora por la sierra la pérdida de su amigo inseparable, y en el capítulo siguiente Cervantes lo presenta montado nuevamente en su rucio sin necesidad de explicar nada, porque la vida también nos hace vivir momentos así de inexplicables en los que no nos queda más remedio que asumir la contradicción cotidiana de nuestras propias vivencias. Buscó entre sombras mejor que nadie y antes de que Kafka nos contara que ese era el único camino en el que hallar los argumentos. No sería capaz de imaginar la vida sin los personajes de Cervantes. Le faltaría algo a este planeta sin Don Quijote y sin Sancho Panza, y la novela no hubiera sido nunca novela sin aquel escritor que estuvo encarcelado y que sufrió por amores y por esos rechazos de quienes atacan siempre lo que no alcanzan.
Sin Alonso Quijano hubiéramos estado huérfanos de aventuras y de sueños. Quizá sea más real que el propio Cervantes y que casi todos nosotros, y seguirá siendo igual de carnal cuando ya no estemos y haya otros ojos deseosos de escapar lejos a través de las palabras. Lo escribió mucho mejor León Felipe hace años: "Ponme a la grupa contigo,/ caballero del honor,/ ponme a la grupa contigo,/ y llévame/ a ser contigo pastor." Para subir a esa grupa, y para evitar que la ventura no termine jamás en aquella playa de Barcino donde fue derrotado por la armadura de la realidad, leamos el Quijote, leamos a Cervantes, mantengámonos vivos sabiendo que siempre queda una utopía al final de cada frase.


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Cada vez que se levantaba a desayunar, las palabras se le movían de sitio y cambiaban las frases. A veces trataba de defenderse de esos juegos buscando palíndromos como anilina o kayak que se leyeran igual desde la izquierda y desde la derecha; pero incluso esas palabras alteraban sus letras y pasaban a contar otras historias. Al principio se desesperaba a todas horas. Llamó a un par de informáticos para que miraran el ordenador e incluso probó con unos conjuros aztecas por si era cosa de espíritus burlones. No hubo nada que hacer. Eso sí, cuando venían los informáticos o trataba de hacer una prueba delante de sus amigas más cercanas nunca pasaba nada. Escribía, se alejaba un rato del ordenador y al volver estaba todo exactamente igual. Decidió no seguir contando a nadie esas alteraciones textuales al ver la cara que estaban empezando a poner sus conocidas.
Ya últimamente ni siquiera se esforzaba en buscar metáforas o historias más o menos sorprendentes. Se levantaba de la cama, tecleaba al azar durante un rato y luego se iba a desayunar a un bar cercano sin agobios y sin pensar, como había hecho durante años, en los argumentos que estaban en marcha. Cuando llegaba ya tenía escrito el relato, el capítulo de una novela o el artículo que debía entregar esa misma mañana. Probó a escribir a mano alguna vez y le sucedía lo mismo. Todos destacan el salto de calidad de su prosa. Nada que ver con la aburrida y plúmbea escritora de estos últimos años. Mientras desayuna recuerda aquellas historias que siempre había soñado escribir. De vez en cuando encuentra alguna de ellas cuando regresa y lee lo que el azar ha querido hacer con sus letras. Se llama Ana Medem. Su nombre y sus apellidos suenan igual se lean por donde se lean. Es una palíndroma que cuando desayuna sigue escribiendo.

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Quien no lee corre el peligro de quedarse inédito. No hace falta que te cuentes. Uno se cuenta a sí mismo en la vida de los otros, en las ciudades que sueña y detrás de cada una de las palabras que va leyendo. No imagino la vida sin letras. Lo que no se puede nombrar ni trazar en ninguna parte está condenado al olvido inmediato. Cuando lees o escribes logras que tus argumentos vayan mucho más lejos que la sombra que proyecto tu cuerpo, o que la estela que dejará tu propio recuerdo. También soy Alonso Quijano, Emma Bovary, Julián Sorel, Isidora Rufete, Gregorio Samsa, Maqrol el Gaviero, Aureliano Buendía, Zuckerman, Herzog, Santiago Zavala o Elizabeth Costello. No sería el mismo si me faltara alguno de ellos. No solo estamos nosotros y nuestras circunstancias, también están todos los demás argumentos que han ido formando parte de nuestra vida diaria. Seguiremos buscando en las pantallas o en los papeles. Da lo mismo. Lo único que cuenta es que podamos seguir leyendo.



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Los coches vienen con las roturas programadas desde que salen de la cadena de montaje. A ella se le rompió el manguito un día de lluvia camino del trabajo. A la misma hora, con el mismo modelo de coche, y a más de dos mil kilómetros de distancia, a él se le rompió la misma pieza pero en un día soleado y cuando regresaba a su casa. Habían recorrido los mismos kilómetros por paisajes diferentes. Los dos se habían divorciado hacía tres meses después de estar casados diez años. Aún les quedaban cinco meses para coincidir poniendo gasolina en la misma estación. Él cambiaba de trabajo y de ciudad. Viviría a dos manzanas de ella, la conocería en la gasolinera y se daría cuenta de que era la mujer que llevaba buscando toda la vida. Los dos coches estarían estacionados frente a frente, con las luces encendidas, como cuando los probaron al mismo tiempo recién salidos de la cadena de montaje. Compartirían plazas contiguas en el garaje y estarían juntos los mismos años que ellos se amaran.

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Tanteaba el barro tratando de descubrir los rasgos de quien aún no sabía que estaba siendo imaginado. No siempre tenía suerte. A veces se le escapaba la belleza entre sus propias manos. No dejaba nunca de crear toda clase de seres que luego quedaban a merced de las travesías azarosas de sus propios pasos. Fuera del estudio estaban los museos, las salas de arte y también todas esas calles llenas de humanos que deambulan de un lado para otro. No hay artista que no se sienta un poco Dios cuando descubre rostros que no estaban antes de que él comenzara a modelarlos. Cada mañana, ante el espejo, también se veía como cualquiera de esas esculturas que había soñado mucho antes de que fueran descubiertas por sus manos. Tocaba sus pómulos y su frente como si fuera otro el que lo estuviera creando. Afuera también esperaban los marchantes para ponerle precio a todas las caras.

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Su padre le decía cuando era pequeño que la música sonaba mejor con los ojos cerrados. Le despertaba con Yehudi Menuhin tocando en el violín las sonatas de Bach. Él se quedaba en la cama y recuerda que casi volaba detrás de todos aquellos acordes. Su padre venía a veces y le daba la mano. Hace años que no ve a su padre. Vivieron juntos toda la vida. La madre murió cuando él tenía tres años. Estudió música en el conservatorio. Su padre soñaba con verlo alguna vez sobre el escenario del teatro en el que trabajaba como acomodador desde que había cumplido los veinte años. Él toca en una esquina de una ciudad lejana. Siente el sudor de muchos días en su camisa cada vez que levanta el arco o cuando tensa las cuerdas del violín en un escorzo casi imposible. Su padre cierra los ojos cuando tocan los violines de la orquesta cada sábado. Su hijo solo está pendiente del sonido de las pocas monedas que le van echando en el plato los transeúntes de esa ciudad lejana.

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La vida siempre escribe mucho más deprisa que nosotros. No sé si improvisa o si parte de una trama ya pensada antes de que aparecieran nuestros nombres. Hay días para luchar y días para dejarse llevar hasta descubrir hacia dónde nos lleva la corriente incontenible de esos acontecimientos que se nos escapan de las manos como si fueran azucarillos del tiempo. Todo lo que andamos lo desanda el destino en unas horas, sin aspavientos, aprovechando que dormimos, o que estamos despistados en otras cosas. De repente te das cuenta de que mientras tú escribías, esa vida de la que hablo fue escribiendo en una libreta paralela otros argumentos muy distintos a los que esperabas. Y nunca está mal la incertidumbre, sobre todo si somos capaces de asumirla con esa deportividad que se espera siempre de los buenos jugadores.

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Alguien me explicó hace años lo que era la elegancia. Fue una mujer bella, algo mayor que yo, en un país lejano. Yo le pregunté que cómo se las arreglaba para estar siempre tan guapa. Ella miró al cielo y señaló hacia unas gaviotas que en esos momentos volaban en dirección a la costa. Recuerdo perfectamente su respuesta: "las gaviotas cuando vuelan nunca saben si las están mirando". Me costó entenderla entonces, pero con el tiempo me he repetido cientos de veces esa frase. Hay que ser pájaro que vuela sin que sepa que le están mirando también cuando se escribe, cuando se ama o cuando se quiere mantener a salvo esa ética y esa dignidad que cada vez cuesta más encontrar entre los humanos. Sé que aquella mujer murió hace años, pero estoy seguro de que partió como mismo volaban aquellas gaviotas ajenas a nuestras miradas.

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Se reconoció en un documental rodado en Budapest en 1930. Debía tener la misma edad que tiene ahora. No sabía el color que tenía la ropa; pero parecía que vestía un traje negro y una camisa blanca. Llevaba corbata y un sombrero que en ese momento tenía agarrado con la mano. Siempre ha querido viajar a Budapest. Todas las noches sueña con los puentes que atraviesan el Danubio. También se le aparecen nombres que reconoce en la penumbra de esos sueños: la avenida Andrássy, la estación de Nyugati, el parque de Várolsiget o la calle Király. En la imagen aparece junto a una hermosa mujer que lleva soñando todas las noches desde hace años. No sabe su nombre, pero sí recuerda que la amaba con locura y que planeaba fugarse con ella a Viena para empezar una nueva vida. Se parece mucho a una turista que acaba de mirarle fijamente mientras paseaba por la avenida de Las Canteras. Cuando se dio la vuelta, ella todavía le estaba mirando como si lo reconociera de otra vida muy lejana. No recuerda el título del documental. Lo encontró azarosamente mientras pasaba los canales de la tele. En aquella imagen reconoció el abismo que a veces intuye en sus propios ojos cuando se mira fijamente al espejo.



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Eran ellos. De eso estaba seguro. Los años cambian a la gente, pero siempre dejamos pistas para que nos reconozcan incluso los que apenas nos vieron unos segundos. Nuestra mirada, un pequeño gesto del que casi no somos conscientes, el movimiento de las manos al caminar, siempre nos vamos delatando aunque creamos que somos distintos y que no nos parecemos al del pasado, a aquel otro que vestía con modas más horteras y que se equivocaba tantas veces tratando de encontrar su lugar en el mundo. El hombre seguía teniendo aquel aire de superioridad que a él le llamó la atención la noche que los encontró en la plaza, y ella conservaba el rictus inalterable de quien sabe lo que quiere y también de quien ha aprendido a ocultar los rastros que dejan los sentimientos en algunas miradas y en algunos gestos. Eran seres calculadores, ambiciosos, que entonces no tendrían más de veinte años.
Él paseaba a su perro aquella noche por la plaza. Tenía treinta y cinco años y vivía en una encrucijada de caminos en la que sabía que cualquier elección casi conllevaba una renuncia al resto de las posibles rutas vitales que tenía delante. Ellos hablaban del futuro. En alguna casa cercana sonaban los acordes de La flauta mágica de Mozart. No hacía frío. Pasó al lado de la pareja y le llamó la atención lo que dijo ella. "Si alguna vez tenemos hijos quisiera bautizarlos con nombres de metales". El novio le dijo que le parecía una buena idea. Los dos estudiaban algo de Ingeniería. Lo supo en las dos o tres vueltas que dio con el perro. Hablaban de un examen de Circuitos y Sistemas. Los vio alguna que otra noche más por la plaza, pero se conoce que luego ya no tuvieron más tiempo que perder juntos o que cambiaron de escenarios para sus cuitas y sus confidencias de futuros padres de niños metálicos. Él al final siguió viviendo en la misma plaza. No cogió otros caminos y se fue quedando atrás, o por lo menos no llegó adonde había querido llegar cuando soñaba con veinte años. Tenía un buen trabajo, estaba casado y ahora paseaba a otro perro por la plaza. Era sábado por la tarde y se celebraba una boda. Los vio venir a lo lejos y los reconoció sobre la marcha. A su lado venían tres jóvenes casi robóticos que apenas sonreían. Se acercaron a otra familia y se presentaron. La madre estaba justo en el mismo banco en el que veinte años antes había decidido tener a esos hijos con esos nombres. Se llamaban Cadmio, Estroncio y Cesio y tenían más o menos la edad que tenían los padres cuando él paseaba a otro perro y aún creía que tendría años para cambiar su suerte. Los jóvenes no levantaban las miradas de sus máquinas. Realmente parecían metales, seres fríos y lejanos que hacían honor a los sueños minerales de su madre.

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No quería cambiar el exprimidor. Le decían que comprara uno eléctrico porque se ahorraría esfuerzos y trabajo, pero ella seguía empeñada en sacarle todo el jugo a las naranjas con las manos. Necesitaba esa sensación mañanera para luego enfrentarse a las rutinas y a las guerras diarias. Iba cortando las naranjas cuidadosamente y luego las apretaba sin dañar nunca la cáscara para obtener todo el jugo posible de lo que quedaba dentro. Cada naranja era un enigma. Como la propia vida. Pero ella sabía que si dejaba ese proceso en manos de una máquina acabaría olvidando.

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Le pedía un café para llevar. Ella ni siquiera miraba cuando lo preparaba. Pagaba y salía a la calle a caminar con el vaso. Sentía el calor entre sus dedos y soñaba que andaba con ella de la mano. Cuando se enfriaba lo dejaba en alguno de los bancos del parque. Nunca le gustó el café, pero era lo que ella preparaba en aquel establecimiento lleno de trabajadores apurados. Cuando sentía el calor del vaso soñaba que le decía lo que ensayaba cada día delante del espejo justo antes de salir de la pensión: "He venido para amarte, llegué a esta ciudad pensando que iba a estar unas horas y llevo diez años viviendo en ella solo para venir a verte cada mañana".

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Hablaba siempre con dos voces y no se daba cuenta. Decía que no al mismo tiempo que decía que sí simultáneamente. En la otra dimensión era mudo. La voz que le faltaba sonaba en este lado del tiempo confundiendo todo el rato sus ideas.

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La acariciaba como si no la fuera a ver nunca más. Ella también le amaba con esa vulnerabilidad que sienten a veces los humanos cuando dejan de pensar e intuyen levemente su extraño tránsito. Se veían casi a diario y los dos habían amado a otros cuerpos antes. Habían aprendido que la muerte también es la repetida ausencia de quien se ama. Ella le esperaba con la misma ilusión con que aguardaba a su primer amor de adolescencia. Todo el placer era siempre poco para sentirse eternos mientras se acariciaban. Hace menos de sesenta años ni siquiera llegaban a ser las sombras que también se confunden cada vez que se aman.

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Aprovecho el título de un libro de V.S. Naipaul altamente recomendable para adentrarme en las llegadas y en las muchas idas y venidas que vamos protagonizando a lo largo de nuestra vida. Realmente llegamos cada día a un paisaje distinto que nunca se parece al de ayer aunque nos parezca siempre el mismo. Nos sorprenderíamos si repasásemos las muchas llegadas acontecidas en los años que llevamos habitando este mundo. La más enigmática es la que nos trajo a la vida, ese momento clave de cada uno de nosotros que nunca valoramos como deberíamos. Sin esa llegada no hubiera sucedido nada más, y si llegamos aquí debe ser para que hagamos algo que merezca la pena. Se entiende que vinimos para amar y para disfrutar intensamente cada segundo. Todo lo que no se viva intensamente es tiempo perdido, por eso no podemos renunciar nunca a nuestras vocaciones, a nuestras querencias y a lo que nos apetecería hacer para que nuestra vida fuera intensa y plena. No habrá segundas oportunidades. O vivimos, o nos dejamos llevar como autómatas productivos hasta que volvamos al mismo enigma del que partimos.

Ya desde el punto de vista literario sí quiero recomendar El enigma de la llegada de Naipaul porque, por lo menos para los canarios, es un viaje hacia nosotros mismos. Naipaul nació y creció hasta los 18 años en la isla de Trinidad, justo al lado de Venezuela, y lo que cuenta en el libro es su primera salida de la isla con destino a Londres, los pasos que determinaron su carrera de escritor y todos los paralelismos que va encontrando con su pasado insular y caribeño cada vez que se asoma a sus propios recuerdos y a lo que va encontrando en Inglaterra. En todo ese camino está la isla casi edénica a la que el turismo y el petróleo convierten en un desordenado caos urbanístico, las culturas que han convivido durante siglos ( Naipaul es de origen hindú, como tantos canarios que llevan varias generaciones poblando estas islas y formando uno de sus grupos más representativos), el exterminio de los aborígenes y también esa rara sensación isleña de no pertenecer del todo a ningún lugar alejado de nuestra propia orilla.

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